Exorcismos de Paul Brito

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente,...

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente, enlazándonos con la formación de la criatura que alguna vez llevaron dentro de ellos.

 

2015 tapa britoLa muerte del obrero | Collage Editores | 2014

 

Aunque es uno de mis libros más cortos, La muerte del obrero es el que más tiempo me llevó. Comencé a escribirlo en el año 2000 y lo publiqué en el 2014. Desde el primer borrador hablaba ya de una construcción y de un obrero que moría al caerse de un piso elevado. El narrador trabajaba en un almacén dentro de la obra, administrando los materiales de construcción. Un tiempo después, sin yo buscarlo, terminé trabajando en una construcción de verdad. Muchas veces anduve al borde de un precipicio, sin arnés, agarrado apenas de la misma malla metálica que estaba instalando, pero no pude agregar una línea más a lo que ya había imaginado antes.

Me dediqué a recrear, desde el mismo personaje, otras experiencias laborales que había tenido: como vendedor de enciclopedias y como operario en un laboratorio farmacéutico. Otras experiencias, como la de cajero en un supermercado, simplemente no prosperaron sobre el papel. En esa época me estaba divorciando de mi primera esposa y los bajones anímicos rompían el ritmo de mi escritura; además, vivía en el extranjero y me sentía desterrado de otras cosas de mi pasado. Era como si la muerte amenazara por todos lados al personaje. Decidí desarrollar la idea central no como un evento con antecedentes y consecuencias, al estilo de una historia convencional, sino como una matriz cruzada de distintos niveles de significación.

Resolví que el protagonista debía ser más bien el título, encarnado de diferentes maneras transversales. De la muerte literal de un obrero, debía evolucionar a otras muertes menos concretas, más sutiles. ¿De qué otras formas podía morir un obrero? ¿En qué otras clases de obrero podía convertirse? ¿Qué otras acciones mecánicas lo sometían a otras cadenas de engranaje? ¿De qué modo los personajes podían superponer o trascender esas implacables rutinas?

Si algo he advertido en mi propia búsqueda literaria es mi interés por comprender dónde acaba lo extenso y dónde comienza lo intenso, cómo se engrana lo secuencial a lo continuo, cómo funciona esa frontera constante en que la causalidad es reemplazada por la casualidad, en que lo diacrónico se enlaza con lo sincrónico. Creo que allí está la clave de toda narración. Si uno se enfoca solo en el primer aspecto, acaba escribiendo una historia plana, anecdótica, previsible, muda. Si, en cambio, se esfuerza por reflejar exclusivamente lo continuo, lo sincrónico, puede caer en lo confuso, en lo gratuito, en lo imposible.

Decidí mantener los pies sobre la tierra, como el obrero que levanta desde abajo un edificio para que otros puedan habitarlo. Por un lado comencé a escribir de manera causal, secuencial, extensiva, narrando minuciosamente el trabajo mecánico de un obrero, primero en una construcción, luego en un laboratorio y finalmente como vendedor de enciclopedias. Al mismo tiempo, sin siquiera saber que iban a formar parte del mismo libro, escribí otras historias casuales, azarosas, atravesadas espontáneamente por algún tipo de muerte. La parte del vendedor de enciclopedias fue la que más espacio me pidió. En ella aparece una secta que oficia como un reflejo caricaturizado del ambiente laboral y de las secuencias y rutinas a la que está sometido todo trabajador.

Me pareció divertido usar las mismas premisas y categorías de una teoría filosófica que vengo desarrollando hace muchos años y que yo llamo teoría de la continuidad; las usé como directrices espirituales de aquella secta, y de esa forma podía parodiarlas, burlarme de ellas, volverlas más flexibles. Era como recorrer la teoría pero en vía contraria: a través de su ridiculización, podía detectar sus límites y círculos viciosos, esos que caracterizan cualquier representación del mundo por más compleja que sea. La secta representaba las formas en que un empleado se puede volver cada vez más dependiente de un jefe o de alguien que piensa por él, y terminar alineado a una sola fórmula de pensamiento.

Algo que me falta por comentar es que en mi primer libro Los intrusos hay ya un cuento donde aparece el Fabián de La muerte del obrero. El relato se llama Pesas y párpados, y surgió de los mismos materiales de este. Era una especie de capítulo que no terminaba de encajar en el plan del libro. Ni tampoco como pieza de Los intrusos; no terminaba de cuadrar ni siquiera consigo mismo. Sentía que le faltaba algo… Cuando al fin pude incorporarle un intruso, una mujer misteriosa que olía a tierra húmeda y que desapareció sin dejar rastro, que al fin y al cabo representaba a la muerte, fue que el cuento fraguó y encontró su lugar en Los intrusos. Y solo entonces fue que Fabián pudo vivir con naturalidad en La muerte del obrero, como en una especie de compensación o nivelación, igual que en una ecuación se equilibra una carga sumando y restándola a ambos lados de ella.

De igual manera, solo cuando al fin pude ponerle punto final a La muerte del obrero, después de tantos años conviviendo con ella, pude dedicarme con tranquilidad a otros libros, a otras muertes.

 


Paul Brito (Colombia, 1975) nació en Barranquilla. Ha publicado el libro de crónicas El proletariado de los dioses (2016) y tres libros de narrativa: la colección de cuentos Los intrusos (UIS 2007, Premio Nacional de Libro de Cuentos); El ideal de Aquiles, 101 minicuentos para alcanzar a la tortuga (2010) y la novela La muerte del obrero (2014). Textos de su autoría han sido traducidos al inglés, portugués e italiano. La revista Semana, en una separata especial sobre el Caribe y bajo la selección de su crítico literario Luis Fernando Afanador, lo eligió como uno de los cuatro escritores más destacados de la nueva generación del Caribe colombiano. Colabora en medios nacionales como El Tiempo, El Malpensante, Arcadia y El Heraldo, y en publicaciones españolas como Clarín. Fue relator de la FNPI (Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano) en el Taller de Crónica de Jon Lee Anderson La Barranquilla de García Márquez. También es editor de la revista Actual.

Foto: Álvaro Delgado

CATEGORÍAS
El feto que tuve en el vientre

TAL VEZ TE INTERESE