“Flores en las ventanas”, por Joseph Avski

The meaning of life is that it stops. Kafka   Me tomó por sorpresa saber que no era yo, que era otro. Yo, o quien yo creía ser, caminaba...

The meaning of life is that it stops.
Kafka

 

Me tomó por sorpresa saber que no era yo, que era otro. Yo, o quien yo creía ser, caminaba por un pasillo de una universidad con la intención de salir a fumar un cigarrillo. Afuera la nieve caía en silencio y se acumulaba en las ramas de los árboles y en las cuencas de las hojas. La plazoleta que separaba el edificio de la biblioteca estaba blanca y vacía como una postal de Moscú. Un animal bajó corriendo por las ramas secas de un árbol que alcanzaba el quinto piso de la biblioteca y recorrió a toda carrera la plazoleta como corriendo sobre una nube. Parecía perdido, como si siempre hubiera sido un perro y ahora se descubriera de pronto transformado en ardilla. Saqué el tabaco y el papel de armar y empecé la honesta artesanía del fumador sin dejar de caminar hacia la puerta, entonces un alumno me paró y me pidió una firma.
—¿Qué?
—Profesor, por favor, una firma frente a su nombre, para poder presentar el examen una semana antes.

No tenía ni idea de qué estaba hablando. Me mostró el documento y el lugar donde debía firmar:
Joseph Avski _________________________

Quise explicarle que yo no era Joseph Avski, que me confundía con alguien más.
—Me llamo José Palacios —intenté explicarle—. Creo que me está confund…
—Profesor, por favor, necesito llevar esto a la oficina a las cinco, antes de que cierren.

Pobre muchacho, sólo faltaban cinco para las cinco y aún tendría que encontrar a su profesor y correr a la oficina. Pensé en ayudarlo pero no sabía cómo firmaba Joseph Avski. Volví a tomar impulso para explicarle su error.
—Lo que pasa…
—Profesor, firme con cualquier nombre.

La manera más rápida para escabullirme de la situación y salir a fumar era firmar. En mis manos tenía uno de los cigarrillos de artesanía más delicada que había logrado durante mis años de armador. Tomé la hoja y frente al nombre estampé mi firma:
Joseph Avski
—Gracias, profesor. Nos vemos el martes.
—De nada —respondí pensando que sin duda no nos veríamos el martes.

Por fin salí del edificio y encendí mi cigarrillo. Mientras fumaba inventaba historias a partir de las huellas de pisadas en la nieve. Hacia la derecha había caminado una pareja. Él, grande y pesado, a juzgar por las huellas. Ella pequeña, rubia, con un abrigo largo que daba la impresión de haber sido confeccionado a partir de los restos de un módulo lunar, detrás del cual podía esconder su timidez. En realidad él quería hablar de hockey pero fingía interés en su historia. En silencio pensaba que era un poco tonta por más que fueran de camino a la biblioteca. Quizá era cierto que las rubias eran más tontas, quizá sólo ésta fuera más tonta. Él se tenía a sí mismo en gran estima intelectual. Hacía pocos días había demostrado su poderío mental. En una fiesta de fraternidad, ya un poco borracho, había abordado a un estudiante de matemáticas al cual conocía poco, pero que tenía fama de pequeño genio, y le había explicado que su decisión de estudiar negocios demostraba que era más inteligente; por un lado tendría que hacer un esfuerzo mucho menor, mientras por el otro tendría un salario mucho mayor al momento de graduarse. En realidad no recordaba nada de esa fiesta a partir de su intervención, a lo mejor el matemático había respondido con algo ingenioso, no lo recordaba, pero estaba seguro que todos habían quedado impresionados con su sagacidad. Recordó que su compañera había estado en la fiesta y le pareció que la biblioteca era un buen lugar para preguntarle si recordaba el incidente. Quizá ella quedó muy impresionada por sus argumentos esa noche y por eso le pidió que la acompañara a la biblioteca, después de todo era rubia y fácil de impresionar.

Junto a los pasos de la pareja había huellas de bicicleta. Un estudiante ecuatoriano nacido en Estados Unidos cuando, treinta y dos años antes, su padre hacía el doctorado. En sus últimas vacaciones en Loja había hecho planes para que su novia viniera a vivir con él. En realidad imaginaba un paralelismo temporal por el cual su hijo también nacía en otro país mientras estudiaba el doctorado, y volvía a Loja con dos o tres años. Esos anillos concéntricos, esas formas cerradas pero elusivas siempre lo habían fascinado. Una vez, cuando niño…
—Aquí estás, Joseph Avski —me interrumpió una mujer de unos treinta años.
—¿Qué?
—Llevo buscándote un buen rato.
—No, lo que…
—También había un alumno tuyo buscándote con mucho afán. Necesitaba una firma o algo así, ¿lo viste?
—Sí, ya firmé.
—No sé cómo te aguantas este frío, me voy para la casa a darme un baño caliente. Muchas gracias por prestarme el carro, aquí están las llaves —me extendió un llavero—. Está en el parqueadero RU31, detrás del edificio de química — me gritó ya alejándose y desapareció sin darme tiempo para explicarle su error.

