“Un viejo terco en Ankara”, por Marcos Rojas Gutiérrez

Salim, el Faquir del Mar Negro, llegó a México como un animal extraño que atrajo el bullicio de los curiosos y ganó la atención de los incrédulos. Brilloso y...

Salim, el Faquir del Mar Negro, llegó a México como un animal extraño que atrajo el bullicio de los curiosos y ganó la atención de los incrédulos. Brilloso y moreno, era la vil semejanza de una salchicha de más de dos metros con la cabeza pelona y puntiaguda y la frente arrugada como prepucio de recién nacido. Sus brazos no mostraban la prominencia de unos músculos bien trabajados como la de otros luchadores, sino que tenían la fuerza oculta y la resistencia bien almacenada en la vesícula para cuando la adrenalina fuera necesaria debido a la ira que le provocaban sus contrincantes. Hombre noble, afable de espíritu y que escuchaba los discos de Luis Mariano por las noches, se convertía en un demonio enchilado apenas cobraba vida su personaje, pues el muy mañoso se embadurnaba el cuerpo con pimienta de Alepo antes de cada contienda para que le ardiera el pellejo a cualquiera que sometiera bajo el sobaco.

Bien conocida era su anomalía de soportar el dolor y no había nadie que hasta entonces le hubiera sacado una mínima aflicción o un gesto que no fuera la frialdad de su mirada perpetuada en el limbo de la insignificancia, como si la fogosidad de las especias hubiera penetrado la piel y hecho corto circuito todos sus sentires. Y aquello, más que fascinación, causaba terror, morbo y por supuesto más terror.

Sus victorias corrían invictas desde Ereván a Edimburgo y desde la costa del Mediterráneo a Mozambique, donde había propinado descalabre y medio a todo ignorante de su triquiñuela. Muchos consideraban aquella anomalía como parte del espectáculo, pues quién en el mundo podía soportar tantos dolores y todavía continuar luchando con la clavícula rota mientras el contendiente se caía en pedazos, rendido por la frustración de no verlo cansarse nunca. Por aquellos confines sonaba un único nombre, el de Salim.

En Japón hubo de demostrar que su fortaleza era única e irrebatible, convencer que nadie podía vencerlo. Para entonces se concertó una lucha con uno de los mejores luchadores orientales, quien ya enterado sobre la dichosa pimienta de Alepo se hizo cubrir el cuerpo con shorinuri, el polvo blanco de las geishas. El propósito era contrarrestar la irritación de la piel y tapar los poros para evitar la sudoración excesiva, pero el plan se vino abajo cuando Salim lo reventó como a un renacuajo con el abrazo del oso.

Hoy, quienes lo vivieron, todavía recuerdan la ridiculez de sus muñecas agitándose entre los brazos de Salim mientras se ponía coloradito como el sexo de un perro, y también el fuerte olor a sebo que se formó en la lona con el revoltijo de sudores interraciales. Aquella humillación orilló al japonés a tasajearse las tripas, y a los dos días lo encontraron en un hanamachi de los distritos de Kioto con las piernas en cruces y el cuerpo encorvado hacia delante. La noticia del suicidio alcanzó a Salim cuando este estaba por cruzar el Mar de Japón para continuar con su gira luchística. Ello no lo detuvo, pero las luchas que tuvo en Vladivostok y Chanchung las desempeñó con abulia. En el puerto ruso derrotó sin gracia a un infante del Ejército Rojo, famoso por su belleza siberiana y el glamur de sus vuelos acrobáticos. En la China de Mao permitió un par de emociones para entretenimiento de los locales, pero una vez satisfecho con los castigos inútiles del oponente, lo lanzó fuera del ring y anunció que se iría a casa.

De regresó en Turquía se destinó a una vida tranquila, favorecida por el distanciamiento de las personas y todo lo que tuviera que ver con su personaje asesino. Por las noches escuchaba sus discos hispanos acompañado de una taza caliente de çay y fumando su descanso con el pensamiento en blanco, antes de que la pesadilla del nipón destripado se le apareciera en sueños, cabizbajo y lastimoso. Las mañanas las dedicaba a los rituales religiosos y oraciones redentoras, el resto del día a la cosecha de ciruelos y paseos esporádicos que lo llevaban a los mercados de especias o a comedores instalados a la orilla de los caminos. Algunos días, cuando el cielo prometía un ocaso hermoso, Salim ordenaba al chofer que lo llevase hasta la costa. Ahí escogía una buena roca, grande y lisa y se tumbaba a escuchar el oleaje del Mar Negro.

Era tan buena la vida por aquel entonces que los intestinos se le revolcaron cuando un desafío le punzó desde el otro lado del Océano Pacífico. Primero desistió de la idea de retomar el personaje que había llevado a un hombre a la muerte, pero las misivas enviadas para entusiasmarlo fueron consiguiendo su propósito. Allá, a más de diez mil cuatrocientos kilómetros de distancia, un luchador enmascarado como un insecto hacía alarde de atizarle el sistema nervioso y conllevarlo a la derrota. El reto le pareció insulso, aun proviniendo de uno de los países donde se fajaban los mejores luchadores, sin embargo, se imaginó lo grande que sería y lo ceremonioso que resultaría ser el campeón del mundo entero. Podría usar de trampolín un par de triunfos en México y después destacar entre los grandes de los Estados Unidos. Así lo pensó y así se lo propuso.

