Exorcismos de Eduardo Halfon

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente,...

Todo lo que leemos tiene un nacimiento y una matriz. En este espacio, narradores y narradoras de Iberoamérica nos acercan al proceso de creación de su obra más reciente, enlazándonos con la formación de la criatura que alguna vez llevaron dentro de ellos.

 

2015 tapa halfonSignor Hoffman | Libros del Asteroide | 2015

 

1. MADRUGADA DEL 31 DE OCTUBRE DE 2001

Tuve un sueño una noche de octubre de 2001, cuando apenas empezaba a escribir, a aprender el oficio literario. Me desperté sobresaltado, pero consciente de que había sido un sueño significativo, y de inmediato, antes de perderlo en la vigilia, lo anoté en un pequeño cuaderno espiral que en aquel tiempo mantenía en la mesa de noche, y que aún conservo:

«Madrugada del 31 de octubre de 2001. Son las cinco de la mañana, y me desperté angustiado. Recuerdo únicamente partes del sueño. Estaba escribiendo y leyendo un texto desordenado, incomprensible, en el cual cada capítulo (¿cuento, fragmento?) contenía la semilla del próximo. Ya más despierto, se me ocurrió una posible estructura literaria: la matryoshka. Muñecas dentro de muñecas dentro de muñecas. Ir creciéndola hacia afuera, para que el lector la lea hacia dentro. O al revés. Una sola historia fragmentada, escrita poco a poco, por entregas, y unida por la referencia a una estructura externa que explica su sistema, su sentido. Ansioso, entusiasmado, ya no pude dormir.»

Empecé a escribir y a publicar sin darme cuenta de la importancia de aquel sueño, por ratos casi olvidándolo, y también olvidando el cuaderno espiral con los primeros apuntes diarios de un soñador. Hace más de trece años de eso. He escrito ya suficientes libros para llenar una pequeña repisa, y aún no he llegado al centro o al final de la matryoshka. Sigo escribiendo historias que se abren a otras historias, libros que engendran otros libros, cuentos independientes que a la vez dependen de los demás. Como si mis cuentos, al igual que en aquel sueño, formaran una serie infinita de muñecas rusas. O más bien como si mis cuentos fuesen papeles sueltos que voy colocando en el suelo para que cada lector o editor decida en qué orden quiere brincar de un cuento a otro, de una historia a otra, y entonces ir armando así, con mis papeles esparcidos en el suelo, su propio juego de rayuela.

2. YO NO FUMO, O NO MUCHO

Del mismo modo que Dante se mueve por los círculos concéntricos del paraíso (algunos creen que éste es el origen y el simbolismo del juego de rayuela), hay un solo narrador moviéndose por los círculos concéntricos de mis historias. Un mismo narrador, que también se llama Eduardo Halfon y que fuma mucho (yo no fumo, o no mucho) y que va por el mundo buscando algo, acaso él también es el centro o el final de la matryoshka. Su periplo quizás empezó a tomar forma por accidente, sin él en realidad percatarse de ello, durante una breve escena de mi libro El ángel literario, mientras charla con el escritor español Andrés Trapiello y éste le pregunta por su (o mi) abuelo materno: «¿Y tu abuelo materno? Polaco. ¿Judío también? Sí, judío también, y le hablé un poco de Lodz, de Sachsenhausen, de Auschwitz, del boxeador. Mira, hombre, exclamó levantándose a contestar el teléfono, eso o lo escribes tú o lo escribo yo. Espero lo escriba él.»

Lo escribí yo.

3. SIN HABERLO PLANIFICADO NI PREVISTO

Durante los próximos cuatro años me dediqué a escribir El boxeador polaco. Un libro breve, de escasas cien páginas. Seis cuentos narrados por ese otro Eduardo Halfon que tanto fuma y tanto viaja y que algo está persiguiendo o buscando. Seis cuentos que van acercándose, poco a poco, con más miedo que cautela, a esa historia que me resistía a escribir: una historia sobre la herencia testimonial de un abuelo a su nieto, sobre el poder salvador del lenguaje, sobre un boxeador polaco que se impuso y terminó por darle título no sólo al libro, sino quizás al proyecto entero. Porque sin haberlo planificado ni previsto, y casi a pesar mío, ese libro breve empezó a crecer. Dos años después de su publicación, uno de los seis cuentos, «Epístrofe», ahora reescrito, se convirtió en capítulo de mi próximo libro, La pirueta, que es, entre otras cosas, un viaje a Serbia y al mundo del jazz y la música gitana, aunque sin jamás soltar las manos —no diré los guantes— de aquel boxeador polaco. Unos años después, otro de los seis cuentos, «Fumata blanca», también reescrito, se convirtió en capítulo de mi libro Monasterio, que es, digamos, un viaje a Israel y al mundo de la religión y la intolerancia y una vez más al espacio inicial —no diré al ring— del boxeador y mi abuelo polaco, ahora en su lecho de muerte. Y mi nuevo libro, Signor Hoffman, cuyas raíces están en los tres anteriores, es un conjunto de cuentos, de falsas identidades, de mares y estaciones de tren, de itinerarios de viaje: al sur de Italia, a aldeas y pueblos de Guatemala, al Harlem de Nueva York, y a la ciudad natal y para nosotros prohibida de mi abuelo y el boxeador, en Polonia.

4. SINGER

El escritor polaco Isaac Bashevis Singer decía que en toda su escritura él nada más contaba la historia de su vida, una y otra vez.

 


Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) nació en Ciudad de Guatemala. Ha publicado, entre otros libros, Esto no es una pipa, Saturno (2003), De cabo roto (2003), El ángel literario (2004), Siete minutos de desasosiego (2007), El boxeador polaco (2008), La pirueta (2010), Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015). En 2007 fue nombrado uno de los 39 mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. En 2011 recibió la beca Guggenheim. Actualmente es profesor y escritor residente en Baruch College, Nueva York.

Foto: Adriana Bianchedi

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