* * *

Antes de ser Joseph Avski yo era un estudiante de física que nada entendía de ser profesor de una universidad en los Estados Unidos o un escritor ganador de premios. Por esos días mis novelas no eran prohibidas ni otros escritores se sentían amenazados por mi éxito. Yo vivía en una casa de pensión paupérrima donde me llamaban Kafka, me visitaba mi novia a diario y sólo me daban carne los viernes al almuerzo. Por las mañanas, después de ducharme, salía tomar al desayuno. Tenía que comer apresuradamente porque la demora aumentaba las probabilidades de que el gato de la pensión, desnutrido y vagabundo como todos nosotros, saltara al plato a tomar su parte de los huevos. A pesar de que todas las sillas de la mesa del comedor estaban cojas me quedaba ahí leyendo poesía, o escribiendo unas pocas líneas antes de irme a la universidad; era el único lugar de la casa al que le daba el sol y donde había buena luz para leer.

Intenté volver a ser quien era pero mi mundo había desaparecido. Volví a la pensión donde vivía y no la encontré. Según me dijeron, hacía años que la habían transformado en un gigantesco salón de belleza. Mis amigos no me recordaban, los números telefónicos de mi familia no existían, en la universidad no había ningún registro mío, mi perfil de Facebook había no existía. Yo había desaparecido completamente.

No tuve más opción que ser Joseph Avski. Esa primera tarde llegué a su casa sin saber qué hacer, sin saber qué iba a encontrar. Me paré bajo la nieve que caía pero parecía no tocarme, se acumulaba frente a la puerta y sobre el dintel de la ventana. Por todas partes había unas huellas diminutas de otro animal desorientado, quizá otra ardilla, otro perro. Podía haber una esposa diligente detrás de la puerta, o una loca obsesionada con las postales de carros y el color amarillo. Podía encontrar dos niños que brincaran sobre mí y me llamaran papá, o que me ignoraran por estar jugando video juegos. Decidí llamar a la puerta y esperé sin éxito un ruido, una señal. Volví a llamar una segunda, una tercera y hasta una cuarta vez pero no hubo respuesta.
Entonces abrí la puerta y entré en su mundo.

* * *

Joseph Avski tenía planeado desaparecer y dejarme en su lugar. Al entrar a su apartamento encontré una nota suya en la que me explicaba su proyecto. Había abandonado la física y había llegado a los Estados Unidos con la única idea de ser escritor, me explicaba en la nota, pero no todo había salido como pensaba. Hablaba en especial de uno sus proyectos: intentaba escribir una novela ambientada en el departamento de física de la universidad de la cual yo era el protagonista. En ella iban a aparecer todos esos seres alucinantes con los que compartimos esos años, las noches, las drogas, las ideas, las matemáticas, el café negro con cigarrillo por las tardes, la cerveza con cocaína en los callejones cercanos a la universidad por las noches, la honesta dulzura de los amores tortuosos, el humo de mariguana de las lecturas filosóficas, las complejidades delirantes de la mecánica cuántica discutidas con fervor de enamorados. En particular allí debía quedar consignado el amor, la admiración y la gratitud inmensa que había sentido por la mujer con la que compartió esos años, pero no había encontrado lugar para ponerlo. Todo lo que vivimos debía ser parte de esa novela pero después de años de intentarlo, de cambiar el tono, de quitar y poner personajes, de variar el punto de vista, no había logrado nada. Una tarde, después de que la magia apareció en una línea, se extendió a un párrafo, se pavoneó por una escena completa, Joseph Avski la sintió desaparecer con la certeza de que lo hacía para nunca más volver. Por siempre sería incapaz de escribir la novela que tenía en la cabeza. Esa inspiración lo convenció de abandonar el proyecto y desaparecer. Fue entonces cuando tomó la decisión de que yo lo suplantara, seguro de que yo podría terminar su novela, de la que ya yo no, sino él sería el protagonista.

La nota terminaba con una súplica dirigida a mí: “Escríbeme, por favor”.

En ese momento empezó la tarea de volverme Joseph Avski para escribirlo. Me aficioné por sus preferencias. Devoré la prosa furiosa de Henry Miller y agoté la obra de Fernando González, a quien yo había leído como estudiante de física en la universidad, y sobre quien Avski había escrito su tesis doctoral. Reemplacé a Leibnitz por John Dewey y William James, las horas tocando guitarra por la lectura de biografías de físicos, el azar de los casinos por las oscuras lealtades de la academia, las películas dobladas por las voces originales. Descubrí el porno, los excesos macilentos de Charles Mingus, y la comida mexicana. Visité Irlanda y cada uno de sus pubs. Viví en lugares que nunca me propuse conocer y me despedí de amigos que nunca volveré a ver.

