Psicoanalizando a Carlos Vera Scamarone

El presente es un breve test psicoanalítico-literario elaborado por reconocidos especialistas en el arte de la inquisición. Con este examen buscamos introducirnos en los confines más apartados de la...

El presente es un breve test psicoanalítico-literario elaborado por reconocidos especialistas en el arte de la inquisición. Con este examen buscamos introducirnos en los confines más apartados de la mente de Carlos Vera Scamarone y revelarle que no se encuentra solo, que todo lo que ha hecho hasta el día de hoy tiene una justificación inconsciente que tarde o temprano lo llevará a la inmortalidad enciclopédica o a una celda en un centro de reposo.

 

2016 tapa vera scaramoneVas tranquilamente por una avenida cuando de pronto te parece ver un libro conduciendo a tu lado. Te das cuenta de que lleva tu nombre en la tapa, ¿cómo se titula y quién lo editó?

¡Uf! Situación frecuente. Voy conduciendo por las calles cuando, sin quererlo, abren la puerta del copiloto. Es Mi robot depresivo y otros cuentos, publicado este año por Edita El Gato Descalzo. Germán “el gato” Atoche fue el editor.

¿Hace cuánto que ese libro y tú se conocen?

¿La verdad? Hace mucho. Todo empezó hace cinco años cuando sufrí un primer arrebato. Fue en una de mis noches insomnes, cuando todos en la casa quedan sumidos en el onírico placer de dormir. Lo único que tenía a la mano era el ordenador portátil. Entonces nació “Cafre”, un cuento al que le tengo mucho afecto. Luego se han ido sumando, uno a uno,  insomnios, ansias, venganzas, etc. Cuando hablé con “El gato”, le dije que tenía veinte cuentos. Los revisó, los ordenó, dio su venia, para que llegue al público.

¿Cómo sería tu vida si Carlos Vera Scamarone no hubiese publicado este libro?

Buena pregunta. Sería como ver a un hijo a través de un vitral de sala de partos. Girar la cabeza para constatar que otros le hacen muecas al recién nacido. No podría soportarlo. Tal vez me refugiaría en la música salsa, aprendería gaita, o conduciría hasta la frontera para pisar alguna mina.

¿Y a quién nominarías como el personaje más fascinante?

Hay dos: Javier, que es mi robot, y el búfalo cafre, el guardián onírico. Aunque me identifico también con Don Dimas, tanto por los orígenes comunes como por las brujerías.

Ya que se encuentran en una avenida poco transitada, y además es un poco tarde, ¿crees que Mi robot depresivo se propone retarte a una carrera?

Sí. ¿Sabes que no es bueno fiarse de robots? Los robots, al ser creaciones humanas, se la pasan mentalizando situaciones de poder. Tal vez planean un golpe de estado, sólo por el puro placer de lograrlo. Y este libro me ha retado en su momento. Aunque creo que falta poco para que lo derrote.

La siguiente pregunta no tiene ninguna conexión con la anterior, pero cuando llegamos a este punto del cuestionario siempre indagamos sobre “la novela de tus sueños”. ¿Cómo sería esa novela?

Es una novela simple de ser leída. Tiene la capacidad de dejarte extenuado como un amante incansable o como una deliciosa merienda. Tiene que ser casual, claro, sin muchos miramientos ni tanta explicación. Tal vez ya la escribí, aunque no pierdo las ganas de superarme. Eso en parte me convierte en robot.

¿Y si el autor de esta hipotética novela fuera un robot depresivo?

Sería idéntica a La paradoja Cane, pero con la voz de Stephen Hawkins como narrador.

¿Crees en los extraterrestres, Carlos?

No. Creo en la humanidad transtemporal. Te explico. Creo que los extraterrestres son humanos que pueden viajar en el tiempo. Pero luego leo a Stephen Hawkins y se me pasa.

¿Piensas que los extraterrestres creen en ti?

Sí. Por algo se inventó la microbiología o la arqueología. Tal vez para ellos sea como desenterrar una tira cómica.

¿Dirías que los grandes escritores tienen también grandes ombligos?

Un gran escritor tiene un ombligo pequeño, casi inexistente y vestigial. Para los escritores el ombligo debe ir desapareciendo. Su ausencia señala el momento de la lucidez, de la autonomía. Cuando uno empieza a escribir para sí mismo y no para que a mamá le agrade, el ombligo desaparece.

¿Y los robots? ¿Matarían ellos por un ombligo?

Eso pensaba hasta hace poco, cuando descubrí que había un lugar cerca de las galerías de electrónica donde los robots se tatúan ombligos. Pero para ellos no es importante el significado, se lo colocan en la espalda, justo en la unión del tórax con la rudimentaria pelvis. He visto ombligos en la cara, en los bíceps izquierdos (la mayoría de robots son zurdos) o en las piernas. Incluso, los más extremos, se hacen un piercing en el abdomen que asemeja a un ombligo. Es lo mismo que cuando un humano de veinte años se tatúa el rostro del Che Guevara, pensando que es revolucionario.

Por último, Carlos: si la reencarnación es un proceso futuro, ¿en qué reencarnarías y por qué?

Me reencarnaría en Jesucristo, para estar rodeado de ladrones, chicas coquetas y gente de malvivir, y así parecer el único ser moral de la mesa. O en el hombre invisible (risas). No sabes las que haría.

 


Carlos Vera Scamarone (Perú, 1974) es narrador y médico psiquiatra, egresado en pregrado y posgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Aficionado a la astronomía y la física cuántica. Como escritor, ha publicado los libros de cuentos Cartas para un éxodo (2010), Nova: exo-evolución y las crónicas del fin del mundo (2013) y Mi robot depresivo y otros cuentos (2016). También es autor de las novelas La paradoja Cane (2014) y Supay: el brujo malero (2015). Ha participado en las antologías Se vende marcianos (2015) y Marty regresa. Cuentos peruanos sobre viajes en el tiempo (2015).

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