“Un departamento seminuevo”, por Nina Avellaneda

Ella hacía que secara el lavaplatos después de lavar la loza, primero con el trapo amarillo, luego con toallas de papel para absorber hasta la última gota de agua....

Ella hacía que secara el lavaplatos después de lavar la loza, primero con el trapo amarillo, luego con toallas de papel para absorber hasta la última gota de agua. Hacía que secara el lavamanos para que no se fuera a manchar, que bajara la tapa del W.C. sin emitir el más mínimo sonido, así como cada puerta de la casa. Había que medir la fuerza y la velocidad en todas las acciones. Si iba a entrar al cuarto de los clósets, había que cerrar inmediatamente para que no entrara ni una pestaña de gato en ese espacio. Era una compuerta temible, yo prefería no entrar allí por miedo a ensuciar algo conmigo misma, con mis zapatos, mi propio cabello, mis manos. Por otro lado, no podía cambiar nada de lugar, ni una cuchara; todo estaba ubicado con premeditación, hasta lo que parecía abandonado. Recuerdo una mañana en que me quedé sola en el departamento y su gata se me perdió. Tenía que darle la comida y no venía. ¡Grisa! ¡Grisa!, le gritaba, pero no aparecía. Después de buscarla por todos lados, se me ocurrió que podría estar en la compuerta temible, y sí, allí estaba. Abrí la puerta y salió corriendo, como si supiera que estar ahí significaba el caos para su dueña. A mí me dio pavor en primera instancia, pensé que podría haber dejado sus pelusas blancas por todos lados, que serían “insacables”, como chicles por toda la ropa. Pero no, al parecer se había quedado quietita tras la puerta. Después de asegurarme de que todo estuviera en orden, me senté a su lado. Ella se comía el alimento y yo me apretaba la guata riéndome de la situación. Era una risa nerviosa, seguramente.

A Camila yo le decía que cuando el dueño del departamento quisiera venderlo, iba a poder poner que estaba seminuevo, o derechamente que no tenía uso, aunque ella llevase tres años viviendo en él.

Al principio discutíamos, por supuesto. Yo pensaba que ella exageraba y que la soledad la había puesto neurótica.  Ella pensaba que yo no la consideraba, que no ponía de mi parte, que no prestaba atención a las instrucciones. Llegamos a un acuerdo cuando ambas concordamos en que estábamos en su casa y que por lo tanto había que seguir las reglas de quien pagaba por ella. Entonces yo cedí. Pero era torpe, y olvidaba cómo se hacían las cosas, o me ponía nerviosa y derramaba el agua de los vasos y manchaba la alfombra. Ella gritaba y yo gritaba más fuerte. O me marchaba. Cuando me marchaba entonces ella me seguía y yo terminaba por devolverme.

Cuando me iba a mi casa tiraba el bolso por el sillón, las llaves volaban a la mesa, los zapatos donde cayeran y así, la libertad del desorden volvía a mí. Pero pronto comencé a sentirme incómoda en ese desorden, o más que incómoda, vacía. Ella no estaba en el desorden; ella estaba en la pulcritud, así que de a poco fui incorporando algunas de sus costumbres en mi baño y en mi dormitorio. Por ejemplo, abría la llave del agua fría y con la ducha esparcía el agua por las paredes para que rápidamente se fuera el vapor.

Un día, yo propuse que pasáramos el fin de semana limpiando los libros de la biblioteca y sacudiendo el polvo, porque percibía que eso no lo hacía muy seguido. Ella estuvo encantada con la idea y le llamamos “La maratón de la limpieza”. Comenzamos el sábado en la mañana y ya en la tarde estábamos casi listas, y es que Camila no tenía muchas piezas de adorno. Libros había muchos, pero objetos decorativos no. Era un espacio más bien monacal; un velador, una cama, una gran biblioteca, y en lugar de una cruz sobre su cabeza, había una foto con su gata Grisa. Las cortinas, el cubrecama, las alfombras y las toallas eran todas de colores crudos; todos los colores llevados al extremo de la claridad. Temple. Hasta Grisa era blanca, pero no un blanco radiante, sino un blanco invierno el lomo, y grises las patas y las orejas.