Un día ya no era yo.

La tarea de pensar en la novela me consumió. Como Hamlet, me imaginaba una broma que pusiera a la obra dentro de la obra para burlarme tanto de los que estamos dentro de sus palabras maltrechas, como de los que estamos fuera en la realidad marchita. Imaginaba a don Quijote aturdido después de la publicación del Quijote de Avellaneda, confundido, triste, incapaz de levantar su lanza contra ningún molino, contemplando el suicidio al igual que Hamlet. Lo imaginaba borracho, faltando a su honor de caballero andante, buscando pleitos de taverna y piropeando verduleras con su prosa de amante casto. Y una noche lo imaginé levantarse con una resaca portentosa en una posada oscura de La Mancha, dispuesto a acabarlo todo ahí mismo. Con la daga a un lado, hambrienta de muerte, tomó papel y pluma y le escribió a Cervantes para pedirle que lo escribiera y lo librara de la maldición de ser otro.

No tengo duda de que don Quijote murió ahí mismo pidiéndole perdón a Sancho por las promesas incumplidas, cantándole a Dulcinea y maldiciendo a Avellaneda. Esa muerte permitió la novela de verdad, es decir el segundo tomo. El primero era apenas una crónica lograda con buena pluma y humor de circo. La obra de verdad era esa comedia tramada para vengar a un muerto triste. Ese era mi modelo: la gran tragicomedia. Desde luego, no se trataba de plasmar mis ideas, o las de Avski. Todos sabemos que sólo las malas novelas y el periodismo se pueden leer de esa manera. La riqueza de la novela está en que el autor en realidad no llega a controlar el mundo que describe: su descripción del paisaje va mucho más lejos de lo que sus ojos pueden ver.

* * *

Adaptarme fue fácil. Desde que entré a un salón de clase por primera vez sentí como si hubiera enseñado por años. Todo me parecía natural. No sé qué clase de profesor fue Avski, pero mi modelo como educador fue don Quijote desde el primer momento. Lo otro fue más difícil. Nunca me pude adaptar a la oscura red de fidelidades de la vida académica. Nunca me acostumbré a medirlo todo en números, a que importe más competir que aprender, a sentir más compromiso con la empresa privada que con la sociedad, a educar conformes y a permitir que la educación reduzca al mundo a unas escasas verdades útiles para unos pocos. Don Quijote siempre salió de casa dispuesto a pelear contra molinos de viento para que el mundo no fuera reducido a la verdad de otros. Siempre quise tenerlo en mente al entrar al salón de clase. Quizá Avski nunca pensó así.

Con el tiempo empecé a tener pistas del paradero de Avski. Un día recibí un correo insultándome por mis opiniones sobre un asunto de política local. Yo no entendía qué tenía que ver ese tema conmigo, en especial porque se trataba de un lugar que apenas conocía. Entonces me enteré de que alguien escribía una columna semanal en un diario de esa región y la firmaba con mi nombre, es decir, su nombre. Fue fácil llegar al autor, que desde luego resultó ser Avski. Había abandonado la escritura casi por completo, con la única excepción de esa columna que firmaba con un nombre que ya no usaba. También había abandonado cualquier relación con la academia y la enseñanza. Vivía en una casa campesina junto a una quebrada de aguas frías y cristalinas que serpenteaba sobre la llanura. Se dedicaba por completo a las curas milagrosas, la santería y la prestidigitación. Todo esto lo hacía con mi nombre, el suyo sólo lo usaba para firmar la columna. Al parecer mi nombre, ahora suyo, era respetado en toda la región. Su palabra curaba las plagas del ganado y espantaba las pestes de los cultivos. Era consultado para decidir los días de siembra y recolecta. Las familias poderosas pedían su bendición antes que la del cura o del político de turno cuando pactaban matrimonios. Los domingos, mujeres de toda la región traían a sus hijos para que los tocara en la frente. Decían que este rito simple los hacía resistentes a las enfermedades e inmunes a la picadura de culebra. Avski ya no era él, no era la persona que conocía como a mí mismo.

Primero organicé el estudio. Cambié el escritorio de lugar y lo acerqué a la ventana para recibir luz natural mientras escribía. Compré papel nuevo, marcadores de colores, y tarjetas de cartulina para armar la estructura. Cambié la silla por una ergonómica que me protegiera la espalda. Estaba seguro de que con disciplina podía terminar la novela.

