“El roce de la difunta”, por C. Castagna

Los techos de los autos, en esa fila interminable, brillaban como escamas en el lomo de una serpiente quieta, pesada, haciendo la digestión bajo un sol ondulante. Y Bordaverri,...

Los techos de los autos, en esa fila interminable, brillaban como escamas en el lomo de una serpiente quieta, pesada, haciendo la digestión bajo un sol ondulante. Y Bordaverri, en ese vaho de motores recalentados, ciego de resolana, sobre la General Paz mano hacia el río, se ahogaba con su propio perfume, estridente y dulzón como las flores de su corbata. La camisa celeste flúo combinaba con el saco azul marino, que tenía botones dorados con una “C”, de Chemea, entrelazada con un ancla. Corrigió el pliegue de los pantalones pinzados de color gris, mojó el dedo índice con saliva, y raspó con la uña la manchita en el zapato náutico. Se buscó en el reflejo de la ventana hasta que ubicó su mejor perfil. Pasó la mano por el pelo peinado hacia atrás con gel de efecto húmedo. Aburrido, miró al resto de los pasajeros y se compadeció de ellos. Los vio descoloridos, opacos, idénticos en su deformidad. Sacudiéndose una idea, se apuró a decidir que él era distinto. A estos, los deformes, y al resto de los chicos de su edad. En la antigua situación familiar nunca había tenido que preocuparse por el futuro. Más allá del ultimátum que la madre le había impuesto para que buscara un trabajo en forma urgente, sabía que las cosas, de una manera u otra, iban a darse. Naturalmente. Y ahora, al primer intento formal, el destino le devolvía una sonrisa cómplice. Era representante exclusivo de una prestigiosa empresa informática.

Vendía cursos de computación a cambio de una comisión sobre las ventas. Todos los días, desde hacía un mes, tomaba el tren Sarmiento en Ramos Mejía, hasta Liniers, y después el colectivo número 28, que lo dejaba en Puente Saavedra. Bajaba las escaleras y atravesaba esa sombra densa, húmeda de vapor de meos, y cruzaba hacia lado de provincia. A esa altura, la avenida Maipú es una especie de mini mercado persa, donde se vende de todo en las veredas, en especial cosas inútiles. Está La casa del Control Remoto, La Casa del Autostéreo, La casa de la Medibacha, La Casa del Superpancho, y así. Y es todo polución humana, y todo tiene olor, y todo brilla, y todo tiene musiquita. Ofendido, caminaba las cuatro cuadras esquivando a esa gente lenta, que pareciera tener todo el tiempo del mundo para embobarse con un trompo de lucecitas que gira sobre un cartón corrugado. Pasando la estación Del Valle, en el número 486 de Avenida Maipú, quedaba New World, la empresa en cuestión.

Viéndola desde afuera era una puerta con rejas blancas que no decía nada. Una escalera de mármol con pasamanos de madera llevaba al primer piso. Ahí, una recepcionista miraba con cara de no esperar nada de la vida. Daba la bienvenida con una expresión entre la apatía y el sobresalto. La empresa era un espacio grande, acondicionado, con piso en damero y paredes recién pintadas de blanco. Había dispensers de agua fría y caliente, helechos colgantes y divisiones de durloc. Desde muy temprano, en dos de los tres compartimientos se dictaban los cursos. En el tercer espacio esperaban los jefes, para la charla técnica de cada día. Eran dos cuarentones de camisa arremangada y abierta hasta la mitad del pecho, bronceados y sonrientes, parecidos entre sí por lo macanudos. Amables y exagerados trataban a los vendedores con más afecto del esperable. Desde el primer momento lograban retener el nombre de pila de cada uno de sus discípulos. Si alguno ya venía con apodo de familia, mucho mejor. Como si compartieran un único pensamiento se alternaban para hablar, manteniendo el hilo de la frase. Uno contaba la primera parte de un chiste y el otro decía el remate. Con fingido interés reclamaban para ellos el mismo trato que daban al personal; mucho beso en la mejilla, mucha palmada en el hombro. Entrar en ese ámbito fresco y moderado era penetrar un halo de protección frente a la realidad de afuera, que quemaba en las veredas. La computación era el futuro, y el futuro era blanco, eficiente, perfecto.

