“Chungking Express”, por Lilian Laura Ivachow

Este relato recrea la película homónima de Won Kar- wai.   I Lo primero que atravesó la mujer de la peluca rubia fue la galería que conectaba almacenes, lockers,...

Este relato recrea la película homónima de Won Kar- wai.

 

I

Lo primero que atravesó la mujer de la peluca rubia fue la galería que conectaba almacenes, lockers, talleres de costura, puestos de comida rápida y los cuartos con camas cuchetas del hotel en el que se confinaban trabajadores hindúes, pakistaníes y filipinos. Al detenerse en una frutería sintió el empellón: un policía que corría en dirección contraria la hizo tambalear y como una repentina modelo prêt-à-porter lució las gafas oscuras y la gabardina que la resguardaba de las rodillas al cuello. Eran las 9 pm de aquella noche tormentosa de abril, aunque en la Mansión Chungking no se sentía la lluvia ni se filtraba el sol: solo las luces de los tubos fluorescentes y destellos amortiguados de los letreros de neón. Instalada en el San Miguel Bar, recibió el sobre de manos del inglés y lo guardó en su cartera. Poco después les preguntó a los hindúes si realmente estaban dispuestos.

Cada vez que el agente He Qiwu se encontraba de guardia en la Mansión Chungking paraba en el Midnight Express. Hacía muy poco que su relación con May se había terminado y mientras devoraba una hamburguesa con huevo y jamón no dejaba de consultar su beeper. Para Marco Wei, el dueño del Midnight, las cosas eran más fáciles: si tu chica te dejó, buscate otra, ¿por qué no invitás a salir a esta May? He Qiwu miró de reojo a la nueva empleada que llevaba el nombre de su ex novia.  «Hoy no puedo», le dijo. Y se fue del local.

Desde que los hindúes le habían confirmado la participación, la mujer de la peluca rubia no dejaba de mostrar autoridad; si alguno intentaba rebelarse lo escarmentaba impiadosa, sin ninguna contemplación. Con la destreza de una profesional contó los dólares, armó fajos de mil y se los entregó a cada uno. Al día siguiente compró las valijas necesarias y en uno de los locales de comidas rápidas de la Mansión les ofreció un almuerzo abundante en arroz y cervezas. Poco después se encargó ella misma de los preservativos y de las últimas vituallas.

Cada vez que He Qiwu detenía a un malhechor quería que May fuera la primera en enterarse. En la noche del sábado 30 de abril, tras una corrida espectacular, efectuó un arresto esforzado y valiente muy distinto de aquel otro infructuoso que dos días antes lo había hecho embestir a una mujer rubia con gafas oscuras. He Qiwu no se pudo contener y aunque May le había advertido que la historia entre ellos se había terminado la llamó por teléfono. Cuando una voz masculina respondió en japonés cortó la comunicación. No hacía mucho había llegado a la conclusión de que como May se parecía a una actriz  japonesa hubiera preferido casarse con un actor japonés. He Qiwu corrió otra vez  despotricando, jurando y perjurando que mataría a todos los actores de cine japoneses.

En el taller de costura de la Mansión Chungking la mujer de peluca rubia rellenaba los preservativos con las dosis exactas. Después convocó a los hindúes y los hizo descoser, introducir el polvo finísimo y volver a coser almohadones, ositos de peluche y tacones de zapatos. A pesar de su poder de concentración se percató de los hombres que intentaban filmarla. La mujer de la peluca rubia no dudaba a la hora de actuar, en segundos les quitó la cámara y los empujó a carterazos. Cuando todo estuvo controlado llevó a los hindúes hasta el aeropuerto y presentó ella misma los pasaportes pero al darse vuelta no los encontró y no tuvo más remedio que recorrer el hall de una punta a la otra. Después buscó por la sala de embarque, por los restaurantes, por los estacionamientos; transitó los mismos espacios una y otra vez sintiendo el repiqueteo de sus tacos sobre la superficie resplandeciente. Tras echar el último vistazo no dudó, los hindúes habían escapado.

