“Anzuelos”, por Johann Page

Su padre dormía a un lado del muelle. Apoyado en la silla de estambre, por momentos la brisa parecía a punto de despertarlo, haciendo temblar la gorra sobre su...

Su padre dormía a un lado del muelle. Apoyado en la silla de estambre, por momentos la brisa parecía a punto de despertarlo, haciendo temblar la gorra sobre su rostro. Sin embargo el chico no se confiaba. Se alejó unos metros más y se echó sobre el borde del muelle; una vez ahí arrojó el hilo de pescar en el agua como una fina espada cuya punta se perdió en ese azul verdoso donde las algas se confunden con el mar. Las manos le colgaban del borde como dos remos flacos; el cuerpo reposaba sobre los viejos maderos cuyo olor agrio, a pescado y sal, le llegaba ahora más nítido.

No había nadie más en el puerto a esa hora de la tarde. Solo él, su padre y algunas aves hambrientas.

Sujetaba el hilo con delicadeza, en espera de cualquier vibración. El mar se agitaba debajo del muelle. El chico esperaba el momento en que una ráfaga de viento despejara las nubes y el mundo escondido debajo de los pilotes se alumbrara para él. Mientras tanto, con la vista enfocada en la marea, intentaba percibir alguna agitación familiar, un movimiento repentino que lo pusiera en alerta. El pecho le temblaba.

El sol de la tarde caía débil sobre su cuello, diluido por la neblina del invierno. Las pocas lanchas del puerto, abandonadas por la temporada fría, se mecían frente a él. Pelícanos con los cuellos desplumados por los parásitos forcejeaban sobre los restos de carnada pegoteada en los bordes de las barcazas. El chico observaba la línea de pescar, concentrado, pero no se confiaba. Volteaba la mirada una y otra vez hacia los dedos callosos de su padre, atentos —él lo sabía— en medio del sueño a cualquier aviso.

El chico esperó unos minutos antes de arrojar pedazos de machas. Se decepcionó al verlas hundirse. Las cortaba cada vez más pequeñas con los dientes. No quería tener que pedirle a su padre más, tampoco tomarlas sin permiso de la caja de lata. Alternó con las machas algunos escupitajos, pero tampoco hubo respuesta. Elevó la vista hacia la isla de Pucusana y descubrió las primeras luces encendidas en las casas de playa. Pensó que se les había hecho tarde y que nuevamente regresaría a casa el lunes sin nada que contarle a su madre.

De pronto un viento frío agitó sus cabellos. En el horizonte ya despejado fue posible ver la punta de los cerros iluminarse. Un haz de luz bañó lentamente las laderas peladas, luego las viejas antenas de radio, y prosiguió su camino hasta el puerto. La negrura debajo del muelle fue transformándose en pocos segundos, mostrando su interior. Un brillo multicolor resplandecía en la superficie del agua, formando un rastro de gasolina desde los motores apagados de las lanchas hasta los pilotes. Debajo de aquel arcoíris, pequeños peces iban y venían. Las algas se mecían y descubrían, por segundos, el fondo rocoso.

El chico decidió arrojar más machas. Movió de un lado a otro la línea de pescar. Por un instante el fondo del muelle se le antojó un hervidero de vida y deseó poder alcanzarlo con la mano y sacar uno, varios peces, para mostrarlos con orgullo a su padre. Intentaba por todos los medios acercar el anzuelo a sus bocas, pero ninguno prestaba atención ni a las machas ni al sedal. Pasaban los minutos y la línea permanecía vertical, quieta. El chico empezó a sudar.

Continuó escupiendo y arrojando machas hasta que la boca se le secó y la lata se vació por completo. En pocos minutos había pasado de la excitación a una rara forma de melancolía. Sintió deseos de llorar. De tomar su lata y arrojarla al mar. De olvidarse de todo y esconderse en su habitación en Lima, lejos de su padre y el lugar horrible al que lo traía los fines de semana. Un lugar que su madre odiaría, como odiaba a su padre y todo lo que él significaba. Hubiese preferido en ese momento saltar al agua y dejarse llevar por las olas, hundirse, no volver a asomar su cabeza sobre la espuma. Entonces quizá así lo extrañarían.

Fue entonces cuando sintió el tirón en el dedo. Al principio débil. Luego más firme. Aguzó la vista y pudo ver a un pez mediano cabecear el anzuelo. Iba y venía y con la boca intentaba robar el pequeño pedazo de macha que colgaba de la filuda punta. El corazón del chico volvió a palpitarle con fuerza. Se concentró en no mover la línea lo más mínimo, en dejar que la carnada atrajera al pez. Sin embargo, en un último movimiento el animal logró desprender la punta de la macha y se perdió de nuevo en la oscuridad debajo del muelle, ante la mirada descorazonada del muchacho.

Un nuevo viento refrescó su nuca y la brisa sacudió el plástico avejentado que cubría algunas de las embarcaciones. El chico extrajo el sedal con un movimiento brusco y buscó en el fondo de la lata la cajita de anzuelos. Tomo dos más y los unió al primero con un pedazo de hilo. Aseguró el plomo con toda la fuerza posible y volvió a lanzar ese tridente al mar. Esta vez aguantó la respiración por varios segundos. El haz de luz empezaba a desaparecer, pero un segundo antes de que las sombras volvieran pudo ver al pez acercarse. No sabía si era el mismo. No le importaba. Calculó el peso del sedal. La fuerza que necesitaría. Estaba listo. El animal se acercó curioso al extraño metal hasta rozarlo con el cuerpo y, en ese instante, el chico jaló con todas sus fuerzas del hilo de pescar. Lo hizo con tanta fuerza que el pez cayó sobre el muelle, a su lado, boqueando.

