“Nunca sabré lo que entiendo”, por Katya Adaui

Nunca he sufrido de ataques de pánico. En una carretera hacia un reportaje, el chofer de nuestra van alcanzó a decirme con una voz diferente que debía detenerse. La...

Nunca he sufrido de ataques de pánico. En una carretera hacia un reportaje, el chofer de nuestra van alcanzó a decirme con una voz diferente que debía detenerse. La señal de una desgracia. Perdón, no sé qué me pasa. Primero, un desmayo, un temblor enardecido. El cuerpo entero empujado al descontrol. La respiración más cerca de la muerte que de la vida. Los ojos dispuestos a huir de sus órbitas. El hombre parecía capaz de transformarse en otra criatura o de incendiarse por combustión espontánea. Sus manos se aferraron al timón como a una respuesta concreta. Me dije: tómatelo con calma. Intenté nombrar lo desconocido, pensé: va a morir. Morirá delante de mí. Cuando volvió del silencio, sus pupilas se recuperaron de todo desfallecimiento. Es en los ojos donde conviven el pálpito de la muerte y la angustia de la vida. Según una ley de la física, el acto de observar un evento inevitablemente modifica ese evento. Recuerdo las palabras del único asesino que entrevisté. Me miró directo a los ojos mientras hablaba; sus ojos inyectados de vacío, como si la vieja orden dada a otros estuviera aquella vez dirigida solo a mí: “Les dije: Entiérrenlo boca abajo. Si llega a despertar, que cave hacia la tierra”.

Si lo hubiera conocido en otras circunstancias, le hubiera pedido al pintor que nos dibujara un hijo. Así de desesperados estábamos, adorando a los hijos de nuestros amigos como a dioses.

Padres que, a la hora de los gatos, liberan discretamente en Disney las cenizas de sus hijos. El desconcierto de la Bella Durmiente y de la Sirenita que los espían con una extraña mueca en la boca, tan extraña como un grupo de niños que no juega.

Nunca pude decirle a Tomás: Deseo un hijo tanto como no lo deseo. Tampoco pude confiarle: Cada vez me angustia más pensar en los minutos que el avión de papá tardó en estrellarse en la selva. En los aviones estoy pendiente del techo, espero el oxígeno. Si cae la mascarilla, todo estará perdido. Soy la que no entiende por qué en las turbulencias nadie grita conmigo. Póngase primero la mascarilla antes de auxiliar a otros. Si viaja un niño a su lado…

¿Cuál fue el último pensamiento de mi padre? ¿Qué fue lo último que le dije?

El Sistema de Negación No-Letal de Aves podrá detectar a los pájaros cuando se acerquen a los aviones y generará ondas por infrasonido para espantarlos.
¿Cómo es morir rodeado de extraños? ¿Cómo es ver a los otros morir primero?

Madre causó un incendio. Cuando yo tenía doce años, una de sus mejores amigas nos prestó su casa de campo para nosotras solas. Todo el terreno tenía poco más de una hectárea. La casa estaba rodeada por un cerco vivo de eucaliptos. Un bosque que había tardado décadas en formarse. Madre creyó que los árboles tenían demasiadas hojas. Vamos a rebajarlos, están muy tupidos. Eso dijo, como si se tratase de entrecortarle el pelo a alguien. Pensé: si hace esta locura es porque está loca. Las hojas de eucalipto no prenden, se incendian; su estado es parecer siempre secas. Ella creó una mecha de hojas que empapó con aceite de cocina. Todo el cerco comenzó a arder. Las llamaradas anaranjadas y azules crecían espigadas. Las ramas caían delgadísimas; se pulverizaban en el aire. Nos encerramos en la casa. El aire olía a un sauna infernal. A insectos chamuscados. Yo fui quien llamó a los bomberos. La telefonista de la central dudó de mi voz de niña. Tardaron media hora en llegar. Estamos vivas, decía Madre, sobrevivimos. Cómo sonreía. Su mirada salvaje al descubrir el valor del fuego. Diles que lo hiciste tú, me exigió, cuando las sirenas de los bomberos se acercaban. A cambio te doy lo que me pidas. Estoy segura de que originar un incendio fue para ella una temeridad aceptable, uno de esos actos injustificables a concederse alguna vez, como quedarse con la billetera que alguien acaba de olvidar en un baño público. Me culpé del incendio para conseguir el primer viaje de mi vida.

