“Los últimos hijos”, por Antonio Ramos Revillas

—No es su hija, ¿verdad? La nana hizo una pausa para medir bien mi reacción. —¿Perdón? —No se parece a ustedes, a la bebé, la niña Irene no le...

—No es su hija, ¿verdad?

La nana hizo una pausa para medir bien mi reacción.

—¿Perdón?

—No se parece a ustedes, a la bebé, la niña Irene no le da pecho, sus pechos no tienen leche… están flacos, tampoco tiene la herida de una cirugía… Sólo no me engañen, hijos, es todo lo que quiero. ¿Es adoptada, verdad?

Aquellas palabras me devolvieron un poco el control sobre la situación. Amparo se puso en pie y dijo que aquello que habíamos hecho estaba mal, porque los hijos los daba Dios o no los daba. Que él y sólo él abría o cerraba las matrices.

—No tuve hijos, mi vientre era perezoso. No tuve. Tampoco pareja. La niña Irene es todo lo que tengo. Su mamá y su papá, que Dios los tenga en santa gloria, también. Eran duros con ella, pero les salió bien. Aquí me voy a morir. Me van a enterrar en aquel cementerio que está por allá, si tengo mala suerte me convertiré en espanto: volveré vestida de blanco, o como puerca negra, Dios no lo permita, pero al menos en esta vida acepté lo que Él me envió. Sé que la niña Irene no es mi hija. Pero ustedes saben… como quiera los voy a apoyar o más bien me apoyo en ustedes, quién lo sabe.

Aproveché un silencio para mirar hacia el desierto por si veía en aquella oscuridad inmóvil algún guiño de Abril.

—Esa gata que trajeron ustedes ya no va a aparecer. Es mejor que ni la busque. Pero si insiste, puede ir allá y prender una vela… debe estar atento para que vea en qué dirección la apaga el viento, en ésa está su mascota.

No podía perder nada, así que entré a la casa y salí con una vela de pábilo suave. Me encaminé al monte. Me senté sobre una inmensa roca boluda. Encendí la vela que resguardé entre algunas piedras para sostenerla con firmeza. El aire corría en muchas direcciones y la noche me atrapó en un santiamén. Cientos de metros hacia abajo se hallaba la casa. Miles de insectos se empezaron a mover, algunos moscos fueron atraídos por la luz. Miraba atento. Sentía la brisa en mis brazos, en la frente, cruzaba como una caricia mi cuello. La pequeña llama bailoteaba en todas direcciones. La noche pesada había terminado incluso por silenciar las luces a la lejanía, las pesadas luces de la fábrica, las que avanzaban, provistas de alma, en la carretera. La llama alumbraba apenas las piedras cercanas y el borde sucio de mis zapatos. Me quedé atento al baile del fuego minúsculo. A veces disminuía, pero encontraba nuevo combustible en las paredes internas de la vela y resurgía. Luego dejó de correr el aire. Un pesado bochorno me hizo sudar. Sentí el sudor en las comisuras de mis labios. Las gotas resbalaban por mis manos, abiertos los poros de la piel. La llama iba para allá, para acá, para allá, de un lado, casi se acostaba sobre la cera derretida. Veía esa lucecita hundirse en la vela, resurgir. “Esto es una tontería”, pensé. A mis espaldas estaban las ánimas de los hombres del desierto, sus mujeres, sus bestias, atentos a la pequeña pira encapsulada que contenía ese andar errante por las quebraduras de la tierra. Observé cuando la llama se levantó, estirándose para alcanzar al menos el doble de su tamaño, se peinó hacia mi rodilla, alargándose con vida propia, la punta del fuego dirigiéndose hacia mí como si quisiera meterse en mis nervios hasta que al final, en medio de la noche sin viento, se alargó hacia El Sartejonal. Esperaba, ansioso. La llama al fin se extinguió indicándome un camino hacia la oscuridad.

Tal vez Abril se encontraba allá.

