“La experiencia formativa”, por Antonio Díaz Oliva

Luego de nuestra experiencia formativa, y luego de la desaparición de Jorge, con Raquel decidimos casarnos. Su mamá estaba contenta, incluso lloró, nos dijo que íbamos a ser felices,...

Luego de nuestra experiencia formativa, y luego de la desaparición de Jorge, con Raquel decidimos casarnos. Su mamá estaba contenta, incluso lloró, nos dijo que íbamos a ser felices, la mejor decisión sin duda; el padre, en cambio, nos felicitó de manera más reservada y a los pocos minutos se encerró en su pieza.

El viejo era así.

Silencioso y parco.

Se encerraba con sus libros, sus planos, los cuadernos formativos y sin hacer mucho ruido. Casi nunca hablaba con su esposa, menos con Raquel. Porque a ver, es verdad: en ese entonces los papás de Raquel se decían poco, pero yo no entendía que había algo debajo de ese silencio; yo tenía dieciocho años, había regresado de mi experiencia formativa, y me costó darme cuenta, durante mis primeros días como esposo de Raquel, de que el silencio entre sus padres era el silencio que también cruzaba a toda la comunidad.

 

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Pero esto no era Colonia Dignidad. Era simplemente una comunidad hippie. Y hippie a la chilena, que no es lo mismo que los hippies gringos o europeos. Para los milicos estábamos dentro de la misma categoría que esos grupos de alemanes perdidos en el sur, y por eso cuando la descubrieron en los ochenta, cuando la comunidad ya llevaba casi diez años funcionando, pactaron. ¿Por qué no nos metieron a todos presos? No sé. A veces también me lo pregunto. Regreso a algunas fotos, esas en que los padres fundadores aparecen con el pelo largo, ropa sucia, con chalas y morrales, aunque luego se hayan puesto más serios, y me lo pregunto.

Y en verdad no sé.

Yo era chico, pero no tanto. Y mi madre era una de las fundadoras, aunque tampoco recuerdo demasiado de ella, ahora que intento reconstruir la historia. De mi padre sé menos, porque fue uno de los primeros desertores.

 

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La experiencia formativa, sí, ahora voy a eso.

 

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A los diecisiete años, luego de una ceremonia, a todos los hijos de los fundadores de la comunidad nos tocaba un año libre. Íbamos a las sesiones de preparación. Pasábamos más tiempo de lo normal con nuestras familias. Nos liberaban de los trabajos de la tarde. Y teníamos dos horas para llenar nuestros cuadernos formativos. ¿Qué anotábamos? Todo. Todo lo que pasaba por nuestras cabezas y todo acto o evento que consideráramos importante para nuestro desarrollo humano.

Hasta que llegaba el día.

No había claridad de cuándo, eso sí, porque era sorpresivo. Tocaban la puerta, uno de los padres fundadores nos acompañaba hasta el portón de madera, generalmente el papá de Raquel, que era lo más cercano a un líder en la comunidad, y nos despedíamos y quedábamos ahí, afuera, en la intemperie. Caminábamos por la bajada de tierra. Era un camino pedregoso de casi dos horas y un poco más hasta llegar a una caseta de madera donde alguien nos esperaba, nunca supimos quién, aunque algunos sospechaban que era un milico vestido de civil, y nos llevaba a la ciudad en una camioneta que, luego entendí, eran las mismas camionetas que se usan para ir a buscar y dejar a los niños al colegio. Todo terminaba en una casona en el centro de la ciudad. Y ahí comenzaba la experiencia formativa. Un año para hacer lo que quisiéramos. Algo de dinero para los primeros meses. Y al final una decisión: o volvíamos o dejábamos la comunidad para siempre.

 

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Hubo varias señales, como que un poco antes de mi experiencia formativa mi madre muriera. O que aparecieran los primeros conejos, aunque no los tomamos en cuenta. Pero lo primero fue que mi madre murió y me mandaran a vivir con Raquel y sus papás. Yo tenía dieciséis, o sea un año antes de mi experiencia formativa. Lo que nunca entendí es por qué. Por qué no me dejaron verla antes de morir. Por qué no pude decirle, Chao, viejita, te voy a extrañar, gracias por todo. Por qué no me dejaron cerrarle los ojos con mis manos, mis propias manos. Pero el padre de Raquel me negó todo eso, igual que años después no dejaría que Raquel viera el cuerpo de su madre. Decía que era parte de nuestra educación. Que así seríamos mejores. Seres integrales en lo físico y lo espiritual.

