“El cielo de Lima”, por Juan Gómez Bárcena

Al principio es sólo una carta ensayada muchas veces, queridísimo amigo, estimado poeta, muy señor mío; un comienzo diferente para cada pliego que acaba rasgado bajo el escritorio, lustre...

Al principio es sólo una carta ensayada muchas veces, queridísimo amigo, estimado poeta, muy señor mío; un comienzo diferente para cada pliego que acaba rasgado bajo el escritorio, lustre de las letras españolas, distinguido Ramón Jiménez, admirado maestro, compañero. Al día siguiente la sirvienta mulata barrerá las pelotas de papel esparcidas por el suelo y las confundirá con borradores de poemas del señorito Carlos. Pero esta noche el señorito Carlos Rodríguez no escribe poemas. Fuma un cigarro tras otro con su amigo José Gálvez y juntos sopesan las palabras precisas con que dirigirse al Maestro. Antes han buscado su último libro por las librerías de toda Lima y sólo han encontrado una edición resobada de Almas de violeta, que ya han leído muchas veces y cuyos versos son capaces de recitar de memoria. Y ahora garabatean tantas palabras que un instante después sonarán ridículas, noble amigo, insigne pluma, nuestro más audaz renovador de las letras, acaso usted, en su infinita bondad, no tendría un gesto para con nosotros sus amigos del otro lado del Atlántico, sus fervorosos lectores del Perú —pues ha de saber, don Juan Ramón, que acá seguimos sus versos con una admiración de la que acaso no tenga noticia—; no sería muy inoportuno por nuestra parte rogarle nos hiciera llegar un ejemplar de su último libro, de estas arias tristes suyas imposibles de hallar en Lima; no sería, ah, un abuso esperar esa pequeña atención de usted sin remitirle las tres pesetas de su precio.

Cuando se cansan beben pisco. Abren las ventanas para asomarse a las calles desiertas. Es una noche sin luna, corre el año 1904; apenas son unos niños de veinte años, con la juventud suficiente para sobrevivir a dos guerras mundiales y celebrar el trofeo de Perú en la Copa de América, casi treinta y cinco años más tarde. Pero por supuesto ahora no saben nada de eso. Sólo rasgan un papel tras otro, en busca de unas palabras que saben imposibles. Porque con la última carta arrojada al suelo comprenden por fin que no conseguirán su ejemplar firmado de Arias tristes por mucho que lo llamen admirado prócer de las letras y honra de España y las Américas; ni una sola línea a vuelta de correo si le confiesan que son sólo dos señoritos jugando a ser pobres en una buhardilla de Lima. Hay que adornar la realidad, porque al fin y al cabo eso es lo que hacen los poetas, y ellos lo son, o al menos sueñan con serlo a lo largo de muchas noches en vela como ésta. Eso es exactamente lo que están a punto de hacer ahora, el poema más difícil, uno que no tenga versos pero sepa conmover el corazón de un verdadero artista.

La primera vez parece una broma pero luego resulta que no es una broma, uno de los dos dice casi sin pensarlo: sería más fácil si fuéramos una mujer bonita, verías cómo entonces a don Juan Ramón se le iba el alma en contestarnos, esa alma suya de violeta, y entonces se interrumpe de pronto, los dos jóvenes se miran un momento y casi sin quererlo la travesura ya está urdida, ríen, se felicitan por la ocurrencia, intercambian palmadas y vasos de pisco, y a la mañana siguiente se reúnen en la buhardilla con un pliego de papel perfumado, que Carlos se ha acordado de robar del escritorio de su hermana. Es también el propio Carlos quien escribe; tantas veces se burlaron en el liceo de su caligrafía de mujer, de letras redondas y suaves como una caricia, y por fin ha llegado la hora de sacarle algún partido. Cuando usted quiera, señor Gálvez, dice conteniendo la risa, y juntos comienzan a recitar esas palabras largamente maduradas para las que sólo necesitan papel verjurado y un escribiente con letra de mujer; ese poema sin versos que no recogerá ningún libro pero que está a punto de hacer lo que sólo sabe la mejor poesía: nombrar lo que nunca antes ha existido y darle vida.

De esas palabras nacerá Georgina, tímidamente al principio, porque así es como escogen que sea, una jovencita miraflorina que suspira con los versos de Juan Ramón y cuya candidez les hace reír en las pausas. Una muchacha que de tan ingenua sólo puede ser bonita. Es ella la que pide un ejemplar de Arias tristes; ella la que está tan avergonzada por su atrevimiento; ella la que ruega al poeta que la disculpe y la comprenda. Falta la firma, y con ella un apellido sonoro y poético, que acuerdan tras un largo debate en el que agotan la bebida y las pastas: Georgina Hübner.

Y Georgina empieza por ser sólo eso, un nombre y una carta lacrada que viajará de mano en mano durante más de un mes, primero en el escote de la criada analfabeta, más tarde en el bolsillo del mozo que por el encargo cobra medio sol y un pellizco en el inmenso culo africano de la sirvienta. Después pasará por las manos de dos empleados de correos, un estibador aduanero y un marinero de línea; de ahí al vapor que cubre el trayecto Lima-Montevideo, en un saco de cartas en el que por lo general abundan las malas noticias. De Montevideo un rodeo innecesario hasta Asunción, por la negligencia de un cartero al que le faltan treinta días para jubilarse y la vista necesaria para entender las caligrafías pequeñas. De Asunción en tren de nuevo hasta Montevideo a través de la selva, para embarcarse en la bodega de un buque donde se salvará de forma milagrosa de las mandíbulas de una rata que antes ha dejado irreconocibles otras muchas cartas.

Y todavía entonces Georgina no habrá comenzado a vivir; todavía no será más que un papel de esquela que en la oscuridad de la saca de correo estará ya perdiendo su último aliento a perfume. Aún le quedan tres semanas de viaje transatlántico, acompañada por dos polizones que cada tanto se susurran impresiones en un portugués de los arrabales; y después el desembarco en La Coruña, el tren, la oficina de postas, y de nuevo el tren, el empleado de correos que no lee poesía y a quien el nombre del destinatario no le dice nada, Madrid, Madrid por fin. Y resulta que en algún punto de su larga travesía Georgina ha comenzado a respirar y a vivir; que cuando por fin llega a la casa del poeta es ya una mujer de carne y hueso, una jovencita lánguida que palpita a través de un arroyo de tinta y ahora espera respuesta en su quinta de Miraflores. Un ser tan real como la carta sin aroma que Juan Ramón Jiménez abrirá esa misma mañana en su despacho, con manos primero firmes y después temblorosas.

 

Fragmento de la novela El cielo de Lima (Salto de Página, 2014)

 


Juan Gómez Bárcena (España, 1984) nació en Santander. Es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, en Filosofía y en Historia. Ha publicado la novela El cielo de Lima (2014, traducida al inglés, el italiano y el portugués), con la cual obtuvo el Premio Ojo Crítico de RNE de España, el Premio Ciudad de Alcalá y el Premio Sintagma al Mejor Libro seleccionado por los lectores. Su libro de relatos Los que duermen (2012) fue considerado una de las mejores óperas primas de 2012 por El Cultural de El Mundo, y recibió el premio La Tormenta en un Vaso al mejor autor revelación. Como crítico, se ha hecho cargo de la antología de nueva narrativa española Bajo treinta (2013). Ha sido becado por la Fundación Antonio Gala, la Fundación Caixa Galicia, la Fundación BBVA y disfrutó también de una residencia en México DF, patrocinada por el FONCA.

Foto: Isabel Wagemann

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Crímenes narrativos

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