El primer borrador quedó mucho mejor de lo que esperaba y ese buen comienzo me llenó de ánimos. Les pedí a algunos amigos de Avski que leyeran el manuscrito y me dieran su opinión. Las respuestas de optimismo y apoyo fueron desbordantes. Con el viento a favor empecé el segundo borrador, y lo terminé en unas pocas semanas. El resultado me decepcionó. Igual pasó con el tercer borrador.

Decidí dejar descansar el proyecto. Dejar que se decantara y se rearmara en lo profundo de mi cerebro. Allí la novela se seguiría escribiendo sin los obstáculos de mi intelectualización excesiva. Volví al bar y a jugar fútbol los sábados. Volví a las lecturas desinteresadas, que son las mejores. Terminé por fin En busca del tiempo perdido y las 4142 páginas de los primeros cinco tomos de A Song of Ice and Fire. Empecé a ir a cine todos los martes y los jueves, y a acampar los domingos. Descubrí nuevos restaurantes y empecé a ver viejas series de televisión. Seguía la Premier League, la Liga española, la Champions League y la Copa Libertadores de América. Al menos seis días de fútbol a la semana. Casi olvidé la novela por un tiempo.

Poco a poco la novela empezó a recuperar espacio. Me descubría pensando escenas mientras caminaba, o resolviendo líneas narrativas mientras veía un capítulo de Treme. Unos días sentía que la tenía completa en la cabeza, palabra por palabra, como una canción de cuna que vuelve desde la niñez. Sin embargo, cuando intentaba escribirla parecía un sueño que se desfigura. Era como el tiempo para San Agustín. Aún no estaba preparado para volver a retomarla. Pensé en escribir unos cuentos, tal vez intentar una traducción, algo que me mantuviera ocupado mientras encontraba la novela. No tenía dudas de que la escribiría, de que me esperaba como una amante juguetona escondida en algún rincón de la casa. No era más que tener paciencia.

Por esos días una editorial mexicana me propuso traducir a Bukowski.

Empecé:

“Tú sabes, yo he tenido la familia, o el trabajo, algo
siempre ha estado
en medio
pero ahora
vendí la casa, encontré este
lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y
la luz.
Por primera vez en mi vida voy a tener el lugar y
el tiempo para
escribir”

no querido, si vas a escribir
vas a escribir trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a escribir en un cuartico con tres niños
mientras vives del
subsidio estatal,
vas a escribir aunque parte de tu mente y de tu
cuerpo hayan
volado,
vas a escribir ciego
tullido
enloquecido,
vas a escribir con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera se estremece por terremotos, bombardeos
inundaciones y fuego.
querido, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver
y no crean nada
excepto quizás una vida más larga
para encontrar
nuevas excusas.

Entendí que nunca iba a escribir. Tenía que irme lejos, dejar todo esto, cambiar de vida. Pensé en el campo y las curas milagrosas. En un río de aguas diáfanas y frescas que serpentea sobre la llanura. En los cielos abiertos, el café por las tardes para acompañar la lectura de viejos tomos de filosofía griega, el olor a tierra mojada, las notas escritas los miércoles por la noche para un periódico local. Recordé un camino entre la arboleda, una casa pequeña de puerta roja, una mujer intentando leer mientras espera bajo la luz intermitente, unas manos gruesas por el trabajo del campo, unos labios delgados y unos ojos siniestros. También pensé en Irlanda, en el cielo bruñido en mármol gris de Dublín, en una calle ciega de Rathmines, en una puerta azul, una casa pequeña con flores en las ventanas, una mujer tierna, unos ojos grandes y unas manos suaves. Entonces comenzó mi plan para que Avski, sin darse cuenta, tomara mi lugar.

 

De la antología Casa de locos (Editorial Paroxismo, 2015)

 


Joseph Avski (Colombia, 1980) se graduó en física de la Universidad de Antioquia. Cursó una maestría en creación literaria en la Universidad de Texas-El Paso y un doctorado en la Universidad Texas A&M con una tesis sobre Fernando González. Ha publicado cuentos y ensayos en diferentes medios de Latinoamérica y España. Su primera novela, El corazón del escorpión, ganó el IX Concurso Nacional de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín (2009) y fue publicada en inglés como Heart of Scorpio. Un año más tarde, El libro de los infiernos, novela que explora las raíces de la violencia social, fue finalista en la Bienal de Novela José Eustasio Rivera y posteriormente publicada en Estados Unidos. En 2011 formó parte de la colección “Inmigrantes” de El Peregrino Ediciones con A un paso de Juárez, libro que narra sus experiencias en la frontera mexicoamericana y que apareció recientemente en una edición bilingüe editada por Mouthfeel Press. Su más reciente novela, El infinito se acaba pronto (2015), explora el lado humano de las matemáticas. Actualmente es profesor de literatura y cultura latinoamericana en Estados Unidos.

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE