“Wild North”, por Francisco Laguna Correa

Estaba oscuro cuando llegamos a la cúspide de la loma. Me sentía como un trapo embarrado de mierda y orines. Un ruco alto y flaco, con sombrero vaquero, nos...

Estaba oscuro cuando llegamos a la cúspide de la loma. Me sentía como un trapo embarrado de mierda y orines. Un ruco alto y flaco, con sombrero vaquero, nos estaba esperando recargado en una camioneta de color rojo.

“mi compadre me dijo que eran tres, ¿y el otro?”

“…”

Le expliqué, casi rogando, que teníamos que regresar por mi primo:

“está ahí tirado esperando que vayamos por él…”

El ruco se nos quedó viendo sin parpadear, como buscando en su mente la mejor forma de enmendar la situación. Nos preguntó si teníamos hambre. Catulo me volteó a ver con cara de “ni pedo, la vida es así, por lo menos nosotros aún estamos vivos”.

El ruco dijo:

“súbanse a la camioneta, voy a llevarlos a comer algo”

“ni madres, yo de aquí no me voy sin mi primo, pinches ojetes, ¿cómo sé que usted no lo mató?”

El ruco se me quedó viendo con un gesto muy serio: pese a la oscuridad, pude ver sus ojos azules brillando como zafiros cansados y tristes.

Respondió:

“mire, cabroncito, yo no soy un pinche asesino, así que no ande diciendo pendejadas. Ahora súbase a la camioneta porque a su primo ya nadie lo puede ayudar”

 

El ruco condujo durante más o menos media hora. En el radio se escuchaba música yodeling en inglés con el volumen muy bajo. Catulo parecía feliz y emitía risas burlonas intentando calcar la voz chillona que brotaba de las bocinas de la camioneta.

El ruco aparcó la troca frente a un Wendy’s y nos dijo:

“bájense, aquí vamos a comer algo sabroso”

“oiga, jefe, ¿y aquí ya es Tucson?”, preguntó Catulo, sobándose el estómago como si tuviera mucha hambre.

“no, este pinche rancho se llama Amado, pero el amor nunca pasa por aquí…”

 

Era la primera vez que entraba a un Wendy’s. El ruco nos dijo que nos fuéramos a sentar. “Yo les invito la cena”, y se alejó hacia el mostrador, donde una ruquita gringa con lentes tomaba las órdenes.

Catulo intentó animarme contándome que “la mera verdad, mi novia se acostó con otro cabrón porque a mí ya no se me paraba… ¿Crees que a mis treinta años algo así pueda pasarme? Al principio pensé que era sólo por nervios o porque le echaba mucho seso a las posiciones en que podría cogerme a esa puta. Me gustaba mucho ponerla de a ladito y darle su merecido a puros cucharazos, pero también cuando la tenía de a cochino se me ponía bien dura. Pero acá entre nos, la mera neta es que un día me dio un chinguero de asco ver que mientras se la metía por atrás un cachito de papel se le había quedado pegado en el mero culo. No mames, güey, casi me guacareo al ver el pedacito de papel enmierdado ahí pegado como un curita anal, desde esa vez la verga se me dejó de parar…”.

El ruco se acercó con una charola repleta de envoltorios de papel encerado y tres vasos de Coca-Cola.

“le estaba diciendo a mi carnal, don, que mi vieja era una rebién putota…”

Tenía muchas ganas de darle una madriza a Catulo, estrangularlo, meterle dos plomazos en los testículos; interrumpí, aguantándome las ganas de llorar:

“óigame, don, aquí dónde puedo hacer una llamada telefónica, tengo que avisarle a la familia de mi primo lo que pasó…”

El ruco hizo el amago de darme su celular y me miró directo a la cara como si me estuviera leyendo los pensamientos.

