“Restos de un naufragio”, por Ronald Arquíñigo Vidal

Lennon, Dylan, Gullman, tú y la playa   Fuimos camino a la playa de la mano y de pronto mencionaste algo sobre la vida triste que deben tener los...

Lennon, Dylan, Gullman, tú y la playa

 

Fuimos camino a la playa de la mano y de pronto mencionaste algo sobre la vida triste que deben tener los ángeles de los cementerios; esos que soportan la cagada de los pájaros que migran hacia las montañas o el frío nocturno de todos los días, que persiste en quedarse entre los sepulcros abandonados. Después dijiste que lo más triste que podía haber en el mundo era un buzón sin mensajería dentro. Te miré pensando en las cosas tristes que dicen las chicas que se divierten hablando sobre episodios tristes, pero luego recordé que los amores y los fracasos son la misma canción, interpretada en idiomas distintos. Te sentaste entonces sobre un pequeño promontorio parecido a la maqueta de un farallón, me besaste en la oreja y empezaste a cantar a Lennon. Sonabas contenta para el rostro que llevabas. Alguna vez había visto a una chica bonita con una sonrisa triste, y en ese momento pensé que era la chica más bonita del mundo. Tiempo después conocí a otra chica bonita que tenía los ojos tristes y me pareció más bonita aún. Hasta que te conocí aquella madrugada, en un concierto de Dylan, en Gullman, para decidir que las chicas bonitas tienen los labios tristes. Te veía, muy enamorado, cantar las canciones de Dylan mientras fumabas un Lucky Strike, moviendo los labios, y me decía a mí mismo que la chica más bonita que había conocido en el mundo era una que cantaba a Dylan, sentada frente al mar, que fumaba Lucky y gustaba de besar la oreja de su novio, mientras hablaba de la tristeza de los ángeles de los cementerios y los buzones sin mensajería dentro.

 

Persecución

 

Podría escribir que el disparo de un Smith & Wesson se aloja en la nuca de un perseguido y huye de su sien hacia un cuadro de Art Blakey and The Jazz Messengers colgado en la pared. Podría escribir que la oscuridad del pasaje por donde el victimario huye viene acompañada de un olor a pescado putrefacto, tan pesado como una maldita premonición. Podría escribir que la víctima cae sobre un charco de orina y que su mano derecha deja escapar una navaja suiza con la que pretendía matar a quien resultaría siendo su homicida, aunque finalmente, para cuidar la distancia con su futuro agresor, hizo uso de su arma sin convicción ni éxito. Podría escribir que un perro ladra al ver la figura del cadáver caer pesadamente hasta rodar junto a una mata de arbustos secos que bajo el peso de la oscuridad parece una cadena de setos. Podría escribir que al final del pasadizo aparecen vehículos policiales y efectivos del orden con los revólveres desenfundados, gritando ¡quién mierda está ahí, despídete de tu libertad!, y que una ambulancia se acerca por la diagonal de la calle para auxiliar al hombre que de seguro ya está frío. Podría escribir eso y más, pero me perturba la idea de ser detenido y terminar preso, y echo a correr hacia un terraplén lanzando el arma a un pasaje y diciéndome, aliviado, que por fin me vengué de ese gran hijo de puta.

 

El búho elefante

 

Era un búho elefante que vivía muy triste en la copa de un árbol. Todas las noches escrutaba la oscuridad con sus enormes ojos preguntándose por qué era un búho extraño, más parecido a un elefante que a cualquier otra cosa. De día volaba persiguiendo el sol con sus patas pequeñas, odiando el peso de sus alas, preguntándose por qué era un búho extraño y no uno normal. Era un ave un poco triste, porque su trompa era larga y gruesa, y ante la ausencia de pico, no podía destrozar a un pequeño roedor como se le hubiera antojado.

Una noche, mientras miraba las estrellas en el lecho de un río, agitó sus alas, apenado por su condición de búho elefante, y pensó en lo triste que es olvidar el regreso a casa para aquellos que no recuerdan nada. Había estado perdido mucho tiempo debido a su memoria de ave, pero en cuanto consideró que poseía los sesos de un elefante, recordó que su hogar estaba muy lejos de allí, y emprendió el vuelo siguiendo el olor de la manada con sus ojos grandes escrutando la noche.

 

Del libro de relatos Restos de un naufragio (Editorial Summa, 2015)

 


Ronald Arquíñigo Vidal (Perú, 1982) estudió Antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Creación Literaria en Argentina. Autor de la novela El diario negro de A. Bransiteff (2006) y de los libros de cuentos Homicidas cotidianos (2012), Cada uno con su infierno (2013) y Restos de un naufragio (2015). Ha colaborado en revistas como La línea del cosmonauta, Revista Peruana de Literatura, Contrapoder y Amalamar. También participa en la antología ¡Bienvenido, Armagedón! Cuentos sobre el fin del mundo (2013). Actualmente se desempeña como investigador en la Universidad de San Martín de Porres (Lima).

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Crímenes narrativos

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