“El retorno de la expatriada”, por Teresa Dovalpage

—¿Por qué me preguntas que si voy a casarme, mima? Ah, porque descubriste el vestido, ¿no es así? Volviste a registrar mi maleta hasta que diste con él, aunque...

—¿Por qué me preguntas que si voy a casarme, mima? Ah, porque descubriste el vestido, ¿no es así? Volviste a registrar mi maleta hasta que diste con él, aunque te había advertido que no siguieras hurgando en mis cosas. A mí no me engañas, vieja, pese a tus mañas y marañas.
—…
—Eso no es justificación. Lo que has hecho es tremendo atrevimiento. Me están dando ganas de irme y no regresar nunca, ni mandarte un centavo más, para que aprendas a no ser tan indiscreta.
—…
—Deja de hacerte la inocente, que no te queda bien el papelito. Lo que más me indigna es que tú, que siempre has tenido tu escaparate cerrado bajo siete llaves, seas incapaz de respetar la privacidad de los demás.
—…
—¿Así que nada más quieres saber por qué traje el vestido all the way from New York, eh? Perfecto, te lo voy a contar. Te voy a complacer, pero eso sí, no te quejes luego. No se te ocurra protestar. Porque yo iba a evitarte el mal rato y el sofocón que te da a ti por cualquier cosa, pero tú te pones a meter el dedo por aquí y a hurguetear por allá. ¡Ahora vas a sufrir las consecuencias y no quiero oír ni un ay!
—…
—A eso voy, chica, no me agites. A eso voy. ¿Te acuerdas de que mientras viví aquí nunca tuve un novio formal? Y no, como le pasaba a mi hermana Elsa, que es un coco de fea, por falta de interés de los hombres. Bastantes tipos que había detrás de mí. Mucho culo no tendría, pero tetonas y caderas, sí. ¿No te pareció extraño que yo no me acostara con ninguno? Contéstame.
—…
—Niña buena y de su casa… Esperando por el pretendiente apropiado… Respeto a la virginidad… Cállate, por favor, que me meo de la risa. De veras, vas a hacerme creer que eres diez veces más ingenua de lo que yo pensaba. En fin, sigo. ¿Te acuerdas también que, de muchacha, me pasaba la vida coleccionando fotos de Marilyn Monroe, que después escondía debajo del colchón?
—…
—Claro que yo sabía que sabías. ¡Si te sorprendí registrándome la cama una vez, vieja! ¡Si incluso metías las manos en la basura, para asegurarte de que, cuando Elsa y yo decíamos que estábamos menstruando, soltábamos sangre de verdad y no nos habían preñado por casualidad o despiste! Aunque con mi hermana te descuidaste de mala manera, ¿eh? ¿O fue que te confiaste demasiado en su timidez de patica fea? Pero volviendo a las fotos de Marilyn, ¿entiendes por qué las coleccionaba? Pues porque tenía obsesión con esa rubia, mima. Un enamoramiento bobo, vaya. Lo que en inglés se llama un crush. Pero nunca se lo comenté a nadie porque me daba miedo que fueran a pensar que una era…
—…
—No, no te azores todavía ni empieces a echar pestes, que esto no es nada. Aguántate del asiento y abróchate el cinturón de seguridad, que voy a acelerar. Precisamente por la época de las fotos, a los quince o dieciséis años, tuve una relación con Maiviz. Fue un romance de escuela al campo, de besos bajo el mosquitero, de apretones furtivos en una casa de tabaco… Juegos de aprendizaje, exploraciones, nada entre dos platos, o entre dos bollos. Pero los únicos orgasmos que tuve, durante toda mi juventud, fueron con ella.
—…
—¡Orgasmos bien! ¡Y cállate, que no he terminado de hablar! En el norte salí del clóset en cuanto me mudé a Nueva York. Por fin supe que era lesbiana, con todas sus letras, y que eso no era nada malo. ¡Que yo no tenía la más mínima culpa de haber nacido así! Y qué rico fue darme cuenta. Porque había vivido hasta entonces como metida dentro de un traje estrecho, aprisionadas las caderas, esas caderas que los machos tanto miraban… apretujada en un corsé invisible que no me permitía moverlas ni bailar a mi propio ritmo. Pero cuando solté el corsé, cuando lo tiré a la basura, me descubrí a mí misma. Me descosí completa.
—…
—No, ahora me vas a oír. ¡Y te jodes si no te gusta! ¿No querías saber la verdad? ¡Pues toma verdades hasta que te atragantes, que yo también me he cansado de esconderlas por años!
—…
—No, no te vayas, vieja. Óyeme en buena onda. Si hasta me hace ilusión contarte… Cuando supe lo que era, cuando lo admití por primera vez ante mí misma, fue que me atreví a mirar cara a cara los letreros de tortillera, marimacha y machorra que tanto me habían asustado en Cuba. Les perdí el miedo, y a vivir.
—…
—Sí, tuve relaciones con varias mujeres, pero no me estabilicé con ninguna. En el fondo seguía pensando en Maiviz, de quien ni siquiera me había despedido cuando me fui. No me atrevía a escribirle y temía que no se acordara ni de mi nombre, después de tantos años. Sabía que había tenido una hija, que podía incluso estar casada y figúrate qué clase de ridículo iba a hacer yo buscándola a estas alturas, ya medio viejas y bastante traqueteadas las dos. Pero al fin un día me decidí, por un correo electrónico que recibimos juntas y…
—…
