“The Night”, por Rodrigo Blanco Calderón

Me gustan las simetrías y detesto las motos. En realidad, me apasionan y creo que se trata de cierto temor. Las simetrías, digo. Y también las motos. Yo me...

Me gustan las simetrías y detesto las motos. En realidad, me apasionan y creo que se trata de cierto temor. Las simetrías, digo. Y también las motos. Yo me entiendo. Y porque me entiendo no tengo necesidad de extenderme en explicaciones sobre este asunto ni tengo que contárselo a nadie. Si estoy hablando con usted, doctor, es sólo por consideración con Matías. Insistió tanto en que viniera a verlo, sobre todo después de lo que pasó a la salida de la clase, que no tuve más remedio que darle mi palabra y cumplir. Me convenció con el dato de que usted es psiquiatra, es decir, médico, y no psicólogo o psicoanalista o charlatán. Me refiero a que usted seguro trabaja con fármacos y yo soy un defensor de la prescripción y el consumo de fármacos. La depresión, por ejemplo. Dicen que es la enfermedad del siglo. La depresión, dejando de lado los motivos, es un hecho bioquímico. Bajan los niveles de serotonina y los antidepresivos los restablecen. Por eso digo que en cuestiones de salud, primero las medicinas y luego las palabras. Y si se pueden evitar las palabras, mejor. Pues estoy convencido de que todo el mal del mundo empieza en ellas. En las palabras.

Por eso vine. A que usted me recetara un ansiolítico o lo que sea que me ayude a eliminar la angustia que me invade de repente. O, al menos, algo que funcione como una especie de barrera, un margen de tiempo que me permita maniobrar antes del instante. De modo que cuando yo sienta que la moto se aproxima pueda estar preparado para el choque. O pueda correr más rápido y escapar de ese maldito sonido de sierra que se acerca. ¿Nunca vio las películas de Martes 13? ¿Recuerda a Jason? Bueno, así me siento yo cada vez que escucho alguna aproximarse. En las últimas semanas ni siquiera necesito escucharlas de verdad. Basta con imaginarme el maldito sonido de la moto, como si fuera una sierra que me alcanza para cortarme la cabeza, para que el desastre ocurra.

Le advierto, doctor Ardiles, que lo de Martes 13 es sólo un ejemplo. No tengo ningún trauma con eso. Jason o Freddy Krueger siempre me han dejado frío. En Caracas, Jason no pasaría de ser un podador de jardines y Freddy un emo con las uñas largas. Freddy y Jason son unos niños de pecho comparados con esa plaga de motorizados que ha invadido la ciudad. El primer paso para una verdadera reconstrucción de Caracas sería acabar con todos los motorizados. Eliminarlos uno por uno golpeándolos con sus propios cascos hasta la muerte. El otro día, Margarita, mi amiga del taller, contó una historia insólita. Tomó un mototaxi en Altamira para llegar hasta Paseo Las Mercedes. Eran las seis de la tarde, el metro estaba colapsado y los autobuses atestados de gente. Cuando iban a doblar desde Chacaíto para agarrar la principal de Las Mercedes, justo en frente del McDonald’s de El Rosal, el mototaxista, aprovechando la luz roja del semáforo, sacó una pistola y le robó el BlackBerry a la conductora del lado derecho. No esperó a que cambiara la luz, dejó los carros atrás y continuó su camino. Al llegar a Paseo, Margarita estaba temblando. Aunque ella sepa defenderse, incluso mejor que cualquier hombre de medianas condiciones, apenas podía sacar la plata del monedero. El mototaxista recibió los reales de la carrera y, al verla tan asustada, le dijo:

–Mami, no te alteres. Yo no atraco a mis clientes.

¿Se da cuenta, doctor? ¿Qué se puede hacer con semejante mierda? ¿Ah? Perdóneme. Disculpe las groserías. Es que el tema me… Usted entiende. Pero no crea. No es estrés postraumático. A pesar de todo, toco madera, hace tiempo que no me atracan. El asunto con las motos viene de antes, de cuando estaba casado con Margarita. No, no es la misma Margarita del cuento del mototaxista, es otra, mi esposa.

