“Acidez”, por Pamela S. Terlizzi Prina

Ella espera adherida al sillón de la sala. No puede moverse. Tampoco quiere moverse. Espera el ruido de las llaves, tiene ansia, incertidumbre y le tiemblan las hojas o...

Ella espera adherida al sillón de la sala. No puede moverse. Tampoco quiere moverse. Espera el ruido de las llaves, tiene ansia, incertidumbre y le tiemblan las hojas o es una hoja que tiembla. No es miedo. No es apuro. No es indecisión. Espera con una inmovilidad como de porcelana. Emana paz. Espera. Espera que llegue Germán y poder decirle lo que le quiere decir. Está sentada en el centro del sillón, queda espacio a los costados; está apoyada en el respaldo y los brazos estirados terminan en las palmas abiertas sobre el cuero. Sólo mueve los dedos y respira profundamente. El gato, que hasta hace unos días estaba enredado entre sus piernas y su ropa, es un ovillo erizado en el otro extremo de la habitación. Cualquier movimiento más allá de lo mínimo, de lo vital, lo hace maullar, mostrar las uñas y los dientes.

Ella espera adherida al sillón, no puede o no quiere moverse, sólo tiene erguida la cabeza, como atenta, pero con los ojos cerrados. Y mueve despacio la lengua dentro del silencio de la boca, palpa los dientes, las arrugas del paladar; cada tanto se lame los labios. Podría decirse que tiene sed, pero no puede o no quiere moverse y espera. Mientras tanto, recuerda los últimos meses. Repasa los hechos mentalmente y en medio del recuerdo se le arruina la tranquilidad de la cara: es otra bocanada de acidez.

Es de noche, está como apagada, espera. Recuerda: la acidez no era cosa para preocuparse. Digamos que era un costo muy bajo, una consecuencia de tanta hormona, de tanta medicación para fortalecer las paredes del útero, para licuar la sangre, para regular las ovulaciones. En suma, una pena mínima para luchar contra la falla del cuerpo, la falla de su cuerpo y su organismo repelente de cualquier vida que no fuese la suya.

El sexo era acordado. Meses y meses de sexo acordado. Germán no fallaba. Germán esperaba que escupiera dentro del dispositivo que daba aviso. Germán le preguntaba “¿y?” y a veces ella respondía “estoy en fase” y eso significaba que Germán debía inventar una erección mientras ella se ponía un almohadón bajo los glúteos porque eso levantaba el útero. No había besos. Ese sexo era reproductivo, era elevado, era infernal. Cada músculo, cada rastro de esperma, cada centímetro del almohadón, cada ínfima contracción abdominal estaba dispuesta a fabricar un bebé.

Los besos se dejaban para el sexo inútil. Para los momentos cuando la madrugada, el alcohol o las risas sociales achicaban las posibilidades de ignorar el deber conyugal. Porque si se había estado a gusto en la reunión con amigos, si se había llegado despierta hasta una hora determinada, si Germán había descorchado, había sacado dos copas, si ella había agarrado una con la mano derecha y con la otra no había repelido un gesto dulce o sugestivo o profundo de alguna de las manos de Germán, si cualquiera de estas cosas había sucedido, ya era imposible desechar el acuerdo tácito, el derecho nacido de la risa, del bienestar, de la madrugada que se había escurrido sin haberse dormido antes. En esas oportunidades se besaban y ella intentaba dejar de ver, con los ojos cerrados tan fuerte, los gráficos que ilustraban las posiciones favorables en los libros que hablaban de procreación. En esas oportunidades ella notaba la enorme cantidad de sonidos que se desprendían del cuerpo de Germán. La respiración, los gemidos, las palabras íntimas que se le caían de la boca. Aturdían. Esas oportunidades eran escasas.

También probaron con semillas de maca. Las traía Germán de un negocio de productos orgánicos. Maca peruana. Ella había leído que tenía grandes propiedades para mejorar la fertilidad. Le ponía semillas de maca a todo. Masticaban las semillas, primero lo crocante, la corteza; después el centro oleaginoso. Pasado un tiempo, Germán se negó a seguir comiéndolas. “Estás obsesionada”, le dijo un día, pero ella no hizo ninguna mueca al respecto. Ni aprobación, ni disgusto, ni tristeza. Ni siquiera un gesto de incomprensión. Así que después sólo las consumía ella, y volviendo a lo importante, sí, también eso podía generar la acidez, y todos los gestos posibles en su cara se despertaban con la bocanada de ardor. O imaginando un bebé, claro.

Ella espera adherida al sillón de la sala, con su paz de porcelana, su quietud de porcelana, sus hojas que le tiemblan de forma muy breve y el temblor puede verse, tal vez, mirándole muy fijo las fosas nasales, el pelo tieso que le cae sobre la piel verdosa, quizás por la sed, quizás por la quietud que puede adivinarse de muchas horas.

El sillón se ubica en la pared más larga de la sala; de costado, un balcón amplísimo deja entrar el sol desde temprano. Cada día la luz dibuja un cono que se agranda con las horas y después se reduce, como si los lados se persiguieran uno a otro. Cuando por fin se tocan, llega la sombra. Y ya es sombra en la sala. Se adivinan las horas e incluso los días. El sillón es un cuenco fijo, amoldado al cuerpo quieto. Las semillas se escurren en los pliegues del cuero, vencido bajo el peso de la cadera, el estómago, la cabeza ahora apoyada hacia atrás, la espalda demasiado recta. También se escurren la tierra negra, en terrones, esparcida por la sala, la alfombra, la mesa baja, donde reposan las jarras de agua, la palangana con agua también, pero sucia, oscura. Podría decirse que el motivo del oscurecimiento es la tierra. Podría decirse que la tierra proviene de una bolsa amarilla, plástica, en la que se lee “tierra negra con fertilizante”. Podría decirse que el desastre, el desequilibrio, se perciben en esta mujer sentada en medio de un sillón de cuero, dejando espacio a los costados, rodeada de tierra y semillas de maca, en esta mujer sucia, que rumia su propia lengua de sed y no quiere moverse y su letargo sólo le deja espacio para recordar, repetir detalles en la cavidad del seso blando, que late dentro de la cabeza apoyada y quieta.

Recuerda: la acidez siempre era peor durante la noche, se despertaba con ese ardor en el revés del pecho. Era una onda expansiva breve, interna. Se imaginaba un fluido abriendo caminos con muchas curvas hacia los costados del esófago. Izquierda y derecha ramificadas, decenas de bifurcaciones caprichosas. Como víboras haciendo arabescos delgados. Imaginaba que podrían verse blancos en una radiografía. La imagen que se hacía era infantil: una cañería central de la que se abrían pelitos retorcidos que, en realidad, eran canales, pequeños nuevos conductos, como raíces dibujadas a mano alzada. Ella sentía el líquido ganando la batalla de la contención, arborizándose, extendiéndose por los órganos más allá del epicentro de la digestión, volviéndole el cuerpo un terreno fértil para algo.

El último mes también había tenido acidez durante el día. Empezó en los momentos típicos: después de comer algún mejunje, con un atracón de maca o de arvejas, porque le habían dicho que tenían mucho ácido fólico y si por fin quedaba, etcétera. Después de algunos días, terminó entendiendo el ardor como la señal de un proceso fructífero, como un padecimiento flaco, soportable, a cambio de algo. Incierto, sí, pero diferente. Un sufrimiento chiquito, minúsculo, pero a cuenta de acopio, un crédito de esperanza. A fin de cuentas, algo pasaba en su cuerpo.

Los días eran mejores al sol del sillón de la sala. Bajo el ángulo de luz, de calor de living decorado en marrón y beige, de radiación ultravioleta, imaginaba el agujero de la capa de ozono como un vidrio atravesado por una pedrada. Imaginaba estar justo debajo del orificio, bendecida por el sol que se le había vuelto necesario y revelador.

