“Instintos asesinos”, por Patricia Suárez

Tengo un nombre propio que prefiero no revelar y tengo diecisiete años para dieciocho. En algún momento cumpliré los dieciocho; en algún momento, no: más o menos en ocho...

Tengo un nombre propio que prefiero no revelar y tengo diecisiete años para dieciocho. En algún momento cumpliré los dieciocho; en algún momento, no: más o menos en ocho meses, creo; marzo cae como en ocho meses y cumpliré dieciocho años. Voy al Colegio Americano y hablo perfectamente el inglés; no entiendo prácticamente ni palabra del idioma inglés pero lo vengo estudiando desde los diez años. Me pregunto si toda la vida iré a ser así. Hace cuatro días que estoy en Bariloche de viaje de estudios y la paso como nunca, la paso peor que siempre. Duermo con cinco chicas en una habitación y a la noche salimos a bailar. Tienen cinco nombres distintos pero es como si se llamaran igual. ¿Qué hago yo con esta gente? Los paisajes que vemos durante el día no los retengo en la retina; montañas, nieve, un perro san bernardo. Subimos, bajamos, caminamos la ciudad de arriba abajo: no es divertido para nada. Mi amigo Hugo se cayó al lago helado ayer y estuve entre tirarme al agua a rescatarlo o dejarlo morir ahogado sin avisar a nadie. Tengo instintos asesinos, no me cabe la menor duda. Hace tres años bailé con él por primera vez, una canción de Los Beatles. Hey Jude, creo; mi amigo Hugo baila muy mal. El padre de Hugo vende seguros en una empresa de seguros. Al final llamé al coordinador del viaje que es un idiota y un cretino y cuando está en la ciudad no se dedica al turismo sino que atiende una hamburguería; nadie se lanzó a rescatar al pobre de mi amigo Hugo. De pronto, Hugo se puso de pie dentro del lago y aunque estaba azul de frío, el agua le llegaba apenas al pecho; pasa, dice él, que el frío y la impresión lo habían acalambrado y no se podía mover. Por pura culpa, tendí la mano y lo ayudé a salir; tendría que haberlo dejado morir congelado ahí mismo por estúpido infeliz; esa noche no bailo con él porque me da rabia que no se haya muerto ahogado —¡Aanto Dios que no vaya yo a ser así toda la vida!—, voy a un boliche de los tantos que hay y pido una bebida tras otra, muy dulces, tan dulces que el alcohol no se siente, y no me hacen nada. Ni veo doble ni me falla el equilibrio; puedo caminar sobre las huellas de cualquiera, como canta Sting, pero aquí no hay sobre quién caminar; están todos mirando el techo donde una bola gigante de espejitos da vuelta y nos refleja. Un chico me saca a bailar y me cuenta que es piloto de avión, de una aerolínea extranjera, maneja un Boeing 727. Tal vez yo estuviera borracha como una cuba y no me diera cuenta; me dice que nunca volverá a la Argentina, se vuelve a su país, Serbia, Chechenia, Eslovenia, Eslovaquia: con la borrachera no pude retener el nombre del país que pronunció; tampoco sé el suyo: usaba una campera de aviador como las de Indiana Jones, que no es aviador en ninguna de las películas; me propone que vaya y me acueste con él en su hotel, en la habitación donde duerme con los otros pilotos, sus colegas. ¿Cuántos pilotos hacen falta para conducir un avión? Igual no voy, porque lo pierdo de vista después que me meto en el baño a auxiliar a una de las cinco de nombre indistinto a vomitar las bebidas alcohólicas. Vomita y patea los sanitarios; es un milagro que no se haya roto un pie; mucho me gustaría que se lo hubiera roto: de verdad: no puedo ser así, no puedo ir así por la vida, llena de malos pensamientos. No se rompe ningún hueso, por supuesto, simplemente nos echan del local. Yo me prometí a mí misma no acostarme con nadie en Bariloche, porque acá en mi ciudad me acuesto de vez en vez con uno no más por saber de qué se trata. Me gustaría que me dé un ataque y enamorarme de él completamente como se ve en las películas, pero por como viene la cosa no parece que vaya a pasar o yo soy una inválida para esos asuntos o el amor de película no existe. Hay muchas cosas que no existen y ya las tengo sabidas desde los trece años: Dios, por ejemplo, para empezar, el amor filial, para seguir. Tengo el corazón punk, debe ser eso. No soy punk, creo que no soy punk, pero