“Mal bicho”, por Gilda Manso

¿Qué pesa más: lo biológico o lo adquirido? En la personalidad, esa huella externa del universo interno, ¿qué se queda con la mayor parte? ¿Lo que uno es desde...

¿Qué pesa más: lo biológico o lo adquirido? En la personalidad, esa huella externa del universo interno, ¿qué se queda con la mayor parte? ¿Lo que uno es desde siempre o lo que uno aprendió a ser? En el caso de Gastón habrá que creer que, tras su nacimiento, las hadas que reparten los dones se asomaron a su cuna y —por maldad o por descuido— lo dotaron sólo con características negativas:
—Yo te doy la soberbia, la antipatía y los delirios de grandeza.
—Yo te doy la mezquindad, la viveza ventajera y la cobardía.
—Y yo te doy la falta de gracia, la incapacidad para hacer amigos y la tendencia a sentir rencor por todo aquello que los demás tienen y vos no.

Pero no se puede culpar a las hadas, existan o no, por el destino que un hombre elige. Porque Gastón creció y salió al mundo, y recibió amor, juguetes y algunas cosas buenas, y sin embargo prefirió adquirir características horribles y potenciar de ese modo las fealdades con las que había nacido. Tomó lo peor del mundo, y aquí viene lo irónico: de las personas que conocieron a Gastón, la mayoría pensaba que, en su mundo personal, Gastón era lo peor, al punto de no saber si Gastón fue corrompido por el mundo, o si el mundo era más feo porque Gastón vivía en él.

Por ejemplo: durante su adolescencia, Gastón intensificó el patoteo como modo de ser. La mayoría de los adolescentes es rebelde y opositora, se sabe. Es su manera de averiguar quién quiere ser cada uno, qué papel quiere jugar, cómo va a comportarse cuando llegue la adultez y las oportunidades para cambiar sean más escasas. Si un adolescente es tímido y retraído, y un par de años después se vuelve más sociable, nadie se espanta. Es normal; es parte de la construcción de la identidad. Pero si un adulto cambia de forma radical su personalidad, su gente empieza a preocuparse: “¿Qué lo traumó tanto, que ya no es el mismo?”. Una de las pocas ventajas de la adolescencia es la aceptación ajena del bamboleo entre ideologías, comportamientos y opiniones.

Dentro de esa mayoría, hay otra: los adolescentes cuya actitud frente a todo —con menos o más variantes, con sub-actitudes personales— es: “Si la vida me da la espalda, le toco el culo”. Es su interpretación de la supervivencia: voy a seguir viviendo aunque la vida me rechace, voy a insistir aunque me digan que no.

Fuera de esa mayoría, hay una minoría conformada por los que piensan: “Si la vida me da la espalda, le hago masajes y le doy besos en el cuello hasta que deje de darme la espalda o hasta que me aburra y me vaya a buscar otra vida”. Los que integran esa minoría tienen mayores posibilidades en la conquista del mundo.

Gastón no pertenecía a ninguno de esos dos grupos. La actitud de Gastón era: “Si la vida me da la espalda, agarro un arma y la descargo en su columna vertebral y en su nuca. Una vez que esté muerta, la meo, a la muy puta. A mí nadie me da la espalda”. Está de más decir que nadie lo soportaba. No tenía amigos, ninguna chica gustaba de él, los profesores lo trataban con desprecio, con resignación o directamente no lo trataban, su madre sufría y se hartaba, su padre ya había muerto. Él, en vez de hacer la prueba de un cambio de actitud para ver si así cambiaba algo más, culpaba a la vida en general: la gente es una mierda, me tienen envidia, la vieja chota de Matemáticas me puso un 2 porque le falta pija, qué me mirás así, pelotudo, no llorés como una mina que ni te toqué, forro, levantate, eh, referí, qué me echás, ni lo toqué a este puto, váyanse todos a cagar, ya me van a llamar cuando necesiten un 5, putos, todos putos, me tienen envidia porque soy mejor que Astrada, giles. Giles.
—Dale, boludo, andá al vestuario, no hinchés las pelotas. Casi lo quebrás, te le fuiste a las piernas, boludo.
—Me tienen envidia, giles. Todos putos. Todos. Vos, el referí y tu vieja.
—Dale, Gastón, terminala, estamos 3 a 0 abajo, no jodas, dejá jugar.
—Qué van a jugar, putos, si me voy yo y ustedes no existen.

