Exorcismos de Miguel Antonio Chávez

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente,...

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente, enlazándonos con la formación de la criatura que alguna vez llevaron dentro de ellos.

 

2013 tapa chavezConejo ciego en Surinam | Random House Mondadori | 2013

 

Para empezar: nunca pensé en parir un conejo. Sin embargo, lo que sí tuve claro desde el inicio es que esta segunda novela en la que me iba a embarcar tenía que ser muy distinta a la anterior. Pese a que habían pasado tres años de finalizada y publicada La maniobra de Heimlich, tenía aún muy claro su making of, el cómo resolví su estructura. Tanto así que prefería que me encerraran en un cuarto de castigos escuchando a Arjona o Daddy Yankee a sucumbir a la repetición. Lo único de lo que estaba seguro era que, sea-lo-que-saliera, la nueva novela iba a tener otro ritmo, estructura, color, intensidad. Pero no sabía qué. El azar, como prácticamente todo en nuestras vidas, se encargó de ponernos las zanahorias en el camino.

Por el 2011 empecé a escribir una serie de mini ensayos autobiográficos. A partir de ahí, me di cuenta de que hablaba mucho de mi miopía. Y me pregunté qué pasaría si de un momento a otro me quedara ciego. Como la referencia a Saramago era muy directa, no le di mucha bola. Luego viví una de las primeras grandes catástrofes que a un escritor distraído que no respalda su información le puede ocurrir: el colapso definitivo de su computadora. Superado eso, me mudé el año siguiente a Quito debido a un nuevo trabajo, en el que poco a poco fui aprendiendo cómo las artes y la cultura son utilizadas como caballo de Troya por los grandes estados para saciar sus verdaderos intereses. Fui conociendo también a ese viejo desgraciado de Kissinger. Y así, cada vez que llegaba a mi madriguera, un departamento ubicado en el patio trasero de una casa muy grande en el centro norte de la ciudad, me encontraba con un conejo.

El conejo era la mascota de la dueña de la casa, una poeta llamada Julia Erazo. Sin embargo, más veía al conejo que a ella y su familia. Mejor dicho, era el conejo el que me observaba a mí, fijamente, con su mirada roja. Y me desafiaba con los movimientos compulsivos de su nariz. A veces me acuclillaba solo para verlo, decirle algo para ver cómo reaccionaba: “¿Conoces a ese viejo hijo de puta de Henry Kissinger?” Pero pocas veces me respondía.

El conejo vivía solo, al igual que yo, en ese patio pequeño que separaba la casa grande de mi departamento monoambiente, que no era el único porque al frente había otro, un poco más grande, en donde vivían estudiantes universitarios extranjeros que durante los fines de semana recibían visitas de otros compañeros y solían armar algún pic-nic o traían sus guitarras. A veces me integraba, pero casi siempre me encontraban escribiendo o perdido en mis divagaciones. Luego me volteaba, y era el conejo el que me observaba y me decía de forma telepática que volviera a trabajar. Mi verdadero trabajo no era el de lunes a viernes en esa oficina sino en este patio, que era aparte mi pequeño cosmos. Trataba de ser un buen vecino, pero no podía contarles lo que el conejo estaba haciendo con mi psiquis. Ni siquiera podía contárselo a una de mis vecinas, la que me gustaba y que sí conocía bien a ese crápula de Kissinger, aunque no estoy seguro si a Karlheinz Stockhausen, aquel compositor alienígena que empezaba a descubrir, porque un día se me ocurrió que el conejo solo podía escuchar a alguien como él.

Una tarde me encontraba en estado catatónico y escuché de un tirón los noventa y seis minutos que dura el Sirius de Stockhausen. No era yo, era el conejo que vivía en mí. Y no era el conejo de Alicia, ni los de Carta a una señorita en París, ni el de Donnie Darko, ni los de Levrero. Era esa siniestra criatura de la familia de los lagomorfos que, disfrazado de un conejito blanco de comercial de champú infantil, había convertido mi bulín en una trinchera, y el patio en un campo de batalla.

Un día pensé: ¿y si el que se queda ciego es el conejo?

Y así fue como consumé felizmente mi venganza. 🙂

 


Miguel Antonio Chávez (Ecuador, 1979) nació en Guayaquil. Es autor del volumen de cuentos Círculo  vicioso  para  principiantes (2005), las obras de teatro La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (2013) y las novelas La maniobra de Heimlich (2010; 2013) y Conejo ciego en Surinam (2013). Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías nacionales  e internacionales, entre ellas Asamblea  portátil  (2009) y 22 escarabajos: antología hispánica del cuento  Beatle (2009). También seleccionó y prologó la compilación GPS: antología de cuentistas ecuatorianos 1975-1984 (2013). En 2007, fue finalista del Premio Juan Rulfo de Radio France Internacional. En el año 2011, la  FIL Guadalajara lo eligió como uno de  “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”.

Foto: José Borges

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El feto que tuve en el vientre

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