el corazón se me puso punk. Tal vez sea punk en el fondo y no me doy cuenta. A lo mejor es efecto del vinagre que tomo después de comer. A lo mejor tendría que pintarme el pelo de verde para que todos se den cuenta que tengo algo punk dentro de mí. Mi madre me hizo prometer que no tomaría ninguna bebida en Bariloche porque a su prima Judy o Deby le pusieron una droga en el vaso y entonces quedó loca para siempre y debieron traerla en un jet a la ciudad para curarla; la prima Judy o Deby se volvió ninfómana, dice mi madre, y por eso se casó tres veces, con tres maridos diferentes. Mi madre, recalca, se casó virgen; lo dice como si le fueran a poner una cucarda en la entrepierna por eso.  Apenas me acerqué a una barra pedí todas las bebidas que pudiera meterme entre pecho y espalda con los pases libres que me dieron, sin que surtiera ningún efecto; nada de nada, ni por casualidad, o eso pensé yo aunque me creí a pies juntillas el cuento del aviador de los Balcanes —¿Esos países son de los Balcanes? Desde que el Muro de Berlín cayó ando con el mapa trastornado adentro de la cabeza; este año a Geografía no la apruebo, estoy segura—. Podría tranquilamente haberme ido con el piloto de avión a Serbia, Chechenia, Eslovaquia o Eslovenia, que nadie se hubiera dado cuenta de mi falta; debería, sí, debería haberme ido a su hotel a acostarme con él: era lo más lógico que hubiera podido hacer una noche así y con estas idiotas al lado que no saben aguantar el alcohol. Cada paso que des, estaré mirándote, aviadorcito de Chechenia. Estaré vigilándote, dice la canción de Sting. Prefiero traducir I’ll be watching you, por mirarte y no vigilarte; la palabra vigilar me hace acordar mucho a mis padres: me deprime. No quiero acordarme de mis padres, los amo y son mis padres, pero me deprimen. Ellos me dieron plata para que comprara chocolate que aquí dicen que es muy bueno, y de todo lo que hice y me podía comprar lo que menos me interesó fue el chocolate; además estoy muy gorda. Mi abuela no me ve gorda, ni mi padre, ni mi madre, pero yo creo que ellos no me observan bien y estoy muy gorda. Bebo vinagre atrás de cada comida para no ponerme tan gorda y que me salgan ojeras y tenga una mirada erótica. Lo leí en un libro; casi todo lo que sé lo leo en libros, de mi madre y mi padre no puedo esperar nada. Vinagre de manzana, media tacita. Lo que sí me compré con la plata que me dieron fue el disco El sueño de las tortugas azules, donde Sting debuta como solista. Sting es mi músico favorito, de todos los que oí, es mi favorito pero en The Police: acá se puso medio estúpido con eso de “Si amas a alguien déjalo libre” y “El amor es la séptima ola”. ¿Qué quiere decir con eso? Hace unos años tenía seis cotorritas australianas y se me murieron todas, se apestaron a los pocos días, no llegó ni a pasárseme por la cabeza que debía soltarlas para que fueran libres. ¿Para qué iban a ser libres? Mi padre dice que se las hubieran comido los gatos si volaban libres por la calle, porque son imbéciles —las cotorritas australianas, no los gatos— y se dejarían atrapar con facilidad y mi abuela dice que ella, en el campo, cazaba pajaritos iguales para comérselos con polenta. No sé qué hago viviendo con esta gente. Mi madre para torturarme, me insiste con la idiotez atómica de que los bebés en el cielo eligen a quiénes serán sus padres: no puede creerme tamaño error de mi parte, tamaña crueldad. Por las dudas: no creo en el alma, ni en el cielo, ni en la vida después de la muerte, la resurrección, los fantasmas, el mal de ojo, ni la dieta de la azafata.  