“Las gallaretas”, por Rosario Lázaro Igoa

El último recuerdo de un acontecimiento de tanta magnitud en la vida del balneario era el de los televisores. No cualquier televisor, ni la invención del televisor, ni cierto...

El último recuerdo de un acontecimiento de tanta magnitud en la vida del balneario era el de los televisores. No cualquier televisor, ni la invención del televisor, ni cierto modelo nuevo de televisor; nada de eso, sino televisores flotantes que aparecieron después de que un barco con contrabando vaciara sus bodegas llenas de electrodomésticos frente a nuestro faro. El primer reporte lo hizo por radio el valiente capitán de un guardacostas destinado a custodiar las aguas de frontera. Los televisores llegaron flotando algunos días después, gracias a corrientes benévolas y vientos favorables que los empujaron hacia nosotros, y no hacia África, a donde hubieran llegado estropeados por tantos días de travesía interoceánica; ni tampoco hacia el país vecino, con el cual el balneario tenía una acérrima y larga enemistad. La llegada de ese contingente de cubos negros entre las olas fue recibida por la incredulidad de los pobladores, primero, y por el oportunismo, después. Las playas más cercanas al centro fueron rastrilladas en minutos. Varios entusiastas se metían hasta la cintura en el agua helada, tratando de atrapar un televisor antes de que un vecino más avispado se les interpusiera. Dicen que aún hay algunos televisores de aquella época, aunque otros explotaron a los pocos días de rescatados en la playa, por una potente combinación de agua salada y corriente eléctrica.

Con las gallaretas pasó algo bastante parecido, en varios aspectos. Primero porque llegaron en invierno y por el mar, despistadas como un televisor que flota hasta la orilla del océano, aunque enseguida se pudo ver que tenían más autonomía que un electrodoméstico. Y también porque venían en masa, como los televisores. Los pescadores fueron los primeros en verlas, y pensaron que venían a disputarles los pejerreyes que habían empezado a sacar. Pero eran cientos, como una corriente sin rumbo, demasiado errática como para estar pensando en sustento. Las bandadas parecían bloques de plumas negras y picos amarillos entre la espuma del oleaje intenso. Algunas trataban de subirse a los restos de un barco hundido, pero se resbalaban con torpeza entre los fierros negros y las algas. Un pescador, al que solo se le veían los ojos entre el gorro y la bufanda, dejó su caña en el soporte y se agarró la cabeza. Las primeras gallaretas estaban llegando a la arena, tratando de pararse y sacudirse el agua helada de las plumas. Andaban abombadas, torpes y llenas de lastimaduras.

La noticia que venía de la playa atravesó las dunas y el bañado como una ráfaga, y se propagó en instantes. Atrás vinieron las gallaretas, invadiendo el balneario. Era macabro verlas subir las calles hasta el centro poblado, ver cómo se bamboleaban esos cuerpos de gallina poco ágil. Muchas caían, otras eran acorraladas por los perros, que de repente retomaban su instinto cazador y las atacaban sin piedad. Los perros, ya organizados en diferentes manadas, no respondían al llamado de sus dueños y se abalanzaban con precisión sobre los grupos de aves indefensas. Otras, sorprendidas en medio de la calle, daban saltos cortos para no ser embestidas por los autos, aunque no todas corrían la misma suerte. Las menos aparecían en los jardines, entre las acacias, las retamas y las lavandas en flor, un montón de plumas casi sin vida y con los ojos desorbitados.

—Al sentirse amenazadas es instintivo que se guarezcan entre los matorrales —dijo una persona que aparentemente ya había buscado información al respecto.

Mientras algunos las rescataban entre los canteros y les hacían respiración boca a pico para que reaccionaran, otros les preparaban mamaderas de leche tibia y trataban de acunarlas. Las gallaretas regurgitaban la leche, y también los trozos de pescado que unos niños trataban de hacerles bajar por el buche. Más de uno se llevó un picotazo por incauto. Eran pájaros en malas condiciones, pero mantenían su independencia.

Al mismo tiempo, hubo quien se acordó de la conocida torcedura de pescuezo. Un giro preciso de manos alrededor del cuello del ave y punto. No era piedad, sino búsqueda de alimento. La idea no era de uno, sino de varios que a aquella hora torcían cuellos y desplumaban gallaretas pensando en la adaptación de ciertas recetas locales. Escabeche a la cacerola, al vino blanco, a las brasas; «No, a las brasas esa carne dura queda fulera», opinaba otro, sugiriendo una marinada, como había visto en la televisión días antes (no, este televisor era nuevo y de pantalla plana, comprado en cuotas, y además el sujeto en cuestión ni vivía en el balneario en aquella época de televisiones flotadoras, condición por la cual era llamado despectivamente foráneo).

En la playa, frente a la invasión que seguía desembarcando, un noruego, este más mimetizado con la población local y conocido por sus hazañas ultramarinas, sugirió probar los ojos, que serían blandos, y de fácil digestión. Chupó un mate con ganas (este era el tipo de costumbre, como también el gusto por el fútbol, que no había demorado en aprender en décadas por estas tierras), y después sugirió:

—O podemos empedarlas a puro whisky, y después hacemos paté con los hígados detonados. Estas gallaretas son negras y amarillas, como el Manya, y se lo merecen —remató arrinconando unas cuatro o cinco aves y mandándolas para dentro de una bolsa de arpillera.

—A puro Mac Pay ahora, chicas —dijo el Noruego y rió, arrugando un rostro de piel muy blanca y curtida por el viento. Después se puso la bolsa al hombro y empezó a pedalear en la bicicleta rumbo a su cabaña en el bosque. El sol caía entre los pinos.

Por la noche, la situación se fue agudizando. Se cumplían menos de veinticuatro horas de la llegada del primer contingente, y los graznidos atravesaban el aire frío del balneario. Los cuerpos oscuros se mimetizaban con la noche, y solo los ojos amarillos resaltaban de repente, acá y allá, como bichos de luz. Graznaban cada vez más fuerte. Entre los graznidos, se imponía de a ratos el ladrido furtivo de un ataque de perros. Milagrosamente, cuando algún alma caritativa las encontraba antes que los perros, las gallaretas se dejaban agarrar sin picotazos. Era como si la noche les anulara la capacidad de reacción. Muchas durmieron en cunas improvisadas al lado de las estufas humeantes del pueblo, pero esa paz no duró demasiado. Nadie contó con que los gatos estaban aprendiendo a cazarlas también, y al salir el sol aparecieron varios esqueletos limpios con plumas alrededor en las cocinas de las casas.

Esa misma mañana, la televisión hizo un especial sobre la invasión de las gallaretas, cuyo nombre científico el conductor del programa local pronunció con afectación: Fulica armillata. En la escuela, y ante el aluvión de dudas, las maestras prendieron la televisión. El pueblo entero miraba con atención la noticia. Alguien había atado los cabos: la invasión de gallaretas había sido provocada por la apertura de la barra de una laguna próxima, del otro lado de la frontera. «Apertura artificial», puntualizó el especialista a través de una barba canosa, frunciendo la nariz salpicada de venas violetas y levantando el dedo en lo alto. El operativo con el ejército vecino ya estaba coordinado, habían prometido llevarse a las gallaretas de vuelta, puntualizó.

Las imágenes que ilustraban el programa eran de aves caminando por el bosque, metidas en los basurales, y también de las que se habían quedado en la playa, en una parte en que las rocas ofrecían cierto resguardo (y donde eran defendidas, además, por unos enérgicos activistas que acampaban desde el día anterior). Otras imágenes mostraban un grupo de voluntarios muy compenetrados que arriaban a las aves rumbo a un lugar incierto. Dos personas sostenían una malla contra la cual las aves se estrellaban una y otra vez. Alguna gallareta trataba de escaparse, y después de arduas horas de tareas de rescate, los voluntarios perdían la paciencia y les aplicaban una patada voladora que las hacía volver al grupo. Realmente, se trataba de una crisis local.

Para dar andamiento a la operación de rescate, exhortó el conductor, la población debía mantenerse dentro de sus casas, no darles de comer a las gallaretas, ni tampoco abrirles la puerta. Los perros tenían que permanecer atados hasta nuevo aviso. La escuela debía cerrar las puertas y los niños volver ligero a sus casas. Solo los hombres de cada familia tenían que llevar cuanta gallareta encontraran hasta el refugio de las rocas de la playa. El camión de basura (un camión normal, no uno triturador), iría recogiendo las que quedaran para atrás. Todo debía ser ejecutado con rapidez, para facilitar el operativo. El ejército vecino estaría llegando dentro de pocos minutos al balneario, para devolver las gallaretas a su laguna natal. Los televidentes estaban estupefactos, nunca antes un ejército había venido en misión de paz al pueblo, ni el nacional, ni mucho menos uno extranjero. El programa siguió entonces emitiendo entrevistas a los pobladores:

—Yo las vi primero, venían chotas ya, nadando a duras penas y ni pararse podían. Ayudamos a algunas, pero eran demasiadas —dijo el pescador, haciendo el mismo gesto de agarrarse la cabeza de un día antes.