Nadamos con noctilucas en mar abierto. Nos lanzamos a las oscurecidas aguas del Andamán desde la proa del barco, uno detrás de otro. Solo dos muchachos prefirieron permanecer a bordo. Le pidieron a Míster Ninja unas cervezas y las sobras del pescado. Lleven solo los lentes, gritaba el capitán, ronco y lejano. Tomás dijo: No veo nada. Tú, ¿sí? Era verdad, sin lentes no se distinguía luz alguna. Pudimos encender las noctilucas con el movimiento de nuestros cuerpos, como estrellas que se acercaban y replegaban. Solo por tener este recuerdo ya valió la pena venir, dijo. Yo le dije: Nunca olvidaremos esto. Y Tomás: No lo olvidaremos. Cuando volvieron todos al barco, como agotados de mirar, nosotros pedimos que nos permitieran quedarnos más tiempo en el agua. Nos agarramos de la escalera, hundimos la cabeza y observamos el casco ardiendo. Mira, mira, nos hicimos señas alocadas. ¡El mar estaba vivo, podíamos verlo de noche como de día por primera vez! Por primera vez sin sentir miedo, nuestras vidas perteneciéndole. La marea nos movía con él. Nosotros y él, resistiendo el anclaje.

El piloto que se sincera en una reunión:
Ustedes estarán cansados de los vuelos con turbulencias pero yo anunciaría en cada vuelo: Son una molestia pero no griten, no harán que se caiga el avión, ni siquiera los rayos. Eso sí, cuando pedimos a las sobrecargos que permanezcan sentadas es porque podríamos ingresar a una zona de turbulencias o tratarse de un misil o cualquier cosa.

La palabra manuscrito se ha vuelto anticuada. Más de un tercio de la población mundial no escribe a mano desde hace más de seis meses. Yo dependo de mi cuaderno de apuntes y de este lapicero. Es un lapicero que podría perder sin remordimientos, pero en este viaje su misión lo obliga a conservarse para mí. Hasta ahora no utilizo su borrador. La envoltura amenaza: La tinta se hace permanente si no se borra en venticuatro horas lo escrito. Como al pintor, a mí tampoco me gusta arrepentirme.

Desnudo paradójico:
En la fase final de la hipotermia, te arrancarás la ropa que te mantenía caliente.

Las manos de Madre temblaban; los dedos encorvados en su propia rigidez, como haciendo un puño todo el tiempo. Ella: Las miro y quiero llorar. Incapaz de firmar su propio nombre y con la fascinante caligrafía convertida en símbolos inofensivos: estrellas, peces.

Un avión se ha estrellado por cada dos millones y medio de vuelos.

Durante la tarde, en el mar diáfano le había preguntado a Míster Ninja: ¿Me puedo lanzar al agua desde acá, no me lastimaré la cabeza? Respondió: Entre usted y esas piedras hay siete metros de distancia.
La última palabra que Madre (me) dijo antes de morir fue sálvame.

Míster Ninja, si pudiera contarle qué aprendí del mar… Debajo de nosotros renacía el mundo, este origen imposible. Las piernas no tenían sustentos para aferrarse. Se sacudían anfibias. Familias de peces se burlaban de nosotros con burbujas que la luz atravesaba confundidas con las burbujas de tanques de buzos, de tal manera que éramos incapaces de determinar cuál reino dominaba. Solo conseguimos admirar con primigenio terror lo desconocido y seguir nadando.

Escribo:
Madre, madre, ¿por qué no puedo dejar de ser hija?

 

Fragmento de la novela Nunca sabré lo que entiendo (Planeta, 2014)

 


Katya Adaui (Perú, 1977) nació en la ciudad de Lima. Es escritora y fotógrafa, autora de la novela Nunca sabré lo que entiendo (2014), de los libros de cuentos Algo se nos ha escapado (2011; 2013) y Un accidente llamado familia (2007). Sus cuentos aparecen en diversas revistas y antologías peruanas y extranjeras. Escribe el blog: www.casadeestrafalario.lamula.pe. Actualmente cursa la maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero, en Buenos Aires.

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Crímenes narrativos

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