“no, mejor llama desde la calle, toma aquí este change, debe ser suficiente para hablar a México. En la esquina hay un teléfono, pero no te vayas a tardar, tenemos que irnos de aquí pronto”

Agarré las monedas y me enfilé hacia la puerta del Wendy’s: había poca gente en las mesas, pero ahí vi por primera vez a un chino comiendo una hamburguesa con papas fritas embarradas de cátsup.

Escuché la voz de Catulo antes de salir a la calle:

“¡recuerda que la clave lada para llamar a México es 52!”

Ignoraba que con el tiempo Catulo iba a convertirse en la persona más cercana a un amigo o a un familiar en mi “nueva” vida en el Gabacho. Paradojas de la vida y puras tonterías, la mera verdad.

 

Respondió mi tía:

“¿bueno?, ¿bueno?, ¿eres tú, hijito?, ¿gordo?, ¡no puedo escucharte! ¿¡hijo…!?”

Colgué sin hacer siquiera un poquito de ruido.

Me senté en el borde de la banqueta y miré en derredor con ganas de llorar. ¿Qué podría haberle dicho a mi tía? ¿Que unos gringos invisibles habían matado a su hijo de quince años y que la culpa era de ella y del pendejo de mi tío Paco?

La luz del Wendy’s se proyectaba sobre el asfalto del estacionamiento, pero frente a mí sólo se discernían formas y ruidos oscuros; adentro Catulo y el ruco platicaban con las hamburguesas entre las manos.

Una enorme camioneta pick up aparcó justo delante de mí. Una pareja de gringos más o menos de mi edad descendió con aplomo; él parecía un jugador de futbol americano y ella tenía toda la pinta de una porrista con el cabello oxigenado. Ese era el sueño americano: bajarse de una enorme camioneta para sentarse a tragar las hamburguesas de una pelirroja ficticia llamada Wendy.

Me entraron ganas de llamarle por teléfono a mis papás, pero, ¿qué les hubiera podido decir, que estaba en un Wendy’s de Amado, Arizona, y que al panzón de mi primo lo habían matado unos vaqueros invisibles?

Escuché pasos detrás de mí.

Era Catulo y el ruco de ojos azules.

“te guardé una hamburguesa, carnal”, dijo  Catulo y me ofreció un envoltorio de papel.

El ruco también habló:

“aquí me dice este vato que los encamine hacia Oregón esta misma noche, así que ya levántate porque el trayecto aún es largo. Tengo un compadre que en un ratito va a salir con su tráiler rumbo a Sacramento”

 

Tres días después llegamos a Oregón. En Sacramento, el compadre del ruco nos dejó con otro compadre que, por su parte, nos llevó en una camioneta hasta Portland, donde un amigo suyo terminó dándonos el último empujón a Eugene.

Era de noche cuando llegamos al taller mecánico del tío de Catulo. Se abrazaron de forma efusiva y luego Catulo me presentó:

“este vato es mi carnal, échele la mano, tío, verá que sale bueno para la mecánica”

El tío de Catulo era un señor de más o menos cincuenta años, con la piel rojiza y el cabello pajoso y cano.

Me dijo:

“todos me dicen Mayo, ¿has chalaneado antes en un taller mecánico?”

Negué con la cabeza, pero Catulo corrigió mi gesto de inmediato:

“no se preocupe, tío, aprenderá bien rápido, yo me encargaré de que así sea, este vato es como mi hermano…”

 

Fragmento de la novela Wild North (Rayo Press, 2016)

 


Francisco Laguna Correa (México, 1982) creció en el centro de la Ciudad de México. Es autor de Crítica literaria y otros cuentos (2011), Finales felices (2012), libro de microrrelatos por el que recibió el Premio Literario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), Resquebrajadura (deforme y mutilado, este relato…) (2014) y Wild North (2016). En 2016 recibió el título de doctor por parte de la University of North Carolina-Chapel Hill. Ha sido docente y becario en University of Pittsburgh, y en la actualidad es profesor visitante en High Point University.

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Crímenes narrativos

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