“Interiores”, por Diana Ospina Obando

Siempre realizaba el mismo recorrido. Subido en un bus por la carrera Séptima, del norte hacia el sur. Siempre miraba por la ventana, desprevenidamente, y siempre me llamaba la...

Siempre realizaba el mismo recorrido. Subido en un bus por la carrera Séptima, del norte hacia el sur. Siempre miraba por la ventana, desprevenidamente, y siempre me llamaba la atención un edificio, que parecía abandonado, en la calle 50.

Era una pequeña construcción grisácea de cuatro pisos; algunas ventanas estaban rotas, otras taponadas completamente con papel periódico; las tejas del último piso se veían carcomidas, agujereadas a fuerza de soportar el sol y la lluvia por tantos años. Nunca vi a nadie entrar o salir de él. Nunca vi una cara misteriosa asomada en la ventana, nunca tuve la impresión de que una mano anónima corría una cortina, como en las películas de terror, y, sin embargo, algo me hacía pensar que estaba habitado. A pesar de sus grietas, de sus vidrios rotos y del hermetismo de su puerta, aquel viejo edificio no poseía ese aire de soledad autosuficiente que tienen las casas abandonadas. Es más, casi que podía percibir la presencia de alguna señora gorda con tres gatos, de alguna pareja de amigas que compartían los gastos o de algún estudiante varado haciendo maromas para estirar su exiguo presupuesto. Lo mejor de ver el edificio todos los días era sin duda eso, poder imaginar a sus habitantes, sus historias, sus miedos y expectativas. Y aunque todo era simple, y aunque sentarme en el bus, mirar el edificio y pensar cosas era agradable, también es cierto que había algo muy profundo que me intranquilizaba de ese lugar.

Desde niño he constatado con extrañeza la manera en que pequeñas obsesiones en nuestra vida diaria nos agobian, no sé, como verse siempre la telenovela de las ocho, desayunar lo mismo todos los días o simplemente cerrar la puerta del armario antes de dormir. Aunque muchas pertenecen al terreno de lo común, y a nadie le sorprenderían, hay otras que parecieran transgredir algún orden preestablecido. Para mí, obsesionarme lentamente con el edificio me pareció normal, natural, casi una obligación imposible de eludir; por eso intentaba hablarlo con mis amigos, comentárselo, como si nada, como si les hablara de mi cita al dentista o de la muchacha que me gusta.

—Hoy me pareció ver que hay un nuevo vidrio roto. Es curioso, ¿no?

—¿Un qué? ¿De qué carajos me estás hablando?

—Del edificio, hombre, pues de qué más. Hoy lo noté distinto.

El silencio que seguía a mi aclaración era más que contundente. La mirada del amigo de turno pasaba rápidamente de la sorpresa o fastidio a la conmiseración, y no era extraño que me palmearan la espalda. Nada más.

Yo sé que es extraño, sí, pero la verdad empecé a pensar que los que estaban mal eran precisamente ellos, los otros, a esos a quienes no les interesaba lo que yo tuviera para contarles sobre ese sitio.

Una mañana le tomé algunas fotos para llevarlas en la billetera. Traté de mostrárselas a mi vecino arquitecto, pero apenas las vio no quiso saber nada más.

—Pero, Enrique, sí son puras ruinas, ¿qué quieres que te diga? Todo esto es estúpido. Sácale fotos a la remodelación que están haciendo en el centro más bien. ¿La has visto? Está quedando imponente, es un proyecto costoso, ¿sabías que contrataron a…

A veces soñaba con él. Despertaba en el hall. El aire helado de la noche se colaba por los vidrios rotos. A veces subía las escaleras, que siempre eran enrolladas, en espiral, y entraba en algún apartamento. Recuerdo un sueño con una habitación llena de halcones enjaulados, y todo el cuarto con un insoportable hedor a carroña. Al no poder conseguir alimento, los halcones intentarían matarse entre sí, pero impedidos por las jaulas solo alcanzan a rasguñarse. Sangre y plumas. Y los chillidos de los halcones aprisionados. Otro sueño, el más inquietante de todos, ocurre en un apartamento hermosísimo donde tienen amarrada una niña. Ella es chiquitica y está muy flaca. En algunos sueños tiene cara de ángel, en otros, de liebre. Siempre trata de decirme algo y en el sueño yo siempre le entiendo, pero cuando me despierto, el recuerdo de sus palabras se diluye y ya no sé cómo ayudarle.

No puedo conversar con nadie de mis sueños. Los preocupo. Una vez una amiga me confesó que después de hablar conmigo había soñado que estaba ahí, en el edificio, y aunque la puerta estaba abierta ella tenía la sensación de que jamás podría salir. Uno no puede andar por ahí asustando a la gente, alborotándoles las ideas, metiéndoles miedo. Después de eso decidí callar. Es triste pero de alguna manera disfruto este placer solitario y completamente egoísta.

Mi relación con el edificio es tal vez lo único valioso que poseo, quizás porque es verdaderamente lo único que me pertenece completamente. Nunca he entrado, y sin embargo, en todos estos años creo que lo conozco mejor que nadie, cada grieta, cada agujero en la pared, cada apartamento y sus posibilidades infinitas.

He querido dejar un testimonio antes de que todo cambie.

No pretendo ningún fin específico, en realidad solo quiero narrar mi historia, compartirla de alguna forma con alguien. No deseo mandar esto a mis amigos cercanos; las razones sobran, están más que claras, pero tampoco he querido llevarme esta historia conmigo. Por eso he decidido dejar esta confesión escondida aquí, entre estas páginas. Así solo la encontrará el que la necesite, como yo encontré mi edificio.

Ayer empezaron a derrumbarlo. Seguro construirán alguna residencia posmoderna, de esas que trasnochan a mi amigo el arquitecto.

Sé que algo muy profundo va a cambiar en mí el día en que el último ladrillo sea removido. Mi vida, como la he vivido hasta ahora, carecerá de sentido. No me arrepiento de nada.  Ya otros quisieran encontrar lo que a mí se me ofreció de manera tan natural.

Hoy recordé al despertar, al fin, las palabras de la niña…

 

Del libro de cuentos Interiores (Suburbano Ediciones, 2015)

 


Diana Ospina Obando (Colombia, 1974) es escritora, crítica de cine y docente. Cursó estudios de literatura en la Universidad Javeriana y una Maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana. Cuentos de su autoría han sido publicados en diversas revistas e incluidos en antologías como Señales de ruta (2008), El corazón habitado (2010) y Malos elementos. Relatos sobre la corrupción social (2012). Es también autora del libro de cuentos Interiores (2015). Sitio web: www.elgatoquepesca.com

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Crímenes narrativos

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