Para componer algo así en El sueño de las tortugas azules se nota que Sting no se pone en los zapatos de ninguno de nosotros, los de mi división. Alguno de los cretinos que hacen conmigo el bachiller (a los del comercial ni les dirijo la palabra, aunque bailan mejor, hay que admitirlo) comentó que la mujer de Sting lo engaña a Sting con David Bowie. Otros dicen que la mujer de Bowie lo engaña a Bowie con Mick Jagger y al final, que las mujeres de todos los engañan con todos los músicos de la competencia nomás para verlos rabiar, cosa que me parece muy bien. No creo en nada de nada, todos esos clisés, el amor para siempre, las campanitas que te suenan cuando conocés al chico de tu vida, las mariposas en el estómago y la religión cristiana. Mi padre dice que cuando me suceda una gran desgracia, cuando yo tenga una enfermedad terminal o me maten un hijo, voy a creer en Dios, en la Virgen María, Santa Rita de Casia y hasta en San Cono, santo patrono de la lotería y la quiniela. Mi madre dice que no hace falta creer en la Virgen María, porque somos judíos y no está bien que creamos en la Virgen María. Mi padre le contesta que él no es judío y va a creer en la Virgen María aunque a ella le parezca mal; mi madre le retruca que bastante rápida sería la Virgen María si quedó preñada de Dios a los doce años; mi padre le tira a la cara que su abuela, mi bisabuela, cuando vino en el barco desde Esmirna, estaba esperando su tercer hijo y tenía trece años nomás y mi madre se defiende con no sé qué argumento del casamiento ritual pero él le tapa la boca chillando que en su familia, la de ella, todas las mujeres, todas, son putas y locas. Locas y putas, recalca; mi madre no llora jamás, pega un portazo y hace saltar los vidrios del marco de las ventanas. A veces rompe los platos; se los tira a la cabeza, a veces le tira con lo que tiene a mano: las tijeras, los cuchillos, el cúter de cortar napa de cuero y cuero crudo que usa en el negocio. Mi madre es una lanzadora de cuchillos profesional; podría mantenerse muy bien trabajando en un circo y hasta capaz sería un éxito. No quiero vivir más en esta casa; lo vengo diciendo en voz baja desde que tengo diez años; no es un rezo, para nada. Pero el día que lo comenté en voz alta, mi madre me pegó tal sopapo que casi me salta los dientes. No quiero vivir más en esta casa, no quiero vivir más en esta casa, no quiero vivir más en esta casa. En cuanto cumpla dieciocho años en ocho meses me desaparezco como desaparece una voluta de humo de una colilla de cigarrillo que alguien dejó olvidada encendida en un club nocturno. Para moderar mi carácter, me puse a leer los libros de Lobsang Rampa que eran de mi abuelo, para cultivar la paciencia china; Lobsang Rampa era un monje tibetano lleno de paz interior y mi abuelo era un cretino que practicaba la usura y desplumó a media ciudad; Lobsang Rampa creía en el cordón de plata, las experiencias durante el sueño, la meditación; yo no creo en nada de eso pero hice el esfuerzo por volverme mejor persona —hago siempre el esfuerzo de volverme mejor persona cuando leo— y cuando estaba a punto de tragarme todas las chorradas de Lobsang Rampa, me entero que era un vil cornudo periodista norteamericano que se fue al Asia y armó toda la tramoya del sabio oriental. Es difícil creer en algo a mi edad, la juventud está perdida dice mi abuela; pero a los once era peor. Un día me voy a ir de acá y no me verán más el pelo, pienso. Ahora calculo en irme bien lejos aunque todavía no tengo un plan determinado; a los once simplemente consideraba que el suicidio no era una opción equivocada. A los diez una monja de la escuela me dijo que podría entrar en el convento y cuando le comenté a mi madre lo del convento posible me cruzó la cara con dos cachetazos; claro, si somos judíos, ¿cómo me voy a meter a monja? ¿Qué clase de nueva idea loca es esa? Estoy convencida, mi madre hace todo para convencerme y en esto se pone de acuerdo con mi padre, que la secunda: yo soy la niña, la chica más inteligente del planeta tierra, tal vez hasta la más bondadosa, pero estoy loca como una chiva y por eso debo obedecerlos, porque ellos saben qué es bueno y qué no es bueno para mí. ¿Por qué me mandaron a un colegio de monjas cuando era niña si somos judíos? ¿Tan difícil era ser judíos? Estas preguntas no debo hacerlas, me miran mal; me miran mal porque es más fácil que atinarle a una respuesta. Igual, los perdono. Los perdono aunque rezumo de instintos asesinos. Mi amigo Hugo tiene instintos asesinos hacia sus padres, él también. Creo que por eso somos amigos o tal vez sea porque él nada más quiere tocarme las tetas y no sabe cómo pedírmelo. La amistad entre hombre y mujer es muy difícil de definir. Yo creo, francamente que no existe; mi amiga Clara Varni dice que ella cree