Desde que todo se había terminado con May, He Qiwu compraba latas de ananá con fecha de caducidad primero de mayo. A May le encantaba el ananá y su estrategia era definitiva: si para último día de abril su ex novia no regresaba, la relación se daría por vencida. En la noche del sábado 30, a una hora de su cumpleaños, vio las latas apiladas y resignado decidió comérselas.  Primero devoró una, después otra, luego otra; cuando abrió la cuarta, echó las rodajas en una ensaladera y se bebió el almíbar con fruición. Siguió con este procedimiento hasta la vigésimo séptima y cuando al fin devoró la última llegó a la conclusión de que todo en el mundo tiene fecha de vencimiento: los tomates vencen, las sardinas vencen, hasta el papel celofán… Mientras se empachaba con la última rodaja no dudó de que para May él valía poco, lo mismo que una lata de ananá.

Lo primero que hizo fue buscarlo en el San Miguel Bar. La bartender le aseguró que no estaba allí y ella abandonó el bar sin imaginar que el inglés se encontraba a escasos metros espiándola a través de un cortinado. La mujer de la peluca rubia se hallaba en aprietos. De vuelta en la galería de la Mansión se dirigió a uno de los lockers, tomó un revólver y lo colocó en su cartera. Inmediatamente recorrió puestos, tiendas y locales mostrando las fotos carnet de los pasaportes de los hindúes. Nadie admitía conocerlos pero ella no se amilanó. Al pasar frente a una sedería, reconoció a uno de los hombres que el día anterior había intentado filmarla. El sujeto permanecía detrás del mostrador con una nena que jugaba con los rollos de tela y bastó una leve distracción para que la mujer entrara a la sedería, alzara a la nena y escapara con ella. Desde una cafetería ubicada en el extremo opuesto de la Mansión, llamó al hombre por teléfono mientras entretenía a la nena con enormes copas heladas. Tiene una hora para decírmelo o no volverá a ver a su hija. La mujer esperaba, volvía a llamar, el hombre no respondía y la nena parecía feliz con su enorme copa de maracuyá y frambuesa. Cuando comprobó que el hombre carecía de cualquier información volvió a llamarlo y liberó a la nena. Algunos sacrificarían a sus propios hijos para salvarse, pensó, él no es uno de ellos.

Descartado todo posible regreso de May, vencido, He Qiwu pensó que  lo mejor sería salir a celebrar su cumpleaños. Se acordó de la otra May, la que había empezado a trabajar como empleada de limpieza en el Midgnight. Todavía estaba a tiempo de invitarla a la trasnoche pero Marco Wei le contó que había salido con un tal Richard, ¿pensabas que te iba a esperar…? cuando las mujeres esperan se ponen nerviosas. He Qiwu no podía creerlo: en menos de tres horas dos Mays lo habían desairado. Se prometió que nunca más saldría con una chica con ese nombre y desde el teléfono público del Midnight llamó a Lulú, pero Lulú estaba completamente dormida; llamó a Chieko-san, pero Chieko-san se había casado y tenía dos hijos; llamó a Kong siu-Wai, una compañerita de tercer grado que ni siquiera se acordaba de él. En la primera hora de la noche del domingo, decidió que se enamoraría de la primera mujer que apareciese.

A la mujer de la peluca rubia no le quedó más que enfadarse; la búsqueda se había complicado y el plazo vencería en pocas horas. Resignada, encendió un cigarrillo y se dejó caer. Fumaba a través de una boquilla blanca mientras posaba la mirada en un punto lejano, difuso, como si en cada pitada intentara resguardar para sí su aliento, o como si fuera, sobre ese hálito de humo que le recortaba impecablemente el rostro, una doble de luces de Greta Garbo. Después se levantó, caminó, sacó el arma, disparó al tuntún a los hindúes que se emborrachaban a escasos metros y no tuvo más remedio que correr, que correr y escapar, que correr, escapar y escabullirse de la horda sobreviviente que la empujaba hasta el último subte.

