“Una carta urgente a mis editores”, por Rubén Martín Giráldez

martes 12 de enero de 2015   Querido Julio, tu manuscrito acaba de leérseme de arriba abajo y de darme la vuelta como a un pulpo. Y lo menos...

martes 12 de enero de 2015

 

Querido Julio, tu manuscrito acaba de leérseme de arriba abajo y de darme la vuelta como a un pulpo. Y lo menos que puedo decir es:

 

Queridos Jekyll & Jill,

¿Qué tendría que hacer para convenceros de que le echaseis un ojo anormalmente abierto a esta novelita de Julio Fuertes Tarín? Después de leerla me han saltado todas las alarmas y lo veo prácticamente un caso de impepinabile emergencia. Esto os va a gustar. Prometo. Apagadme las alarmas, echadme abajo la luz eléctrica. Sólo tiene una pega, pero el autor se revela tan atinado que la pega no es tal: tiene 70 paginitas de Word. No le sobra ni le falta una palabra. Es probable que este hombre sea el único autor vivo con el que me gustaría ir de la mano (no es que Chefjec fuese mal compañero de catálogo). Y veréis por qué. No sé si él estará de acuerdo, pero mi sensación es que escribimos cierta cosa hermana.

Como sé que andáis justos de tiempo y agradeceréis un resumen y la explicación de mi avidez, despeinado y urgencia, os soltaré en andanada mis impresiones sobre Isidoro, con algún extracto y no poca destrucción del intríngulis. Así que, editores, si uno u otro puede dedicarle un par de horas y leer lo mismo el cabo que el rabo, sáltese lo que viene a continuación y lea sólo la conclusión deste correo, que (ya lo adelanto) dice así: «¡Abrazos, amigos!».

Os lo publirreportajo:

Coincido con Fuertes Tarín en la necesidad de escribir canti, nadie nos lo quite de la sesera; sabemos que vamos a ser pocos y bien avenidos. Pero. En este caso, protagoniza el canto un niño de trece años, Wynston Sandoval, natural de Chile «aunque vive en Madrid y eso es todo lo que hay que saber por ahora». Ente medio paria, medio tonto, medio genérico y medio nada. Hay en Isidoro narrador, narrador infidente y narrador interpuesto y todos los narradores que hagan falta. El grano se mezcla con la aporía en los preliminares, la presentación del niño, su circunstancia, la premisa de una apuesta o de una promesa que se cumplirá dependiendo del resultado del encuentro deportivo que se celebra esa tarde. El narrador desvía un ya de por sí dedo torcido para engañar la peste a boca del idioma y progresa por las horas de ese día que, nos informa, es el Día de los Hechos. Y ya no calla, tanta voz, si no dice esto dice aquello otro, pero todo son razones para quedarse pelando cruentamente una ávida y desavisada pava narrada. La Voz primera, la de Manolo y la de los presagios y señales del Día. El narrador-Manolo queda para mero (pero mero no es malo, mero es…, ya lo veréis) apostillador calomelánico y cede mucha parte del discurso al narrador profeta:

«Leonardo Fresnedoso morirá en las próximas cuarenta y ocho horas pero eso él no lo puede saber, ahora mismo solo puede hacer fuerza e intentar compatibilizar la genialidad de su mente con el grumo y la urea, hacer de todo ese pastel el más leve de los contratiempos de la Humanidad.»

Un aire ferdydurkiano en el repaso de los alumnos y personajes varios que configuran (ahí es nada) el escenario. Y, como una señal para iniciados, aparece también Tyco Brahe, figurón que no deja de sideraros a los Jekyll ni a mí, quién sabe por qué; al poco, finta también como puede la bilis de nectarina el mismísimo Nicolás de Cusa. En pocas frases, en párrafos sólidos.

Comienza una debacle con estribillo. El estribillo revienta todo lo narrado cada vez —como el de «Some Velvet Morning», cuando Nancy Sinatra clama que es Fedra—, y está hecho de sucia carne de Lautréamont mechada con el speech de un locutor deportivo. Los Cantos, todo el tiempo misal pánico. El personaje Isidoro resulta ser una célula durmiente ducassiana, avidísima y exultante; despierta hoy aún no sabemos para qué, para disfrutar (por lo visto y de momento) del espectáculo de las horas que preceden al Día:

«Quiere correr (y le enfurece no poder hacerlo) hasta los cadáveres y observarlos detenidamente, quizá besarlos, bailar sobre ellos la danza apocalíptica que imagina para esta singular ruptura del séptimo sello, el mutismo de los dioses.»

Se encuentran el astrado dandy y Wynston, que para eso nos lo ha presentado antes. Isidoro le da al niño un tripi que comienza a hacer efecto de inmediato y que apadrina su carácter esa noche. El niño y el mesías villano han deambulado durante media novela por las calles de Madrid, pero ahora el territorio se funde disimuladamente con la ciudad de Valencia.

 «[…] de momento, antes de marchar hacia el Bernabéu para satisfacer tu desordenado apetito de narrativa épica, debo encontrar a unos amigos que nos acompañarán en este viaje.»

Me las prometo felices, prometéoslas también vosotros, Jekylles, porque no es para menos. Las cosas comienzan a salirse de madre, Isidoro va revelando su naturaleza y mediante una invocación de lectura obligatoria (p. 39 del manuscrito) y origen genial hace llegarse por allí al moro Gazel y la cosa ya se pone de un Walpurgis que van bien dados los que esperasen un caminito cantarín con los personajes del mago de Oz. Van a reunirse con el cuarto agregado a la comitiva: el Alférez, una mujer de tetas bélicas (el nombre de Catalina de Erauso está escrito en los legajos de alguna de esas estancias); una mujer, arca de mucho mal y de mucho bien, como dice el refrán.