Unos días antes de que yo empezara a trabajar en un nuevo colegio, Camila echó a la basura todas las carpetas arrugadas que se me habían ido apilando en un estante de su casa. Eran carpetas con material didáctico y yo no las tenía respaldadas en digital. Ese día, cuando llegué a su departamento y pregunté por mis cosas, ella dijo que yo no tenía cosas en su casa. Al menos materiales de mi trabajo no. Yo le dije que sí, que sí había un par de carpetas por ahí, que yo misma las había sacudido la última vez. Pero ella negó nuevamente, hasta que de pronto recordó que las había botado. Las boté porque estaban feas, me dijo, tenían las puntas dobladas y el plástico roto. No se podían tener. Pero adentro había hojas blancas, Camila, hojas estiradas y muy útiles. Sí, pero yo boté las carpetas, no las hojas, las hojas estaban adentro de casualidad. Estaban tan desechas, amor, ni siquiera pude abrirlas. Ven para acá para que te lave el pelo, no brilla como ayer.

Estuve enojada durante lo que duró mi baño. Cuando terminó de secarme el pelo con el secador, a mí se me había ocurrido desengrasar la cerámica de la cocina. Ella por su parte iba a limpiar las esquinas de las habitaciones con un trapo húmedo y repelente para insectos. Cuando terminamos aromatizamos todo. Planchamos también las sábanas y los elásticos de la ropa interior. Fue una tarde muy feliz y pronto se me olvidó que tendría que volver a diseñar material didáctico.

Camila trabajaba en su casa, a veces desde su computador, a veces desde el celular. A la mía no iba casi nunca porque yo aún no conseguía retirar todo el polvo de los años de uso. Ella era una arrendataria ejemplar. El departamento siempre limpio, siempre silencioso y nada de visitas, excepto la joven profesora que venía día por medio a quien sabe qué. El conserje me saludaba muy a gusto y bromeaba con mi nombre porque una teleserie se llamaba como yo.

Las cortinas, últimamente, las manteníamos cerradas para que el sol no destiñera las portadas de los libros ni el color de las paredes. Como no tenía mi material de trabajo y como había pasado los últimos fines de semana aseando la casa, no pude ir a trabajar la primera semana de clases. Dije que estaba aún fuera del país, que volvería en cinco días. Durante esos días se suponía que Camila trabajaría en lo suyo y yo en lo mío, pero no podíamos evitar continuar con nuestros ejercicios de limpieza. A veces nos quedábamos hasta las seis de la mañana pasando la aspiradora en las alfombras porque Grisa no cooperaba con el aseo y se revolcaba. Al otro día dormíamos hasta tarde, y si nos levantábamos era tan solo para hacer la cama y limpiar los baños. No salíamos porque en su departamento teníamos todo lo necesario. Yo volví a mi casa tan solo el último día que me quedaba de vacaciones para traer unos guantes de goma que nos servirían para no dañarnos las manos con el cloro. Creo que no tardé más de media hora en ir y volver, y sin embargo, parecía como si alguien hubiese cambiado todas las piezas de lugar.

—La señorita Camila no está— me dijo ese día Marcelo, que así se llamaba el conserje. Salió hace un rato.

—Ya, ¿y no dijo a qué hora volvía?

—No, pero espérela si quiere. Acerque la estufa.

Llovía muy fuerte, y al contrario de lo que se piensa, hacía también frío. Yo no quería ni sacar las manos de los bolsillos para marcar su número, pero la llamé. La llamé y la llamada se desvió. Que el número no existía o algo así.

