“La japonesa”, por Saúl Montaño

Ricardo —poniéndose de pie— dijo: soy infeliz porque Scarlett Johansson no sabe que existo. Y se fue al baño. De allá regresó gritando que quería coger con una japonesa....

Ricardo —poniéndose de pie— dijo: soy infeliz porque Scarlett Johansson no sabe que existo. Y se fue al baño. De allá regresó gritando que quería coger con una japonesa. Vámonos, pidió, es mi sueño.

Estaba parado —tambaleándose— entre Rudy y yo. Llevábamos esperando una hora en La Gaviota —cerveza tras cerveza— a que aparecieran tres chicas que en palabras del mesero nos bailarían, pero que hasta ese momento no asomaban.

Estábamos —ahí mismo— acomodados en unos sofás bajitos cubiertos por una tela áspera que parecía alfombra. Yo no había sugerido largarnos porque había visto en la barra a una mujer que se parecía mucho a una tipa que me gustaba de mi barrio en Camiri. Ella sostenía una cerveza Pico de Plata: era morena, de cuello delgado y pelo corto: de a ratos miraba de reojo hacia nosotros levantando el mentón como si estuviera dispuesta a recibir un puñetazo.

Esa tarde había encontrado a Ricardo en su cuarto, tirado en la cama, intentando —con un palo de escoba— cambiar de canal a su tele.
—Vago de mierda —dije.
Me miró.
—¡Cambiá, por favor! —gritó. En la tele había bebés en incubadoras.
—Me emputan esas mierdas —asentó el palo sobre el pecho—. ¿Te ubicas la escena esa en la que los bebés agarran el dedo de su padre?

Contuve la respiración. Esperé a que siguiera hablando, alguna estupidez veía venir. Lo conocía desde hacía más de diez años. En ese tiempo se las había ideado para que su habitación de Camiri se pareciera a la de Santa Cruz. En realidad había acentuado su desorden y había además por todas partes colillas de cigarro. Nos conocimos a nuestros trece o catorce años porque nos reuníamos a ver porno en su cuarto: en un microscopio una vez habíamos intentado ver nuestros espermatozoides vaciados sobre naipes con mujeres desnudas.
—Lo que quiero decir es —se rascó el cuello—, es que si le dieras tu pija a un bebé seguro te la agarraría. ¿O no? Se levantó: quedó sentado. Al escucharlo traté de poner mi mente en blanco porque había conseguido forjarme una imagen.
—No voy a responder a eso —dije, y cambié de canal. En eso escuchamos que desde la calle alguien gritaba su nombre. Salí de la habitación. Pillé a Rudy apoyado en la vieja Nissan Terrano de su padre. Estaba más gordo que de costumbre. Traía unas gafas oscuras que lo hacían parecer un perverso cerdo de cara rosada. Le habíamos perdido el rastro desde que se había juntado con una mujer a la que le había hecho un hijo. Vivía en la casa de ella: hacía churrascos a los que nos invitaba y nosotros íbamos medio desganados. Se emborrachaba y comenzaba a hacer estupideces como salirse de la casa a buscar pelea a desconocidos que encontraba en la calle. Nunca llegó a pegarle a su mujer —en general era cariñoso con ella—, pero las chelas lo descontrolaban, se ponía violento con las cosas de su alrededor, rompía macetas a patadas, golpeaba paredes hasta lastimarse las manos. Murmuraba incoherencias cuando se le preguntaba a qué se debía su comportamiento. Dos años mantuvo esa relación, hasta ahora, que había aparecido con una sonrisa apretada en sus cachetes…

Luego de salir de la habitación de Ricardo compramos cerveza y estuvimos bebiendo en la vagoneta. A eso de las siete ya estábamos bien embalaos. Ricardo dijo que se había abierto un nuevo boliche llamado La Gaviota. De ahí salimos emputados detrás de Ricardo luego de este diálogo:

Mesero: en quince minutos, jóvenes. (Pobre cojudo, pensé: tenía la misma actitud servicial de una tía que atendía a los pedidos de su hijo mongólico).
Ricardo: (Levantando las manos hacia el techo). Tenemos necesidades, señor, y el bar no nos la da (Se alejó en dirección a la puerta con las manos en alto).

En la calle pasó una pareja conduciendo bicicletas.
—¡Maricas! —grité.
Subí a la vagoneta. Nos reímos.
Grité con todas mis fuerzas:
—¡Esta vagoneta tiene color de puto!
—¿Qué te pasa? —dijo Rudy.
—Bajale a tu música de mierda en tu auto de puto de mierda —dije.
Rudy miró a Ricardo.
—No hay música.
—Es una broma, imbéciles, imbéciles, imbéciles —dije—. Pero me vas a decir que tu papá no pudo elegir un color más puto que el violeta. —Bromeamos con la idea de que el viejo en las noches salía a recoger travestis.
—Ahora que recuerdo me pareció ver a un puto calvo en la avenida Beni —dijo Ricardo. La vagoneta recorría calles de la ciudad. Eran las siete de la noche. El viento entraba. Callamos: tres, cuatro, cinco, siete, treinta segundos, hasta que Ricardo dijo que el putero estaba de ida a Pailón. El dato se lo había pasado un taxista que aseveró que se podía pillar ahí paraguayas, colombianas, brasileñas, cambas, collas. Incluso dos menonitas —salidas de su comunidad—, y a una japonesa que era la más pedida del lugar.
Rudy dijo:
—Las japucas tienen lacio el pelo del cocho.
—Me encanta —dijo Ricardo. Luego: —He visto pornos en las que les gusta que les pellizquen los pezones. Además gimen como si realmente les estuvieran haciendo daño.
—Son estrechas —dijo Rudy—, porque los japoneses tienen el pene pequeño. Es cuestión de genética.

Paramos en una licorería de la avenida Brasil.
Compramos una caja de Paceñas.
Arrancando la vagoneta, Rudy dijo:
—Hay fiesta en lo de Javier.
—Hum —dije.
—Pelotudeces —dijo Ricardo. —Vamos a Pailón. Vos podrías tirarte una menonita —me hablaba a mí.
Rudy dijo:
—Una vez al mes se reúnen en casas diferentes: el anfitrión pone los bocaditos, los demás la bebida. —Me acordé de la actitud de Javier, amable y comprensiva de los tipos que son un imán para las mujeres. Me entró la curiosidad de saber en qué andaban las mujeres de ese grupo. ¿Jugaban a ser adultos a una edad en la que ni siquiera habían alcanzado los veinticinco años? ¿Fiestas de casados y de novios para beber y bailar entre ellos, en un ambiente seguro?
—Una mierda —dije—. Vamos. Espero que en algún momento esas fiestas se conviertan en sesiones swingers.
—No creo —dijo Rudy—, hay primos entre medio. —Paró la vagoneta en un semáforo. Pidió una lata. Dio un sorbo largo.
—Si me viera un paco hijo de puta —Miró alrededor.