Demoró unos segundos en comprender lo que había hecho. Retrocedió ante la visión del pez atravesado, agitándose sobre los maderos, las branquias rosadas expandidas buscando desesperadamente el oxígeno del agua. El muchacho se puso de pie y quiso patearlo de vuelta al mar, pero un anzuelo estuvo a punto de clavársele en uno de los dedos. No supo qué más hacer, salvo esperar.

El chico sintió en ese momento la mano de su padre en el cuello.

—¿Qué has hecho?

—Lo he pescado.

—¿Para ti esto es pescar?

El padre señalaba al pez, que aún luchaba sobre el muelle. El chico sintió que las manos le ardían. El rostro también.

—Levántalo.

—No, no quiero.

—He dicho que lo levantes.

El chico sujetó el sedal y al levantar el hilo uno de los anzuelos rasgó el vientre del pez. Las tripas resbaladizas brotaron. Él temblaba.

—Espera. Ponlo aquí.

El padre vació su lata de machas y extrajo la cajita de anzuelos y plomos. Le alcanzó la lata al chico y le dijo:

—Ponlo aquí. Ahora llénala con agua. Sin que se caiga. Rápido.

El chico caminó por un lado del muelle hasta llegar a la playa. Hundió la lata con el pez en una de las olas. Lo hizo sin pensar, únicamente concentrado en no perder al pequeño animal de vista, que no se le fuera a caer. Luego volvió a subir al muelle.

—Aquí está.

—Ahora te sientas acá y lo cuidas. Si ves que deja de moverse vas y le cambias el agua. Una vez. Y otra. Las que necesite. Así, hasta que entiendas la maldad que has hecho. ¿Me entendiste?

El chico asintió. Las lágrimas no lo dejaban ver con claridad el fondo de la lata, al pez que agonizaba ni los anzuelos que sobresalían de su cuerpo.

—Ni se te ocurra moverte. Y pobre de ti que se muera. Mira si eres cruel…

El chico vio a su padre marcharse por el malecón vacío. A la distancia, le pareció escuchar que gritaba alguna grosería, no sabía si a él o a alguien más. La luz del bar del pueblo estaba encendida y el ir y venir de sus puertas le hizo comprender dónde permanecería su padre mientras él se quedaba allí, cuidando del pez.

No supo calcular cuánto había demorado. Sí recuerda que tuvo que bajar del muelle al menos siete u ocho veces, las últimas fue presa del pánico pues el pez ya casi no se movía. Sentado en uno de los maderos, solo en la oscuridad, temblaba de frío y miedo al no poder determinar si el pez, al fondo de la lata, dejaba de moverse o no, hundido en aquella agua rojiza mezclada con la sangre y la palada de órganos que se asomaban de su vientre. El chico se preguntó cuánto más resistiría así. Jamás había pensado que fuera posible sobrevivir tanto tiempo con los intestinos fuera. Solo sabía que había algo de humillante y terrible en la visión de esas partes. Quiso olvidar que cargaba aquella lata y refugiar su mente en el lunes. Recordó el trayecto de venida, el accidente que había divisado del otro lado de la carretera, pasando Lurín. El lento andar al que lo obligó el chofer del bus para contemplar los cadáveres.

Pasadas las horas, de vez en cuando un estertor del pez lo levantaba del letargo. Entonces el chico pasaba su dedo por su cabeza, intentando hallar la manera adecuada de consolar a todos los peces del mundo.

No recuerda cuántas veces pronunció la palabra perdón aquella noche. Tampoco la hora precisa en que su padre, tambaleante, llegó hasta él y le quitó de las manos la lata para arrojarla a un lado del muelle.

—Ya está. Suficiente.

El pez había dejado de moverse mucho antes. Esa seguridad lo acompañó en el trayecto a la casa de su padre.

Sí recuerda su propio despertar al amanecer. La respiración agitada, como si en la oscuridad alguien o algo apretara su garganta. Recuerda haber salido descalzo, atravesando la bruma de las calles del pueblo, haber llegado al malecón, observar el bamboleo taciturno de las lanchas. Unos pocos pescadores se hacían a la mar y frotaban sus manos para combatir el frío. Guarda la imagen del muelle como si fuera una postal antigua. La textura de los maderos en sus pies. La visión de un pequeño pez atravesado por anzuelos; cómo los extrae lo mejor que puede. Sostiene su cuerpo unos pocos minutos y luego lo deja caer al mar. Un remolino multicolor se forma a su alrededor. Desaparece.

 

Del libro de cuentos Todo termina esta noche (Peisa, 2015)

 


Johann Page (Lima, 1979) es escritor y editor. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha trabajado como editor del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y también como director editorial del Grupo Planeta Perú. Es autor de dos libros de ficción Los puertos extremos (2004) y Todo termina esta noche (2015). Cuentos de su autoría han sido antologados en diversas revistas y publicaciones internacionales. Ha sido ganador del premio Copé de Oro 2014 con el relato “Patrimonio”.

Foto: Mario Colán

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE