“Sin freno por la senda equivocada”, por Orlando Echeverri Benedetti

1. Hace tiempo no escribo ni una lista de mercado. A decir verdad, hace tiempo ni siquiera hago mercado. Aún así continúo ganando peso. La culpa es sin duda...

1.

Hace tiempo no escribo ni una lista de mercado. A decir verdad, hace tiempo ni siquiera hago mercado. Aún así continúo ganando peso. La culpa es sin duda de esos cocteles gratuitos en la Casa España, de las frituras del centro y de las cinco cervezas que me zampo al mediodía. Todas las mañanas me veo en el espejo y pienso, Rey, tienes que hacer algo, carajo. Das grima, por el amor de Dios. Y justo cuando empezaba a reunir fuerza de voluntad para cambiar mis costumbres alimenticias sucedió todo esto. ¿Qué pensaría el colega Rodríguez si se enterara de que apareció el cuerpo de Garner? Por cierto, ¿dónde se metió ese cabrón? Hay que registrar los extraordinarios acontecimientos de los últimos días.

El cuerpo apareció en las piedras de la bahía de Castillogrande, si acaso se puede llamar cuerpo a esa tira de piel verdusca, nervuda, enrollada a los huesos como una toalla mojada. Lo primero que hice cuando llegué al lugar fue bajar por las piedras del espigón para capturar los mejores ángulos del cadáver. Tomé veintitrés fotografías y tras concluir miré hacia atrás y encontré a Mara. Estaba allí de pie, con ropa deportiva y una visera verde entre los curiosos que no comprendían cómo una cosa tan espeluznante tuvo la desfachatez de encallar en la costa del barrio más sofisticado de la ciudad. No pasé por alto que Mara tenía una nueva y voluptuosa apariencia. Al principio me estudió como si no se atreviera a saludar o como si le diera vergüenza hacerlo o, por qué no, como si yo representara una época de su vida que quisiera eliminar. O de pronto, y para ser justo, fueron sólo prejuicios míos. Trepé por las piedras del malecón, subí por el muelle y me acerqué a ella. La saludé con un movimiento tosco de la mano y comencé a hablar.

Traté el tema del muerto como si le describiera la parte más interesante de una película de terror. No le dije de quién creía que era el cadáver y cuando terminé de hablar descubrí que me miraba con un gesto de miedo y asco. Para hacer el momento un poco más ameno, opté por cambiar de tópico preguntándole sobre su restaurante. Me dijo que, primero, técnicamente no era un restaurante sino un bistró, y segundo, que hasta el momento las cosas eran complicadas. Antes de irse, como si se le ocurriera de repente, me invitó al bistró para recordar viejos tiempos y ofrecerme un trabajo. Según ella, necesitaba que alguien le tomara algunas fotografías al local. La razón me la iba a explicar después con calma. Acepté y luego de acordar la hora de la cita se despidió dándome un beso en la mejilla. En lo que duró la conversación debí hacer un esfuerzo sobrehumano para disimular la erección. Desde luego, la invitación me suscitó sospechas. ¿Qué trabajo? ¿Por qué a mí? Después de descargar las fotografías en el periódico y de tomar otras tantas en una catedral en restauración, fui a mi casa y me masturbé con suavidad recordando a Mara. Luego me quedé dormido. Cuando desperté vi en el reloj que tenía el tiempo justo para cumplir con la cita. Me parecía que tomar fotos a esa hora de la noche no era buena idea, pero dada la naturaleza de la invitación, llevé conmigo mi cámara Nikon.

 

2.

Aunque sólo había reparado en el bistró desde la calle una o dos veces desde su apertura, una vez adentro, el lugar me pareció ideal para esperar el fin del mundo: íntimo, acogedor, oscuro. Las películas de temática apocalíptica siempre hicieron que me planteara dónde querría esperar la hecatombe y el bistró llenaba mis expectativas. Sobre todo si Mara estaba allí.

Eran más o menos las once y media de la noche cuando llegué. No había ningún comensal a esa hora y fui directo a la cajera para anunciarme. Ésta fue a la cocina y llamó a Mara por un tragaluz. Mara asomó la cabeza por el mismo hueco y me dijo que no tardaría en salir, que me acomodara en una mesa junto a la ventana para que pudiera fumar. Y a pesar de que yo jamás he puesto un cigarrillo en mi boca, obedecí. Afuera había otras mesas y de vez en cuando pasaban extranjeros o borrachos que daban traspiés en la calle adoquinada. Luego reapareció Mara con un delantal pendiendo del brazo. Se sentó delante de mí sin abrir la boca. Tenía la cara sudada, los ojos encarnizados y un olor amargo como mezcla de cilantro y perfume fino. A pesar de esos detalles, seguía siendo Mara, la misma mujercita menuda y mordaz. La única diferencia era que ahora tenía implantes de silicona.

Me pareció apropiado decirle que se veía hermosísima esa noche. Quizá descreída, se soltó el pelo sin prestarle atención al comentario. Como me pareció que estaba cansada y de mal humor, le dije que si se sentía indispuesta podíamos arreglar un encuentro para otra ocasión. No seas bobo, Rey, me respondió. Luego añadió que le gustaba salir del trabajo y hacer algo antes de dormir, porque regresar directo a casa la estaba convirtiendo en una máquina. Me contó que Lino Rodríguez se había largado del país con la mujer de Garner. Después se quedó en silencio y yo pensé con envidia que, mientras al colega el mundo se le ampliaba, a mí, en esta ciudad, se me hacía cada vez más asfixiante.

Afuera comenzó a llover y nos concentramos en las gotas que se estrellaban contra las mesas distribuidas por el andén. Pronto la calle quedó abandonada. La situación era por lo demás incómoda. ¿Qué hacía yo ahí? Por el semblante de Mara deduje que algo la abatía. Sólo despertó de su ensimismamiento para preguntarme si quería beber algo. Como no logré decidir qué se me antojaba, ella decidió por mí. Trajo del mostrador una botella de vino que ya estaba abierta y una tabla con queso y fiambre. Un rato después la cajera fue a nuestra mesa y le dijo que se iba. Mara le respondió que le dejara las llaves, que esa noche ella se encargaría de cerrar el negocio. La vimos ponerle una cadena a las mesas de afuera y marcharse calle arriba con un paraguas púrpura.

 

Fragmento de la novela Sin freno por la senda equivocada (El Peregrino Ediciones, 2015)

 


Orlando Echeverri Benedetti (Colombia, 1980) es escritor y periodista nacido en Cartagena de Indias. Estudió Filosofía y fue redactor del diario El Universal. Ha colaborado con varios medios, entre los que se cuentan las revistas Universo Centro y Los Noveles. Vivió en Buenos Aires, Barcelona y Berlín. En la actualidad trabaja como fotógrafo para una agencia de investigación privada de Bangkok, Tailandia. En 2014 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Colombia con la novela Sin freno por la senda equivocada.

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Crímenes narrativos

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