Entramos al barrio Petrolero Sur. En una calle con un frondoso gomero vi estacionado el Jeep Daihatsu de Javier, que su padre le había dado antes de caer por la ley 1008 en Palmasola. Quedamos frente a la casa.
—Ustedes quédense aquí —dijo Rudy. Bajó del auto.
Ricardo destapó otra cerveza. Y otra. Me pasó una. Quedamos en silencio. Estiró su brazo para entrechocar. Escuchamos que Rudy conversaba con alguien a quien no veíamos porque estaba dentro de la casa. Luego vimos que aparecía Javier. Era flaco, sabía que se había enmujerao con una morena preciosa que decían tenía un carácter de fiera.
—¿Qué hacen? —preguntó apoyándose en la puerta.
—Ahí.
—Amigos, aunque quisiera, no puedo dejarlos entrar —dijo sin más.
—Dejate de huevadas —habló Rudy parado junto a él—. Qué puta van a hacer estos frescos. Es más, que entren como pareja.
—Es que es como si se rompiera la armonía —dijo Javier. Detrás de él vimos que pasaba sobre la acera una mujer chillando, corría a toda mierda sobre sus tacos. Recuerdo que pensé: estaría genial si se cayera. Entonces se tropezó y aterrizókenklakcalle: sus brazos, torso y la cara dieron contra el suelo. De la casa apareció el primo de Rudy, Beto, caminando tranquilo con las manos en los bolsillos. Detrás surgieron mujeres que se abalanzaron sobre la tipa en el suelo: esta ni se había movido y lloraba apoyando las tetas en la calle, pero —curiosamente— evitaba tocar el pavimento con las palmas de sus manos.
Rápidamente un tipo quiso patear a Beto.
Este sacó las manos de los bolsillos, gritó:
—¡No hice nada, carajo! ¡Está loca, loca!

Rudy corrió a defender a su primo. Ricardo y yo nos quedamos en nuestros asientos. Se armaron dos grupos. En uno: hombres y mujeres consolaban a la mujer que acababa de sacarse la mierda. En el otro exigían respuestas a Beto. Este reculaba hasta que alguien le puso zancadillas y cayó al suelo. Se levantó a darle un puñete en el pecho a Javier. Rudy y Beto corrieron a la vagoneta donde Ricardo y yo esperábamos atentos.

Arrancó el vehículo. Pasamos frente al grupo de mujeres.
—¡Pará! —dijo Beto—. Hay que llevar a esta pendeja.
Nos detuvimos.
Desde el asiento trasero Beto gritó:
—¡Vamos, subí! —Entonces vi a Fátima, a Claudia, a Gabriela y a Natalia junto a la novia de Beto. Aquellas cuatro, aún jóvenes, habían tenido hijos. La edad les había sentado. Estaban bien vestidas. Iba a saludarlas, pero no me vieron o no me reconocieron. Protegían a la tipa que ya no lloraba pero mostraba el rostro con expresión feroz.
—No voy a subir —dijo—. Andate.
Pasó detrás de la vagoneta: entró a la casa.
Rudy arrancó haciendo gemir las llantas.

Fuimos rumbo a Cotoca. Repasábamos lo que había ocurrido. Nadie le creía a Beto que no le había hecho nada a su novia. Luego la charla pasó hacia lo de Pailón. Ricardo dijo que ese putero era como el crisol de Santa Cruz, donde convergían diversas culturas.
Mirando por la ventanilla, dijo:
—Esta ciudad es fea, de verdad.
A los costados de la vía había galpones de empresas de rubros y nombres irrecordables, casas particulares aisladas y oscuras calles de tierra que se internaban en barrios desconocidos.

Nos detuvimos en una tienda de la carretera. Compramos otra caja de cerveza. En el trayecto Rudy había dado consejos a Beto de cómo debía comportarse. En las muñecas de este yo había visto cicatrices de viejos cortes. Me costaba imaginarlo cortándose las venas una y otra vez. Bebía él, bebíamos todos, como en carrera, porque no queríamos que se calentara la cerveza. Las luces que pillamos en la carretera inundaban la cabina, yo cerraba los ojos, daba un sorbo, abría los ojos, a ratos veía grandes silos o la superficie plana de sembradíos. El pueblo de Pailas no tardó en aparecer.
—En esa rockola hay que preguntar —dijo Rudy.

Bajé yo. Me dirigí hacia una mujer de pollera que metía hojas de coca en una bolsa verde. No me animé a pedirle referencias. Caminé un par de ventas más adelante. Vi a dos tipos conversando junto a una camioneta 4×4.
Dije:
—Buenas noches —“mierda, mierda”, pensé—. Che, disculpen ¿saben de algún lugar por acá donde hay paraguayas o japonesas o algo así? —“¿o algo así?” —, pensé.
Me miraron sonriendo.
—Entrá por ahí —dijo uno de los tipos señalando una esquina.
Regresé a la vagoneta.
—Es una mierda llegar a un puto lugar extraño y preguntar por putas —dije, di un portazo—. Me cago en ustedes y sus arrechuras.
—¿Y entonces? —dijo Ricardo.
—Da la vuelta —le dije a Rudy—, hay que entrar por esa calle.

A una cuadra, en una esquina, dimos con dos focos rojos. Eran dos locales que tenían una rockola, mesas y una decena de borrachos. Entramos al que era más grande: sonaba una cumbia. Un hombre de bigotes nos salió al paso. Nos condujo por un pasillo: apartamos una cortina: apareció un salón en donde había chicas muy parecidas entre sí: vestidos ajustados, las carnes de las piernas expuestas, las tetas apretadas. Continuamos de largo hasta dar con un patio donde parejas bailaban una canción en portugués. Los hombres —en su mayoría jóvenes— abrazaban a las mujeres cuya juventud parecía a punto de reventar. La canción era lenta, yo entendía ‘qué pena’, ‘otra pasión’, ‘amor’. Pensé: las palabras besan las pieles sudorosas. ¿Qué ocurría en la cabeza de los hombres? Éramos hermanos porque compartíamos una sensación que yo conocía: calor, música, baile, alcohol, un cuerpo extraño con el que has cogido o que cogerás en un rato —bailas con él—, luego, cuando se está vacío, se sale de ahí con la idea de no volver, con la culpa por el dinero gastado. Con la extraña pena de no hacerte la idea de lo que realmente ocurre en la vida de aquellas mujeres.
—Ahí están las menonas —dijo Ricardo. —Más allá de la multitud, había dos mujeres rubias paradas en una grada. Llevaban vestidos floreados ajustados: una era de hombros anchos, de rasgos teutones, tenía la nariz roja; parecía que acababa de llorar. Sonreía torpe, se notaba que le gustaba estar ahí. La otra era más joven y más alta, tenía la boca pequeña, las tetas grandes, el cuello fino: a esta parecía que le daba igual estar ahí o en un corral ordeñando vacas.

El mesero trajo una cerveza, yo me alejé de mis amigos en dirección a las mujeres. Les pregunté si podía invitarles algo. La menona alta se apartó de mí sin mirarme, la otra sonrió extendiendo la mano a un hombre que la llamaba a bailar. En eso vi a la japonesa que habíamos venido a buscar, estaba en una habitación junto a otras chicas. Está aburrida, me dije. Era petiza, de torso ancho, caderas estrechas, el cabello negro pelopincho y corte varón; su piel era blanca como si no tuviera sangre. Vestía short jean, polera con la marca Abercrombie inscrita en el pecho.
Le hice señas a Ricardo.
Vino hasta mí.
—Mirá —dije.

Ricardo entró a la habitación. Le dijo algo queriendo apoyarse con un brazo en la pared, pero calculó mal y casi se cae. Recuperando el equilibrio sin dignidad, la agarró de la mano, la trajo hacia mí, pero pasó de largo en dirección a las gradas, de ida al primer piso a hacer pieza.

Entré al cuarto donde había estado la japonesa en busca de un baño: seguí un pasillo que daba a puertas cerradas: el lugar era iluminado por focos de neón azules. Me crucé con dos mujeres que sonrieron con dentadura fluorescente… Una puerta estaba abierta, entré: en una cama de dos plazas —atravesadas— dormían cinco tipas, vi las plantas de sus pies, sus tobillos y pantorrillas. Una mujer apareció a mi lado, dijo:
—Este no es lugar para usted, papi.

