“Cuerpo”, por Mariana Kozodij

Pasadas las setenta y dos horas seguidas sin alimento, el cuerpo se vuelve un caníbal. Se come la glucosa, la grasa, los músculos y sus proteínas hasta quebrar con...

Pasadas las setenta y dos horas seguidas sin alimento, el cuerpo se vuelve un caníbal. Se come la glucosa, la grasa, los músculos y sus proteínas hasta quebrar con la densidad de los huesos. Intenta la supervivencia de los órganos, en especial del cerebro, donde el área de la excitación queda pausada ante la muerte inminente.

El reflejo de las puertas del ascensor le devuelve una imagen perturbadora. Carolina Guzmán puede reconocerse de manera dual en esa deformidad metálica y en su cuerpo delgado y gris. Sale de esa caja reflexiva mirando el hueco entre su pie y la chapa de bronce que adorna la apertura hacia la planta baja. Deja la tarjeta de visitantes en el buzón del molinete. Intenta pasar y se da un golpe seco en la cadera. Prueba de nuevo, esta vez poniendo la mano por delante, y atraviesa el problema suavemente, como una pelusa que rueda sobre una superficie empujada por el aire.

Recorre el hall de mármol con vetas verdes y azules, presiona el blindex y al fin siente que terminó el esfuerzo de la simpatía.

Su chicle todavía está en el marco de la puerta giratoria. Mira alrededor y con un gesto preciso lo despega y se lo mete en la boca. Al principio tiene esa gomosidad que niega el sabor. La tibieza de la saliva de Carolina lo ablanda y lo vuelve deseable una vez más.

Observa la torre donde acaba de tener la tercera entrevista. El choque del sol con los vidrios le lastima los ojos y la obliga a bajar la mirada.

Se descubre repitiendo el gesto de su madre en el baño la última vez que la vio con vida. El pelo oscuro y grasiento, con canas, que se colocaba detrás de las orejas chicas para dejar a la vista los únicos aros de plata que tenía; aros con los que no la enterraron ya que el tipo con el que estaba se los vendió por dos mangos.

Un hombre le pide permiso para pasar y automáticamente Carolina verbaliza la palabra perdón. Se corre y elige caminar lento hasta la avenida Alem. La imagen de Roly hablando del tema se le vino inmediatamente a la cabeza; parecía un pastor sin rebaño con un tono de voz alto pero confidente. La conclusión fue clara, las personas dicen perdón muchas veces al día, por cualquier estupidez, haciendo que la palabra pierda fuerza. Pero cuando hay que pedir perdón realmente, se queda pegado como una miga de pan en la garganta. No va ni para un lado ni para el otro. Generalmente la mayoría logra tragar esa miga. No la escupen.

Roly y Carolina nunca la soltaron, por eso dejaron de frecuentarse.

El semáforo se pone en verde. Cruza siguiendo la energía colectiva de espinas dorsales sostenidas por piernas.

Carolina hace un recorrido mental entre elegir colectivo, subte o caminar por avenida Córdoba, doblar en Florida, seguir por Corrientes hasta Villa Crespo. Un trayecto largo, pero posible. Tiene los zapatos con tacos cómodos.

Llega hasta la calle Tucumán y entre la multitud la ve a ella comprándose un café en uno de esos negocios que dan a la calle.

Es perfecta. Parece una frutilla invertida, curvilínea. Carolina se acerca. La chica huele bien, las pulseras de plata generan un tintineo electrizante mientras recibe su vuelto. Despega los labios con brillo; sonríe.

El chillido agudo de la vendedora saca inmediatamente a Carolina de ese clítoris mental. Frutilla empieza a huir.

La mujer enumera las variedades de alfajores y conitos. Carolina compra como una autómata, no espera el vuelto. Frutilla cruza la calle mientras se encuentra con otra chica. Van riéndose, miran vidrieras. Frutilla tiene un vestido demasiado ajustado que se le arruga en las caderas. Piernas blancas para un postre veraniego.

Llegan hasta la avenida Corrientes. Frutilla sigue caminando por la peatonal mientras abraza a su compañera insípida. Carolina pausa la marcha, se resigna.

Sube lento hasta 9 de julio. El sol de enero ametralla las nubes de lluvia e impacta directo en el asfalto. Una gota de sudor va desde su nuca y se le pierde en la tanga de algodón.

Espera. El conteo del semáforo le marca el paso.

Esquiva gente, pasa una chica sacándose un pañuelo del cuello, desnudando su calor.

La avenida Corrientes es un gran muestrario porteño. Solía frecuentarla de Callao hasta el Bajo cuando andaba con Inés, de acrobacia. Ella cada tanto robaba algún libro de las mesas de usados.

Inés le había copiado la práctica a Esteban, un primo de Letras que la tenía clara para llevarse buen material. Ella estaba enamorada de él, no lo admitía pero a Carolina le gustaban tanto sus tetas y su elasticidad que prefería no discutírselo.

En una oportunidad Inés se robo un libro sobre los sueños. Estuvieron varias semanas buscándole resignificaciones a todo.