«—¡Alférez, busco justicia!

—Buscas diversión, Isidoro, porque tú no sabes lo que es la justicia.»

Llegan pasajes demoníacos que me encantan, y nos hacemos vecinos y luego amigos, y claro, ¿cómo no compartirlos con vosotros?:

«El oscuro personaje va escribiendo a mano alzada sobre los papeles en blanco que ha conseguido en casa del Alférez, y para ello no necesita detenerse en ningún momento, ¡tal es su destreza! El niño, diligente sin motivo, le ayuda a echar esos mismos papeles en algunos buzones (estos buzones están muy lejos entre sí, de modo que la tarea de entregar todos los papeles manuscritos les lleva un par de horas).»

El papelito en cuestión convoca a doce catedráticos a Mascarada y Orgía en el Palacio del Marqués de Dos Aguas, residencia del Alférez. Y aquí se le hace sitio a la exquisita pregunta de Isidoro, tanto más desternillante por cuanto está puesta en boca de un demoño:

«¿Cuál es tu opinión acerca de España en la actualidad?»

Los 10 cuerpos de los orgiastas reposan en la orilla del Turia y sirven para ensamblar una embarcación, ya se verá mediante qué lógico procedimiento de Lego cárnico. En ella se bambolean, primero todos los protagonistas y luego sólo uno, bogando hacia el desenlace de la novela.

«¡Oh Isidoro, el de la pupila conjetural y avisada!, que vino a la Tierra a señalar no sé qué estructuras que operan sobre los hombres mientras los hombres seguían hacia delante en su inútil carrera, que no pudo llamar su atención ni con fuego ni con sangre, opina Manolo, ¡oh, Isidoro, el que se dedicó a matar y a ver matar, el que hizo del exceso su […] “me cago en Dios”, dice Licinia echando un poco de Guadalquivir por las fosas nasales.»

¡Leedla, mis editores, por cuarto y mitad de Dios! Os adjunto dos veces el pdf para que nadie se pelee y porque adjuntar sólo una vez algo que me parece tan tonante me da no sé qué.

¡Abrazos, amigos!

 

miércoles 13 de enero de 2015

 

Tu lectura es precisa y profunda, Rubén. Tú sabes, ¡tú y Thomas Mann! sabéis que el autor de canti se caracteriza precisamente por encontrar en la escritura una penosa dificultad. Escileando y caribdeando te escribo ahora, con la impresión de que tu lectura del texto y tus observaciones no dejan espacio para nada más, lo que no deja de ser la más feliz de las circunstancias para mí, que también te considero hermano: creo que compartimos una cierta idea de la literatura. La que a mí me interesa tiene que ser de ideas, sí, y de figuras, tiene que partir de una escritura orgullosa y con carácter, que no sea ajena a la materialidad de las palabras. «Lo que no es escritura tampoco es nada», te repito como si se nos ocurriera corear el himno de un equipo de fútbol. En cuanto a las ideas, y entro aquí a comentar las imágenes y tu duda sobre Wynston, una de ellas representa al cordero de Dios vestido de Lionel Messi, corriendo detrás del balón con los zapatos rojos y sosteniendo en la mano la carta de Le Mat del Tarot de Jodorowski, el loco, el bufón. Esta imagen tiene que ver principalmente con Wynston. La otra imagen que te mandé es uno de los muchos y ebúrneos diablos que pueden verse en la fachada del palacio del Marqués de Dos Aguas. Lleva las alas y el arma de los arcángeles arcabuceros que aparecieron pintados en el Virreinato del Perú. Esta imagen tiene que ver sobre todo con Isidoro. Respecto a lo demás, en fin, cuando digo que la literatura ha de ser de ideas me refiero a que es interesante funcionar con figuras eternas y universales aunque se las arrastre y se las oculte y se las vista de Kim Basinger. El hecho de que el joven Wynston no tenga nacionalidad ni apellido apunta, quiero creer, a que es un niño que funciona simplemente como figura de fábula universal, es el desgraciao total y ejemplar, un niño muy extranjero, medio tonto y más bien poco interesante. Lo mismo sucede con los escenarios. Esto de las figuras mudables, además, me parece que también produce que el texto revista una fachada de volubilidad y de capricho que personalmente me vuelve a poner en contacto con Rabelais o Lautréamont. O sea, matar tres pájaros de un tiro: divertirme, fabular y pagar mis deudas.

Sólo tengo una objeción: ¿no se escribe Tycho Brahe?

Julio

Julio

 

 


Rubén Martín Giráldez (España, 1979) nació en Cerdanyola del Vallès y es el autor de las novelas Menos joven (2013) y Magistral (2016), publicadas en Jekyll & Jill Editores, y de los ensayos burlescos «Siempre hay que volver a montar el caballo que casi te ha matado» (Thomas Pynchon, Editorial Base, 2016) y Thomas Pynchon: un escritor sin orificios (Alpha Decay, 2010), entre otros. Ha traducido a autores como Tom Robbins, Jack Green, Bruce Bégout, Blake Butler, Laird Barron, Leonard Gardner, Rudolph Wurlitzer, Jonathan Shaw o Morrissey. Sitio web: celinegrado.wordpress.com

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Crímenes narrativos

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