A su llegada, la capital mexicana se le antojó amplia y estruendosa, con avenidas que se las comía la distancia y calles colindantes donde la vida diaria parecía llevarse al trancazo. Enseguida asimiló los distintos rostros étnicos de la gente y percibió el amable timbre de voz con el que le explicaban las cosas. Del público ansioso por conocerlo recibió elogios y besos, flores y aplausos, albures inentendibles y también mentadas de madre. En ningún otro país visitado lo habían recibido con tanta euforia, y él no hacía más que permanecer inmutable, bien concentrado en su rol por no saber qué otra cosa hacer ante el enardecimiento de las personas y de los niños que le agitaban obscenidades con las manos.

La noche de su debut fue larga y difícil. Le programaron una pelea en el Bajío contra un dúo de luchadores amanerados que le empinaban las nalgas en cuanto se les acercaba. Turbado por las travesuras de los exóticos y las risotadas del público, Salim ajustó un rostro que no se le había visto antes. Por primera vez sus ojos dejaron la indiferencia y se angustiaron. Nadie le había dicho que lucharía contra semejante par de maricones, los promotores se habían limitado a presumirlos como grandes ídolos mexicanos y que de vencerlos haría honor a su imagen y entonces podría enfrentarse contra la mera estrella del sureste, el Chelo Chicatana. Pero ante semejante aberración, Salim no pudo sino buscar a tientas una explicación sin respuesta en el staff mexicano. Cuando uno de los exóticos se le aproximaba, él retrocedía, provocando la burla de sus contrincantes y el júbilo del público.

—¡Ven, papito! —lo agredió uno de ellos—. Te lo prometo que ni la vas a sentir.

—¿Y cómo la va a sentir —hizo comparsa el otro desde las cuerdas—, si es el hombre más fuerte del mundo? Nomás no le doy un beso porque le apesta la boca.

Salvo por algunas palabras reconocidas gracias a los discos españoles, Salim no entendía otra cosa sino el ridículo que estaba ofreciendo. Ello lo enfureció y lo sacó del rincón del cuadrilátero, y justo cuando uno de sus oponentes apuntaba con el culo, le dio un puntapié que le sumió hasta los ojos. El público celebró la hazaña levantándose de sus asientos; Salim correteó al exótico, y cuando lo tenía entre sus brazos, un golpe seco resonó en su espalda. De pronto, los dos luchadores lo castigaban con manotazos en el pecho y patadas en los costados. De haber podido se las hubiesen tirado en las nalgas, pero la ventaja de altura resguardó a Salim de aquella vergüenza. Como a un muñeco de trapo le fueron haciendo y deshaciendo todo tipo de llaves. Así se entretuvieron un rato, disfrutando de aquel gigante dócil. Pero cuando el cuerpo de Salim se les fue haciendo cada vez más pesado, la respiración se les densificó, los músculos dolieron y las bocas resecas comenzaron a despedir el fastidio de tenerlo aún ahí, obediente e indolente. “¡Ya estuvo bueno, cabrón!”, le dijo uno de ellos mientras ganaba impulso para lanzarlo hacia las cuerdas. La voz había perdido el tono afeminado, ahora era grave y masculina y parecía discorde al cuerpo del que estaba saliendo. Al escuchar aquella naturaleza deformada, Salim se sofrenó e invirtió una técnica de enganche que anunció enseguida la rendición del exótico. El movimiento fue tan rápido, tan bien ejecutado, que pasó lisa e imperceptiblemente por los aficionados. Sorprendido con la derrota, el compañero consultó al público como quien busca y no encuentra y se lanzó directo a Salim con empujones, palabrotas y todas las ganas de mandarlo de regreso por donde vino. Un apretón de pescuezo bastó para rendirlo y dejar al público en silencio, largamente estupefacto. La atmósfera recuperó su ámbito cuando una voz encabronada con acento yucateco se escuchó de entre la gente. Era el Chelo Chicatana profiriendo su sermón de bienvenida. Para que Salim comprendiera lo que decía, le facilitaron un traductor extravagante. Un hombrecito de mediana estatura, sin llegar a tener la complexión de los enanos, pero que parecía más bien un niño de doce años con bigote, subió a un banquito y tradujo cada palabra que el Chelo Chicatana decía en lo que se aproximaba al cuadrilátero.

—¡Ma’! Pero qué chibola tienes.

—My god! What an ugly head you’ve got.

—¡Ma’! Mírenlo bien y díganme si no está bien feo.

Take a look, you guys, and tell me if he’s not damned ugly.