Una vez Carolina soñó con un pozo. Era algo simple, el pozo y ella. No pasaba nada más que esa mera compañía mutua. El libro ofrecía ciento cincuenta interpretaciones a partir de si sacabas agua, si estaba medio lleno o medio vacío, si era un pozo público o privado. Pero no decía nada sobre qué pasaba cuando sólo era una presencia. Carolina optó por la opción que planteaba un viaje próximo que nunca pasó.

Camina rápido por la zona de las librerías y llega hasta Callao, el ruido es infernal. Hay olor a lluvia. Once es un barrio que parece Google. Tiene de todo pero hay que saber buscar; es fácil distraerse.

Carolina se sonríe al recordar cómo a Lorena le gustaba decir que se iba a “Eleven”, le daba al barrio un halo snob que no se merecía. La sonrisa le queda desacomodada en la cara. Carolina intenta desviar la sensación de saber que la extraña. Mastica el chicle con más fuerza. Le duele la mandíbula y elije tirarlo. Todavía tiene un color rosa sexy pero ya sin azúcar; siente un dolor en el estómago.

Se distrae con la vidriera de un negocio que parece un poli rubro. Hay pelucas de todos los colores, útiles, golosinas y enchufes. Carolina piensa en la peluca que usa Beatriz, de color rosa brillante que contrasta con su piel oscura. Se excita con la idea y se pone un nuevo chicle en la boca.

 

En la película participaban una asiática con cuerpo dorado y peluca blanca, una rubia tetona con el pelo decolorado y teñido de rosa y un negro musculoso. La del estilo Kodama no paraba de repetir chupame en un inglés lacónico mientras el negro se pajeaba mirando a las chicas que se pasaban un caramelo de un lado a otro con besos salvajes. No había deseo real entre ellas, sólo buscaban calentar al tipo que no les sacaba los ojos de encima como si fuera un dios al que le ofrecían un tributo. La tetona parecía más expectante, más húmeda. Se sacó el caramelo de la boca y se endulzó los pezones para que la asiática se los degustara. De un momento a otro estaban los tres hechos un remolino de colores, flujos y gemidos no aptos para xenófobos. La trama era muy mala.

Suena su celular. Revuelve la cartera para encontrarlo.

Le avisan que quedó seleccionada; que “La financiera Linares y Moransan le da la bienvenida, que la esperan el próximo lunes a las 12, vestida acorde”.

Responde a todo que sí. Vuelve a estar empleada y una inmensa calma le recorre todo el cuerpo. Nota que parte del conito de chocolate derretido quedó pegado en el teléfono y en su mano. En pleno acto reflejo se chupa la palma de la mano y se da cuenta de que un pibe que vende películas la está mirando. Carolina ahora lame el teléfono recorriéndolo con la punta de la lengua. El exhibicionismo la hace apurar el paso.

“Ir vestida acorde” le resuena en la cabeza. Puede aprovechar el sábado para comprarse alguna remera nueva. Lorena vuelve a su cabeza caminando con ella por avenida Cabildo. Era una tarde helada, compraron garrapiñadas de almendra y con montoncitos se calentaban las manos. Lorena se las metía en la boca, les sacaba el dulce y le daba besos que le raspaban el paladar.

Carolina se pasa la lengua por los dientes, la extraña.

Llega hasta el departamento y revolea los zapatos. Tiene los pies hinchados. Abre la heladera y se desborda la panza con agua. Sobre la mesa está la cartera entreabierta con el conito de chocolate totalmente derretido. Lo tira con fuerza en el tacho de basura y éste termina de aplastarse contra el fondo, mezclado con varias inmundicias.

Carolina se tira en el sillón mientras el calor la adormece. Disfruta del efecto de la luz a través de la persiana entrecerrada como en una película de detectives. Se escucha un trueno tímido.

 

La escena del crimen es un baño blanco, casi impoluto que contrasta con el resto del departamento. El cuerpo hinchado está en la bañera, hay hielos, alimentos en mal estado y bolsas de gel congelado que le cubren el sexo y gran parte de las piernas.

La veo de espaldas. El zumbido de una mosca me distrae de su cabellera que parece de metal. Un cobre furioso, fantástico.

Mi compañero apenas mueve los labios, no le entiendo. ¿Quiere opinión de la escena? ¿Que me aleje o me acerque?

Avanzo hasta pararme frente al cuerpo. Ladeo la cabeza hacia la izquierda en actitud de observación animal.

La cara de la mujer está maquillada en tono de burla. Hay sadismo en esa boca repleta de fruta podrida desde hace varios días. La apertura de los labios cuarteados deja ver varios tábanos que desaparecen en la oscuridad de su garganta. El zumbido de las alas raspando contra la tráquea hiere.

Entre los dos enormes senos de la muerta hay cosida otra teta. Una tercera mama con un pezón que me mira como si fuese un ojo hindú. Es una teta de piel más oscura. ¿Un ritual? ¿Un souvenir? Noto los hilos que sobresalen entre las pieles unidas. No, eso no es amor.

 

 


Mariana Kozodij (Argentina, 1983) nació en Quilmes, Buenos Aires. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y periodista. Trabajó en radio, gráfica y televisión. En coordinación con Juan Marcos Almada preparó la antología 12 rounds, cuentos de boxeo (2012). Es autora del libro Amalia (2013), obra publicada dentro del marco de la Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense.

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Crímenes narrativos

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