“Homeboy”, por Santiago Vaquera Vásquez

Recibí un imeil del Lalo. El bato tenía un hermano mayor que había sido el primer hijo de su familia en nacer on this side de la línea. Y...

Recibí un imeil del Lalo. El bato tenía un hermano mayor que había sido el primer hijo de su familia en nacer on this side de la línea. Y como la cosa en esa época andaba pelona para la raza, sus jefes decidieron ponerle un nombre que no le causara problemas. Un name gabacho: Todd. Lo único malo fue el apellido. Allí sí que le chingaron al pobre: Rodríguez. Todd Rodríguez. Un bato raro, bifurcado. Quizá fue por su nombre. Pero bien, sea lo que sea, the dude was el star child, el hijo mayor que iba a salvar a su familia de la miseria después del divorcio de sus jefes. Un divorcio en donde no solo los hijos sino también una cuarta parte de la comunidad sufrieron daños colaterales. Un bato inteligente, el Todd. Logró ser top of the class en su high school. Claro, era una secundaria rural en el norte de Califas: Orland, un pueblo perdido en el valle, entre los huertos de aceituna y naranja. Pero igual. Era lo suficientemente inteligente para que un recruiter del East Coast —no sé, quizá tomó un left en Sacramento cuando debió tomar un right instead— le ofreciera una beca para irse a Cornell University.

Todo habría terminado en el típico happy ending —farmer boy lo hace bien; ándale, a subir las palabras The End para que el público pueda salir— si no fuera porque el cabrón de Todd murió yonqui en un callejón sin salida en San Francisco.

Homeboy no pudo con el white elite de Cornell, que había llevado a un hijo de migrant workers en uno de esos actos dizque de caridad liberal para depositarlo en un mundo donde no sabía qué le pasaba. ¿Subir de escala social así sin preparación previa? No manches, carnal. Eso ni en la ciencia ficción. Ni en el realismo mágico. Uno sufriría un caso fuerte de los bends. Y el resultado es que el Todd no pudo con los richie riches de familia blanca ni menos con los niños bien de familia latina que venían de los suburbios adinerados. Todos lo veían como un indio bajado de la montaña, despite his American name. En lugar de asimilarse al country club set se volvió el bato stereotype, vistiéndose al ‘chuco style de northern Califas de Sacras o Stockton. Peor aún: el loser se volvió pingo, atascándose con los drugs del tiempo. No duró más que un año en Cornell y terminó homeless y perdido en San Francisco. Se volvió just another statistic y excusa para que conservatives tapados declararan que Affirmative Action era un fracaso.

El Todd, though, nunca fue cuate mío. Mi homeboy era el Lalo, su hermano, que sí logró salir del pueblo, ir a Dartmouth y sobrevivir en ese pinche lugar más perdido que Ithaca. Se fue aunque su jefa temiera que iba a terminar de gángster de caricatura como su hermano. Pero no fue así. Una vez me comentó que los Mexican Americans de Southern California eran los peores porque se creían los meros meros del rancho. En particular no aguantaba a los que venían de los affluent Latino suburban communities pero lo negaban. Como que haber crecido en una familia de clase alta había sido una enfermedad. Puedes sentir el self-hate cuando hablas con ellos, me dijo. Lo sudan. Quieren ser farmworkers un rato y decir que pasaron una vida dura y hablar de la pinche discriminación porque en el fondo saben que en el momento en que las cosas se ponen gruesas pueden correr a daddy y sus millions. Nacen con silver spoons pero quieren comer sobre paper plates. Al principio querían que Lalo confirmara sus condiciones de suffering Hispanic, pero el bato, en vez de eso, se volvió punk rocker. Tocaba el bajo en una banda. Hasta les enseñó cómo tocar “La Bamba” a sus compañeros. Claro, la versión punk de los Plugz, la que termina: “Yo no soy capitalista, yo no soy marxista, yo no soy fascista… Soy anarquista”.

El bato sobrevivió a los white winters de Dartmouth y se fue en chinga al Southwest —to work on my tan, bróder— para hacer su Ph. D. en San Diego.

 

Del libro de relatos En el Lost ‘n’ Found (Suburbano Ediciones, 2016)

 


Santiago Vaquera Vásquez (Estados Unidos, 1966) es narrador, académico y ex dj. Doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California, Santa Bárbara. Ha publicado los libros de cuentos Algún día te cuento las cosas que he visto (2012), Luego el silencio (2014) y En el Lost ‘N’ Found (2016). Parte de su trabajo ha sido antologado en Líneas aéreasSe habla español: voces latinas en USA, Pequeñas resistencias 4: antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño, En la frontera: I migliori raconti della letteratura chicana y Malos elementos: Relatos sobre la corrupción social. Actualmente es profesor de escritura creativa y literatura en el Departamento de Español y Portugués de University of New Mexico. Sitio web: www.vaqueravasquez.com

Foto: Javier Narváez Estrada

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Crímenes narrativos

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