“Australia”, por Santiago La Rosa

Me serví un vaso de gaseosa y me senté en el sillón. Gabriela no puede tomar alcohol, nos dijo el Dr. Hughes hace meses, en inglés y pronunciando Gebrielha....

Me serví un vaso de gaseosa y me senté en el sillón. Gabriela no puede tomar alcohol, nos dijo el Dr. Hughes hace meses, en inglés y pronunciando Gebrielha. Decidimos no comprar más bebidas alcohólicas y seguimos al pie de la letra todas las otras indicaciones. Las piernas me dolían, un cansancio total que latía en cada músculo. La cara se me arrugó un par de veces. Los espasmos me recorrían el cuerpo. La garganta dura, el pecho helado. Pero nada más. Escuché entonces la descarga del baño y fui a ver. Gabi volvía a la cama. Abrió las sábanas y se acomodó. Miraba hacia la pared y el pelo de nuevo se le pegaba a la nuca. Entré al baño, revisé las máquinas de afeitar y las tijeras. Seguían en su lugar y me las guardé en el bolsillo. Apagué la luz, afuera se hacía de noche.

 

*

 

La vuelta a casa fue un largo ensayo de los argumentos para convencer a Gabi de asistir a cualquiera de los profesionales. Pero al subir los escalones de casa escuché las risas a través de la puerta: Gabi y un hombre que no reconocí. Abrí despacio y vi a Hughes, de civil, sentado en nuestra sala. Sostenía un croissant en el aire y trataba de contener una carcajada. Gabi, enrojecida, reía con las manos a los lados del vientre. Otro hombre sonreía y anotaba cosas en una libreta.

Hughes me dirigió una sonrisa y me ofreció café como si fuera su casa. Hablaban de un actor australiano, a celebrity, dijo, habían salido unas fotos suyas desnudo en una revista. Dan vueltas por internet, están en todos lados, insistió Gabi. Pero no, yo no las había visto y los dejé seguir con la charla mientras sostenía mi taza. Trataba de descifrar qué carajo pasaba ahí y por qué el otro hombre no dejaba de tomar notas. Entonces, cuando Gabi fue a la cocina a buscar café, Hughes hizo un gesto en que me pidió paciencia, hablaríamos sin Gabi enfrente, dijo.

 

*

 

Con Gabi habíamos googleado a Hughes cuando nos lo recomendaron. Su entrada de Wikipedia hablaba, además de sus títulos, publicaciones y reconocimientos, de una hermana menor, arquitecta, y una infancia itinerante. Hijos de un diplomático experto en relaciones comerciales. ¿En qué pensaba este tipo? ¿Estaba loco? ¿Qué hago siguiéndole la corriente? Sentí su mirada y mantuve la vista fija en el camino.

Ya casi estamos, we´re almost there, dijo un rato después. No sabía desde cuándo ni por qué pero la música ya no sonaba. En medio de la nada, me imaginé que, en otro tiempo, en Buenos Aires, había otra persona con mi nombre que se hubiera alejado de toda esta mierda. Pensé que ya no podía zafarme y, aunque no sabía cuál era, iba a seguir hasta el final.

En el desierto, a lo lejos, apareció un punto anaranjado, con los minutos se definió en una forma rectangular. El color destacaba sobre un fondo amarillo y la monotonía del paisaje, el cartel se erigía delante de una construcción que ya a la distancia se veía inmensa. De a poco distinguí los surtidores y las letras, enormes y rojas.

La construcción era un bar de ruta. Desde fuera, a través de las persianas entrecerradas para proteger del sol, se veía un salón con mesas. Por dentro estaba limpio y casi vacío, los anuncios de bebidas, tostados por la luz y el calor, parecían viejos. Vengo desde chico, dijo Hughes, todavía me gusta manejar hasta acá para pensar the important matters. Señaló una silla para mí, acomodó las cosas sobre la mesa y empezó a hablar.

 

 

Fragmentos de la novela Australia (Metalúcida, 2016)

 


Santiago La Rosa (Argentina, 1987) nació en la ciudad de Buenos Aires. Australia es su primera novela.

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Crímenes narrativos

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