que existe cuando una de las dos partes es muy fea; entonces a una no le gustaría salir con un amigo que sea horrible, o tuerto o tartamudo o muy bajito; mi amiga Clara Varni también tiene instintos asesinos hacia sus padres y por eso me pasa todos sus libros de Leo Buscaglia como Amar a los demás y Vivir, amar y aprender. El padre de Clara Varni es entrenador de básquet en el Club Provincial; ella juega al básquet porque es muy alta, yo no juego a nada. Leo los libros del tal Leo Buscaglia de cabo a rabo y es como si el viejo ese escribiera en chino; a Lobsang Rampa por lo menos lo podía tragar y era chino en serio. Después resultó que no lo era, pero mientras yo lo leía creía que era chino. Al final me creo todo, soy una crédula, una ingenua. Igual, mi amiga Clara Varni no vino a Bariloche y todos dicen que no vino porque es lesbiana y para que no descubramos que es lesbiana; es la única persona de mi curso con la que me llevo bien y tal vez sea porque soy lesbiana. A lo mejor soy lesbiana, ¿cómo se sabe si una es lesbiana? ¿Cuánto tiempo tardaré en descubrir si soy lesbiana? Mucho me gustaría ser lesbiana, así cuando se lo digo a mis padres mueren de un infarto masivo los dos a la vez. Aunque quizá, por puro espíritu de contradicción son capaces de aplaudirme y felicitarme. No creo que a ellos les preocupe mucho qué inclinación sexual tengo; les preocupa nomás si voy a ser pobre o no; la pobreza es una cosa que les hace perder el sueño. Mi pobreza futura depende de la carrera que elija a los dieciocho años; médica o abogada, es lo ideal y sino a mendigar a la puerta de las iglesias o bailar en cueros arriba de la mesa de cualquier cantina. No pienso estudiar derecho ni medicina aunque ellos no echen un ojo de por vida. A mí me importa tres pitos por qué pierden el sueño, pero pelean a los gritos todas las noches y entonces pierdo el sueño yo. Cuando tenía siete años, hubo una pelea muy violenta entre ellos, una noche, parecía que mi padre se iba, nos abandonaba, dejaba a la harpía de mi madre y a mí, que no tenía la culpa de nada, y está visto que aún no había desarrollado instintos asesinos. Yo estoy segura de que no los elegí a ellos desde el cielo para que fueran mis padres. Entonces fui y abracé a mi padre bien fuerte y le pedí que no se fuera, que no nos dejara nunca. Claro que estoy muy arrepentida de mis actos. Mi padre, por amor a mí, se quedó a vivir con nosotras. Juré: nunca jamás voy a formar una familia, nunca: seré una ermitaña de la montaña. Cuando voy a la casa del chico con el que me acuesto de vez en vez, primero ponemos dibujos animados, robots. Miramos dibujos animados, los robots. Él también tiene instintos asesinos hacia sus padres y yo lo comprendo: hace diez años que los padres se amenazan entre ellos con que van a divorciarse. ¿Para qué prolongar la agonía?, les pregunta el chico con el que me acuesto y entonces lo mandan a estudiar. Es chico, no entiende de temas de adultos, le espetan; nadie sabe en su casa que él se acuesta conmigo; nadie sabe en mi casa que yo me acuesto con él. Me partirían el alma a patadas, aunque no crea en el alma: hay cosas que a esta gente no se le puede ni mencionar. Con el chico que me acuesto casi no hablamos, miramos los dibujos animados una tarde al mes, los robots. ¿Irá a ser así toda la vida encontrarse con un hombre? Él me juró que no me quiere y que nunca me va a querer, por eso lo sigo viendo. Tampoco yo lo quiero, pero a veces me gustaría quererlo. Una vez me enamoré de un monaguillo y comulgué como tres veces seguidas para que él me pusiera la patena debajo de la barbilla. ¡Qué lindo era el monaguillo! El padre del monaguillo era policía. En aquella época yo tenía doce años, no entendía ni pizca del amor. Mi madre casi me mata cuando notó que iba tanto a misa; el cura me reprendió. Ahora parece que entiendo del amor, quiero creer que entiendo. Lo más probable es que no entienda nada, como con el inglés. Por eso me pasé a francés y sufro como una perra; si hay una lengua retorcida es el francés. Debería volver al inglés, ¿Dios mío, voy a ser así por el resto de mi vida? Las cinco retardadas con que comparto la habitación tuvieron una gran pelea acerca de un chico; a quién le gustaba más y quién se lo merecía: se lo disputaban como al ganado. El padre del chico tiene una peluquería. El chico en cuestión sabe hacer peinados; es muy bueno en eso. Hace dos noches me encerró con él en la habitación y me pidió que grite, como si se me hubiera tirado encima para hacer el amor. Yo lo hice, grité, el chico no me tocó ni un pelo, pero me cae bien. Además, no es cristiano. Yo soy judía pero paso por cristiana en cada escuela en que me anotan mis padres y me obligan a pedir media beca o beca entera aunque yo no me esmero para que me den la completa, dicen ellos; mis padres comentan en voz baja que son judíos día sí día no, y en realidad son espiritistas. Este último tiempo les dio por el espiritismo. Por mi madre descienden a su cuerpo víctimas de crímenes de toda laya y le confiesan quién fue el autor del crimen. A veces quisiera divorciarme de mis padres. Yo a los dieciocho años querría irme muy lejos; Birmania, Tombuctú o Londres: Londres sería un buen lugar para vivir. No tengo un centavo ahorrado para el boleto en avión a Londres; mi padre me tiene contra las cuerdas con el asunto de mis ahorros. En Londres vive Sting, que se llama de verdad Gordon Sumner, y Bowie que se llama David Jones y también Shakespeare. Hace tres meses que leo Hamlet por mi cuenta y no entiendo absolutamente nada; pero subrayo todas las frases que me gustan, por si algún chico me gusta, o una chica me gusta, o sencillamente un terráqueo me gusta, y quiero compartir con él estas frases de Hamlet. Hay días en que me gustan todos los chicos de mi curso, excepto Anselmo porque es lelo y no le entiendo ni jota cuando habla, y hay días en que los detesto a todos por igual. El padre de Anselmo es veterinario. Soy una alumna excelente, tengo excelentes calificaciones y nunca abrí un libro para estudiar; amo los libros y me aburre estudiar: ¿iré a ser siempre así? Igual les juré a todos los chicos de mi curso que nunca me acostaría con ellos hasta terminar el secundario, porque es muy feo, es una acción muy fea, verse todos los días después de haber tenido relaciones sexuales y no sentir ni una pizca de cariño por el otro. ¿Iré a ser siempre así? Igual, a veces, mis compañeros de la escuela quieren tocarme. Todo el tiempo quieren tocarme, tocar a una chica. A veces me dan pena; al chico judío que tiene casi mi mismo apellido lo toqué hasta que acabó el día anterior al examen: me dio pena que fuera a rendir mal por estar caliente. Es un chico con lindos ojos y el padre tiene un negocio de resortes. Mis padres tienen un negocio de zapatos: mi madre lo atiende, últimamente mi padre quiere poner en el galpón donde están arrumbados zapatos de otras temporadas y otros siglos —y donde el gato vomita porque en lugar de cazar ratones se come el veneno para ratas—, ahí, mi padre quiere poner un delfinario. Fue una iluminación semejante idea, dijo. Una idea que le bajó directo de la divinidad, como cuando quiso manufacturar café en saquitos. Mi padre está convencido de que es Thomas Alva Edison. No vivimos en una ciudad marítima; y el delfín es el animal más maravilloso que surca los mares, eso le contesté a mi padre cuando me preguntó qué pensaba de la idea. ¿Por qué la tierra no traga a la gente cuando debe tragarla en lugar de generar tanto trigo y más trigo para alimentar a infelices? Yo lo sé todo de los delfines y de los guepardos, sé un montón de muchos animales, porque me paso el tiempo muerto viendo el National Geographic. Tengo mucho tiempo muerto. Leo sobre osos en unos fascículos que a veces compro en los kioscos, de la Enciclopedia de Félix Rodríguez de la Fuente; no me apena nada que Félix Rodríguez de la Fuente se haya muerto como se murió. Debe ser porque tengo instintos asesinos y no me cae nada mal la idea de matar a alguien arrancándole la piel a tiras como hacen los osos polares en Alaska. La prensa declaró que Félix Rodríguez de la Fuente se estrelló con su avioneta mientras filmaba desde el aire la fauna salvaje de Alaska; mi amigo Claus que es fanático de la naturaleza dijo que debe ser mentira, lo más probable es que lo haya devorado un oso blanco. Después supimos que los