Recuerdo que en la ceremonia, la ceremonia de defunción en la comunidad, mi madre ya estaba enterrada y nos juntaron a todos para orar. Luego los padres fundadores rememoraron algo sobre el reciente difunto, y entonces nos tomamos de las manos. Nos quedamos en silencio por unos minutos. No tuve ganas de llorar. Creo que por primera vez sentí rabia. Rabia de no saber quién controlaba mi vida. El padre de Raquel finalizó la ceremonia. Esa mañana –era domingo, creo– Raquel se acercó, me tomó la mano y me dijo que íbamos a vivir juntos. Le sonreí aunque sin ganas. Le di un beso. Ya éramos pololos por esa época. En la comunidad los hijos de los padres fundadores solían relacionarse desde chicos. Y eso a los padres fundadores les gustaba.

 

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No me costó adaptarme a la familia de Raquel. En parte porque murió mi vieja y me convertí en un ser silencioso, muy distinto a lo que soy ahora; no tenía consciencia de mí, ni de lo que pasaba a mi alrededor. Iba al colegio de la comunidad por las mañanas; iba al campo a trabajar mi turno vespertino; iba a todas las actividades obligatorias para los hijos de los fundadores. Pero realmente no estaba ahí. Funcionaba en la casa de Raquel porque estaba en silencio y finalmente la gente funcional, la que hasta hoy no se arrepiente de nada, fue la que nunca abrió la boca. Yo también era funcional entonces. Pero la muerte de mi madre partió mi vida en dos; un pasado feliz y obediente y un presente incierto, plano y rutinario como las actividades en la comunidad, como los discursos que los padres fundadores nos obligaban a memorizar, como el legado que supuestamente nosotros heredaríamos.

 

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Raquel lavaba los platos y yo los secaba. Era de noche, ya habíamos cenado. Teníamos un juego: contarnos la diferencia entre lo que recordábamos y lo que creíamos recordar de nuestras infancias. Raquel hablaba sobre una imagen que tenía de su padre, cuando éste era músico. En verdad, me dijo mientras pasaba los cubiertos de madera por agua, en verdad lo que recuerdo es una canción. ¿Qué canción?, le pregunté. Le pregunté si recordaba la canción o si era más bien el recuerdo de alguien que le habló sobre esa canción. No respondió. Todavía quedaban platos con restos de polenta y espinaca. Le hice la pregunta una vez más. ¿Qué canción, Raque? No me respondió. Mira la ventana, me dijo. Miré. A través del ventanal noté dos puntos rojos y luego, en otra parte del patio, dos puntos más. Y otros dos. Y dos. Y así hasta que sentí algo de miedo. Raquel soltó el paño y el cuchillo que lavaba, y permaneció quieta unos segundos. De esa noche recuerdo que por la escalera se colaba el sonido de su padre trabajando, el sonido de la máquina de escribir, uno de los pocos artículos que a cada familia de la comunidad se le permitía tener. Raquel seguía paralizada. ¿Raquel?, le pregunté. No respondió. ¿Raquel?, repetí, esta vez con más fuerza. Ella salió por la puerta de la cocina. La seguí. Intentamos buscar los puntos rojos, pero no se veía nada. La oscuridad del patio –ahí estaba el columpio de madera que ya nadie ocupaba y el foso empedrado para el compost– no era más que un fondo negro y espeso, sin demasiada iluminación, solo un farol como en cada casa de la comunidad. Entonces apareció el primero de los muchos conejos que veríamos durante esos años. Era grande. Nos miró y desapareció.

Esa noche Raquel bajó al estudio de su padre y le contó. Temblaba. Yo me quedé arriba, terminando de lavar los platos. La madre de Raquel había comentado que se sentía mal y se acostó temprano. El padre cenó con nosotros rápidamente, se disculpó y bajó a su estudio. Alguna vez pensé que el padre de Raquel trabajaba en unas memorias, o en un manifiesto. Ahora no me consta. Esa noche escuché los gritos de Raquel. No hice nada, seguí con la loza. Los gritos aumentaban, yo hacía el esfuerzo por pensar en algo más, pese a que una vocecilla interior me llamaba a defender a mi esposa. Pero también debía seguir las reglas. No podía olvidar que era parte de un grupo humano. Y que debíamos respetar lo que nos mantenía unidos. Terminé de lavar los cubiertos, subí a la pieza, me acosté, cerré los ojos y fingí dormir.

A la mañana siguiente el patio estaba destrozado. No solo a nosotros nos afectó. Incluso los bordes de algunas casas estaban roídos, con claras marcas de dientes y arañazos. Al principio algunos dudaron de que efectivamente fueran conejos. Además estaba el ruido por las noches. Era difícil dormir con ese ruido. Aún lo recuerdo: esos pequeños gemidos, los conejos moviéndose rápidamente por el borde de la casa como ratones, y su caca: bolitas negras que se multiplicaron en el patio. A los hijos de la comunidad nos hicieron recogerlas y tirarlas en el foso.

En un momento se pensó que era otro animal; el chupacabras, dijo alguien, o unos lobos salvajes, o unos pudús con rabia, vaya uno a saber qué. Incluso se pensó que la plaga era una maniobra para desestabilizar a la comunidad. Que un grupo de frentistas y comunistas quería echarnos. Porque adentro pocos sabían lo que sucedía en el país; que era 1988, que la izquierda se estaba reformulando, que los milicos estaban por dejar el poder. Pero un día el padre de Raquel entró a la casa. En una mano llevaba el rifle y en la otra, agarrándolo desde las orejas, uno de los conejos temblando. Lo puso sobre una tabla de madera. Sacó el uslero de un cajón. Me miró y alzó la mano. Le dio un golpe rápido detrás de las orejas.

 

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Mi experiencia formativa fue una terapia. Me sentí humano una vez que salí de la comunidad, el día en que, junto a Raquel y Jorge, el otro hijo de los fundadores al que le tocaba su experiencia formativa, nos subieron a la camioneta y nos condujeron hacia la ciudad. Recuerdo al milico que nos llevaba (que no sabíamos que era milico, que llevaba el pelo canoso y hablaba con voz de pito). Jorge le hacía preguntas. El milico se reía y lo molestaba. Jorge insistía con las preguntas. El milico le decía que si seguía así lo devolvía donde los hippies. Jorge le dijo que no podía hacer eso porque tenía que pasar un año en la ciudad. Le dijo, Podemos volver o quedarnos afuera. Y el milico rió. Afuera, dijo. ¿Estai seguro que querís estar afuera?

Yo iba atrás con Raquel, tomados de la mano. En mi bolsillo llevaba una pata de conejo para la buena suerte. Me la había fabricado yo mismo la semana anterior, cuando los padres de Raquel estaban en el anfiteatro en una de las tantas reuniones semanales. Raquel andaba cansada y se acostó temprano. Tal vez por los nervios. Presentíamos que esa semana nos iba a tocar. Habíamos escuchado mucho sobre la experiencia formativa, pero no era posible anticiparse. De todas maneras, algo me decía que esa semana estaríamos afuera. Sin poder dormir, aquella noche me decidí y bajé al living. Caminé en círculos por un rato. No lo pensé: fui a la pieza de trabajo del papá de Raquel. Sabía dónde encontrarlo, en uno de los cajones, entremedio de los paños de lino, toallas y piedras pómez.

Lo tomé y salí al patio.

Se escuchaban los gruñidos. Vi un par de puntos rojos. Caminé en la oscuridad. Salté el cerco. Apenas sentí el primer ruido apunté. Fueron tres disparos seguidos. Con el primero casi me caigo por la fuerza. Los otros dos los supe controlar. Recién entonces lo inspeccioné con detalle; la culata era de madera, el barniz reflejaba la luz de la luna, y tenía un gatillo duro y frío como un bloque de hielo que al tocarlo quema. Además pesaba harto. Apoyé el rifle contra una de las cercas del patio. Hasta hoy recuerdo la imagen del cráneo explotando en varios pedazos; algunos de ellos tan pequeños que se perdieron en el pasto. Era de noche y disfruté mi pequeña catarsis. En silencio. Mi vieja estaba muerta, yo solo en el mundo, pero algo era diferente. Me dieron ganas de ir al anfiteatro y matar a todos los padres fundadores, escapar de la comunidad y también cruzar la cordillera. Dejar ese país que ni siquiera era mi país porque siempre había vivido encerrado en un territorio de caras familiares, demasiado familiares, y no sabía cómo era afuera de los límites de nuestras vidas.