A pesar de las treinta latas de ananá He Qiwu no dejaba de beber. Apostado en la barra del pub, bebía, vomitaba y volvía a beber como si su estómago contara con un dispositivo externo. Apenas vio entrar a la mujer de la peluca rubia no dudó en acercársele. Lo primero que le preguntó fue si le gustaba el ananá. La mujer permaneció en silencio, He Qiwu creyó que quizás no fuera cantonesa y volvió a hacerle la misma pregunta en mandarín, en inglés y en japonés. Acabo de cumplir los 25, ¿le gustaría salir a correr conmigo? Toda mujer necesita un hombre en el que apoyarse. ¿Por qué lleva gafas de sol a estas horas de la noche? ¿Es ciega, es presumida o teme que la gente sepa que ha estado llorando? Desde hacía unos días la mujer de la peluca rubia tomaba precauciones: gabardina porque nunca se sabe si llueve, gafas oscuras por si sale el sol. Ajena a He Qiwu pidió un whisky, prendió un cigarrillo y volvió a elevar la mirada pero esta vez una mirada perdida y decadente, una doble tardía de Gena Rowlands en Gloria. Desde las lentes tornasoladas de sus gafas alcanzó a verse reflejada en los compacts de la jukebox de donde nacían los bluses que eran como remansos, oasis para ese día interminable del que todavía resonaban disparos, raptos, empellones, huídas trepidantes y repiqueteos de tacones en el piso. Después se dejó caer sobre el hombro de su acompañante, «necesito un lugar para dormir», le dijo. Y fue la única vez que He Qiwu escuchó su voz.

En la habitación 705 del hotel la contempló durmiendo con la gabardina, las gafas y los zapatos puestos. Cuando le había dicho que quería dormir se refería a eso. He Qiwu miró dos películas clásicas, comió cuatro ensaladas y cuando amanecía supo que debía irse. Antes de salir, le anotó el código de su beeper, le quitó los zapatos y se los limpió: debe haber corrido toda la noche, una mujer tan bonita debería tener los zapatos limpios. La mujer de la peluca rubia despertó enseguida y desde la ventana de la habitación alcanzó a verlo cruzar la calle. Después miró los rascacielos y el cúmulo de nubes que se amontonaba cada vez más denso, oscuro y borrascoso.

Faltaban pocos minutos para las seis y He Qiwu corría entre relámpagos y chaparrones alrededor de la pista del Parque Central de Hong Kong. Cuando dejó de correr abandonó su beeper en el parque: había estado demasiado pendiente de May. Pero al alejarse escuchó la alarma y desde el teléfono público más próximo se comunicó con la operadora: «su amiga de la habitación 705 le desea feliz cumpleaños». He Qiwu volvió a correr pero esta vez para empaparse de su fuerza, vitalidad y de toda aquella sabiduría que Marco Wei le había garantizado, porque cuando uno corre, se libera del exceso de agua y ya no quedan lágrimas para llorar.

Cada vez que el inglés se acostaba con chicas honkonesas les ponía una peluca rubia, al inglés lo excitaban las mujeres con peluca rubia y la bartender no dejaba de complacerlo. Cuando acabaron le pidió un cigarrillo, la bartender salió a procurárselo y él permaneció frente al espejo eligiendo su mejor camisa, pavoneándose como doble de Brando amanecido en Hong Kong. Desde la vereda del bar escuchó el maullido, su gatito recién nacido debía estar mojándose. El inglés salió a rescatarlo y apenas se agachó fue el blanco perfecto. La mujer apuntó, disparó y como una modelo prêt-à-porter tras su última pasada se perdió para siempre en la ciudad, en el smog y en la niebla sin darse cuenta de que en el fragor de la huida había perdido la peluca rubia.

 

II

En el Midnight Express nadie dormía. Ubicado en el  extremo sur de la Mansión Chungking expedía bebidas y comida chatarra durante las 24 horas a honkoneses e hindúes, obreros y financistas, despabilados e insomnes, policías sensibles y traficantes improvisadas. Marco Wei tenía suerte con los empleados pero las empleadas no le duraban. Como el día anterior había renunciado una tal May, contrató para múltiples tareas a Faye, su sobrina, una chica que soñaba con viajar a California. Durante su primera jornada de trabajo Faye se topó con He Qiwu en el momento en que el agente se acercaba al mostrador con la ropa empapada. He Qiwu la ignoró por completo, tomó su desayuno de siempre y como si fuera el único huésped en la Mansión –o como si todavía cayera para él la lluvia, solo para él por alguna exclusivísima gotera– se perdió frente a todos en la meditación, en el ensueño y en el ostracismo. Faye lo miró con atención hasta que se alejó y ya no volvió a vérselo por el Midnight. Marco Wei no se sorprendió  –a los policías es común que los trasladen– y muy poco después empezó a patrullar la zona otro agente, el 633, que se hizo habitué y que tenía una novia azafata amante de las ensaladas. Marco Wei lo convenció para que cambiara de rutina y le llevara tocino con patatas. El 633 aceptó pero al día siguiente le contó que su novia lo había abandonado: «quizás no debí haber cambiado de menú».