—Anduve averiguando y no es una buena carne de caza —decretaba por su parte el Noruego, peinándose el jopo pelirrojo de costado y agregando—: Ni para hacer paté sirven, ayer gasté un litro de whisky al pedo. Las cocinen como las cocinen, quedan con gusto a humedad. Lo que pueden hacer es dejarlas marinar con vino, cerveza, caña con butiá y miel. Después tiran las gallaretas a la mierda y se toman el líquido.

En suma, la mañana avanzaba. Pasó el mediodía y la tarde se vislumbraba eterna en la espera. Hacía rato que los hombres habían devuelto las gallaretas a las rocas, donde serían rescatadas. Ahora el silencio era casi absoluto, interrumpido solamente por los graznidos, cada vez más agónicos. Una bandada de gaviotas surcaba el cielo rumbo a la isla, como todos los días. De repente, cuando ya eran más de las tres de la tarde, entró una camioneta verde al pueblo. La bandera del país vecino flameaba como un detalle, colgada de una de las ventanillas. Un soldado serio y concentrado manejaba el vehículo rumbo a la costa. El pueblo entero miraba a través de las cortinas, y muchos se preguntaban cómo haría una sola persona para meter todos esos bichos en una camioneta de tan reducidas dimensiones. Un niño opinó que el resto del ejército debía de venir por mar, pero nadie lo escuchó. En una duna, no muy distante del conjunto de rocas donde las gallaretas se reunían, el Noruego desafiaba la orden oficial. Los activistas estaban en otra duna haciendo lo mismo, escondidos atrás de unos matorrales.

La camioneta se detuvo en seco a menos de cien metros de las aves. Atrás venía el auto de la televisión, con el cámara sacando el torso por la ventanilla. El soldado se quedó dentro del vehículo, y pronto lo perdieron de vista porque se agachó de repente, buscando algo. El auto de la televisión guardó distancia, mientras el soldado se sentaba de nuevo en la camioneta y escrutaba el horizonte. La acción demoró minutos eternos en comenzar, tan largos que el Noruego pensó que el extranjero, no él, estaría recibiendo una llamada telefónica de sus superiores. De pronto, la evidencia les golpeó la cara con fuerza y todos se dieron cuenta: el soldado sacaba el caño de una metralleta por la ventanilla, y lo apoyaba con cuidado en el espejo lateral. Y antes de que alguien pudiera reaccionar, mucho menos las gallaretas, empezó a disparar, a disparar contra todas las aves al mismo tiempo. No se escucharon graznidos, ni gritos de personas, solo una ráfaga de proyectiles, precisa y letal. La masacre duró menos de dos minutos, tiempo suficiente como para no dejar ninguna viva. Solo las plumas quedaron ondeando en el aire, así como la sangre contra las rocas como testigo de la matanza y los cuerpos inertes, blandos sobre la arena.

El soldado bajó entonces el arma y arrancó el vehículo a toda velocidad, como en una película, derrapó al salir de la playa y se fue levantando tierra por las calles cuando huía del balneario. Los pobladores llegaron a la playa enseguida, alertados por un noruego estupefacto y varios activistas presas del llanto. El sol ya se estaba poniendo una vez más, y el soldado seguramente estaría cruzando la frontera en esos momentos, presto y veloz, rumbo a su patria. Y en ese instante llegaron los perros, cientos de perros, de todos los tamaños y colores, que no demoraron en abalanzarse hacia la montaña de aves, y comer los despojos.

—Vecinos, hay que tener cuidado ahora con los perros, que no se coman los proyectiles que no detonaron y vayan a explotarles adentro —sentenció el Noruego en entrevista exclusiva a la televisión local, mientras una bandada de patos le pasaba por arriba de la cabeza, proveniente del país vecino.

 

Del libro de cuentos Peces mudos (Criatura Editora, 2016)

 


Rosario Lázaro Igoa (Uruguay, 1981) es traductora literaria y periodista. Pasó la niñez y adolescencia en La Paloma, Rocha. Se licenció en Comunicación (2006) y obtuvo un doctorado en Estudios de la Traducción por la Universidad Federal de Santa Catarina (2015), con un período de investigación en Bélgica. Publicó la novela Mayito (2006) y cuentos en las antologías Exposición múltiple (2015), Kafkaville (2015), Entintalo (2012) y El descontento y la promesa (2008). Colabora con la diaria y la revista Lento. Ha traducido novelas y cuentos del portugués al español. Vive en Brasil desde 2009, donde trabaja como investigadora y escribe despacio.

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Crímenes narrativos

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