—Ay, mima, no. Lo de la niña no me importa. Tampoco creo que Maiviz me esté jineteando ni aprovechándose de mí, no seas tan malpensada. Como te iba diciendo, un día me llené de valor y le mandé un email. Le conté que pensaba a menudo en ella, que seguía recordando aquellos juegos. Ella me escribió para atrás…
—…
—Escribir para atrás quiere decir que me contestó el email, vieja. Es que allá se habla así. Cuando la llamé por teléfono la primera vez, empezó a jipar y me confesó muy bajito que tampoco había olvidado lo nuestro, y por ahí seguimos en comunicación. Llamadas van y llamadas vienen, y mensajes a tutiplén.
—…
—¿Llamarlas a ustedes? ¿Para qué? Si lo único que hacen es pelearse, gritarse desvergüenzas o decírmelas a mí. Cuesta muy cara la larga distancia para eso. Pero Maiviz y yo teníamos conversaciones larguísimas, en las que hablábamos de todo lo divino y lo humano. A mí me parecía sincera, aunque no podía evitar que las dudas me mortificasen. Las mismas que tú tienes, que no en balde soy hija tuya. A veces pensaba que todo aquello podía ser un teatro para que la sacara de Cuba y luego…
—…
—Ah, pero para que veas tú cómo son las cosas, el día después del ataque a las torres, justo cuando estaba preparando mis maletas para venir, tuve una revelación, un satori. En medio del olor a humo y a carne humana vuelta chicharrón que lo impregnaba todo, comprendí que estaba viviendo de prestado. Me dije que cualquier día podía caerme en la cabeza un avión o un cohete espacial o un asteroide y que no valía la pena seguir esperando para satisfacer los dictados de mi vagina, o los anhelos de mi corazón. Y me sentí dispuesta a apostar por la relación. A comprometerme. A llevarme a Maiviz de aquí, para empezar una nueva vida, juntas en Nueva York. Si me deja luego, al carajo, que me quiten lo bailao. Pero yo sé, lo sé en el fondo de mi pecho, o en las bolsas de mis ovarios, donde se saben bien las cosas, que no me va a dejar.
—…
—No, Sam no es maricón. Oye, qué lengua tienes, peor que la de Abuelonga. Es sólo un buen amigo que se prestó a ayudarme. Va a casarse con Maiviz para que ella consiga la visa americana sin problemas. Y el traje de novia, pues se supone que le dé a la boda más visos de verdad.
—…
—Cuando se entere la gente, nada. ¿A mí qué más me da? Me importa poco lo que digan. Aquellos nombres que tanto me asustaron hace años ya significan otra cosa para mí. Los he empezado a usar en camisas, polos y gorras. Los escribo en letreros que llevo a marchas del orgullo gay. Soy lesbiana, sí. Tortillera. Sáfica. Y, para que te enteres, lo tengo a honra. ¡Pucha con pucha, lesbianas en la lucha!
—…
—Yo sabía, yo sabía que esto iba a pasar, que ibas a terminar cayéndote de boca. ¿Por qué me preguntaste entonces? Y mirándolo bien, ¿a santo de qué te espantas tanto? Erny es del otro lado y tres cuadras más allá y nunca te he oído protestar por eso, ni tampoco a Abuelonga. Es más, ni lo mencionan, cuando ustedes saben de sobra que el tal Quique es su compromiso.
—…
—Por supuesto que importa. A Erny le gustan los machos; muy santo y muy bueno. Entonces, ¿cuál es el problema con que a mí me gusten las hembras?
—…
—Mima, por favor. ¿Qué tiene que ver que él sea activo, dativo o nominativo? Acuérdate de la ley de Mahoma: tan marica es el que da como el que toma. Y valga la aclaración, no estoy criticando a mi hermano. A mí no me interesa lo que haga, a quién le dé el culo o a quién se lo coja. That’s his business. Pero reconoce que yo también tengo el derecho de hacer con mi preciosa chocha lo que considere apropiado. Ah, y no se te ocurra contarle una palabra de esto a Elsa o a Abuelonga. Porque como lo hagas, entonces sí que levanto la pata de aquí y no me vuelves a ver hasta el día del juicio final por la noche.
—…
—No, no me da vergüenza ninguna. Si me callé hasta ahora fue para evitar más discusiones con la trastornada de mi hermanita y librarme de las impertinencias de la vieja. Aunque no sé con qué boca me criticaría ella, después que le pegó al abuelo tarros de todos los colores.
—…
—Si papá viviera, me entendería. Bueno, eso creo. No es que llegara a conocerlo mucho, pero pienso que el pobre no tenía la mente tan cerrada como tú y Abuelonga.
—…
—Entiendo que ésta no sea la familia con la que tú soñaste, mima. Pero fue la que te tocó en la lotería genética, tampoco es culpa mía. Y gracias, vieja.
—…
—Pues por darme el chance de desahogarme. ¡Hacía tanto, tanto tiempo que tenía ganas de decirte todo lo que acabas de oír!

 

Fragmento de la novela El retorno de la expatriada (Egales, 2014)

 


Teresa Dovalpage (Cuba, 1966) nació en La Habana y vive en Taos, Nuevo México. Es profesora universitaria y periodista y escribe en español e inglés. Ha publicado ocho novelas, entre ellas A Girl Like Che Guevara (2004), Muerte de un murciano en La Habana (2006; finalista del premio Herralde), El difunto Fidel (2011), La Regenta en La Habana (2012), Orfeo en el Caribe (2013) y El retorno de la expatriada (2014), así como varias colecciones de cuentos. Sitio web: www.teresadovalpage.com

Foto: Chris Turner

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Crímenes narrativos

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