Esa noche en su apartamento, el 633 recordó su primera cita con la azafata. Vivía cerca del aeropuerto Chek Lap Kok y el clamor permanente de los aviones lo llevó a aquel primer encuentro. Para el agente 633 todo hombre que viaja sueña con conquistar a una azafata; él lo había logrado tres años antes durante un vuelo tormentoso proveniente de Beijing. Habían intercambiado sus teléfonos abordo y apenas ella pisó su apartamento se besaron, se desnudaron y remontaron  juntos el jumbo de juguete que la compañía obsequiaba a los pasajeros. Recordó cómo había hecho despegar el jumbo desde sus piernas, sus muslos y sus caderas, como si su cuerpo, rendido, fuera la más sinuosa de las pistas aéreas. Recordó que cuando la muchacha se había quedado dormida el jumbo trepó el omóplato, aminoró la marcha por el hombro, aterrizó en la espalda…

Cada vez que Faye atendía el local ponía a todo volumen California Dreamin’ de The Mamas and the Papas. Era la única canción del CD que reproducía y mientras la escuchaba y volvía a escuchar se las ingeniaba para acomodar bandejas, armar ensaladas y esparcir condimentos. Faye era simpática y despreocupada, usaba el pelo corto y tenía la costumbre de pegarse al ventilador aunque hiciera calor o frío. Desde cualquier punto del local espiaba al agente 633 mientras tomaba su café negro y ponía a Marco Wei al tanto de sus desventuras amorosas. Esa noche el 633 no fue y mientras Faye pasaba el trapo rejilla por el mostrador, una azafata se acercó al local y le preguntó por el agente. Cuando Faye le dijo que estaba de franco, sacó una carta de su maleta y se la encomendó.

En el Midnight Express todos sintieron curiosidad por la carta: primero la leyó Marco Wei, después los parrilleros nepalíes, después la señora de la limpieza y por último el bachero taiwanés. Finalmente le tocó a Faye y cuando la quiso guardar, descubrió una pequeña llave en el fondo del sobre. En la noche siguiente el 633 llegó al local para tomar su café negro. Faye escuchaba California Dreamin’ a todo volumen y le comentó a los gritos que una azafata le había dejado una carta. El agente le pidió que bajara el volumen,  Faye accedió y cuando al fin la escuchó se alejó y se instaló en la otra punta del mostrador cada vez más abstraído, cada vez más solo, sin siquiera sentir el café hirviendo entre sus manos ni el estrépito de la muchedumbre que circulaba por las galerías. Antes de irse le pidió que se la guardara: algún día voy a leerla, quizás, tal vez…

Esa madrugada el agente 633 habló con los objetos, desde que la azafata lo había dejado había adquirido esa costumbre y así como de golpe y porrazo podía dirigirse al jabón, le decía al trapo rejilla que estaba cada vez más  andrajoso, que dejara de llorar, que si seguía inundando la mesada con sus lágrimas iba a perder su capacidad de absorción. Después levantó la vista y vio la camisa con pañuelo al cuello y vivos en los hombros colgada, desolada, movida apenas por la corriente de aire que llegaba desde la ventana abierta. Debes tener frío, le dijo. Y le pasó la plancha para darle calor.

Al mediodía siguiente Faye y el 633 se cruzaron en el comedor central de la Mansión Chungking. El agente terminaba su chawfan y Faye, camino al Midnight, cargaba una enorme cesta de patatas. El agente 633 le ofreció ayuda y Faye le contó que su trabajo con Marco Wei era temporario, lo hacía para ahorrar dinero y viajar a California. Si llegara a ir, podría mandarte una postal, «¿me pasarías tu dirección?». El 633 se la anotó en una hoja de su libreta de multas.

