“Antes de que caiga la noche”, por Yeniva Fernández

Mi viaje se inició en Lima, en el parque Kennedy de Miraflores (o quizá fue antes, mi madre me contó que cuando me amamantaba, yo acariciaba sus pechos, abriendo...

Mi viaje se inició en Lima, en el parque Kennedy de Miraflores (o quizá fue antes, mi madre me contó que cuando me amamantaba, yo acariciaba sus pechos, abriendo y cerrando los dedos de las manos), con una breve escala en Buenos Aires, para después recalar de manera definitiva en El Retiro. Dije definitiva, pero esta afirmación tal vez sea errada. La vida me ha enseñado que no hay nada concluyente en la existencia de ningún ser que puebla la Tierra, pues hasta una simple piedrecilla puede abandonar su lecho milenario en los pocos segundos que le toma a un turista levantarla del suelo y meterla a su bolsillo.

Cada vez que estoy triste o nerviosa, empiezo a divagar para distraerme. En esta ocasión me siento de las dos formas y me es difícil evitar rodeos y digresiones. El caso es, querido Carlitos, que tal vez tenga que salir huyendo de este lugar que escogí como mi casa, mi hogar y mi sitio en el mundo, este jardín donde imaginé permanecer hasta el día que encontraran mi cuerpo dormido, encanecido e ileso, y lo depositaran, según fuese el caso, en un basurero o en la morgue, porque de cualquier modo no creo que reconocieran en ese organismo a la turista peruana desaparecida hace tantos años, que ya nadie se ocupa de buscar. O acaso me identificas tú, ahora que te acompaño de lejos, mientras avanzas por la Cuesta de Moyano, con tu eterna coleta negra, aunque con unos pasos más lentos que los de antes. No me has olvidado, ¿verdad, amigo? Por eso vienes algunas mañanas a recorrer la misma senda que yo hice aquella tarde. Por eso todavía conservas una de las maletas que dejé en tu casa, a pesar de que al despedirme te dije, a modo de broma o de una especie de presentimiento, que si no regresaba debías darle ambas valijas a Marci. ¡Ah, mi querida Marci! Ella también se da una vuelta por el parque cada cierto tiempo, se sienta en mi banca, la que aparece en la foto que hice de mi guante y el libro, y llora. Verla así me destroza el corazón, así que un día no aguanté más, salté a su regazo sin ningún permiso y ella, tan buena, dejó a un lado su tristeza para decir, mientras me acariciaba el lomo: «Pero qué susto me has dao, guapa, ¿por qué eres hembra, verdá?». De ese modo, sin que ella lo supiera, reanudamos nuestra amistad. Sin embargo, te confieso que con todo lo mucho que la quiero, en una oportunidad tuve que clavarle las uñas, pues, colmándome de arrumacos, intentó llevarme a su piso. Lo hizo de buena fe, quiso darme un techo, asegurarme agua y comida diaria, creyó que eso era lo que buscaba cuando, al verla, engrosaba mi respiración y corría a frotar mi cabeza con sus tobillos. Claro, Marci no podía imaginar que lo último que deseo es abandonar este lugar. Soy intensamente feliz aquí, o más bien lo era hasta hace pocas semanas, hasta antes de que ellos aparecieran…

¿Ves? Soy la reina del circunloquio. Hablo de todo menos del principio, que es justo lo más importante para que entiendas lo demás. Como te dije, mi viaje no empezó aquí. De niña fui un animal solitario; no encontraba ninguna gracia en jugar con muñecas o sentarme a ver televisión. Tampoco era una buena estudiante y elegía siempre dormir antes que conversar. Al crecer, mi soledad aumentó. Aprendí a disimular para hacer amigos en la universidad y en el trabajo, me las arreglé para tener un par de parejas. No obstante, en el fondo siempre me sentía extraña, sin cabida en ningún sitio, una extranjera en todos lados, pero una mañana, mientras atravesaba el parque Kennedy, un gato, de los muchos que pululan allí, me cerró el paso. Era un gato atigrado, de profundos ojos verdes bordeados por una delgada línea negra que los realzaba todavía más. Salió desde detrás de un pequeño arbusto, en un sendero angosto, y comenzó a caminar de izquierda a derecha, de manera que si yo me dirigía a cualquiera de los dos extremos, él cortaba mi avance. Esto me hizo gracia, así que me detuve. Él se sentó frente a mí: sus ojos claros parecían analizarme, reconocerme, tratar de obtener alguna señal de mi parte. Mi respuesta ante su perturbadora mirada fue de lo más estúpida, opté por aflautar la voz y llamarlo: «bolita de peluche», «cosita linda», «bomboncito de azúcar», además de otras sandeces que hicieron que el felino diera media vuelta y se encaminara hacia una mata de geranios junto a la cual se tendió a sus anchas, ignorándome por completo. Quedé perpleja, ningún habitante del reino animal, incluidos seres humanos, me había mirado de una forma tan insólita, pero yo había arruinado el momento. En fin, pensé, y me encogí de hombros. Con el transcurrir de los días, en lugar de desvanecerse, el recuerdo de aquel encuentro se hizo más nítido y su luz alumbró en mí un antiguo, entrañable y casi olvidado deseo.

De los limeños suele decirse que no poseen pulmones, sino branquias, debido a la excesiva humedad del ambiente, que en invierno llega a cimas de noventa y ocho por ciento. Si esto sucede en toda la ciudad, en Miraflores, mi barrio natal, puede decirse que prácticamente nadamos. El acantilado del distrito reclina su cuerpo sobre el océano Pacífico, mas no alcanza a proteger a los miraflorinos del aliento del mar, que se cuela en las casas y en los cuerpos con sus ráfagas de aire mojado. No es raro pues que la mayoría de los vecinos padezcan algún tipo de afección respiratoria. A mí me tocó la peor: mis constantes ataques de asma hicieron que mi familia cerrara la puerta a cualquier pretensión de tener una mascota. De niña veía perros, gatos, conejos y se me iba el alma detrás de ellos. Sin embargo, entre los «no los toques» de mis padres y unas cuantas escapadas para abrazar al Schnauzer de Vicky Canales (una niña antipática que me cobraba por cada visita) o cargar al gatito de la panadería, que eran seguidas de horribles nebulizaciones y largos periodos en cama, aprendí a temer y olvidar a mis primeros amores. Pero el tiempo había moderado la enfermedad, así que podía permitirme largos paseos por el parque Kennedy, con el único propósito de observar a los mininos correr, jugar, dormir acurrucados junto a los árboles. Durante uno de esos recorridos conocí a un conjunto de personas que llevaban comida, agua y medicinas a los animales del parque y de inmediato me integré a ellos, aunque siempre de manera un poco distante con mis ahijados (así era como la gente del grupo se refería a los felinos). Compraba comida y se la daba a otros para que la sirvieran; recordar el dolor, los ahogos y la angustia impedían que siquiera tocara las suaves cabezas de mis ahijados. Varios meses después de mantener esta interacción lejana volví a ver al causante de mi renovado cariño por las mascotas.

Una noche, mientras todos comían sus galletas en platos de plástico, él también se acercó a comer. Lo reconocí enseguida, atigrado, de profundos ojos verdes y largos bigotes. ¿Qué había sido de él? ¿Dónde había estado todo ese tiempo? Sentí el impulso de tomarlo entre mis brazos, de darle de comer de mi mano. No lo hice, pero sí acaricié su lomo y me presenté: hola, mi nombre es tal, ¿te acuerdas de mí?, y continué hablando, en un soliloquio que movió a risa a mis acompañantes. Él siguió masticando sin hacerme ningún caso. Al terminar de alimentarse se retiró a la carrera. Yo lo había esperado largos meses, estaba tan contenta de reencontrarlo que quise ir tras él, mas me contuve. Era un martes de verano, el viento fresco daba palmaditas de alivio en la cara y el parque mostraba una tranquilidad inusual, sin parejas de enamorados ni música al aire libre, solo unos pocos peatones en las esquinas. Decidí tomar asiento en una de las escaleras de la rotonda, vacía de artesanos, y admirar el paisaje, el parque de mi infancia, cuánto había cambiado. Yo fui testigo de su remodelación, de cómo aquel terreno infestado de ratas se convirtió en el hermoso parque insignia del distrito, de cuál fue el origen de su ingente cantidad de gatos, que de unos cuantos cachorros abandonados en la gruta exterior de la iglesia de enfrente pasó a convertirse, con el andar de los años, en más de una centena instalada en sus jardines. Estaba inmersa en esos pensamientos cuando una manita tocó mi brazo: era mi amigo atigrado. Se acomodó sobre mis piernas, sus pupilas eran incandescentes ahora; no obstante, la mirada que me dirigía era la misma de la primera vez. Hola, le dije, y él me respondió. No puedo explicarlo, querido Carlitos, solo sé decir que se comunicó conmigo a través de su mirada. Hermana, me llamaba, ¿qué ha pasado contigo?, decía, y me hablaba de un alma compartida por todo lo viviente, de parientes lejanos y sin embargo gemelos. Mientras lo escuchaba, un extraño adormecimiento se apoderaba de mis sentidos y la cabeza comenzó a darme vueltas. De modo brusco me puse de pie, salí corriendo y no paré hasta mi casa.

No volví al parque hasta muchos meses después. Tenía miedo; de qué, no lo sabía. Evitaba cualquier cosa que tuviera relación con felinos, con animales en general, los ataques de asma regresaron, mi vida se hizo más monótona, más gris. De repente, un día escuché un reportaje en la radio. El nuevo alcalde, el cura de la parroquia y una junta de vecinos notables estaban hartos de los gatos, alegaban que eran una plaga, que provocaban enfermedades, que por su culpa todo el lugar apestaba a orines y habían puesto en marcha un plan de exterminio. Me uní a mis amigos en defensa de nuestros ahijados, hicimos marchas y plantones frente a la municipalidad, pero lo que conseguimos fue poco. Nuestra batalla por la vida de unos animales callejeros se tomó a broma; preocúpense por los niños, se reían. Una cosa no excluye a la otra, ¿pero cómo hacérselo entender a la gente, en un país con tantas carencias como el Perú? Hicimos lo que pudimos, colocamos a muchos de nuestros pequeños en hogares adoptivos y al final llegamos a un acuerdo con el alcalde: dejarían de envenenar a los gatos siempre y cuando nuestro grupo se comprometiera a mantener bajo control el incremento de la población sobreviviente. ¿Cuántos quedaban? De los ciento cuarenta que existían inicialmente, tan solo cincuenta y dos.

Yo no me hice cargo de ninguno, el asma fue una excusa ideal. No obstante, la culpa no me dejaba dormir, sobre todo porque no volví a ver a mi hermoso amigo atigrado. Durante un año conservé la esperanza de que se hubiese salvado y que apareciera de un momento a otro a la hora de comer, pero no fue así. Para superar mi depresión, mi hermana, su esposo y unas amigas me propusieron un viaje a Buenos Aires: el festival de cine, la feria del libro y los centros comerciales serían suficientes para olvidar mi tristeza. Acertaron, fueron dos semanas agitadas y alegres. Éramos cinco los que habíamos partido de Lima y cinco los que debíamos regresar en la misma fecha, pero decidí quedarme un día más. El Jardín Botánico era un sitio que mis compañeros padrinos mencionaban a menudo como ejemplo de la perfecta convivencia entre pequeños felinos y humanos; contaban que allí nadie molestaba a los mininos, que más bien los protegían y alimentaban, pues eran una especie de símbolo de la ciudad. No podía dejar tierra argentina sin conocer ese mini paraíso. El lugar era enorme comparado con mi amado parque limeño; quizá por eso el número de gatos no me pareció tan abundante como esperaba. Igual, la belleza del entorno era una invitación a un paseo lento y sosegado. Caminaba cámara en mano, haciendo fotos a esculturas y plantas, cuando de pronto, al lado de una de las estatuas, vi a una preciosa gatita de pelaje blanco y negro. Imposible resistir la tentación de tocarla: ella se dejó acariciar con la sencillez de una vieja conocida y allí, otra vez, me atacó una laxitud de los sentidos y un vértigo muy similar al que experimenté cuando mi pequeño tigre miraflorino entró en comunicación conmigo. Sentí que iba a caer y me puse de pie de un salto. Acto seguido, abandoné el Jardín Botánico, el hotel y el país.

Retorné a Lima resuelta a desechar toda idea que implicara la más mínima posibilidad de acercarme a un gato. Así lo hice, las consecuencias de aquel distanciamiento fueron reiterados internamientos en la clínica, ya no podía salir a ningún lado sin llevar en la cartera un broncodilatador. Con la salud tan resquebrajada, un sábado recibí tu llamada invitándome a Madrid. Yo nunca había salido de América, querido Carlitos, y tu propuesta de unas vacaciones en España produjeron en mí tal ilusión que el asma retrocedió de manera considerable mientras hacía los preparativos para el viaje. Aterricé en el aeropuerto de Barajas una madrugada de finales de octubre, ¿lo recuerdas, amigo? Tenía la intención de pasar quince días en tu país. Mi itinerario estaba cronometrado de forma estricta, cuatro días en la capital, otros cuatro en Barcelona, de allí cinco días más repartidos entre Granada y Sevilla, para luego regresar a Madrid, conocer lo que me faltaba de la ciudad, empacar las maletas y tomar un vuelo directo al Perú. Es difícil expresar de manera exacta lo feliz que fui en tu piso de Atocha, conversando contigo y con Marci. Mirándote dibujar, crear mundos enteros con un lápiz y viéndola a ella preparar cuatro platos distintos en un par de horas y decir con total honestidad, vamó, que no es naá. Después, ir recorriendo el Museo del Prado, el Thyssen, el Reina Sofía, Las Ramblas y el Barrio Gótico en Barcelona, el Alhambra e Itálica en Granada y en Sevilla. No, querido amigo, no hay palabras que describan de modo fidedigno la dicha (tampoco el dolor, lo sé). No obstante, las vacaciones en tu tierra fueron lo más cercano que había experimentado hasta entonces del placer de la vida, y eso que aún no sabía que aquel estado de gracia se prolongaría por más de una década.

Al principio te hablé de un viaje, querido Carlitos, es que para mí la vida ha sido eso, un viaje al fondo de mí misma. Trasladarse de un punto a otro en la ruta que va de tus ojos a ti mismo, recorrer la distancia que hay entre lo que pareces y lo que eres, caminar hacia dentro para descubrir cómo cambia el paisaje, hasta que de repente interior y exterior son uno y sabes que has llegado a casa. Eso fue lo que me sucedió a mí. Antes te dije que siempre me había sentido una extranjera en el mundo, como si no tuviera raíces ni semejantes, como si vagara en un territorio ajeno donde tenía que amoldarme a costumbres y comportamientos que no me pertenecían. Es terrible existir así, querido Carlitos, aunque tampoco puedo ser injusta, mi estancia humana tuvo instantes únicos, distendidos, radiantes, gracias a personas como tú, Marci y otras más, con las que a veces me siento culpable por haber desaparecido sin siquiera despedirme. Pero, bueno, no quiero desviarme del tema. ¿Recuerdas que al regresar a Madrid te enseñé una piedrecilla rosada que recogí en Itálica? Te la mostré entre otros muchos objetos, sin contarte por qué la guardé. En Sevilla, además del Alcázar, la catedral con la Giralda y el Museo de Bellas Artes, también me recomendaron visitar Itálica. Ah, comentaron, si prefieres algo más antiguo, están las ruinas romanas de Itálica. Pues bien, mientras caminaba por el conjunto arqueológico no sentía mi peso, era como si mi cuerpo fuera más ligero, a la vez que mi conciencia se enlazaba con todo lo que la rodeaba. Por primera vez no me sentí ajena, sino acogida, abrigada por el olor de la tierra, por el viento que movía las ramas de los pinos, por el sol que intentaba despertar a las ninfas dormidas sobre sus cántaros de piedra. Al contemplar un mosaico donde el dios Baco parece guiar a una tropa de centauros, varias ménades y un tigre, aquella sensación se hizo más fuerte y apareció el vértigo que se había presentado en otras ocasiones. Caí al suelo y si no fuera porque otro turista vino en mi “ayuda”, aquella ciudad derruida se habría convertido en mi hogar. Al retirarme cogí del suelo una pequeña piedra de mármol rosa en conmemoración de ese día.

