“Un trozo de natilla para Bernardo”, por Andrés Mauricio Muñoz

Cuando mamá llamó estaba preocupada por la natilla. No la compres allí, dijo, recuerda que el año pasado no salió muy buena. Entonces recordé que la pasada Navidad —como...

Cuando mamá llamó estaba preocupada por la natilla. No la compres allí, dijo, recuerda que el año pasado no salió muy buena. Entonces recordé que la pasada Navidad —como casi olvido mi responsabilidad de llevar el plato navideño la noche del veinticuatro— acudí a un sitio que encontré a última hora en el camino. En medio de la conversación mamá se aseguró, de la manera más sutil posible como es costumbre en ella, de que le avisara a papá de la novena. No te preocupes que yo llego con él, le dije, a lo que ella respondió con un silencio en la bocina. De alguna manera, así son las mujeres, así es ella también, que su preocupación por la presencia de papá quedara en evidencia era algo que la incomodaba. Después de unos segundos cambió el tema de la conversación y me preguntó por los niños.

Mamá se separó de papá hace veinte años. Todavía recuerdo con mucha claridad aquella primera y única Navidad en que él no pasó la noche del veinticuatro con nosotros. Hacía tan solo unas semanas mamá había descubierto una relación que había mantenido con una compañera de trabajo por unos cuantos meses. Aunque al principio papá lo negó con mucha contundencia, al cabo de unos días terminó por reconocerlo. No bastó que, llorando, le implorara que lo perdonara; en cierta forma creo que a papá, como a nosotros, lo inquietaba la certeza de que mamá no sería capaz, aunque se muriera por hacerlo. Juliana, mi hermana menor, que siempre ha sido más cercana a ella, en algún momento procuró una reconciliación, sin embargo la infidelidad de papá había estropeado un vínculo muy hondo entre los dos que para entonces escapaba de nuestro entendimiento.

De tal forma que ese año pasamos la Navidad sin él. Era bastante triste ver a mamá esmerada en lucir alegre cuando todos sabíamos que algo en su interior se descosía poco a poco. Todavía la recuerdo atendiéndonos a cada uno de nosotros, repartiendo buñuelos a los tíos, cantando villancicos, entregando los regalos que los invitados habían dejado junto al árbol. Papá, que siempre había sido tan diligente en los quehaceres de la Nochebuena, no estaba; de tal manera que a mamá se la veía devastada caminando por todos los rincones de la sala, entrando y saliendo de la cocina cargada de platos en compañía de mis tías. Roberto, mi tío, el mayor, en un momento de la noche pretendió ayudar. Sin percatarse de lo que estaba a punto de hacer, se puso el delantal de papá que colgaba de un perchero en la cocina; fue entonces cuando todos vimos cómo mamá se derrumbaba. Atravesó con mucha rapidez la sala con una mueca de dolor y un gorro navideño adornando su cabeza; en su mano izquierda llevaba un plato con un pedazo de natilla, unos buñuelos y unas brevas. Subió al segundo piso. Nos quedamos en silencio. Desde abajo se la oía llorar. Sollozos era todo lo que nos llegaba. Nadie sabía qué decir. Y el tío muy callado en una esquina, sintiéndose de lo peor. Algunos minutos después, bajó. La noche siguió su trámite con mamá al frente de todo como un faro que nos convocaba, aunque ahora parecía hacerlo sin mucha convicción.

Al año siguiente, por pedido de nosotros, mamá permitió que papá pasara la noche del veinticuatro en casa. Desde entonces esa ha sido la costumbre. Los primeros años, sin embargo, papá nos visitaba dos veces por semana; entre tanto mamá permanecía arriba, en el segundo piso, aplicada en cualquier cosa que le impidiera bajar. Pero Juliana y yo éramos adolescentes, de tal manera que siempre surgían oportunidades que los forzaban a hablar. Mamá le daba cuenta de nuestro rendimiento en el colegio o lo ponía al tanto de ocasiones en que, según ella, mi comportamiento ameritaba que un padre con carácter entrara en escena. A veces discutían por asuntos de dinero, aunque al final ambos zanjaban el asunto de manera conveniente. Así es como recuerdo el tiempo que pasamos en casa. En aquella época pudimos enterarnos de algunos intentos de papá por establecer relaciones amorosas que, aunque se concretaron, nunca terminaron bien. Mamá, en cambio, solo una vez tuvo una cita con alguien que la pretendía; el tipo, que era amigo de mi tía Norma, había estado llamándola por teléfono desde hacía algún tiempo. Entonces una noche nos informó que habían quedado de verse. Antes de la cita, Juliana, que se mostraba entusiasmadísima, la había ayudado a arreglarse frente al tocador; entre tanto yo las observaba desde la cama, un poco preocupado por el cambio que aquella noche podría suponer en nuestras vidas. Pero nada sucedió. Tal vez a mamá el tipo no terminó de gustarle, o quizá se amedrentó ante la posibilidad de un nuevo hombre en su vida. Siempre he pensado que ella no es hábil para el amor, como no sea el que experimenta por nosotros.