Algo se modificaba en Bordaverri a medida que subía esa escalera. Se entusiasmaba de repente y abrazaba a sus compañeros, chicos y chicas muy jóvenes, vitales, todos íntimos a pesar del poco tiempo. Parecían huérfanos, hermanados por una especie de sentimiento eufórico, como de secta religiosa. Así corrían las bromas y la emoción durante unos minutos, hasta que llegaba el silencio. Los jefes se ponían serios, y a continuación daban las indicaciones para atacar las zonas definidas para esos días. Como parte de la operatoria, previamente un ejército de encuestadoras rastrillaba el terreno buscando posibles interesados en los cursos, que completaban una primera solicitud de visita, donde se evaluaba de 1 al 5 el nivel de sus conocimientos sobre computación.

En dos pizarras, los jefes hacían una lista en marcador rojo con los nombres de los vendedores. Y al lado, en verde, le asignaban a cada uno el número de un cuadrante dentro del mapa de la zona determinada. Todos recibían una pila de fichas con direcciones para visitar.

Durante esa semana, a Bordaverri le correspondía un radio de doce manzanas a partir de la unión de la Avenida Santa Fe con la calle Dardo Rocha, al costado del Hipódromo de San Isidro.

Antes de salir al “encuentro del éxito” (como le gustaba decir a los jefes), los hacían formar parejas para ensayar la rutina de venta. Uno hacía de vendedor y el otro de cliente. A su turno, Bordaverri decía el speech de atrás para adelante, sin errores, respirando y haciendo pausas en los momentos indicados, para inducir la curiosidad del futuro comprador. La obligación tácita del partenaire en cada caso era lanzar preguntas u objeciones que complicaran al que vendía. Y Bordaverri se tomaba su tiempo y respondía a todo, razonando, combinando conceptos, buscando giros para mejorar su exposición.

A mitad de la mañana, después del ensayo general, el grupo bajaba en olas que cruzaban la avenida por la mitad de la cuadra. “Córranse que acá pasamos los distintos” parecían decir, y se colgaban del 60, entre las voces aceleradas de las chicas y las piñas amistosas que los chicos se daban entre ellos.

* * * * *

Ya era jueves y ni una venta. En esa semana y tampoco en el mes que ya terminaba. El sol de las tres de la tarde derretía la brea en las uniones del asfalto. Debajo del casquete seco de gel masculino, a Bordaverri le ardía la cabeza. En los jardines anchos de césped con riego artificial, los perros lo miraban pasar. A lo mejor alguno levantaba el hocico buscando su olor en el aire, en una de esas movía una oreja, o bostezaba sin más. Bordaverri aflojó el nudo de la corbata con flores y buscó en la carpeta la próxima ficha. A lo lejos se oía una chicharra. Miró alrededor, no volaba ni un tábano. Repasó los datos: Damián. 25 años. Nivel de conocimiento: cero.

La casa era distinta al resto de las casas de nuevo rico o rico de siempre. A diferencia de los frentes con rejas altas y bien pintadas, ésta tenía una ligustrina baja que no seguía ninguna línea, y baldosas de distintos colores y épocas, levantadas por las raíces. El jardín era alto, caótico y tranquilo. Los árboles daban una atmósfera fresca, una oscuridad que apenas era penetrada por líneas de luz. Había pinos, paraísos y un limonero gigante. Los limones estallaban en las ramas y se pudrían en la tierra seca. Una nube de moscas revoloteaba en círculos, o se posaban sobre la pulpa reventada. Chupaban el jugo, frotándose las alas. Un camino irregular de piedras llegaba hasta la casa, que aparecía al fondo. Una escalera gastada subía a una galería con una arcada en el centro. Tenía vitrales de colores y columnas romanas a ambos lados de la puerta principal. Buscó el timbre. No lo encontró. Creyó ver que algo se movía en una de las ventanas. Tragó saliva. Miró hacia las dos esquinas. Nadie. Espantó a los bichos que zumbaban cerca de su cara. Se quitó el sudor de la frente con el puño de la camisa. Una de las hojas de la puerta se abrió, muy despacio. La mujer asomó la mitad del cuerpo y se quedó mirándolo. Después levantó una mano en señal de saludo. Bajó la escalera de forma enérgica y se acercó por el caminito, pateando limones para un costado y para el otro. Cuando la tuvo más cerca notó que tendría sesenta largos, y una extraña jovialidad. Era baja, usaba un vestido verde hasta la rodilla, de cuello redondo y mangas cortas, con motivos psicodélicos. Tenía rulos de permanente y el pelo teñido de un rojo anaranjado que no llegaba a ocultar las raíces. La sombra de los ojos era celeste con brillos de purpurina, las cejas estaban delineadas con marcador grueso. La boca era de un rojo empastado, pintada muy por encima del labio de arriba. La mujer sonrió amablemente. Bordaverri se concentró en las primeras líneas del speech:

—Qué tal… buenas tardes, señora, yo vengo de…

—¡Finalmente, señor mío! Lo estábamos esperando.

La mujer le tendió la mano y Bordaverri la agarró si apretar demasiado. Se distrajo observando las manchas de la piel, la cantidad de pulseras y el gran anillo de vidrios de colores. Ella señaló el camino con el brazo extendido. Le brillaban los ojos, parecía emocionada de verlo.

—Señora, mi nombre es…

—Sí, sí. La chica ya nos avisó —la mujer no lo soltaba—. ¿No le digo que lo estábamos esperando? Mi nombre es Gloria. Un gusto, eh. ¡Realmente! Ay…

Ella mostraba todos sus dientes sin dejar de sacudirle la mano. El tintineo de las pulseras se mezclaba con las chicharras y el zumbido de las moscas.

—Pase, por favor. Calor, ¿no? Yo salgo tan poco que a veces ni me entero. Venga, ¿se toma un juguito? Dele.

Bordaverri quiso soltarse pero ella lo agarró del brazo con una mano firme, y juntos caminaron por el caminito.

La poca luz que entraba por los vitrales y lograba traspasar las cortinas le daba al ambiente un tono irreal. Una nube de polvo muy fino se movía en remolinos. La multitud de retratos en las paredes ahora miraban al frente, como si hubieran dejado de hablar entre sí. El aire adentro de la casa estaba detenido. El living era un mercado de pulgas donde había todo tipo de objetos: relojes a deshora, sillones, mesas y lámparas con tulipas ornamentadas. Un caos de cosas en tránsito que parecían varadas ahí, sin destino. Una cama desarmada, un colchón roto, colecciones de enciclopedias y revistas viejas, pilas de vinilos, cajas y cajas de medicamentos aplastadas. La alfombra estaba a punto de desaparecer. La araña de cristal producía una música: un vientito llegaba desde algún lado, como un secreto. Distraído, Bordaverry pasó la vista por un rincón oscuro; de pronto se encontró con alguien en un sillón, y saltó del susto.

—Señor, le presento a mi hijo. Él es Damián —unos ojos lo miraban—. A él seguramente le da vergüenza que yo le cuente esto, pero hace días que lo espera. Que lo esperamos —una risita en las sombras—. Hace mucho que esperamos esta oportunidad. Usted lo viera, él suele ser tan tranquilo… ¡Pero últimamente se lo ve tan ansioso! —le pareció escuchar un extraño gemido de alegría.

Bordaverri enfocó mejor en la penumbra. Desde el sillón angosto de terciopelo bordó; el chico lo miraba con una expresión curiosa, asimétrica. Nada parecía simétrico en ese cuerpo. Tenía una musculosa que decía “Bahamas” y dejaba ver el pecho hundido. En la mirada notó el mismo brillo despierto que la madre. En las comisuras de la boca se juntaba algo blanco. De pronto, toda la atención de Bordaverri fue hacia una pierna, que era mucho más corta que la otra. Tenía un zapato gigante.

—Y usted viera lo inteligente que es —dijo Gloria como adivinándole el pensamiento—. Damiancito, saludá al señor.

En forma lenta, trabajosa, Damián se inclinó hacia adelante y levantó una mano frágil, que quedó suspendida en el aire. Durante un segundo Bordaverri tardó en reaccionar. Se la agarró, igual que a la madre, sin apretar demasiado.

-¿Qué hacés, che? Mucho gusto —lo miraba a los ojos, fijamente, simulando naturalidad. La mano era suave como la de una chica—. Decime: ¿cuántos años tenés? —no parecía de más de 14, aunque la ficha decía 25.

—Tiene veinticinco —contestó Gloria. Damián giró la cabeza hacia ella, con alegría, desplegando una larga serie de tics. Bordaverri trataba de zafarse de la mano con cuidado.

—Damiancito llegó tarde a nuestras vidas, y bueno, no ha tenido una existencia fácil. Ninguno de nosotros —Gloria suspiró, mirando al hombre en la foto desteñida sobre la mesa, junto a Damián. —¡Pero es tan inteligente! ¿No, mi amor? —Damián se entusiasmó de golpe, moviéndose para adelante y para atrás. Ahora se rascaba mucho los brazos.

—¿Se toma un juguito, señor? —y antes de esperar la respuesta, Gloria desapareció.

Se quedaron en silencio, observándose. Bordaverri no sabía si el chico, que le sonreía, era mudo, sordo o qué. En los brazos tenía cicatrices muy finas, como cortes o arañazos. De pronto, Damián empezó a hacer algo con las manos, moviendo unos dedos largos y ágiles en el aire. Bordaverri no supo qué decir, hasta que entendió. Era como si tocara un piano, o el teclado de una computadora.

—¡¿Ah, computadora?! —dijo después, queriendo ser gracioso, imitando la postura encorvada de Damián—, ¿querés aprender… computadora?

—¡El pianito! —interrumpió Gloria, que apareció a través de la puerta vaivén de la cocina—. ¿Querés mostrarle al señor cómo tocás el pianito? Ya te lo busco, mi amor. Tome, refrésquese —le entregó el vaso, y volvió a desaparecer.

Controlando los tics, Damián ahora examinaba cada detalle del saco azul marino, los botones dorados y la corbata de flores. Bordaverri olfateó discretamente el vaso y sorbió en silencio. Era una limonada ácida que lo hizo lagrimear. Al menos estaba fría. Damián se distrajo, rascándose y espantando una mosca imaginaria. Mientras lo miraba, Bordaverri se preguntó qué cuernos hacía ahí. Le faltaba el aire, y empezaba a medir la distancia hasta la puerta, cuando en eso volvió Gloria. Traía un teclado Casio bajo un brazo y una tabla de planchar bajo el otro. La ubicó frente a Damián, que ahora no paraba de moverse para un lado y para el otro, eufórico. Dispuso el teclado sobre la tabla, la acomodó bien cerca de él y desenrolló el cable, que tenía un adaptador en el extremo.

—Usted no se imagina lo hábil que es mi hijo con las manos. ¿No, querido? —Damián dijo que si rápidamente con la cabeza—. Y aprendió él solito, oyendo los discos de música clásica de mi marido. Una vez fuimos a visitar a unos amigos que tenían un piano de cola. Era hermoso, con teclas de marfil… y nunca lo tocaban. Y Damiancito pedía y pedía y no entendíamos bien qué era lo que quería. Hasta que mi marido se sentó enfrente, con él a upa… —agachada, logró enchufar el adaptador a una zapatilla. Se encendió una luz roja en el display del teclado.

—Y entonces… —Bordaverri, abrumado, transpiraba igual que el vaso.

—Y así empezó a tocar. Nadie entiende cómo. Pero supongo que lo tomamos como algo natural. Algo maravilloso. Como una bendición. Tocó y tocó y no tendría más de dos años, y bueno, ya tenía la piernita así, y nunca había hablado. Siempre imaginamos que algo no andaba bien. Pobre ángel. Acababan de diagnosticarle su condición, y los médicos nos recomendaron que lo dejemos tocar, que le iba a hacer bien. Entonces le compramos este pianito, y no dejó de tocar nunca más. Y es una belleza como lo hace. ¿Vio las manos que tiene? —Damián se las mostró—. Dentro suyo, su mente está intacta, mire. Por eso, cuando la otra vez nos visitó esa chiquita, tan amorosa ella, a mí se me ocurrió que podía ser una gran oportunidad para él. La computación, digo. Una salida laboral para cuando yo no esté. Y la pobre chica no sabía bien qué decirnos, me explicó que la empresa tendría que evaluarlo. Porque no era un caso común. —Damián dejó de prestar atención; ahora bajaba una mano muy lento—. Y aquí me tiene, emocionadísima; hace días que espero en esa ventana para verlo aparecer. Yo le agradezco tanto, vea, que por fin se haya acercado a estudiar el caso en persona… —ahora Gloria tenía agarrado a Bordaverri de los hombros.

—Bueno, este… está bien —atinó a decir, tratando de sacudirse ese estado de confusión. Al escucharse la voz, entendió que también era parte de la escena.

De pronto vieron que la mano de Damián se movía con entusiasmo debajo del jogging.

—¡Hijo! —a Bordaverri casi se le vuelca el jugo—. ¿Qué hablamos de manosearte el gansito? —Damián trataba de esconderse—. El señor va a pensar que sos un guarango, —y a Bordaverri—: discúlpelo, le sobra energía. No puedo explicarle cómo se puso con esa chica—. Después se acercó al sillón de Damián y se inclinó para hablarle al oído, muy suave, sin expresión. Le pasó un dedo por el brazo marcado:

—¿Ya sabés lo que pasa ahora, no? ¿Qué estás buscando? —Damián emitió un quejido casi inaudible. Bordaverri intentó mirar hacia otro lado, mientras pensaba en una excusa para irse. Pero ya estaba ahí, varado.

—Tocale algo al señor para que vea, querido. Tocale algo lindo —Damián se sonó los dedos—. Venga, tome asiento —y a través de ese espacio laberíntico, Bordaverri se dejó guiar hasta un sillón. Como si fuera inválido también. Gloria se sentó al lado, y lo agarró de un brazo, emocionada.

Damián bajó los párpados y respiró profundo. Exhaló y empezó a balancear el cuerpo. Abrió los ojos y apoyó suavemente las manos, que se movieron de forma elegante, rozando apenas las teclas. De pronto se oyó una melodía triste, pero hermosa, que marchaba hacia adelante, como en una procesión.

—¡Ah! qué belleza… la “Pavana para una Infanta Difunta”, de Ravel —dijo Gloria al oído de Bordaverri, en voz baja, con los ojos cerrados—. Escuche.

El teclado de Damián emulaba el sonido de una orquesta, con un color sintético, digitalizado. En una mano llevaba la melodía principal, la de los vientos, y con la otra hacía el acompañamiento de las cuerdas. La música tenía un leitmotiv que se repetía en distintas variaciones de tono e intensidad. Bordaverri tuvo un recuerdo en verde agua. Con ese color había empezado a pintar el living de su casa, para colaborar, pero sintió que era muy triste. Abandonó por la mitad y quedó así para siempre. Ni al él ni a la madre pareció importarle. El plano de color quedó atravesado ahí, como un recordatorio. Damián se movía con gracia, acentuando ciertos climas con el cuerpo y la expresión de la cara, de la que ahora tenía todo el control. Dibujaba con las manos extraños rulos hacia arriba, que eran como signos de pregunta: las cuerdas se preguntaban algo, quizás se lamentaban por lo injusto de la muerte de la infanta, y los vientos respondían; quizás ahora pasara a una vida mejor. Con la mente Bordaverri sobrevoló su dormitorio, vacío de él a esa hora del día. Las paredes llenas de pósters; el silencio y el desánimo. Vio la cómoda vencida, fuera de escuadra, y la mesa del escritorio en desnivel. Lápices sin punta que rodaban solos, lapiceras que producían una escritura opaca. La sombra del helecho se proyectaba hacia adentro desde la ventana, las paredes se quebraban en el patio. Damián se mecía en los pasajes más suaves, abría los ojos y endurecía la cara en los momentos de mayor exaltación. Ahora su cuerpo de alien crecía, ocupando todo el espacio. Los brazos parecían flotar en la penumbra. Muy cerca del final, las cuerdas y los vientos daban juntos un acorde grave, dramático. Bordaverri pudo ver las caras de vergüenza de los empleados municipales, el día del embargo, llevándose un televisor, un secarropas y el equipo de audio, como en una procesión. Después, la melodía volvía a repetirse por última vez, con un tono más optimista. Hundido en el fondo del sillón, con ese traje, esa corbata, ese perfume, Bordaverri se sentía ridículo. Y de repente, tuvo un escalofrío, una descarga en todo el cuerpo. Como si una mano invisible le rozara la cara con la punta de los dedos.