Pensé en Raquel.

Metí en una bolsa de basura los pedazos de cráneo que alcancé a distinguir en la oscuridad. Saqué el cuchillo, corté una de las patas traseras del conejo, la envolví en un paño y la guardé en mi bolsillo izquierdo. Luego tomé el cuerpo descabezado y caminé rumbo al foso empedrado para tirarlo con el resto de los conejos.

 

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Parte de la experiencia formativa consistía en llevar un cuaderno con pensamientos, ideas, dibujos; lo que pasara por nuestras mentes. Al final, si volvíamos, había que entregar los cuadernos formativos para que los revisaran. El papá de Raquel era el encargado.

Ya dije que éramos yo, Raquel y Jorge. Ahora, ¿qué fue de Jorge? ¿Y quién era Jorge? Como todos, no tenía apellido. Era Jorge, simplemente Jorge y más bien lo recuerdo extrovertido; rara vez lo vi en silencio y sus padres eran los volátiles de la comunidad, gente que nunca se comprometió del todo con la idea, pero que preferían estar ahí que afuera con los milicos. Entonces tenían una posición rara. Por ejemplo, no iban a las reuniones en el anfiteatro, y en vez de eso preparaban el pan, la leche, el queso y se preocupaban de los animales. Lo extraño es que Jorge era lo contrario: iba a las actividades feliz, su sonrisa era constante y le ponía empeño a todo. Era el hijo perfecto con su sonrisa de dientes chuecos y cejas anchas. Por eso el padre de Raquel le tenía cariño, mucho más que a mí. Era el cómplice ideal que al principio desconocía lo que realmente sucedía en la comunidad. Y que luego, al enterarse por accidente, se quedó callado.

Entonces llegamos a la ciudad y estuvimos encerrados por lo menos dos meses. Y no te voy a negar que con Raquel pasamos unos meses hermosos, sin entender la ciudad, culeando todas las mañanas y las tardes como los conejos que durante ese año se multiplicaron en la comunidad. Pero nosotros no sabíamos nada de eso. En la casa había un manual con indicaciones y ayuda para entender la sociedad durante la experiencia formativa. Cómo y qué comprar en el supermercado, el toque de queda, quién era Pinochet, quién había sido Allende. En la comunidad teníamos clases de historia nacional, es cierto, pero de todas maneras no querían correr ningún riesgo. Ese año que pasábamos en la ciudad era para reforzar o debilitar nuestra lealtad. Esa era la prueba.

Jorge también se encerraba en su pieza. Más que nada escribía en su cuaderno formativo. Escribía y de vez en cuando salía para comer con nosotros. Yo le hacía preguntas, me respondía con respuestas que había aprendido en las clases de la comunidad sobre nuestra vida interior, los temperamentos, etc. Pero lo empecé a notar con menos energía; lo vi languidecer en esos meses. Y yo al revés, me sentía diferente, como si le hubiera robado el entusiasmo a Jorge.

Hasta que un día le tocaba a Jorge hacer las compras y con Raquel aprovechamos para revisar su cuaderno. Al principio no había nada. Solo menciones sobre la ciudad, el sabor del chocolate, la señora que se aseguraba que todo estuviera en orden, sobre la primera vez que vio tele. Pero entonces Raquel encontró un relato distinto. En tercera persona. Era la historia de un niño de la comunidad que se escondía debajo del escenario del anfiteatro. Era un niño de madera. El niño árbol, escribía Jorge, el niño árbol hace esto, el niño árbol hace esto otro. Un tono ingenuo. Narraciones infantiles pero a la vez medio oscuras. Eran hojas y hojas con lo que le sucedía al niño árbol, nada muy interesante en verdad, hasta que el niño árbol volvía a esconderse debajo del anfiteatro y aparecían los padres fundadores. Hablaban sobre una reunión extraordinaria. Hablaban sobre el desertor. Hablaban sobre limpiar. Desde abajo el niño árbol escuchaba atentamente. Primero se asustaba con los golpes y entonces, aunque creía estar soñando todo, oía un canto acompañado por una guitarra y alguien que gritaba más y un chillido, justo al final de la canción, que subía de tono hasta convertirse en un lamento de muerte.