osos blancos no se comen a las personas; el padre de Claus es pastor metodista; pero yo me quedo gustosa con la idea de que un oso se comió a lambetazos a Félix Rodríguez de la Fuente y es porque soy malvada, no hay otra explicación. Me gustaría sentir piedad a veces, ser más buena y llorar y no lloro. No lloro nada, me quedo quieta como una estatua en los peores momentos, en las tragedias familiares, y creo que hasta el corazón se me para y no siente. ¿Iré a ser así toda la vida? Después oigo al pasar los hits de Julio Iglesias y me largo a llorar como una loca, ahí, en la calle. Odio a Julio Iglesias, lo detesto, lo oigo en la calle y lloro. No quiero ser siempre así; me parece horrible ser siempre así. Cuando siento que soy muy mala me prometo que iré al África a cuidar a chiquitos enfermos de kwarshiorkor; una vez se me escapó ese deseo en voz alta y mi padre me ladró que yo no lo soportaría, no soportaría estar a la intemperie en ningún lugar donde no hubiera repelente contra los mosquitos y donde no tuviera el walkman para oír música. Es que no me conoce bien; es mi padre y no me conoce bien: yo podría caminar desnuda sobre los hielos de la Antártida y no me castañetearían los dientes. El walkman me lo compró él una vez que fue al Barrio Once, se lo vendieron por un Sony legítimo y sabrá Dios qué es; tendría que haberse dado cuenta de que un Sony legítimo no puede costarle tan barato. Cuando me lo dio, lo abracé y lo besé y eso que me cuesta abrazar y besar a las personas; a las personas en general a lo mejor no me cuesta abrazarlas y besarlas, a mi padre me cuesta. El día que se me cayó el walkman en la vereda y lo llevé a arreglar, ahí me revelaron que no era un Sony legítimo; entonces sentí ganas de que mi padre cayera en un pozo ciego y nadie volviera a saber de él. Tal vez yo sola sabría que él cayó allí y no diría una palabra a ninguno del tipo “Ahí yace mi padre”; me limitaría a tirarle el walkman en el mismo pozo adonde fue a dejar el alma. Digo el alma por decir, porque ese hombre no tiene alma. Es mi padre y lo quiero, pero no tiene alma. A lo mejor tiene alma, pero la verdad es que no lo quiero. Tampoco creo en el alma, repito. Lamento decirlo así, ojalá yo cambie y sea distinta en la vida. Pero es que él está lleno de ideas estrafalarias que irritan a cualquiera con dos dedos de frente y encima me estafa cada vez que puede; me roba plata de la alcancía. Me regala plata para cumpleaños, navidades y festividades judías, billetes extranjeros, dólares, liras, libras esterlinas, me indica que ahorre porque el ahorro es la base de la fortuna y después ¡paf!, descubre dónde guardé la plata y me roba. Ojalá se pudiera llevar a los padres a juicio, pero no se puede; no hay legislación. Hasta los dieciocho años no es mucho lo que se pueda hacer respecto de los padres, salvo matarlos o soportarlos; en ocho meses cumplo dieciocho años. Parece que no se puede hacer otra cosa que quererlos u odiarlos, claro, odiarlos también se puede. Sólo que si después se mueren de un accidente trágico mientras uno los odia, la culpa devora al odiador. Hay un montón de novelas, de historias, sobre el asunto; mi problema es que a mí no me devoraría ninguna culpa; el vinagre dicen que quema el estómago y puede arruinar las paredes del mismo: a mí no me hace nada, absolutamente nada. Soy una chica saludable, tengo la salud de un roble. Aunque capaz esté muy enferma. Ya no lo sé, no me atrevo a dar una opinión cierta sobre mi estado de salud. Quiero pero no, no puedo. En ocho meses voy a cumplir dieciocho años. Me temo que voy a ser siempre así.

 

 


Patricia Suárez (Argentina, 1969) nació en Rosario. Es dramaturga y narradora. Ha publicado, entre otros, los libros Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003), Un fragmento de la vida de Irene S. (2004), Esta no es mi noche (2005) y LUCY (2010). En 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE por su relato “Anna Magnani”.  En 2011 recibió el Premio San Luis Libro por su libro de cuentos Brindar con extraños. Como dramaturga escribió la trilogía Las polacas. Blog: discretoencanto.blogspot.com.ar

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