Al cabo de unos años Juliana y yo abandonamos la casa. Ella se graduó como fisioterapeuta y consiguió trabajo en Chile. Yo, después de un esfuerzo sobrehumano, logré terminar mi carrera de arquitectura y me vinculé a una constructora. Con nuestra partida, mamá y papá se distanciaron. Sin embargo, a través de nosotros, cada uno sabía encontrar la manera de estar al tanto de la suerte del otro. Cuando yo hablaba con mamá ya no se refería a él como “tu papá” sino como “Bernardo”. A veces también, sin saber cómo, se enteraba de detalles sobre la vida de él; parece que Bernardo ha estado tomando, decía, fingiendo no concederle al asunto demasiada importancia. Pero yo sabía muy bien lo que me correspondía hacer. Papá era más directo al preguntar por ella; sin embargo, cuando lo actualizábamos no hacía ningún comentario. Unos años después me casé y ahora tengo dos hijos, Simón y Pablo, que disfrutan como ninguno cada vez que llega la Navidad y nos reunimos todos en casa la noche del veinticuatro. En esas ocasiones papá parece pasarla de lo mejor; mamá, aunque no habla con él en forma directa o más allá de un cruce de palabras, pone todo de sí para atenderlo como se merece. Atrás quedaron las veces en que a papá se lo veía un poco intimidado; de alguna manera, como si fuese un mecanismo de defensa, supo descargar de sus hombros la responsabilidad de la ruptura.

Anoche, cuando pensaba en la preocupación de mamá en cuanto a que papá asistiera a la novena, me puse a recordar la Nochebuena del año pasado. La natilla, tal como me lo dijo, no había salido buena; además, la tienda donde la compré no tenía suficiente y a duras penas me vendieron lo justo. En medio de la noche papá había salido a la puerta de la casa para atender una llamada por el celular. Estuvo fuera casi media hora. Cuando entró todos terminábamos de comer nuestro plato navideño; mamá, cuando pretendió alistarle a él también el suyo, se percató de que se había acabado. Entonces me miró. Yo, consciente de mi falta, alcé los hombros y balbuceé algo aunque al final no dije nada. Pero reconocí angustia en la cara de mamá; más que angustia, impotencia. Empezó a mover la cabeza en varias direcciones, entregada tal vez a una ingenua esperanza de que alguno de los niños hubiese dejado en su plato la natilla sin tocar. Como no fue así me pidió que tomara el carro y fuera a una tienda; bajando por la avenida Diecinueve, explicó, hay un supermercado que atiende veinticuatro horas. Anda y compra aun cuando sea un trozo, remató. Pero papá se dio cuenta de todo y alegó no tener hambre. Entonces la tía Norma le pidió a mamá que comenzáramos con la entrega de regalos. Al pedido de la tía le siguió una estruendosa algarabía por parte de los niños. Mamá lo hizo, aunque algo en ella dejaba entrever una suerte de derrota. En ese momento comprendí la importancia que tiene para mamá la Nochebuena. Cómo no, si es la única noche del año en que puede estar con el hombre que ama.

 

Del libro de cuentos Un lugar para que rece Adela (Universidad de Antioquia, 2015)

 


Andrés Mauricio Muñoz (Colombia, 1974) es autor del libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, y considerado en los Premios Nacionales de Literatura Libros y Letras 2011 entre uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año. Textos de su autoría han sido traducidos al árabe, alemán e italiano y aparecido en antologías de Colombia, España y México. En 2015 publicó la colección de cuentos Un lugar para que rece Adela, recibido con entusiasmo por la crítica de su país.

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Crímenes narrativos

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