“Conjunto vacío”, por Verónica Gerber Bicecci

Mi expediente amoroso es una colección de principios. Un paisaje definitivamente inacabado que se extiende entre excavaciones inundadas, cimientos al aire libre y estructuras en ruina; una necrópolis interior...

Mi expediente amoroso es una colección de principios. Un paisaje definitivamente inacabado que se extiende entre excavaciones inundadas, cimientos al aire libre y estructuras en ruina; una necrópolis interior que ha estado en obra negra desde que recuerdo. Cuando te conviertes en coleccionista de inicios también puedes corroborar, con precisión casi científica, la poca variabilidad que tienen los finales. Estoy condenada, particularmente, a la renuncia. Aunque, en realidad, no hay mucha diferencia, todas las historias terminan bastante parecido. Los conjuntos se intersecan más o menos igual y lo único que cambia es el punto de vista desde el que te toca ver: la renuncia es voluntaria, el consenso es la menos común de las opciones, y el abandono es más bien una imposición.

Tengo talento para empezar. Me gusta esa parte. Pero la salida de emergencia está siempre a la mano así que también me resulta relativamente fácil saltar al vacío cuando algo no me convence. Emprendo la huida hacia la nada a la menor provocación. Por eso esta vez no quiero preámbulos, intentaré evadir el comienzo, ya tengo demasiados. Estoy cansada de los preludios y el único momento al que podría volver con cierta seguridad es a aquel desenlace, a ese rompimiento que lo cambió todo en primer lugar, que me convirtió en una desertora, en una compiladora de historias irremediablemente truncas.

Un buen día, sin previo aviso, desperté en el final. No me había levantado de la cama cuando, desde la puerta de la habitación, a punto de irse a dar clase, el Tordo(T) me dijo:

Ya no eres la misma de antes.

Estuve intentando entender qué quería decir con eso el resto del día y no pude salir de las sábanas. ¿En qué momento dejé de ser la que era?

Todo sonaba muy raro, incluso sospechoso.

Pensé que tal vez se trataba de su crisis de los cuarenta. Pero no. Poco después entendí que cuando alguien te dice: “Ya no eres la misma de antes”, significa literalmente: “Estoy enamorado de alguien más”.

Me quebró. El Tordo(T) me quebró.

Casi de un día para otro tuve que meter toda mi ropa en una maleta, escoger algunos libros, escribir una carta de despedida que nadie me pidió, llamar un taxi y volver al único lugar al que podía ir: el departamento de Mamá(M).

Había intentado olvidarme de ese tercer piso. De sus cañerías tapadas, sus platos y vasos desechables, del lavadero en la azotea donde enjuagábamos las ollas y sartenes de vez en cuando, de los electrodomésticos fundidos y del baño vaquero al que mi Hermano(H) y Yo(Y) nos acostumbramos como si viviéramos en otro siglo. Había dejado de pensar en su inevitable aspecto de laboratorio de paleontología: los panales de polvo; la colección de esqueletos que alguna vez fueron plantas, clavada en las macetas; las bolas de pelusa adheridas unas a otras formando extraños amortiguadores de peluche en las esquinas; los dibujos de cochambre en las paredes y techo de la cocina; la pátina gris de los vidrios, producto de infinitas capas de lluvia seca; y la serie de extraños microorganismos creciendo en los frascos abandonados del refrigerador.

Aunque hubiéramos podido pedirle a papá, nunca trajimos a un plomero, no contratamos a alguien para que limpiara, ni limpiamos nosotros mismos porque –estábamos seguros– ella dejaría algún rastro.

No hicimos nada.

La casa se quedó suspendida en el tiempo. Seguía tal como el día que dejamos de ver a Mamá(M).

Entré a mi cuarto y me metí debajo de mi viejo y fiel edredón de Humpty Dumpty. Descubrí muy pronto que aquel final abrupto hizo que las cosas volvieran al principio, a algún principio. O al menos a ese lugar en el que estaban tiempo atrás, antes del Tordo(T). Lo supe porque abrí los ojos en la madrugada y la escuché cruzando el pasillo, hablaba en voz alta esa lengua extraña e iracunda que nunca fui capaz de descifrar. Mi cuerpo se levantó automáticamente, me asomé desde la puerta de mi cuarto y lo único que había era la luz azulada de la pantalla de la computadora iluminando el pasillo. Pero ella no estaba.

A mi Hermano(H) siempre podía encontrarlo a altas horas de la noche en el estudio. Él tenía insomnio. Creo que hacer guardia era su forma de esperar a Mamá(M). Improvisó una conexión de internet con un cable telefónico y las contraseñas que la universidad le daba a papá; se conectaba solamente en la madrugada porque tenía miedo de que alguien lo descubriera duplicando el usuario. Yo(Y) despertaba repentinamente, no quería esperarla, pero mi sueño se había vuelto tan ligero que podía salir de la cama de un segundo a otro con cualquier sonido. Aunque nunca le pregunté, estoy segura de que mi Hermano(H) también la escuchaba. Seguí la luz y lo encontré ahí sentado, navegando; era como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera vivido en casa del Tordo(T). Todo seguía igual.

Volviste, dijo mi Hermano(H).

No fue necesario contarle nada. La derrota es muda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RANGMEBOO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

conjunto vacio

 

Fragmento de la novela Conjunto vacío (Almadía, 2015)

 

 


Verónica Gerber Bicecci (México, 1981) nació en la Ciudad de México. Artista visual que escribe. Autora de los libros Mudanza (Ed. Auieo–Taller Ditoria, 2010) y Conjunto vacío (Ed. Almadía, 2015). Ha expuesto en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), el Museo de la Ciudad de México, el Museo Experimental el Eco y el Centro Cultural de España, entre otros. Es editora en la cooperativa Tumbona Ediciones (www.tumbonaediciones.com), un proyecto de edición independiente interesado en la escritura experimental, el pensamiento heterodoxo y los cruces entre literatura y arte. Sitio web: www.veronicagerberbicecci.net

Foto: Adrián Duchateau y Gatopardo.

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Crímenes narrativos

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