Le miré los labios y le di un beso. Me alejé un poco. Era morena, se pintaba con sombra los párpados; esto la hacía diferente a las chicas que había visto en la casa. Me condujo hasta una habitación donde había una rockola y dos sofás… En la hora que continuó me dediqué a amasarle las tetas y a mirarle el coño, ponía canciones en la rockola mientras hacía que me esperara con las piernas abiertas a la altura de sus hombros. Le besaba alrededor, en la parte interna de los muslos, cerca del culo. Miraba su raya, se la apretaba un poco para que brotaran sus labios rosados; no quería cogerla, sí hice que se montara sobre mí mientras yo estaba acostado en el sofá, hasta que terminé en mi bóxer; entonces cerré los ojos, no sé cuantos segundos estuve con ella encima, asentadas las palmas de mis manos sobre su espalda sudorosa.
La puerta sonó:
Entró Rudy.
—Vámonos —me dijo.
Desanduve el pasillo dándome cuenta cómo mi cuerpo iba refrescándose; la fiesta en el patio continuaba su ritmo, mujeres bailando o acompañando a hombres que bebían y fumaban.
Afuera en la camioneta nos esperaban en la cabina: Beto, Ricardo y la japonesa. Tenía puesta la polera de Ricardo y este llevaba la polera con la marca Abercrombie.
—Me cago —dije.
Apenas partimos, Ricardo explicó:
—Habla un poco de español
—No me importa —dije.
—Quiero llevarla a un hotel de ahí de Los Pozos. Solo hasta decidir qué hacer o a ver qué quiere hacer ella.
—¿Te la tiraste?
—Eso qué tiene que ver —dijo Ricardo.
—¿Te la tiraste, o no? —dije—. ¿La estas ayudando por un gesto humanista, digamos, o porque solo quieres tener tu puta en un cuarto? —dije.
—Mierda —dijo Ricardo.
Vi que Beto encendió un cigarro.
Yo continué.
—Se parece a Patricia —le dije a Ricardo.
—Pobre cojudo —me respondió.
—Tranquilizate, viejo —dijo Rudy.
—Sos un imbécil —dije. Miré bien a la japonesa. No era más que una ayorea con la piel blanca. La tipa me miraba atenta: la vista clavada en mi cara. Yo estaba molesto. Pero era cierto, tenía un aire de la ex novia de Ricardo; una mujer con la que salió un tiempo sin muchas expectativas, pero cuando se vio solo, Ricardo se armó la película de que había perdido un romance único e irrepetible.

Íbamos a toda mierda en la carretera. Yo pensaba en lo que ocurría. No me animaba a decir que esta mujer podría causar problemas. Tenía ganas de decirle a Ricardo qué pasaría si en ese momento nos estaba persiguiendo su proxeneta para sacarnos la mierda. Miré el retrovisor, eran muchos los vehículos que venían, nos sobrepasaban a gran velocidad por la izquierda. La carretera era una larga lengua de asfalto extendida e iluminada por los faroles. Cuando escuché el ruido seco, Rudy rápidamente estacionó en el margen derecho.
Bajamos de la vagoneta.
—Mierda, mierda, mierda —dijo Rudy.

Una rueda trasera estaba pinchada. Rudy renegó porque no tenía una llanta de auxilio, ni gato. No tenía nada. Creí que sería más fácil que nos alcanzara el proxeneta asesino. Intentamos hacer detener un vehículo que ni siquiera aminoró la marcha. Continuó otro y otro, así, hasta que nos acobardamos. En los alrededores no había nada.

A un lado de la carretera sobre el pasto ocurrió una escena extraña: dos cuerpos se abrazaban y giraban en el suelo. Tardé en darme cuenta de que Ricardo y Beto estaban peleando, luego entendí que ese ruido que oía era la voz de la japonesa gritando mientras jalaba de la ropa a Beto, que estaba trepado encima de Ricardo. Beto se paró y quiso golpear a la japonesa, pero esta esquivó el golpe haciendo que Beto cayera. Corrí hacia ellos, la japonesa se fue corriendo por la carretera perseguida por Beto. Detrás Ricardo, que fue arrollado por un vehículo.

La escena fue violenta: el chirrido de las llantas sobre el pavimento, el golpe rotundo de los faroles contra el cuerpo de Ricardo lo lanzó metros más adelante. Fui hacia mi amigo tumbado boca abajo con los brazos apuntando hacia la oscuridad. No sabía si darle la vuelta o no ¿Dónde estaban los demás? ¿Y la japonesa? ¿De quién era la culpa? ¿Yo tenía parte de culpa? Fue un accidente, ocurrió un accidente. Beto estaba a mi lado, Rudy también, junto a un hombre mayor que no conocía, el dueño del vehículo que lo había arrollado.

Fue el hombre quien tomó la iniciativa. Trajo su camioneta. Subimos a Ricardo. Yo quería preguntar si creían que estaba muerto, no veía sangre en su ropa, pero no despertaba. Lo acomodamos en la carrocería de la camioneta. Me acomodé junto a él poniendo su cabeza en mis piernas. ¿Estuvo mal que moviera su cabeza? ¿Debíamos esperar a que llegara la ambulancia? A último momento, Beto también subió.

La camioneta arrancó. Por los vidrios traseros me di cuenta de que era una familia la que estaba viajando. Estaba ahí la mamá en el asiento del copiloto y dos niños de unos diez y doce años en el asiento trasero, que miraban de a ratos hacía atrás.
—¿Qué haremos? —dijo Beto.
Pensé: echarte la culpa para sentirnos menos culpables.
—No sé —dije—. Mierda. —Y aguanté el llanto.

Recordé que no le había contado un sueño a Ricardo. Uno que le habría gustado que le cuente: yo estaba con una mujer —corríamos—, en una especie de campamento scout. Corríamos porque ella me pedía que la llevara al baño. Entonces yo la llevaba, pero de un rato a otro salían boys scouts a taclearme y yo los esquivaba mientras me iba tirando pedos.
—Está muerto —dijo Beto—. ¿No? Yo lo maté.

La ciudad aparecía de a poco: el paisaje se iba poblando una vez más de galpones de calaminas, una que otra casa particular, vehículos que intentaban entrar a la carretera, hasta que alcanzamos de lleno la ciudad con su movimiento ajeno a nuestra desgracia.

Luego de dejarlo en el hospital nos fuimos al cuarto de Ricardo. Entramos. No recordaba que la tele había quedado encendida. Me pareció raro ver sus cosas sabiendo que habían dejado de pertenecer a alguien. Hay que poner nombre a este hecho, pensé. Rudy —que había llegado en la Terrano— encendió el Play Station: se puso a jugar Wining Eleven. Beto se fue al baño. Escuché voces en la calle. Salí a ver qué ocurría. En la esquina vi al indigente que hacía de guardián del barrio. En varias oportunidades lo habíamos visto persiguiendo machete en mano a los cleferitos que se animaban a merodear la zona. En esta ocasión el tipo estaba enfrentándose a dos adolescentes que tenían en sus manos dos pedazos de ladrillo.

 

Del libro de cuentos Desvelo (La Perra Gráfica, 2016)

 


Saúl Montaño (Bolivia, 1985) nació en Camiri, es escritor y abogado. Es autor del libro de relatos Una bandada de pollos en el firmamento (2012). Su obra ha sido publicada en revistas y en antologías como Domingos por la tarde (2014) y Voces —30: Nueva narrativa Latinoamericana (2014). Actualmente coadministra el blog cultural Hay vida en Marte y prepara su próximo libro, Desvelo, de próxima publicación a través de Editorial La Perra Gráfica. Vive en Santa Cruz de la Sierra.

Foto: Sonia Cammarata

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Crímenes narrativos

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