“El silencio de las sirenas”, por Beatriz García Guirado

Fue la imagen del año según la CBS: miles de ballenas grises varadas en las playas del Pacífico, aniquiladas, arponeadas li­teralmente por una fuerza interior inexplicable. Sus entrañas esparcidas...

Fue la imagen del año según la CBS: miles de ballenas grises varadas en las playas del Pacífico, aniquiladas, arponeadas li­teralmente por una fuerza interior inexplicable. Sus entrañas esparcidas por la arena blanca simulaban una suerte de círculos de maíz o líneas de Nazca. Para mí, estaba claro, era una analo­gía evidente del caos que reinaba en el mundo, una mancha de Rorschach de psiquismo compartido, aunque no era el único que lo pensase. Sin ir más lejos, en el Museo de Arte Patológi­co de Heidelberg se exhibe una obra de similares características de Jürgen, pintor de sensibilidad exagerada, alma pura y locura inaudita. Con todo, Jürgen me parecía abominable por razones que todavía me reservo el derecho a hacer públicas. Pero vean las señales: que una ballena encinta muera en mitad de un ciclo es una rueda quebrada del samsara, si mueren miles, entonces… Debería preocuparnos que los círculos se conviertan en medias lunas, que la constelación de Cetus sea las bombillas fundidas del neón de un tren de lavado, pero sólo los artistas y los demen­tes tienen un oráculo de Delfos en el plexo solar.

Fue la imagen del año, la muerte abstrusa y masiva de las ba­llenas; no obstante, cómo decirlo… La sanguina de esos bichos no es comparable a la explosión de una bomba en un centro comercial o la matanza indiscriminada de civiles en Siria, ¿por qué de entre todas las desgracias debía ser ésta la más conmove­dora? Las ballenas tienen consciencia de sí mismas, por ello uno puede llorarlas. Su largo viaje desde el invierno eterno del mar de Bering hasta los santuarios de Baja California es el camino del héroe que, como en las epopeyas clásicas, ve la muerte antes de alcanzar la gloria.

Yo escuché su agonizar lento durante una tormenta, lo oí tan claramente como mis propios suspiros, una exhalación final de gran cansancio, y ni siquiera aún habían muerto. Pero vean las señales, vean: primero los surfistas dejaron de arañar las olas y lechosas norteamericanas en bikini nadaron a crol sobre sus ejemplares de Vogue en dirección a Europa. No, lo que cuento fue el efecto y no la causa. Quiero ordenar mi mente y no pue­do… Tan sólo un minuto. México. Gran maremoto. Cientos de muertos y heridos. Informe de Desastres Mundiales, año dos mil…

Sí, un año exacto antes de la desgracia de las ballenas hubo otra mayor, pero menos sentida: un gran sismo asoló las costas de México segando centenares de vidas. Fue un inmenso espas­mo del océano, igual que una arcada sorpresiva que ocurre en una primera cita ante un plato de marisco. Debo decirlo ahora o me devorará vivo: peste y desolación no son ingredientes de un Bloody Mary, pero la crema solar tampoco protege de ciertas quemaduras. No obstante, ocurrió, vaya si ocurrió… E increí­blemente, tras el maremoto, aquellas gentes que lo habían perdido todo volvieron a las playas donde se habían ahogado sus hijos para participar en las labores de limpieza y traslado de los cadáveres de ballenas sobre los que pululaban las moscas y los buitres, horrorizados ante el espectáculo con el que revivían la tragedia aún tan reciente.

A los expertos en riesgos ambientales les preocupa dema­siado que las víctimas de un desastre crean que las lluvias torrenciales y las erupciones volcánicas son castigos divinos. La religión es ortopedia, y si no vas a dar piernas nuevas a quien camina con muñones, para qué escribes informes. Aunque, como digo, fueron las ballenas y no el sismo la imagen más vista, más perturbadora de acuerdo a la cbs; posiblemente, porque estamos demasiado acostumbrados a la catástrofe, o porque la fragilidad de animales aparentemente eternos es un símbolo mayor de nuestra propia volatilidad. Pasado al­gún tiempo, el turismo volvió a llegar a aquel paraje que yo recordaba de ensueño, algo masificado también, pero que tras el maremoto se tornó salvaje, indómito, primordial. Se reconstruyeron los resorts antes que las casas y los nativos que no habían migrado al interior trabajaban en el asfaltado de las carreteras y las canalizaciones de agua potable, que no llegaban a todas partes.

Pero si realmente quieres una respuesta, te la daré tal cual la aprehendo en mi mente, de forma subliminal y fragmentaria, a través de refugios que no entenderás de manera consciente, porque no hay nada puro que pueda explicarse de forma literal. Las ballenas no me importan; ella me abandonó y empezaron a llover peces del cielo, peces sin memoria. Se marchó como las olas en retirada y dejó una bolsa de plástico y latas de conserva en la orilla. Ocho años de matrimonio y para despedirse escri­bió un post-it y lo pegó en la nevera, como si el afecto pudiera comprarse en el supermercado.

Lloré su marcha, pero no su pérdida. Mi mujer, Johanna, falleció durante el tsunami que devastó Baja California.

A menudo me descubro reconstruyendo cómo debió de ser su muerte. A menudo, como digo, la dibujo con un dedo en el aire tomando el sol en las playas de Ensenada con los pechos blancos apretados contra la toalla, leyendo un aceitoso ejem­plar de National Geographic o haciendo remolinos en el torso peludo de su amante, cuando irrumpió la gran ola y, en un rapto estúpido de pudor, hizo el ademán de abrocharse el bikini antes de salir corriendo, y un rascacielos de agua se derrumbó sobre su cabeza. ¡Boom! Jamás le pegué una bofetada, que esto valga por todas las que le debo. Me duele la palma de la mano y río. Hago cronogramas mentales que empiezo por el final y nunca termino y barcos de papel en los que naufrago estrepi­tosamente.

Rememorar es soñar despierto.

Cinco años después de la tragedia, me tomé unas largas vacaciones para llorar a mi esposa muerta y no se me ocurrió nada mejor que volver al océano Pacífico para celebrar nuestra segunda luna de miel, sin ella.

Me llamo Oless Svalbard, trabajo en un call center y soy buceador.

 

Fragmento de la novela El silencio de las sirenas (Salto de Página, 2016)

 


Beatriz García Guirado (España, 1983) es una escritora y periodista nacida en Barcelona. Licenciada en Periodismo y Guion, ha trabajado en distintos medios de comunicación en su país. Es editora de la revista independiente Láudano y colabora también con la revista Quimera. En 2016 publicó a través de Editorial Salto de Página la novela El silencio de las sirenas. Relatos de su autoría han sido incluidos en diversas antologías de cuento fantástico.

Foto: Andrea Huls

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Crímenes narrativos

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