Al día siguiente sabía que el agente estaría patrullando y no dudó en meterse en su apartamento. Faye revolvió todo tipo de objetos, cambió muebles de lugar y hasta se durmió una siesta express en la cama deshecha. Una hora después llamó a Marco Wei y le dijo que no iría a causa de la lluvia. Marco Wei le replicó enseguida «es un hermoso día de sol» pero Faye le aseguró que era una nube pasajera, que solamente rondaba por ahí. Y desde el cuarto de baño abrió el duchador y acercó el teléfono al chorro de agua.

Para Faye y el 633 ya era habitual cruzarse en el Midnight, en la feria o en cualquier punto de la Mansión Chungking. Cada vez que se topaban se detenían a hablar incluso esa tarde en la que Faye cargada de artículos de limpieza se dirigía hacia su apartamento. Apenas entró se puso guantes de goma, encendió el equipo JVC y al ritmo de California Dreamin’ pasó el plumero; cambió manteles, cortinas y toallas; repuso latas de sardinas vencidas por otras en fecha; renovó el jabón y la pasta dental. Como sabía que el agente se desvelaba y tomaba enormes cantidades de café, colocó somníferos en las botellas de agua. Después tendió la cama y cuando quiso estirar las sábanas encontró debajo de la almohada un cabello largo, negro, ostensiblemente femenino. Rendida ante la evidencia se dejó caer, en el momento en que la azafata dejaba un mensaje en el contestador. Faye gritó, pataleó, revoleó la almohada; tomó el jumbo de juguete que había sobre la mesita de luz y lo ahogó en una pecera. Después se quedó mirando las aspas del ventilador de techo que el agente siempre dejaba encendido, recorrió cada rinconcito del apartamento y pensó que lo mejor sería dejar la casa libre de rastros de asistentes de vuelo. Una a una quitó las fotografías de la azafata, sacó el jumbo de la pecera y lo escondió debajo de la cama. Descolgó la camisa con vivos en los hombros recién planchada y la guardó al fondo del placard. Antes de salir, rebobinó el contestador automático hasta dejarlo en punta.

No faltó mucho para que el 633 reparara en que las cosas habían cambiado: la cocina relucía luminosa, el jabón al fin había engordado, la toalla se sentía tersa y suave y la comida tenía más sabor. Esa noche no se desveló, durmió como un lirón y al día siguiente pudo concentrarse en su jornada de trabajo. Pero durante el transcurso de la tarde tuvo la corazonada de que la azafata había regresado y sin pensarlo dejó de patrullar y se echó a correr.

Apenas llegó a su apartamento encontró a Faye en la puerta con una bolsa llena de peces de colores. Faye estalló en un grito.

–¿Que estás haciendo aquí?

–Yo vivo aquí –el 633 respondió sin inmutarse.

–Estoy comprando peces. Vendiendo mejor… Vengo a venderte estos peces.

–¿Por qué no pasás? Estás tan pálida que debe haberte dado un calambre. Puedo hacerte masajes en los pies.

Faye se sentó en el sillón y el agente comenzó con los masajes. No hacía mucho se los hacía a la azafata cuando regresaba de un largo vuelo. Como todavía la sentía tensa, encendió el JVC. Faye se relajó y le preguntó si a él también le gustaba The Mamas and the Papas, «en realidad ese compact lo escuchaba mi ex novia». Faye no se sorprendió, sabía que se trataba de su CD y se preguntó si la azafata sería tan fan como ella de California Dreamin’. Miró la pecera vacía y mientras buscaba su reflejo en el vidrio tornasolado se relajó hasta quedarse dormida. El 633 sintió el peso de sus pequeños pies, un oasis en medio de la tarde en la que él, tras una corazonada, había retornado inesperadamente a su apartamento. Cuando empezaba a atardecer, subió el volumen de California Dreamin’ y se acostó bajo las aspas del ventilador de techo. Faye despertó con su canción y se acordó de los peces. Uno a uno los vertió en la pecera mientras sentía la tenue cascada de agua creando un mundo nuevo; un planeta alegre y diminuto lleno de burbujas y colores y maravillas.

A la mañana siguiente, el 633 se apareció por el Midnight. Faye escuchaba una balada melosa.