 

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Un mes antes de volver a la comunidad, Jorge desapareció. Con Raquel sabíamos que no iba a regresar. Pero igual fue extraño. Estaban su ropa, sus cosas, casi todos sus cuadernos. Los volvimos a leer. Había parado de escribir las entradas del diario hacía un tiempo. Ahora sólo repetía y repetía el mismo relato del niño árbol que se mete al anfiteatro de la comunidad y escucha esos ruidos. Lo que cambiaba era el tono de la narración. Cada vez más oscuro, cada vez menos infantil.

Nosotros regresamos a la comunidad. Con Raquel ni siquiera hablamos de la posibilidad de quedarnos. Éramos felices afuera, es cierto, pero solo porque nuestro tiempo en la ciudad tenía fecha de expiración. Si algo había reforzado la experiencia formativa, era que nos amábamos. Y que adentro teníamos comida, casa y un refugio espiritual.

Al regresar tuvimos la ceremonia de juramento, y a los papás de Raquel y los otros padres fundadores les contamos sobre Jorge. Entonces nos casamos. Fueron dos ceremonias en dos semanas. El juramento y nuestra unión. Los dos de blanco, Raquel con unas sandalias de cuero, yo con unos zapatos café. Ese día pensé mucho en mi madre. No sé si le habría gustado que me casara tan joven. Pero sentía que a Raquel le debía mucho.

No tengo noción de cuándo comenzaron las peleas entre los padres de Raquel. Tal vez nosotros fuimos los causantes; nuestra unión, digo. O tal vez antes porque la mamá de Raquel abandonó la comunidad cuando ya estaba muy mal, y era evidente que aunque se reunieran todos los doctores de la comunidad, y aunque se recurriera a toda la medicina homeopática almacenada, había que llevarla al centro médico.

La madre de Raquel empezó a pasar mañanas en la cama, y como era de los padres fundadores, del grupo original, no había problema. No tenía que estar produciendo en el campo como yo, Raquel y los demás. Hasta que se hizo público su estado. Sólo si alguien estaba muy enfermo podía salir de la comunidad; entonces aquella persona era llevada a un centro médico con el que existía un acuerdo, uno de esos acuerdos que para nosotros, los hijos de la comunidad, siempre fueron secretos. Una vez llegué a aquel centro médico, de hecho, cuando se me reventó el apéndice. Creo que tenía catorce años, mi madre todavía estaba viva. El dolor era tanto que alucinaba y en verdad no recuerdo mucho del momento en que me sacaron de la comunidad. Me desmayé en el campo mientras sacaba zanahorias, vi luces y tuve un sueño en el que, no sé por qué, trabajaba limpiando piscinas, aunque no sabía lo que era una piscina porque nunca había visto una. Luego mi madre me contó que al nacer, un par de años antes de ingresar a la comunidad, lo primero que hicieron con mi padre fue tirarme al agua, así aprendí a nadar. Pero eso lo supe hace poco, cuando por fin conocí a mi padre en uno de los juicios.

Desperté en el centro médico. Llevaba una bata blanca. Pensé que había muerto hasta que se me acercó mi mamá con una de las enfermeras. Vi luces y dos siluetas. Recién entonces me di cuenta; el pelo blanco, muchas canas que le aparecieron en esos dos días, mi madre había envejecido durante el tiempo en que estuve hospitalizado. Me dijo que todo iba a estar bien. Me dijo que unos días más y te dan de alta. Sonrió. Sentí un paño helado en la frente. Fue una de las últimas veces que la vi alegre. Tenía ojos negros y sus cejas estaban casi unidas.

Esa noche y la siguiente me cuidó una enfermera que llevaba una pata de conejo en uno de los bolsillos de su cotona, y que antes de entrar a una operación, noté a través de la puerta de un pasillo, la sacó y la frotó con sus dos manos. Parecía como si enfocara ciertas energías en ese acto y no sé por qué me esforcé en guardar aquella imagen. Desde entonces me quedó la idea de que una pata de conejo significaba algo. Hasta hoy la tengo.