Me puse los guantes de goma y empecé a leer. Una hora habré leído hasta que se acabó el gas de la estufa y fui a llamar al conserje, pero ya no estaba, en su lugar había uno que jamás había visto.

—¿Y don Marcelo? Le pregunté

—¿Perdón?

—Don Marcelo, el conserje.

—Disculpe, yo tengo el turno de día, me llamo Alberto.

—Pero si recién estaba aquí.

—Lo siento, se debe estar confundiendo, yo no me he movido de acá. El conserje de la noche se llama Víctor, es un lolito, un poco más grande que usted.

—Ya, mire, no sé qué pasó, no me puedo contactar con Camila y usted no me ayuda mucho. Volveré después.

Todo ese enredo con el conserje me dejó de mal humor y ni siquiera quise seguir llamando a Camila. Me devolví a mi casa y calefaccioné todo para que se evaporara cualquier rastro de humedad. No quería hongos por ninguna parte. Con el secador de pelo sequé todos los espacios. Luego sequé mi ropa y calenté mis manos hasta que quedaron coloradas. En la noche, antes de dormir, volví a llamar a Camila. Nada. Al día siguiente, antes de irme al colegio, porque ya me correspondía, pasé nuevamente a su edificio esperando encontrarme con Marcelo y no con ese conserje nuevo que lo negaba. Yo no sé por qué lo negaba. Bastaba con que dijera que lo habían despedido o qué sé yo. Pero no, él insistía en que no había ningún trabajador en este edificio con ese nombre. El colmo fue cuando le pregunté por la señorita del departamento 92 y también dijo que yo estaba equivocada, que allí no vivía nadie desde hace dos meses porque el dueño lo tenía en venta.

—Mire, asómese y mire el aviso en la ventana.

—¿Usted está loco, verdad?

—Discúlpeme, más bien es usted la que parece no estar bien. Desde ayer que tengo que responder sus preguntas raras. Ya podría cortarla con el chistecito. Harto trabajo tengo ya con el asunto de los estacionamientos y las filtraciones. ¿Por qué no se va a joder a otro lado?

Yo salí gritando que dónde estaba Marcelo: ¡Marcelo! ¡Marcelo! El nuevo conserje quiso sujetarme, pero me solté y corrí hacia el ascensor. Cuando llegué al piso nueve empecé a llamar a Camila. Golpeé su puerta, grité, llamé a Grisa, volví a llamar a Camila y volví a marcar su número. Pateé la puerta tantas veces que se abrió, y cuando pude finalmente entrar, allí estaba el piso inmaculado, las paredes vacías. Camila se había ido. Ellos insistieron en que el departamento estaba sin arrendar hace dos meses. Que de hecho el dueño lo había comprado y nunca había vivido allí. Que era la primera vez que lo ofrecía en arriendo. Si está nuevo, pues, mijita, ¿no lo ve? ¿Le parece que alguien podría haber vivido aquí? Está impecable.

Yo quise explicarle que éramos sumamente ordenadas, pero ellos parecían tanto tener la razón que solo pude bajar muy lentamente por las escaleras y sentarme a esperar a Marcelo. Él iba a explicarme a mí y explicarles a ellos. Llamé por teléfono a mi colegio diciendo que no podría llegar aún y me acomodé en la recepción. Afuera la lluvia limpiaba los techos y las calles. Yo pensaba que se parecía a Camila.

 

Del libro de cuentos La extravía (Ediciones del Desierto, 2015)

 


Nina Avellaneda (Chile, 1989) estudió una licenciatura en literatura hispánica en la Universidad Católica de Valparaíso y una maestría en arte, pensamiento y cultura latinoamericanos en la Universidad de Santiago de Chile. Actualmente, además de escribir, se desempeña como editora de memorias y otros textos autobiográficos, y como profesora de español. Es autora de los libros Heroína (2010) y La extravía (2015). Blog: feminografias.blogspot.com

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