“Alita”, por Gabriela A. Arciniegas

A Carlos Germán y a Juliana   Su piel era tan blanca que parecía una porcelana que se fuera a quebrar. La primera vez que la vi estábamos en...

A Carlos Germán y a Juliana

 

Su piel era tan blanca que parecía una porcelana que se fuera a quebrar. La primera vez que la vi estábamos en el patio de recreo y ella venía corriendo a contraluz. Algo en la forma como se movía su pelo en el aire me llamó la atención. Cuando pasó frente a mí, sonriendo, vi sus dientes pequeños. Me abanicó su perfume suave, de arroyo, y al verla alejarse de mí, su pelo no me pareció rubio sino plateado.

Nadie sabía de dónde ni con quién había llegado al pueblo. Costaba hablarle sin perderse en sus ojos grises, redondos, siempre asombrados. Cuando tartamudeé al preguntarle si quería jugar a los padrinos mágicos conmigo y mis amigos, ella no se rio.

A Alita no le gustaban los juegos de las niñas. Parecía no entender que existía una línea invisible entre los géneros. Ella no llevaba muñecas. Inventaba juegos de diluvios, de naufragios, de gente que vivía en ciudades sobre cetáceos enormes, inmóviles, benévolos, de ciudades sumergidas, de tesoros perdidos en los fondos abisales del océano. Y buscaba disculpas para arrastrarse en el pasto y manchar de verde sus vestidos de cuadros y desordenar su pelo.

La primera vez que ella y la lluvia se juntaron, estábamos en recreo. Las profesoras con sus delantales impecables nos apiñaron como si fuéramos sus pollitos. Pero ella me agarró de la mano, se les escabulló y me hizo parar en la mitad del patio; haciendo chasquear la hierba empapada bajo sus zapatos blancos de trabilla, extendió sus brazos, sacó su lengua roja, y a ojos cerrados bebió los proyectiles de agua con esmog que golpeaban helados nuestras frentes. Quise imitarla pero cuando menos me di cuenta, sentimos un jalón en el brazo. Las profesoras, sus carotas fruncidas y sus ojos punzantes, nos llevaron a la aburrida sequedad del salón.

En la clase de planas, un día mientras dibujaba bolita palito bolita palito, se me ocurrió la estrategia perfecta para salir al patio a jugar a las naves espaciales en las llantas llenas de lombrices y de agua. Paso uno, pedir permiso para ir al baño. Paso dos, mirando que no venga nadie, atravesar corriendo el vestíbulo hasta la puerta del patio. Paso tres, salir. ¿Acaso no era precisamente a planear estrategias para escaparse que uno iba a la clase de planas?

Pero cuando estuvimos afuera, ella no quería jugar a las naves espaciales, quería jugar a que éramos pescados que huíamos de un tiburón imaginario. Y por estar discutiendo, la profesora nos oyó y nos entró al salón de un brazo.

Un día, a la salida del colegio, mis papás no llegaban por mí, los de ella nunca estaban, así que nos fuimos caminando hasta el río. El agua era tan clara en ese tiempo que podían verse los peces pasar por debajo moviendo las bocas como cantando una canción que no podíamos oír. Después de remedarlos un rato, le dije: ¿Por qué no intentamos pescar uno? Yo te lo doy y tú lo cocinas. Y me reí. Pero ella no se rió. Me miró con una tristeza que nunca había visto en ella. Sus ojos se enrojecieron y salió corriendo tan rápido que sólo vi su vestido de cuadros grises y blancos ondeando en el viento, alejándose.

No volví a verla durante toda una semana. En ese tiempo soñé con ella casi todas las noches. Sus ojos siempre asombrados, su pelo casi plateado, sus vestidos de cuadros y los peces. Una tarde, a la salida del colegio, decidí buscarla. Nadie sabía dónde vivía. Me fui caminando hacia el río para pensar. Estaba rodeado por un bosque tupido y húmedo, y la gente decía que por ahí espantaban, pero a mí no me importó. Eran como las cinco. Vi pasar los peces cantando, bailoteando, moviendo la cola como perritos bajo el agua. Entonces sentí que había alguien cerca de mí. Ella. La vi sentada a unos seis metros, en la orilla del río, con los pies metidos en la suave corriente. Me miró sin dejar de mover los pies en el agua. Le pedí perdón, aunque no entendía muy bien por qué debía hacerlo. Comenzaba a anochecer. Cuando volví a mirarla, el vestido de cuadros grises y su pelo plateado se llenaron de los visos rojos y amarillos de la tarde. Se metió vestida hasta la cintura en el agua fría sin dejar de mirarme. Cada fibra de tela que tocaba el agua se transformaba en escamas y en delicadas aletas plateadas que la fueron envolviendo a medida que se iba sumergiendo toda. Sus ojos redondos, asombrados, más grises que nunca, me miraron por última vez antes de alejarse en la corriente. Era un pez plateado, grande, de aletas transparentes. Nunca he vuelto a ver uno como ella.

 

Del libro de cuentos Bestias (Laguna Libros, 2015)

 


Gabriela A. Arciniegas (Colombia, 1975) es escritora y traductora, especialista en Docencia Universitaria y Magister en Literatura Latinoamericana. Hace parte del colectivo La Comunidad del Megáfono, en Bogotá. Fue profesora de literatura en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y en la Universidad de la Sabana. Ha publicado los poemarios Sol menguante (1995), Awaré (Premio Ediciones Embalaje, 2009), la novela Rojo sombra (2013) y los libros de cuentos 13 relatos infernales (co-autoría, 2015) y Bestias (2015). Twitter: @goremistico Blog: goremistico.blogspot.com.co

Foto: Nicolás Cadena Arciniegas

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Crímenes narrativos

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