Vaya a saber nadie acerca de las cosas que van a permanecer con uno hasta el final; en mi caso, aquella piedrecilla rosada es el único artículo que conservo hasta ahora conmigo. Lamento decirte, querido Carlitos, que al salir de tu casa, la tarde que para ti fue la última vez que me viste, y dirigirme a dar un paseo por El Retiro, lo hice con la secreta esperanza de que ocurriera lo mismo que en Itálica y así fue. Las fotos que tomé, las chucherías que compré, fueron solo un despiste, un andar buscando un lugar solitario y divisar algún congénere que me facilitara el tránsito. El que busca encuentra, dice el refrán. Un gato rubio, de ojos celestes, descansaba cerca de la fuente del ángel caído. No tuve necesidad de llamarlo. Después del mareo, siguió una especie de ataque de asma, creí morir. Sin embargo, resucité. Desde entonces mi hogar está aquí, este es el lugar que elegí para vivir, porque la vida, querido amigo, solo se vive verdaderamente cuando se es feliz. Y nada se compara a correr de puntillas sobre el pasto húmedo, tenderse a dormir a pleno sol o comer en un plato de plástico las galletas que te ofrecen sin ningún interés. ¿Qué mal le hacemos al mundo, si solo pedimos un poco de comida y un lugar donde podamos ejercer el oficio de estar vivos y ser libres? Por eso no entiendo la razón por la que hace unas semanas ellos vienen al oscurecer.

La primera vez que los vi, me lavaba las patas sobre una de las piedras de la cascada artificial que está cerca del Palacio de Cristal. Jóvenes, vestidos de cuero negro y con la piel tatuada de viejos símbolos de muerte, enseguida llamaron mi atención. Vaya, pensé, así que han regresado los malos tiempos, y me introduje en el pequeño túnel que hay debajo del torrente para descansar un rato. Unas horas después escuché sus carcajadas; con toda tranquilidad trepé a un árbol para ver qué hacían. Estaban borrachos y habían traído a unos perros. Sentí lástima por aquellos animales que les lamian las manos. De pronto, uno de los chicos gritó: «Allí hay uno», señalando a un gatito blanco que se había detenido a beber en la laguna. Lo que sucedió después fue algo tan aterrador que siento que me voy a desmayar de solo recordarlo. Yo no le tengo miedo a la muerte, querido amigo, pero sí a la violencia y al dolor. Este parque era un lugar tan lejano de todo eso, que creí que aquí nunca me alcanzarían; me equivoqué. El Edén está cerrado para los pequeños. Va a caer la noche, Carlitos, yo no quiero abandonar El Retiro, este prado inmenso, bello, donde la libertad me despierta con un beso cada mañana y donde puedo ganarme el pan en las escasas labores para las que soy buena: pensar, soñar, ser feliz. Sin embargo, el horror y la crueldad practicada como distracción me empujan al exilio, ya son demasiadas veces las que he visto a los galgos desgarrar a los míos mientras sus amos reían y ya no soy tan joven para correr lo suficientemente rápido. La noche se cierra sobre el parque, querido Carlitos, ¿le brindarías amparo a una gata sentada en tu portal, que lleva en la boca un trocito de mármol rosa?

 

Del libro de cuentos Siete paseos por la niebla (Campo Letrado, 2015)

 


Yeniva Fernández (Perú, 1969) es licenciada en Bibliotecología por la UNMSM y egresada de la Escuela de Escritura Creativa de la PUCP. Es autora de los libros de cuentos Trampas para incautos (2009) y Siete paseos por la niebla (2015). Ha participado en las antologías Disidentes, v.2: nuevas narradoras peruanas (2011), 17 fantásticos cuentos peruanos (2012), El cuento peruano: 2000-2010 (2012), El fin de algo: antología del nuevo cuento peruano 2001-2015 (2015) y Arriba las manos: antología del cuento policial peruano (2016), así como en la antología virtual Somos libres (2012). También ha publicado artículos en la revista de crítica de cine Godard.

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Crímenes narrativos

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