Era un misterio el motivo que lo llevaba a creer que los demás le tenían envidia, porque por muy antipático que pueda sonar, Gastón no poseía nada envidiable. Era mentira que como 5 era mejor que Astrada; de hecho, como futbolista era mediocre. No era simpático, no tenía carisma ni encanto, no era atractivo físicamente, sus inteligencias (la intelectual, la emocional, la social) eran comunes en sus días buenos, desastrosas en sus días malos, no tenía más dinero que sus compañeros. Era un pibe común con una mala actitud. Es cierto que la mediocridad está menospreciada: nadie puede ser sobresaliente en todo y todo el tiempo. En aquello en lo que no se sobresale, es preferible ser mediocre a ser una nulidad. Pero uno de los problemas de Gastón era que no sobresalía en nada. No sobresalía en nada y era arrogante. Y la arrogancia necesita justificarse en una cualidad para ser aceptable. Si sos arrogante porque tenés talento para el canto, se entiende. Si sos arrogante porque pintás unos cuadros maravillosos, se entiende. Pero si sos arrogante porque sí, si sos arrogante sin tener algo bueno para dar a cambio, nadie te va a entender y nadie te va a aceptar. Y si nadie te entiende, si no tenés nada bueno para dar a cambio de que el otro te brinde el tesoro de su aceptación, te quedás solo.

Ése era uno de los problemas de Gastón.

Otro de sus problemas era la egolatría. El egocentrismo es saludable; está bien que cada uno sea el centro del mundo propio. El amor empieza por casa, se permita o no el cliché. En cambio, la egolatría es un tumor que come todo lo que encuentra y que tiene predilección por las relaciones sociales en su más amplio espectro. El ególatra es infumable e injusto. Y Gastón era un ególatra.

Era un día como cualquiera en la escuela, y estaban en hora libre. Las chicas de adelante miraban unas revistas y se pintaban las uñas. Otras charlaban. En el medio del salón, Gastón se aburría. En el fondo, el grupito liderado por Juampi jugaba al truco. Estaban Juampi, Rodrigo, Alan y Mariela, la novia de Juampi. Mariela también era linda. No era la más linda del colegio, pero que Juampi –que sí era el más lindo del colegio— la hubiese elegido le había subido el estatus. De ser una chica linda-normal, Mariela pasó a ser linda-linda.

A Gastón le gustaba Mariela. No recordaba si le gustaba antes; sólo sabía que ahora que estaba de novia, de novia con Juampi, Mariela le gustaba. No entendía de qué se trataba la cosa: si necesitaba que la mirada de Juampi validara la belleza de Mariela para que él, Gastón, descubriera que es verdad; Mariela es muy linda, si Juampi no me lo hubiera marcado no me habría dado cuenta, creo que Juampi es un ser superior aunque yo nunca lo vaya a admitir, odio a Juampi, lo quiero hacer mierda; o si necesitaba, simplemente, tener lo que Juampi tenía. Gastón no podía tener la belleza, la gracia de Juampi. Por lo menos, si era así, quería tener a su novia. Y también quería recibir la atención que recibía Juampi, ser popular, ser el rey de la primavera, ser el que pone la casa para el asado, ser el que tiene un padre que le presta el auto, ser exitoso, ser el centro del mundo. Pero las chicas de adelante se pintaban las uñas y hablaban entre ellas, los que se sentaban al lado de él no lo podían ni ver, y Juampi y los del fondo jugaban al truco. Cada uno estaba en lo suyo, y nadie estaba en Gastón.

Entonces sacó el desodorante Axe de su mochila, y sacó también el encendedor. Miró de reojo a Mariela, ella no lo miraba. Nadie lo miraba. Su primo le había dicho que a las minitas les gustan los tipos atrevidos, que rompen las reglas, que no piden permiso, que toman lo que quieren, que no le tienen miedo a las consecuencias. Los tipos con huevos, según las nociones de su primo, que tenía diecinueve años.
—¿Qué pasa si tiro desodorante al aire y le prendo fuego? —preguntó, bien alto, para que lo escuchen en el fondo.
Ahí lo miraron.
—Ay, nene, nos vas a meter en un quilombo a todos —dijo una de las chicas de adelante.
Gastón se rió. Por fin tenía la atención de sus veintipico de compañeros puesta sobre él.
—Vos porque sos una cagona, pendeja –contestó, y agregó mirando a todos— ¿Qué hago, le prendo fuego o no?
Su intención era obtener un “Siiiiii” masivo, preferentemente exclamado con admiración, temor y respeto; una mirada nueva y lasciva por parte de Mariela; una indiferencia trémula por parte de Juampi; una ovación general.
Nadie hizo nada de eso.
—En serio, Gastón, vas a incendiar algo —intentó de nuevo la chica de adelante.
Gastón no le hizo caso, tiró desodorante al aire y activó el encendedor. La llama envolvió la mesa de madera en cuestión de segundos, tal como acostumbra a hacer el fuego, más si cuenta con un incentivo. David, uno de los chicos del medio, agarró la campera de Gastón y azotó el principio de incendio con ella, que se redujo y desapareció, rápido como vino sin llegar a lastimar a nadie, ni siquiera a Gastón. Cuando la preceptora entró al salón, el desodorante y el encendedor ya estaban en el tacho de basura, y Gastón estaba en su silla, inocente como cualquiera.
—¿Quién fue? —preguntó la preceptora.
Silencio. La preceptora esperó unos segundos.
—¿Quién fue? —volvió a preguntar, esta vez con la voz un poco más indignada.
Más silencio. Las chicas de adelante pusieron cara de no estar enteradas de nada. David tenía la mandíbula rígida y la mirada fija en la pared. Juampi frunció la frente.
—Si no dicen quién fue, les pongo veinticuatro amonestaciones y veinticuatro faltas a cada uno.
—No puede hacer eso —retrucó Rodrigo.
—¿Querés ver cómo sí puedo? —tronó la preceptora.

En todo grupo existe la idea del honor, aunque nadie la haya mencionado jamás. Es una noción tácita. La idea del honor señala que nadie, nunca, bajo ninguna circunstancia, traicionará a un compañero. No importa lo que ese compañero haya hecho. Nadie habla. Si es necesario, todos pagan en nombre (no revelado) del infractor. Y cuando el infractor agradece, emocionado, la complicidad, el grupo responde que no hay nada que agradecer, que códigos son códigos. En todo grupo, el mal de todos es preferible al padecimiento de uno. Todos para uno, y uno para todos.

Pero a decir verdad, la traición sólo tiene lugar si primero hubo afecto, confianza o promesas cumplidas o por cumplir. Si no hay amor, si no hay fe, si no hay paridad, no hay nada que traicionar. Un mosquetero sólo puede traicionar o no traicionar a otro mosquetero. Si el infractor no es amigo y lo que está en juego, sin comerla ni beberla, es nuestro pellejo, la pulsión de supervivencia nos exime de la cuestión del honor. Aunque suene feo y socialmente incorrecto.

Por ese motivo:
—Fue Gastón —dijo Mariela, y Juampi miró el suelo para que nadie pudiera ver su sonrisa.

Gastón fue expulsado del colegio ese mismo día. Al día siguiente, esperó a Juampi a la salida. Fueron a la plaza del barrio y se molieron a golpes. La pelea terminó cuando Rodrigo y Alan entendieron que, de seguir así, a Gastón no le quedarían dientes. Incluso en la violencia Juampi era más eficaz que él.

Una semana después, el perro de Mariela murió. “Te lo envenenaron”, dijo el veterinario.

 

Fragmento de la novela Mal bicho (Milena Caserola, 2014)

 


Gilda Manso (Argentina, 1983) nació en Buenos Aires, es escritora y periodista. Publicó los libros de cuentos breves y microficciones Primitivo ramo de orquídeas (2008), Matrioska (2010; 2012), Temple (2013), Temporada de jabalíes (2013) y Flora y fauna. Antología personal de microficción (2015). También es autora de la novela Mal bicho (2014). Desde 2011 coordina el ciclo de lecturas Los Fantásticos.

Foto: Emmanuel Distilo

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