—Oye, pelaná cabeza de trompo, voy a enseñarte que el dolor existe y que en esta tierra yo soy el mero mero.

—Listen up, you freak. I’m gonna show you that pain exists…

—Voy a exonerarte, voy aniquilarte, voy a convertirte en puerco y voy a vender tu cabeza al pastor en el comedor del infierno.

—I’m gonna…

El hombrecito no pudo terminar la oración, Salim se había apoderado del micrófono. Con todo el público expectante, abrió la boca, se introdujo la cabeza del micrófono y comenzó a doblar primero la rejilla, luego a despedazar la esponja. Por último llegó a masticar el diafragma y los cables. De la boca, un fluido rojo caía en la lona.

—¡Sangre! —gritó un niño.

—¡Sangre! —gritó una mujer como corroborándolo.

Y el público lo festejó. Irapuato, que estaba dentro de la máscara del Chelo Chicatana, confirmó con terror que en efecto aquel hombre apodado el Faquir del Mar Negro no sentía dolor alguno. Había creído como cualquier otro que todo era producto de la propaganda y que los rumores que venían del Viejo Mundo no eran sino puras exageraciones para inquietar a los contrincantes.

Durante aquellos años, las armas prohibidas en las luchas ya se presentaban en manos de algunos luchadores y a veces al mismo Chelo Chicatana lo habían derrumbado de un botellazo, en tanto que a otros los habían herido con alambres de púas y tenedores; todas ellas herramientas previamente acordadas y ensayadas para el espectáculo, pero de eso a triturar un micrófono con los dientes… “¡Eso sólo lo hacen los perros!”, gritó el Chelo Chicatana para recuperar la predilección del público. El alboroto de la gente lo favoreció de nuevo como protagonista. Aquello turbó al Faquir del Mar Negro. Muchas veces había tenido que lidiar con las desventajas del idioma en países extranjeros, cosa que terminaba superando, pero entonces la burla no necesitaba ser traducida por ningún hombrecito de dudosa fisonomía, ésta conservaba su significado universal, sólo que nunca antes la había afrontado de manera que le resultase tan miserable y lo convirtiera en un zopenco sobajado por culpa de un adversario de ridícula vestimenta.

—¡Ma’! Este pec está rabioso ¾se mofó el Chelo Chicatana.

El público carcajeó de nuevo.

Salim miró al hombrecito. Como respuesta obtuvo el encogimiento de sus hombros. ¿Qué podía hacer? No entendía una palabra. Se sintió ínfimo, bochornoso.

Dog —le orientó el hombrecito—. He called you a dog.

Perro, lo había llamado perro, a él, el Faquir del Mar Negro. ¿Por qué habría tenido que llamarle de esa manera? Pec. ¿En qué idioma se lo había dicho? Aquella era una palabra que no asociaba con el español. Eso no importaba, llamarlo perro era una gran ofensa para él, siendo musulmán.

Tras asimilar el insulto, miró al Chelo Chicatana, lo encontró grande y aventajado. “Esa noche no pelearían”, el precepto llegó a su mente, según lo acordado entre los promotores. Ni siquiera esperaba su aparición de entre el público. Pero ahora estaba frente a él, en el cuadrilátero, y lo había llamado perro. Dio un paso adelante y el Chelo Chicatana calló. Pensó decirle en su lengua materna: “Pronto pagarás tu ofensa”. Pero no lo hizo. ¿Qué caso tendría? Al darse a escuchar sólo causaría que la continuidad de la burla fuera inducida por el adversario. Existía otro tipo de lenguaje que ambos conocían a la perfección, y ese era el de la lucha. Así se dio a entender.

—¡Ni lo vio venir! —gritó alguien del público.

El Chelo Chicatana, tumbado en la lona, como que lo escuchó y no. La cabeza le zumbaba en todo su contorno y perdió varios segundos en ubicarse. Cuando Salim tomó su brazo y lo levantó, el Chelo Chicatana pudo calibrar su fuerza. La inseguridad le hormigueó la piel. “Es más fuerte que yo”, pensó, pero gritó “¡Maaa’!” y contraatacó el estómago del Faquir. A pesar de no sentir el dolor, la contracción del abdomen le obligó a doblarse. Entonces Salim pensó también. Pensó algo en turco que nadie podía traducir, pero que de saberse significaría sorpresa. Después el cuadrilátero se atestó de gente uniformada, entre gritos y empujones los separaron. Esa noche no pelearían.

—¡Esta noche no! —dijo uno que parecía importante. Y ambos se sintieron como dos perros sujetados de la nuca.

 

 

Fragmento de la novela Un viejo terco en Ankara (Ed. Ficticia – CONACULTA, 2015)

 


Marcos Rojas Gutiérrez (México, 1979) nació en Villahermosa, Tabasco. Premio Universitario de Cuento Teutila Correa de Cárter 2011 y ganador de la Bienal de Novela Breve Josefina Vicens 2014 por Un viejo terco en Ankara. Sitio web: www.marcosrojasgutierrez.tumblr.com

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Crímenes narrativos

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