Exorcismos de José Ovejero

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente,...

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente, enlazándonos con la formación de la criatura que alguna vez llevaron dentro de ellos.

 

2016 tapa ovejeroLos ángeles feroces | Galaxia Gutenberg | 2015

 

Para empezar, una escena: una mujer joven, desnuda –luego la vestí un poco para la novela– parada en medio de una habitación, mirando por un ventanal. Frente a ella, un rascacielos, que de pronto queda envuelto en llamas. Y un joven que, en la misma habitación que ella, ve en el cristal el reflejo de la mujer rodeado por una orla de fuego.

La escena no tiene ningún sentido inmediato, pero sí fuerza visual. La olvido. Mentira: no la olvido. Regresa de vez en cuando a mi cabeza, como si estuviese grabada en la retina. Y un día me pongo a escribir. ¿Quién es ella, quién es el joven? ¿Por qué arde el rascacielos? Y yo qué sé.

Pero se me ocurre que ella está huyendo de algo y él quiere ayudarla, le ha ofrecido refugio. Él se llama AM, ella Alegría, nombres estrafalarios que no sé de dónde me saco. Otra idea repentina: ella tiene un defecto genético, debido al cual su sistema inmunológico es hiperactivo. No contrae enfermedades infecciosas. Una sangre así puede excitar los deseos de muchos.

AM va a su antigua escuela a buscar ayuda. Los alumnos han tomado la escuela y encerrado a los profesores. Han montado barricadas. Matan a un profesor. Esto es un mundo en medio de una revuelta, aunque nadie sabe por qué. Muchos viven en túneles, otros en las calles. Y de pronto aparece Cástor.

Es un político, ministro de sanidad, pero está en horas bajas, sabe que su partido no le va a dar ninguna oportunidad en las próximas elecciones. Así que se entusiasma cuando averigua que en las zonas marginales de la ciudad vive una chica con una sangre especial, una sangre que podría ofrecer a los ciudadanos: votadme y os haré inmortales, o al menos os daré una longevidad de tortuga. Tiene que encontrar a la chica cueste lo que cueste, hacerse con su sangre.

Pero también se presenta Arnoldo El Loco, adorador de la Santa Muerte. A él le parece un sacrilegio que alguien quiera vivir toda la eternidad. Decide ofrecerle a la Santa un sacrificio: la sangre de Alegría. La Santa muerte le dará las gracias.

¿Qué es esto? Mejor dicho: ¿qué tontería es esta? Abandono la novela. Es todo demasiado ridículo, descabellado. Malditas películas yanquis, que le pudren a uno la imaginación. Además, he empezado a crear un mundo de ciencia ficción que no me interesa mucho. Me olvido, ahora sí, de verdad.

Escribo un ensayo, La ética de la crueldad. Escribo una novela, La invención del amor. ¿Y ahora, cuál es mi próximo proyecto?

Releo lo que había escrito. Le había puesto ya un título: Los ángeles feroces. Experimento una mezcla de rechazo y atracción. La historia sigue sin convencerme, pero algunas páginas tienen, creo, mucha fuerza, mucha plasticidad. Puedo ver y sentir el mundo que he creado.

Vuelta a empezar. Elimino todos los elementos de ciencia ficción. Imagino a un narrador múltiple, es decir, a veces omnisciente, a veces en primera persona, a veces no sabe qué demonios está sucediendo. Y el narrador se vuelve hacia el lector y le dice: estás entrando en un mundo como el tuyo. Eso está bien: los sucesos son extraños, pero no hay nada que no sea reconocible. Existe ya en algún lugar.

Escribo un gran número de escenas con Cástor, con Arnoldo, con AM. La historia me rebasa, se me ocurren cosas muy “bizarras”, personajes cada vez más enloquecidos. Da igual, me digo; olvídate de tu tendencia al realismo; sé realista en los detalles, pero deja a tu imaginación todo lo demás. Escribo más de doscientas páginas. Aún no sé qué estoy haciendo. Y Alegría sigue siendo un personaje difuso. Así que me pongo a crearla, a imaginar cómo se mueve, qué siente sus necesidades más inmediatas (huye de los clichés, por favor, me digo; como la conviertas en una heroína tipo Lara Croft te parto las piernas).

Paso meses estructurando esa enorme cantidad de escenas, buscando una secuencia lógica, un orden interno. Llego al final, a un final. Se lo doy a leer a mi compañera. Arruga la nariz. Hum. Tiene razón. Lo cambio.

Releo todo. Estoy perplejo. Es todo tan extraño. Y al mismo tiempo, por primera vez, diría que lo que acabo de escribir es lo mejor que he escrito jamás. ¿Quién dijo que debemos escribir contra nuestras propias convicciones?

Los ángeles feroces. Sigo fascinado por ellos. Podría escribir una segunda parte. En eso estoy.

 


José Ovejero nació en Madrid. Ha vivido la mayor parte del tiempo fuera de España, principalmente en Alemania y en Bélgica, y ha escrito poesía, ensayo, libros de viajes, cuentos y novelas. Es autor de China para hipocondríacos (1998), Las vidas ajenas (2005), La ética de la crueldad (2012; Premio Anagrama de Ensayo) y La invención del amor (2013; Premio Alfaguara de Novela), entre otros libros. Recientemente publicó la novela de ficción distópica Los ángeles feroces (2015). Sitio web: www.ovejero.info

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