Podría contarle una experiencia en particular que justifique todo. Pero no lo haré, porque yo no vine aquí a hablar. Veamos esto, si le parece, como una formalidad para que así pueda usted mandarme los medicamentos. Porque si le cuento lo que me pasó en aquellos días, entonces se va a olvidar del presente, de lo que me está pasando ahora. Sería injusto con aquel motorizado (fíjese en mi capacidad de sindéresis: hablo de ser justo con semejante piltrafa) endilgarle todos los desmanes que están cometiendo los motorizados de esta época. Sería imposible, además, que el de entonces sea el mismo de ahora. Sería demasiada coincidencia. Para mí las coincidencias no existen.

¿La semana pasada? Pues, por dónde empezar. Aristóteles decía que por el principio, pero ¿dónde están los orígenes de la simetría? Este asunto podría empezar hace más de veinticinco años o hace un mes. Es igual, usted decida, sólo cambiaría la dirección. Tiene razón, yo mismo dije que no quería hablar del pasado ni de causas. Empecemos, pues, por el presente y por los efectos y ojalá ahí nos quedemos.

Todo comenzó, o volvió a comenzar o comenzó a cerrarse, cuando Margarita se quedó mirándome. Sí, la del taller, no la que fue mi esposa. El culpable fue Matías. Al principio, tuve la esperanza de que Matías no me reconociera, de que mi nombre no le hiciera remontarse al año 1982. Pero a la mañana siguiente de la primera clase, leí un email de Matías donde me preguntaba si yo era el autor de “Obmoible”. Respondí con apenas un “sí”, dando a entender que no me interesaba hablar del asunto. Si usted, doctor, quiere informarse de lo que pasó, le recomiendo que le pregunte a Matías. No le aconsejo, para nada, que lea mi cuento. Jamás sometería a nadie a semejante tortura. Pudiera interesarle, quizás, una versión de esa historia, el reverso de esa historia, titulada “El biombo, que hizo un joven narrador llamado Rodrigo Blanco. Por más que lo pienso, no sé quién le pudo haber facilitado la información a ese muchacho. Sin embargo, el cuento falsea de cabo a rabo mi historia con Sara Calcaño. Es cierto que yo me acosté con ella, pero también lo es que Sara Calcaño se acostó con todos y cada uno de los escritores y escritoras, jóvenes o viejos, de esa época. Es un hecho tan cierto como inútil, pues Sarita terminó loca y probablemente ya haya muerto.

Al final de la última clase de diciembre, nos quedamos Margarita, Matías y yo conversando algunos detalles de las “Tesis sobre el cuento”, de Ricardo Piglia. Ahora que lo pienso, aquello fue una emboscada de Matías, una vil excusa.

–Entonces tú sí eres Pedro Álamo –me dijo Matías.

Margarita observó a Matías y luego a mí, como pidiendo una explicación.

–Pedro fue el causante de uno de los mayores escándalos de la literatura venezolana –le dice a Margarita. –Claro que tú ni siquiera habías nacido.

Luego le explica toda la historia de mi cuento, el premio de El Nacional, la reacción airada de buena parte de la crítica, la reacción insólita de unos esporádicos defensores de mi obra, mi terco silencio en los meses posteriores y mi definitiva desaparición de la vida pública.

–Pedro Álamo era lo que, con sincera admiración y secreta mala leche, la gente llama “una joven promesa de nuestra literatura”. Después desapareció. ¿Dónde te metiste, Pedro?

Me  hubiera gustado explicarle que para desaparecer de eso que él llamaba “nuestra literatura” bastaba con no ir a presentaciones de libros ni contestar las llamadas telefónicas de la prensa. En cambio, sólo respondí que me había dedicado a otra cosa.

–Soy publicista.

Le confieso, doctor, que me agradó ver la decepción en el rostro de Matías. Pero esa es la verdad: soy publicista.

–¿Has seguido escribiendo? –Matías no se rendía.

–No –dije. –Por eso estoy aquí. Quiero ver si comienzo desde cero.

Matías no parecía convencido. Yo mismo no sé si dije la verdad. ¿Puede llamarse escribir a lo que he hecho desde entonces? ¿Tiene algo que ver con lo que los escritores entienden frecuentemente por escritura? No lo sé. Tampoco me importa. Toda mi vida me he dedicado a sofocar las extrañas expectativas que, a pesar de mí, genero en los que me rodean. Matías no volvió a tocar el tema, pero esa vez, al despedirnos, Margarita se quedó mirándome.

Aquella noche, mientras dormía, soñé con un ruido. Parecía una moto, y en el sueño yo no sabía si se acercaba o si se estaba alejando o si hacía ambos movimientos de forma simultánea. Yo vivo en el anexo de una casa en la urbanización Santa Inés. No sé si la conoce. Supongo que no. La mayoría de los caraqueños no tiene idea de dónde queda, pues siempre la confunden con Santa Paula, Santa Marta, Santa Fe y cualquier otra santa del este. De modo que los únicos que saben con seguridad dónde queda Santa Inés son los que ahí viven, como si, más que una urbanización, fuese un pacto. Esto sucede porque Santa Inés es apenas un conjunto de casas situadas en una especie de cañón que se forma entre la carretera vieja de Baruta y el sector Los Samanes por un lado, y las colinas de Santa Rosa de Lima y de San Román por el otro. Santa Inés es, cómo decirlo, una extraña caja de resonancia. Los sonidos rebotan, descabezando en sus retornos los puntos de partida, las nociones de lo que está lejos y de lo que está cerca, como átomos perdidos afinando el universo.

Lo cierto es que, en medio del sueño, en el nudo más fuerte de la madrugada, escuché una moto. Un zumbido que se acumulaba en el silencio de aquella hora, erosionando la noche. Ese ruido, el sueño de ese ruido, se me hizo eterno. Al fin desperté, angustiado, rodando de la cama y cayendo en el piso de mi cuarto como un tronco seco.

Tumbé el vaso de agua que siempre pongo en la mesa de noche. A pesar de que podía lastimarme con los pedazos de vidrio, no encendí la lámpara y me quedé así, con el culo mojado, en el suelo. A Margarita siempre le irritó esa costumbre mía. Poner un vaso rebosante de agua en la mesa de noche para luego botarlo en el fregadero a la mañana siguiente, casi intacto. Apenas daba un sorbo después de cepillarme los dientes y antes de apagar la luz. Mi matrimonio con Margarita fue una breve y penosa carrera con obstáculos. La situación económica nos llevaba de un apartamento a otro, de una esquina de la ciudad a la otra, y en cada uno de los lugares donde vivimos el vaso con agua en la mesa de noche fue tema de conversación. Al principio, esa manía suscitaba en ella una incomprensión tierna. Luego, la reacción fue de franca hostilidad. Ya hacia el final, la indiferencia. Yo era muy joven, estaba concentrado trabajando en publicidad luego de fallar en Letras y los palíndromos ya se habían transformado en obsesión. No pude ver los signos evidentes de la despedida. Margarita veía el vaso con agua en la mesa de noche y confirmaba que yo no iba a cambiar, que no iba a abandonar ni esa ni la otra absurda rutina. Eso veía Margarita cada mañana: cómo el líquido de aquella primera intimidad se iba secando poco a poco, en medio de un vaso repleto de agua.

Yo permanecía en el piso de mi cuarto, divagando, y una última sensación me terminó de despertar. Aún tenía en los oídos el sonido lejano del sueño. La moto bien podía ser ahora una avioneta que se perdía en el horizonte. Y el lento apagarse de ese sonido era tan sutil que ya no se diferenciaba del desmoronamiento de la madrugada. Antes de levantarme eché una mirada a mi alrededor. El pequeño charco de agua con pedazos de vidrio me hizo pensar en el calentamiento global y el deshielo de los polos. Me llamó la atención, para el resto del día, ver que el charco vibraba.

El tiempo pasa rápido.

Disculpe el abuso y, de verdad, gracias. Por el récipe y por el Tafil.

Sí, claro, usted dirá.

No se preocupe, en serio, pregunte.

¿Margarita? ¿Mi esposa?

Ella murió. Me la mataron hace años.

 

 

Fragmento de la novela The Night (Alfaguara, 2016)

 


Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela, 1981) es escritor, editor y profesor universitario. Ha publicado los libros Una larga fila de hombres (2005), Los Invencibles (2007) y Las rayas (2011); su obra también ha sido incluida en varias antologías de cuento iberoamericano. The Night (2016) es su primera novela.

Foto: Luisa Fontiveros

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Crímenes narrativos

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