“La regla de los nueve”, por Paula Ilabaca Núñez

No estoy muy segura de lo que pasó. Yo estaba durmiendo. Me despertaron el timbre y los golpes en la puerta. Después sentí el humo que había en mi...

No estoy muy segura de lo que pasó. Yo estaba durmiendo. Me despertaron el timbre y los golpes en la puerta. Después sentí el humo que había en mi pieza. Yo duermo en el primer piso, mi ventana da hacia el patio. Estoy acá porque usted me lo pidió y yo no quiero tener problemas con usted.

No fue fácil venir hasta acá, ¿sabe? No fue fácil. Todavía estoy con la garganta reseca y no me siento bien, pero estoy decidida a contar lo que sé y ver si es que existe alguna forma de entender lo que ha pasado. Usted sabe de esto, seguro ha escuchado a mucha gente, hombres, mujeres; usted debe saber de lo que le hablo. Lo que sí debo decirle es que no puedo creerlo. No puedo creerlo. Nadie la prepara a una para ser mamá, sabe, y siempre dicen que ser madre es lo más maravilloso que te puede pasar. Para mí no fue así. El Gabrielito era difícil y llegó un momento en que se alejó de mí, así, sin más, se puso atrevido, ingrato. No parecía mi hijo, quizás él ya no se sentía mi hijo.

Estuve todo el día pensando qué pudo haber salido mal. Siento que usted me mira como diciendo “al final todo salió mal”. ¿Usted tiene hijos? Seguro entenderá entonces lo que le quiero decir. Nadie le enseña a una a ser madre. Ni la propia madre de uno puede hacerlo. Uno cuando es hijo o hija siente, vive, perdona o no, pero no sabe qué hará cuando se convierta en padre o madre. Usted sabe de lo que le estoy hablando. Uno lo da todo por ellos, todo. Yo al Gabriel lo eduqué, lo formé, le di todo lo que me pertenecía. Me desviví y trabajé por él. Una espera que respondan bien. Yo no sé qué hice para que el Gabrielito hiciera lo que hizo. Yo espero que cuando sean grandes sus niñitas le respondan bien. Se lo deseo de todo corazón.

Le quiero decir una cosa. Después de que se fueron todos esta mañana, me quedé un rato en la pieza del Gabriel. En lo que quedó de su pieza. Qué manera de tener papeles. Fue extraño, ¿sabe? Siempre fui yo la que le hice el aseo, la cama, ordenaba todo, pero esta mañana me sentí libre de tomar lo que ahí había. Abrí cuadernos, miré sus libros. Después fui a la otra pieza que él tenía, un estudio como le decía él, que para mí era otra pieza más, con la única diferencia de que no había cama: solo un escritorio que le había hecho su papá y estantes llenos de enciclopedias, libros y revistas que coleccionaba. Miré los libros de su biblioteca. Por su carrera él leía mucho. Geología. Estaba en segundo año. Siempre hablan de que ser madre es lo mejor que a una le puede pasar en la vida, y sí, no se lo voy a negar. Aunque hoy siento que eso es una pura mentira, y siento también que todo lo que me tocó ha sido un infierno. Sobre todo ahora, imagínese, aquí, frente a usted, contando esto. ¿Usted de verdad quiere escuchar cómo vivíamos? ¿Desde el principio? Eso es irse hacia muy atrás, pero bueno, qué le vamos a hacer. Pensaba, ahora que venía hacia acá, que tenía que contarle todo a usted. Sí, eso pensaba, quizás esto puede servir de algo.

 

Fragmento de la novela La regla de los nueve (Emecé, 2015)

 


Paula Ilabaca Núñez (Chile, 1979) es escritora, licenciada en Literatura Hispanoamericana, profesora de Lenguaje y gestora cultural. “Premio de la Crítica” UDP 2010 por su libro de poesía La perla suelta, que escribió como becaria de la Fundación Pablo Neruda el año 2007. Sus poemarios La ciudad lucía y Penínsulas (inédito), recibieron la beca de creación del CNCA en los años 2006 y 2013, respectivamente. Ha participado en encuentros literarios en Argentina, Perú, Colombia, Alemania, México, Uruguay, Ecuador, Venezuela y Noruega. En 2014 recibió el premio “Juegos Literarios Gabriela Mistral”, otorgado por la Municipalidad de Santiago, por la novela En llamas, que se publicó en 2015 con el título La regla de los nueve.

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Crímenes narrativos

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