–Vengo por mi carta.

Faye se la entregó y apenas la tuvo en sus manos le preguntó:

–¿Estás libre mañana por la noche? Te espero a las 8 pm en el California Wave.

Faye enmudeció; el 633 era parco pero directo a la hora de invitar. Enseguida sacó del bolsillo el CD de The Mamas and the Papas y se lo devolvió.

–Mejor escuchá este, esa música no te va.

En el California Wave el agente 633 bebía cerveza y aguardaba con ropa de civil. Había llegado poco antes de las 8 pm y a las 9 pm todavía esperaba aturdido por el estruendo de la tormenta que se había desatado. A las 9.30 pm apareció Marco Wei: «ella no va a venir, me dijo que viajaba a California y que te diera esta carta, ¿en verdad pensaste que vendría…?». Media hora más tarde el agente 633 abandonó el California Wave y tiró la carta en el primer cesto de basura que encontró a su paso. La lluvia era demencial y aunque lo que más quería era deambular por la ciudad no tuvo más remedio que volverse. Durante toda la noche bebió cerveza y prometió que nunca más le hablaría a los objetos, pero cuando amanecía se dirigió a su ciudad por última vez para decirle que la lluvia no era más que una membrana hecha de agua, la piel triste del siglo escurriéndose por la alcantarilla.

Una hora más tarde salió a la calle, tomó la carta empapada del cesto de basura e intentó desplegarla. Entró a un Open 24 y la secó en un hornillo eléctrico. La carta resultó ser un pasaje de avión con fecha abierta pero los tramos borroneados por el agua impedían leer el destino. El 633 reprogramó el calentador, el pasaje empezaba a chamuscarse, la lluvia persistía indiferente pero adentro del hornillo se aventuraba un pequeño y resplandeciente sol, un sol eléctrico, un sol californiano.

Durante su estadía en Los Ángeles, Faye empezó a trabajar como azafata y se dejó crecer el pelo hasta la cintura. Ser azafata era el mejor entre todos los trabajos: días enteros libres, buen dinero y ciudades por conocer. Dos años más tarde cuando tras un vuelo sin turbulencias su compañía programó una escala en Hong Kong lo primero que hizo fue acercarse al Midnight. Era las 6 am y la persiana baja la sorprendió: Marco Wei no cerraba por la noche. Faye la abrió con la llave que  todavía conservaba. Adentro del local, el agente de policía 633 escuchaba California Dreamin’ con delantal y gorro de cocina.

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Trabajo aquí. ¿No te contó tu tío que estoy a cargo?

–¿Y dónde está mi tío?

–Abrió un karaoke, dijo que necesitaba un cambio.

–¿Y desde cuándo te gusta esta música?

–Lleva su tiempo acostumbrarse a las cosas. ¿Tomamos algo esta noche?

–No puedo. Vuelo en tres horas…

El ex policía sonrió… Faye era así: la luz de un hornillo eléctrico; una nube pasajera, un trabajo vacacional. Buscó el pasaje chamuscado y lo extendió sobre el mostrador.

–¿Y me dejarías abordar con un pasaje como este?

–Puede ser, puedo redactar una constancia por daños y te lo cambian por otro. ¿A dónde te gustaría ir…?

Faye sacó una lapicera, tomó una servilleta de papel y se puso a escribir.

 

Del libro de cuentos Mi madre favorita tiene bíceps (La Mariposa y La Iguana, 2016)

 


Lilian Laura Ivachow (Argentina, 1970) nació en Buenos Aires. Es licenciada en Letras por la UBA y su camino se despliega entre la literatura y el cine con igual pasión. Colaboró con la revista El perseguidor. Publicó el poemario Mi chica de cristal (2007) y coordinó talleres literarios en la Unidad Penitenciaria de Marcos Paz. Investigó la obra fílmica de Hugo del Carril como becaria del Centro Cultural de la Cooperación.  Codirigió el documental sobre David Kohon Una galería de espejos (2000) y dirigió el largometraje de ficción Pablo y Virginia van a Luján. En la actualidad dicta seminarios sobre las relaciones entre literatura y cine y se desempeña como docente en la Universidad Nacional de La Matanza.

Foto: Cecilia Pallarés

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Crímenes narrativos

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