El sol y Germán nunca se juntaban. Sin embargo, ella, bajo el sol, se desnudaba, se miraba muy fijo las protuberancias de los pezones, los poros dilatados de los pechos sin leche, la milésima de centímetro oscuro que se translucía bajo la piel en cada vello púbico, el vientre siempre chato. Ella al sol, sobre el sillón que comenzaba a ser tienda de campaña, lecho, patio y todo espacio propio, se tendía con los manos tan abiertas, los dedos y las manos como ramas vivas y florecidas, las piernas infinitamente estiradas, separadas, para sentir el calor del sol también en su centro, los pies arqueados. Ella al sol desprendía un aroma íntimo desde la piel. Ella al sol del living decorado en marrón y beige se acercaba el antebrazo a la nariz para oler mejor su superficie, se hurgaba con los dedos la suavidad de los fluidos entre las piernas, abiertos al sol también. Hurgaba y traía los dedos húmedos hasta las fosas nasales para reconocerse. Se le había antojado que sus olores eran verdes. En esa inspección, la bocanada de acidez era una laceración feliz. Soportaba la sed y ponía toda la inteligencia dominable en rastrear con los sentidos el camino de la acidez. Ella, en el sillón de la sala, cuando el sol bajaba, se vestía.

Hubo una noche en que la acidez fue terrible. El ardor la sacó de la cama primero, después del sillón, por último, del departamento. Abandonó a Germán en un sueño sonoro y espeso. Salió a la noche sintiéndose marchita, pero el ardor por dentro permanecía intacto, feroz. Sintió en complicidad el abismo de la noche: una señal para andar tan despacio, tan leve, que pudiera sentir la acidez caminándole el cuerpo entero. Pequeñísimos caminos dentro del abdomen, en los muslos, en los antebrazos cruzados sobre el pecho, también atravesado por pequeñísimos caminos de acidez. Se extendían por la espalda, las pantorrillas. La noche era quieta y hueca, en esa inmovilidad la revolución dentro del cuerpo se hacía más clara. Ella se sentó en un banco de plaza y, por primera vez en mucho tiempo, miró las hamacas con menos rencor. La acidez le recorría el cuerpo, estaba segura, porque una forma de vida la habitaba. La bocanada de fuego, la noche, las hamacas moviéndose apenas, los trazos de ardor en el cuerpo, el hueco de las horas cómplices, todo eso, en una armonía frágil y no dicha, la hicieron sonreír. Después, una tos violenta le sacudió los labios y la lentitud. Se llevó las manos a la boca para contener la tos. Los golpes de aire rebotaban contra las paredes del pecho, resonaban contra la garganta, se oían amplificados por el hueco de la noche. Pasado el espasmo, la tos le dejó una pequeña hoja en las manos. Verde, perfecta. Un pequeño pedazo de tallo, incluso, la precedía.

Ella espera adherida al sillón de la sala. Tiene una quietud opaca, apenas interrumpida por un temblor. Tiembla como las copas de los árboles cuando no hay viento, con un temblor que se adivina desde un torrente invisible. No, invisible no. Oculto. Interno. El gato sigue agazapado al otro extremo de la sala y las jarras sobre la mesa, la palangana de agua sucia no puede calmarle los rodeos que le hace la boca llena de sed. Se podría decir que ella no quiere moverse. ¿O no puede? Algo le proporciona una rigidez insalvable. ¿Dramática? No, podría decirse que el drama proviene de la tierra en todos lados y las jarras inútiles y los rastros de barro en las comisuras y bajo las uñas. Ella espera adherida al sillón que aparezca Germán, el ruido de llaves, para decirle muy bajito, moviéndose muy poco, que le ocurre un tipo de felicidad.

