“Paisaje con dromedario”, por Carola Saavedra

GRABACIÓN 1 Ruido de viento y olas que golpean contra el acantilado. Pequeñas piedras caen en el agua. Pasos. Interrupción. Voz. Estoy en el extremo sur de la isla....

GRABACIÓN 1

Ruido de viento y olas que golpean contra el acantilado. Pequeñas piedras caen en el agua. Pasos. Interrupción. Voz.

Estoy en el extremo sur de la isla. Si nadara en línea recta, supongo que en algún momento llegaría al Antártico. Tierras australes. De cualquier forma, el extremo sur no significa mucho cuando el extremo norte queda a poco más de dos horas en automóvil. Unas horas y ya, se terminó la isla. El mar, en compensación, parece inagotable. Aterrador. Este mar aquí es un mar que todavía no fue domesticado. Nunca le impusieron límites. Hasta los colores, el olor, las algas, todo en él parece surgir repentinamente. Y siempre me viene una sensación de extrañamiento cuando miro alrededor y veo calles, casas, personas, como en cualquier otro lugar.

Hace una o dos semanas que estoy aquí. Quizás hayan sido apenas algunos días, no sé. Alex, los días pasan de forma anormal en este lugar. Pero no quería comenzar hablando de la isla, tampoco quería comenzar quejándome de que el tiempo pasa rápido o muy lento. Quería comenzar hablando de una imagen. No sé si era una fotografía o yo guardé aquel momento como algo estático en la memoria. Antes de que las cosas con Karen tomaran el rumbo que tomaron. Nosotros tres. La imagen era así: Karen abría una botella de vino, tú la abrazabas por la espalda, le decías algo al oído. Karen se reía, avergonzada. Karen siempre se reía así, como si la risa fuera algo obsceno. Ella bajaba la cabeza, desviaba la mirada, y se reía. Sentada en tu sillón, el cuero gastado, desteñido, yo me reía también, pero mi risa, como siempre, era casi una carcajada. Sostenía una copa todavía llena. Ya no recuerdo cuál era el motivo, pero sí que en aquel instante todo me parecía tan suave, tan perfecto, como si fuera imposible cualquier incomprensión, cualquier desentendimiento.

 

Silencio. El ruido de las olas que golpean contra las piedras se oye cada vez más fuerte. Una voz muy baja, inaudible. Pausa. La voz prosigue, ahora en un volumen más alto.

Es curioso, ¿sabes?, recuerdo a las personas y las fases de mi vida según las imágenes que las rodeaban. No están necesariamente relacionadas con el acontecimiento en sí, en verdad casi nunca. En general, algo arbitrario pero que, por algún motivo, quedó asociado. Cualquier imagen, una película, una obra de teatro, una fotografía. O simplemente algo que acompañó por casualidad aquel instante, alguien pasando, una ventana, un movimiento, algo que restó. Pienso, quizás en el futuro, cuando los recuerdos comiencen a desvanecerse, toda mi memoria estará guiada por esas cosas. Al evocar cierta imagen surgirá inmediatamente el lugar, la época y la persona que estaba a mi lado y, al mismo tiempo, el recuerdo de quién era yo, de cómo estaba vestida, cómo me sentía, qué pensaba. Y, al recuperar de nuevo esa memoria, la sensación de enfrentar dos momentos irreconciliables, la Érika actual y la Érika de aquel momento. De ese enfrentamiento imposible, una perplejidad, como si en un viaje en el tiempo me encontrara conmigo misma. Nosotras dos, una al lado de la otra, finalmente unidas y totalmente extrañas. Pienso ahora, las imágenes podrían ser eso, un punto de intersección del tiempo hacia el cual todo converge. El presente, el pasado, el futuro, la niña que fui un día, la vieja que voy a ser, la persona que soy ahora. Todas esas posibilidades.

Pero, como te dije, no quiero hablar sobre el tiempo. Tampoco sobre imágenes. En verdad, quería hablar de sonidos. Explicarte por qué en vez de atender tus llamadas telefónicas, me decidí por este grabador. Hay una película, no recuerdo ahora cómo se llama. Pero era algo así, un hombre paseaba por Lisboa y, en vez de una cámara, tenía un grabador. Y grababa todo, como un turista. Creo que su trabajo tenía que ver con eso, que era sonidista o ingeniero de sonido, no sé. Recuerdo una escena. Él andando por Lisboa con un micrófono. Era una imagen bonita. Quizá cada ciudad tenga sus propios sonidos, el sonido del viento y del mar, o de la ausencia del mar, el sonido de las laderas, de los niños jugando, saltando a la soga. Y también el sonido del idioma, la musicalidad del idioma, de las personas conversando en los cafés, en los bares, el sonido de los automóviles, de los trenes o los perros vagando por los rincones, o de la respiración de un perro que duerme bajo una marquesina, y de su reacción cuando alguien lo patea o le pasa la mano por el lomo. Cada una de esas cosas que conforman los sonidos de la ciudad. Quizás cada ciudad tenga su historia sonora, y de una forma imaginaria sea posible hacer una reconstrucción de todos los sonidos que pasaron por ella, como una sinfonía. Entonces cada ciudad, cada lugar tendría su propia sinfonía, su propia partitura. Todo lo que se oyó en ese espacio, desde sus comienzos, cuando siquiera había ciudad o gente, luego sus primeros habitantes, nómadas que por algún motivo decidieron quedarse, los pasos de los primeros habitantes, las primeras casas al ser construidas, los primeros amores, las primeras peleas, después las luchas y las guerras. Todo surgiendo y siendo destruido, sucesivamente. La sinfonía.

 

Fragmento de la novela Paisaje con dromedario (Ediciones Lanzallamas, 2016)

 


Carola Saavedra (Chile, 1973), pese a haber nacido en Chile, es considerada una de las voces más relevantes de la actual literatura brasileña. Vivió por una década entre España, Francia y Alemania, donde obtuvo una maestría en comunicación. Ha publicado el libro de cuentos Do lado de fora (2005) y las novelas Toda terça (2007), Flores azuis (2008), Paisagem com dromedário (2010) y O inventário das coisas ausentes (2014). Su obra ha sido traducida al alemán, francés, español e inglés, y ha obtenido numerosos premios y reconocimientos. Sitio web: carolasaavedra.wordpress.com

Foto: Archivo de la autora

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Crímenes narrativos

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