Esa madrugada encontré su cadáver, no muy lejos del cementerio del pueblo: parco, apenas rodeado por mojoneras, con flores viejas y tumbas desalineadas. Abril, creo, había subido a investigar el olor que provenía de aquel sitio, de sus flores secas. No la habían mordido ni parecía que hubiera entablado combate con algún animal. El cuerpo no se hallaba hinchado, por lo que no tendría mucho tiempo de muerta. Además era imposible saberlo, estaba invadida por hormigas rojas, grandes, de las arrieras. Hacían un camino metiéndose aún más en el desierto. Eran tal vez miles las que habían entrado al cuerpo de mi gata y se la comían poco a poco. Me dio mucha lástima mi Abril. Recordé el cuadro pisoteado en mi casa, la escena del burro podrido de Buñuel. Como aquella vez me sentí igual. ¿Cuándo nos damos cuenta de que estamos jodidos? Ahí, lo supe. Me limpié las lágrimas y regresé a la casa.

La nana Amparo me dio una pala y le pedí un galón de gasolina que guardaba para unas lámparas. Le conté todo a Irene quien acomodó a Betsabé en la cama y después me abrazó. Ni dijo nada. Su cuerpo temblaba.

—Espere hasta mañana, el sol es mejor lumbrera —me aconsejó Amparo.

—Cava profundo —me ordenó Irene.

Apoyado con una lámpara, regresé a la cañada donde yacía la gata. Con la gasolina tracé un camino a su alrededor hasta donde las hormigas tenían su nido. Sé que los hormigueros pueden extenderse por kilómetros bajo la tierra. Las hormigas cavan profundamente en la roca con su tenaz paciencia, el hormiguero se hunde metros abajo con su pérfido sentido de protección. Rocié la gasolina sobre el sendero de insectos. Éstas empezaron a desdibujar su trazo al contacto con el combustible. Rocié hasta llegar al hormiguero, situado a unos setenta metros de distancia. Los conos de salida eran muchos, así que cavé alrededor de ellos un amplio círculo. A veces la pala golpeaba contra una piedra gruesa, lisa, de la época en la que toda aquella región estuvo bajo el agua y estas serranías que despuntaban a la distancia eran corales de incierta arquitectura que el sol había transformados en huesos y piedras, restos que el desierto reclamaba ahora para sí.

Rocié un poco más de gasolina en las grietas circulares y en el camino de las hormigas, dentro de los conos de arena, y seguí hasta el cuerpo de Abril, adelgazado. Los ojos habían desaparecido, los huesos ya no podían sostener la pelambre gris.

Prendí el cerillo y lo lancé.

La lumbre invadió el cuerpo de la gata, un rápido flamazo se comió la arena, el hormiguero era cresta de fuego que bailoteaba: incendio de la carne. Las lenguas amarillentas avanzaron y las seguí feliz, corrí hasta que el fuego alcanzó las entradas y el círculo se completó. La tierra empezó a desprender humo por ciertos puntos, liberando aquel calor. El desierto tiene muchas formar de apaciguar a la lumbre. Cuando volví con Irene aún llevaba el brillo de aquel fulgor lejano en mis pupilas.

—¿Viste el incendio? —le pregunté con la mirada puesta hacia el panteón.

—Sigue allá —y apuntó hacia el desierto.

Danzaban las últimas llamas, felinas, hundiéndose en la noche.

 

Fragmento de la novela Los últimos hijos (Almadía, 2015)

 


Antonio Ramos Revillas (México, 1977) nació en Monterrey. Es egresado de Letras Españolas de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2005. Ha participado en antologías como Grandes hits. Vol. I. Nuevos narradores mexicanos (2008), Trazos en el espejo. 15 autorretratos fugaces (2011) y Palabras mayores. Nueva narrativa mexicana (2015). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés y polaco. Ha publicado el libro de cuentos Necrologías (2006) y las novelas El cantante de muertos (2011), considerada una de las mejores del año por los diarios Nexos y Reforma, y Los últimos hijos (2015).

Foto: Secretaría de Cultura de México

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Crímenes narrativos

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