Recuerda: mientras cortaba la madrugada de regreso, entendió estar marchita de noche, florecer al sol del sillón, abrirse al sol del living decorado en marrón y beige. Entendió los caminos abiertos dentro del cuerpo. Eran raíces. ¿Eran raíces? La acidez era peor que nunca; el tallo, plagado de filamentos, de nervaduras, de todas las cosas que tienen las plantas, las plantas vivas, se abría paso en su sistema. El tallo la atravesaba de norte a sur, pasaba por el esófago, florecía en la garganta, le crecía en las sienes, en las encías, en el clítoris.

Miró la hoja pequeña en la palma de su mano con la palabra fortuna traducida en la boca. En el gesto de la boca, se entiende. Porque no dijo una palabra. Se abrazó rodeándose el cuerpo fértil, ahora sí, fértil, y tosió una tos de acidez prolongada.

Se acostó sin ruido en el sillón, todos los sonidos los hacía Germán desde el dormitorio, desde el sueño imbatible que se tapaba con la sábana. Se durmió. Entró en un sueño espeso. Se soñó en un útero verde y cristalino; desde un ombligo tácito, una luz atravesaba la atmósfera esmeralda. Todo era mullido y estaba cubierto por una capa finísima de musgo. La placenta estaba surcada por nervaduras interminables, como las de las hojas. Se veía las manos no nacidas, apoyadas en la placenta vegetal. Las nervaduras se cruzaban innumerables veces. De cada intersección crecía un brote. Cada brote se extendía con rapidez. La velocidad crecía. Cada brote era una amenaza. Se acercaban, se acercaban más. Iban a perforarle el cráneo. Se despertó.

Abrió los ojos y el mediodía ya estaba ahí. Germán se fue mientras dormía. El sol había llegado al sillón, al living decorado en marrón y beige. El ángulo inferior se había desprendido de su marca. Se había abierto para dejar pasar la luz, para permitirle la fotosíntesis, para facilitarle la gestación de ese hijo planta brote tallo flor espina que lleva adentro. Corrió en busca de la bolsa de tierra fértil, trajo jarras y palanganas. De eso estaba hecho su crío: agua, maca y tierra. Metió los dedos en la tierra, de a puñados fue metiéndose los terrones en la boca. Las comisuras iban poniéndose negras, como las uñas. Fue soslayando las arcadas con tragos de agua, con maca, con sonrisas y llantos intermitentes. Completamente desnuda tragaba la tierra y el agua como un acto de fe, como si comer significara un rezo antiguo, tribal, una ofrenda. Un espasmo le invadió la razón: el tallo necesitaba su quietud, su cuerpo inmóvil, rígido. El tallo necesitaba su cuerpo recto, su cuerpo a merced, para extenderse, para crecer y no quebrarse. En esa quietud pasaron horas, así se fue cerrando el ángulo hasta esta penumbra en la que, por primera vez, no iba a vestirse.

Ella espera adherida al sillón de la sala. No puede moverse. Tampoco quiere moverse. Espera el ruido de las llaves, tiene ansia, incertidumbre y le tiemblan las hojas o es una hoja que tiembla. No es miedo. No es apuro. No es indecisión. Espera con una inmovilidad como de porcelana. Emana paz. Espera que llegue Germán y poder decirle lo importante, lo fundamental, lo impostergable: cuando brote, cuando finalmente brote, será imprescindible que la riegue.

 

 


Pamela S. Terlizzi Prina (Argentina, 1980) nació en Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires. Es abogada, grafóloga forense y autora de Estado de espesura (2012) y Doce dientes (2013). Ha participado en antologías como Borges Cortázar Ad-Litteram, Cuentos con todo y Pelos de punta. También ha sido premiada en el VII Concurso Bonaventuriano de Cuento Breve y Poesía de la Universidad de Cali, Colombia, y en el Certamen Internacional de Ficción Erótica de Editorial Argot, en Valencia, España. Actualmente escribe para revistas y medios digitales y organiza, junto a Agustina Bazterrica, la plataforma cultural Siga al Conejo Blanco. También coordina talleres literarios.

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