 

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Dicen que esa misma enfermera, aunque yo no lo creo, estaba cuando la madre de Raquel se fugó. Me pregunto si la madre de Raquel lo hizo porque tenía cáncer, y sabía que iba a morir, o porque siempre había querido fugarse de la comunidad. En los años posteriores sólo escuché dos o tres veces el tema. Raquel era callada y dentro de la comunidad se manejaba poca información. Se sabía que fue rápido. Una de las noches que pasó hospitalizada, la madre de Raquel se desconectó los tubos y escapó por los pasillos. Afuera, al final del estacionamiento, un hombre la esperaba con el auto encendido. Luego murió. No sabemos dónde, en qué cama, al lado de quién. Y eso todavía le duele a Raquel. Y a mí. Por eso me he encargado de responderle a cada persona que quiera saber sobre la comunidad. Pero como te dije, en este caso no hay verdad pura. Sin distorsionar la verdad lo que queda son hechos aislados, tan aislados como todos nosotros en medio de la cordillera.

 

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No pasó mucho tiempo hasta que pillé a Raquel con la autoestima baja, creo que por las peleas con su papá, o porque intentábamos tener un hijo pero algo fallaba, no sé. Raquel estaba en esa etapa de odio hacia los padres fundadores. Iba a suceder. En una clase nos enseñaron eso: que en algún momento de nuestro desarrollo espiritual pasaríamos por momentos de odio y cuestionamiento. La fase colérica. Raquel estaba en esa fase. Le sacaba en cara todo a su padre; que no los dejaran conocer el mundo, que nos tuvieran atrapados, que fueran un grupo de viejos dispuestos a sacrificar a sus familias con tal de no encarar lo que sucedía afuera, ni menos encararse a ellos mismos.

Como yo no tenía madre, y mi padre fue de los que desertó tempranamente, nunca pasé por esa fase. Siempre me guardé el odio. Tal vez ahora lo estoy sacando. De a poco.

Qué chucha hacemos acá, le dijo Raquel una vez a su papá y él la tomó de las manos, con fuerza, y le dijo que se calmara, que no podía lidiar con su hija histérica ya que estaba en cosas más importantes, como salvar a la comunidad. Esto es todo lo que tenemos, le respondió su papá. Si perdemos esto, también nos perdemos nosotros.

A la mañana siguiente vi a Raquel en el baño llorando y le dije: Nos vamos. Ella miró sin entender. Con mi mano le sequé las lágrimas: Arregla tus cosas. Nos vamos, le dije. Raquel movió la cabeza lentamente. Me preguntó si estaba seguro, si no nos pasaría algo grave afuera ahora que el país, al parecer, estaba cambiando. La tomé de las manos con fuerza para que le doliera, para que sintiera que la amaba, y le dije que desde entonces mejor me hiciera caso.

Caminamos doce horas, bajamos en círculos por el cerro hasta toparnos con la primera carretera. No nos dimos cuenta, pero ya no estaba la caseta. Generalmente unos milicos cuidaban; ahora no había nadie. Al parecer algo había cambiado. Raquel temblaba. Le dije que se calmara, ahora sin un grito pero con una mirada seria. Te amo, le dije. Entendió que conmigo estaría bien. Me tomó la mano.

 

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Seis años desde la experiencia formativa y la ciudad estaba casi igual, tal vez con menos milicos. Conseguimos donde dormir y luego buscamos un trabajo, lo que fuera, lo que nos mantuviera con comida y casa, y recién entonces, al tener ambas cosas, Raquel se calmó. De todas maneras seguí dándole órdenes y repitiéndole que la amaba. Cada vez que le hablaba aumentaba mi voz, le tomaba las manos con fuerza, igual que su padre. Era la única manera de pasar los traumas que ambos sufríamos pero que yo simplemente enterraba.

Dormíamos en una pensión, en el centro, al lado de la estación de buses. Tuvimos algo parecido a una vida, aunque de vez en cuando –yendo y viniendo– las imágenes de la comunidad, de los padres fundadores, del escape de la madre de Raquel y todo eso, aparecían. Pero el tiempo conduce al olvido. Continuamos trabajando, intentando pasar desapercibidos, aunque era difícil. Queríamos olvidar y también ser normales. Por eso fuimos al registro civil, porque necesitábamos carné para trabajar. Tomamos un número. Hicimos la fila. Esperamos. Vimos gente pasar a una ventanilla. Y entonces llegó nuestro turno. Dijimos que no teníamos papeles. Nos robaron, dije yo. Un par de carabineros se acercaron para pedirnos algunos datos. Hicieron preguntas sobre el robo, sobre nosotros y luego sobre la comunidad. Respondimos con verdades. Verdades distorsionadas como las que te cuento a ti. Sí, la comunidad, dijimos. No, no sabemos del paradero de nuestros padres. Sí, hace seis años hicimos nuestra experiencia formativa en la ciudad. No, no sabíamos de eso. Pasamos la tarde en un espacio amplio y frío. Había un camarote pegado a la pared. El registro civil cerró, prendieron las luces. Eran luces bajas, recuerdo. Nos trajeron una tele y en la pantalla apareció un animador al lado de un hombre con una capucha negra. El de la capucha tocaba la trompeta. El animador gritaba y sudaba. Raquel se calmó. Yo también. Vimos el mismo canal toda la tarde. Nunca se nos ocurrió preguntar qué estábamos haciendo, cuándo nos iban a liberar, hasta que nos dijeron que era hora de cenar y apareció el papá de Raquel.

Silencioso y parco.

Los carabineros se fueron.

Nos dejaron solos en la habitación. El papá de Raquel llevaba dos bandejas de plástico rojas. En cada una había un plato con papas doradas, lechuga, tomate y un trozo de carne al vapor, ligeramente rosada, de consistencia suave que nos obligó a comer.

 

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No te voy a aburrir con el resto. En verdad no pasó mucho hasta que empezó el culto. Todos esos huevones que comenzaron a investigar sobre lo que sucedió a fines de los setenta y descubrieron la comunidad y el pacto con los milicos. Periodistas, académicos, políticos, escritores. A todos los mando a la cresta. Como si ya no tuviéramos suficiente nostalgia por el pasado, como si la memoria nacional ya no estuviera lo bastante manoseada; para qué meter el dedo en la herida si estábamos sanando.

La última vez que vi al papá de Raquel fue para uno de los juicios. Fue la misma semana en que alguien quemó el anfiteatro de la comunidad; ahí se torturaba gente y luego los cuerpos se tiraban al foso empedrado, ahí con los conejos. Como yo no era hijo de ninguno de los padres fundadores me dejaron libre. Solo tuve que testificar. Pero Raquel.

No sé qué pasó con ella.

Dos días después del juicio recibí mi carné. Me cambié el nombre.

Ahora trabajo en lo que soñé esa noche del hospital, cuando aluciné y vi a mi madre por última vez. Tengo un mameluco azul que me pongo todos los días. Llevo varios años en esto. Me subo a micros que van a Las Condes, Vitacura, Lo Curro. No tan lejos de la comunidad. Una vez, de hecho, fui a limpiar la piscina de una casa que reconocí. Estaba seguro de haberla visto el día en que comenzó nuestra experiencia formativa. Cuando íbamos en la liebre, yo y Raquel de la mano. Manos sudorosas. Nerviosos y felices.

A veces aprovecho que no hay nadie y me meto a las piscinas. O hablo con las nanas. Algunas incluso me invitan a almorzar y hasta me dejan usar el computador. Ayer, por ejemplo, vi que el papá de Raquel tiene dos entradas en Wikipedia. Desde hace un tiempo que estoy pegado con Wikipedia y edito todo lo relacionado con ese pasado que prefiero distorsionar. Por eso lo manejo yo. Por eso el viejo aparece en una de las entradas como el Charles Manson chileno, el líder de la comunidad cordillerana, y en la otra como el vocalista de los High Alpacas, una banda de rock setentera que en verdad solo tuvo una canción: “Toda la gente huacha”. Es un cover, “Eleanor Rigby” de los Beatles, y los milicos casi desaparecieron todas las copias al allanar para el golpe el sello musical de la UP. Esa es la canción que Raquel recordó, o creyó recordar la noche en que comenzó la plaga de conejos. Y esa es la canción que tarareo cuando limpio piscinas, cuando intento dormir, cuando pienso que tampoco estábamos tan mal; adentro teníamos comida, casa y un refugio espiritual, los tres elementos que todo ser humano necesita.

 

Del libro de cuentos La experiencia formativa (de próxima aparición)

 


Antonio Díaz Oliva (ADO) (Chile, 1985) es autor de La soga de los muertos (2011) y Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno (2010). Este año publicará el volumen de relatos La experiencia formativa. Actualmente trabaja como periodista, traductor y profesor de español y literatura en Washington DC. También dirige talleres de escritura creativa en 826DC. Sitio web: antoniodiazoliva.com

Foto: Carla McKay

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Crímenes narrativos

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