Damián sostuvo ese último acorde y fue dejándolo ir. De a poco volvió al cuerpo de siempre, a esa sonrisa extraviada. Así se quedó, mirándolos. Los tics fueron reapareciendo y Gloria se levantó para aplaudir. Después tomó las manos de su hijo, las besó y las apretó contra el pecho. Mientras tanto, Bordaverri emergía del sillón como si nadara desde el fondo de unas aguas muy oscuras. Cuando encontró sus caras en la superficie, comprendió que esperaban una respuesta. Respiró profundo, sintió oxígeno volviendo al cerebro y arrancó con el speech.

Ahora Gloria y Damián lo escuchaban atentamente, se miraban, y sonreían. Bordaverri avanzaba sin cometer ni un error, rodeándolos con las palabras, inventando a cada momento nuevos conceptos de marketing. Caminaba por el living esquivando los muebles de memoria. Detalló los contenidos del curso introductorio, habló del software y el hardware, pronunciando en un inglés perfecto. Hizo pausas donde había que hacerlas, para saber si había alguna pregunta, y como no había, siguió adelante. Gloria daba aplausitos. A Damián se le iba la cara para cualquier lado, de la alegría. Hasta que llegó el momento de mostrarles el formulario reluciente que había que llenar con los datos del nuevo alumno. Madre e hijo miraron la carpeta que emitía el brillo enceguecedor del futuro. Damián se inclinaba hacia adelante y hacia atrás. Gloria se agitaba de emoción. Hicieron espacio en una mesa tapada de cosas. Bordaverri sacó su lapicera fuente con el logo de New World y completó los espacios con letra de imprenta, toda igual y bien prolija. Gloria guió la mano de Damián para hacer una firma temblorosa. Después, ambos abrazaron a Bordaverri y le estuvieron eternamente agradecidos. Le ofrecieron otro jugo, y parecía que no los soltaban más. Bordaverri les confirmó que un cobrador pasaría la semana próxima por la primera cuota, y si todo estaba bien, a la semana siguiente lo esperaban para empezar. Lo pensó un segundo. Mejor aún; podían abonarle allí mismo en efectivo el costo de la matrícula junto con el mes por adelantado y la comisión, para agilizar el trámite. Gloria estuvo perfectamente de acuerdo. Salió de escena y volvió con un alhajero antiguo, del que sacó unos dólares amarillentos. Contaron: quinientos dólares-pesos. No quedaba mucho más, pero todo era felicidad. Bordaverri guardó la lapicera en el bolsillo del saco, se ajustó el nudo de la corbata con flores, agarró la plata junto con todos los folletos y tarjetas de la empresa que había a la vista y los metió en la carpeta así nomás. Damián se levantó por primera vez, lo ayudaron entre los dos y caminaron los tres por el caminito. Bordaverri seguía hablando hasta por los codos sobre discos rígidos cada vez más chicos y con más megas de memoria RAM. Un vecino que regaba el jardín no entendió ni medio. Bordaverri se despidió con la mano en alto, y desde mitad de cuadra les gritó que volvería a visitarlos cuando anduviera cerca. Sintió que le latía muy fuerte la sien, y dobló la esquina caminando rápido.

Nunca presentó el formulario, nunca más apareció por la empresa.

 

 


C. Castagna (Argentina, 1975) es escritor y diseñador gráfico, autor del libro de cuentos Alta Gracia (2012). Forma parte de las antologías El amor y otros cuentos (2011), Karaoke (2012), Escribir después (2012), Covers de la literatura argentina (2013) y Mal bicho (2016). Colaboró con reseñas literarias, crónicas y cuentos en las revistas Paco y No retornable, y en otras publicaciones digitales de Latinoamérica. Desde 2014 lleva adelante el blog Para encender un fuego. Fue coorganizador del ciclo de lecturas y música No lo intenten en sus casas. Factotum editará próximamente su primera novela, A morir, escrita en colaboración con Christian Broemmel. Blog: c-castagna.blogspot.com

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE