“Aleksandr Solzhenitsyn”, por Lolita Copacabana

Lindsay Lohan y Tara Reid están sentadas en el cordón de la vereda de la Avenida Libertador al 8500, mano par. Vestida con una pollera tubo negra por debajo...

Lindsay Lohan y Tara Reid están sentadas en el cordón de la vereda de la Avenida Libertador al 8500, mano par. Vestida con una pollera tubo negra por debajo de las rodillas y unos altísimos peep-toes de taco aguja acharolados, Lindsay Lohan tiene la frente apoyada en sus manos, que descansan sobre sus rodillas. Es un ovillo suplicante. Tara Reid tamborilea los dedos ansiosa contra sus piernas extendidas y casi totalmente desnudas, espectáculo que los pocos autos que pasan no se cansan de celebrar a bocinazos tímidos, no del todo sofocados por la presencia policial que las rodea. Atrás del Mini Cooper, la Agente de Control de Tránsito y Transporte habla con una pareja estacionada en un Cintroën Xsara Picasso gris modelo 2010, mientras llena una planilla larga y casi fosforescente.

Tara Reid pregunta a Lindsay Lohan si sabe ‘qué carajo estará haciendo la gorda esa ahora’.

Lindsay Lohan aclara a Tara Reid que ‘puede pedirle a su novio que la pase a buscar, si quiere’. Lindsay Lohan no puede evitar el tono de impaciencia, pero antes de reprochárselo a sí misma se recuerda que si se encuentran ahora en esta situación y no en otra es en gran parte responsabilidad de Tara Reid, y del sujeto que hoy a las 3.23 AM la mensajeara para invitarla a un maloliente afterhours privado en su maloliente departamento de casado en Nuñez.

Tara Reid suspira y se pone de pie, inestable en unas sandalias doradas de gladiadora con taco alto.

Lindsay Lohan aprecia el efecto de las gladiadoras, que sin lugar a dudas hacen maravillas con las ya exuberantes piernas de Tara Reid, a la vez que se pregunta por qué Tara Reid insistirá siempre con dos o tres ítems así de indiscutiblemente pasados de moda por atuendo.

Tara Reid dice que ‘va a hablar con ellos’, y mientras se aleja agrega con tono indignado que ‘esto no puede ser’.

Lindsay Lohan levanta la cabeza y ve cómo Tara Reid trastabillea en precario equilibrio, una botella de Gatorade de manzana en su mano derecha y una pequeña carterita Fendi acodada en la mitad de su brazo izquierdo. Lindsay Lohan fija la vista en la minúscula tanga blanca que distingue con claridad de rayos X bajo el microvestido barato de Tara Reid mientras enciende un Lucky Strike mentolado.

Lindsay Lohan cala profundo su cigarrillo y observa a Tara Reid aproximarse al policía que acompaña a las tres Agentes de Control de Tránsito y Transporte en el Operativo de Control de Alcoholemia. El hombre, al ver a la menuda zombie nevada en movimiento intencionado, corta la conversación con sus compañeras y se acerca hacia el capot del Mini Cooper, en donde intercepta el paso de Tara Reid.

Lindsay Lohan da una nueva pitada a su Lucky Strike y hace un repaso mental de los billetes en su haber. Tres ‘evitas’ y algo de cambio seguro, concluye, desactualizada, mientras se pregunta cuál será la tarifa estándar para casos como éste: inflación, cuatro agentes de turno y sobre todo dos chicas tan a simple vista pasadas, dos Agentes de Control de Tránsito excedidas de peso versus dos livianos demonios de la noche con el maquillaje corrido y menos de cincuenta kilos de carne bien distribuidos en sus pequeñas prendas de vestir.

Lindsay Lohan observa a Tara Reid y al policía, un tipo de unos sesenta años, tez clara y pelo canoso, prolijo y de un cinismo a claras vistas presente pero de un nivel sin dudas muy por debajo del promedio del resto del cuerpo de la Policía Federal. Tara Reid gesticula exaltada hacia el Cintroën Xsara Picasso modelo 2010 y el policía, atento, se dirige a ella casi divertido, y le contesta con tranquilidad. Tara Reid escucha al policía y asiente con el ceño fruncido, después lleva a su cara desde la indignación hacia un puchero infantil y mientras revuelve en su cartera como en busca de algo Lindsay Lohan supone le pregunta al policía si ‘no habrá otra manera en que esto se pueda arreglar’. Tara Reid saca de su bolso un brillo labial y se lo pasa por los labios parsimoniosa, con el ceño fruncido pero con la mirada diabólica clavada en los ojos del oficial, que se rasca la nuca.

Lindsay Lohan aparta la vista y finge estar hipnotizada por el cambio de luces del semáforo. Lindsay Lohan sabe que tanto el policía como las Agentes de Control de Tránsito y Transporte le dirigen constantes y subrepticias miradas, por lo que considera que lo más estratégico es despegarse de la movida de Tara Reid, e intenta adoptar una postura corporal que transmita resignación.

Lindsay Lohan piensa en Jared Leto, reprime a medio camino el infantil impulso de hacerle un llamado y mantiene la vista fija en el semáforo mientras se esfuerza por no odiar demasiado a Dios. Lindsay Lohan escucha los pasos de Tara Reid acercándose y mantiene una expresión facial seria.

Tara Reid susurra que ‘es durísimo el tipo, no sé qué carajo quiere, me parece que con las de chaleco amarillo ahí se puede llegar a complicar’ y Lindsay Lohan asiente.

Tara Reid explica que los de la Cintroën Xsara Picasso forman parte del procedimiento, son testigos del acto, del hecho que se esté firmando un acta contravencional, y que su presencia ‘no significa nada’.

Lindsay Lohan se suelta el pelo, largo y naranja y de lacio perfecto, y vuelve a acomodarlo en un rodete calculado y desprolijo, más intrigada por el exabrupto de revestimiento jurídico de Tara Reid que por el procedimiento en sí.

Lindsay Lohan termina de acomodarse el pelo y escudriña a Tara Reid con impunidad y desconfianza, revisando mentalmente el cuento de la buena pipa del abogado. Lindsay Lohan desconfía no sólo de los abogados sino de todo aquel que se maneje con terminología jurídica, en general.

¿Desde cuándo Tara Reid habla en idioma tiburón, drogada y alcoholizada, sentada en el cordón de una vereda a casi las cuatro de la mañana de un día jueves?

Lindsay Lohan se imagina a Tara Reid en el set de una película pornográfica, enfundada en una sábana blanca, un hombro al descubierto, los ojos vendados, sosteniendo una balanza vacía entre las manos.

Lindsay Lohan aplasta su cigarrillo contra el cordón de la vereda mientras mira a Tara Reid tipear nerviosa en su teléfono un mensaje de texto al abogado.

Tara Reid le informa a Lindsay Lohan que el policía ya habló con el fiscal de turno.

Lindsay Lohan la observa sin emitir comentarios.

Tara Reid guarda el teléfono en su cartera Fendi y pregunta a Lindsay Lohan si aún tienen en su poder las llaves de su Mini Cooper.

Lindsay Lohan asiente.

Tara Reid adquiere una expresión facial descontrolada y le dice a Lindsay Lohan que ‘la otra es huir’.

Lindsay Lohan guarda silencio y mira cómo los ojos de Tara Reid se encienden, excitados.

Tara Reid propone hacer un pequeño acto.

Tara Reid cree que si se acerca a los agentes con cualquier excusa y tiene un petit surmenage, si por ejemplo escenifica un ataque de pánico o un desmayo, podrá distraerlos durante un tiempo suficiente como para que Lindsay Lohan corra hasta su automóvil, lo ponga en marcha, realice una vuelta en ‘u’ y se pierda a toda velocidad por la Avenida Libertador hacia el cálido abrazo de la Provincia de Buenos Aires, a menos de quinientos metros de donde están sentadas.

Lindsay Lohan escucha el plan y lo imagina tan delirante y absurdo como hermoso y cinematográfico, y no puede evitar sentir un cosquilleo tibio en los brazos.

Lindsay Lohan considera el plan sin decir nada mientras vuelve a concentrarse en las luces titilantes del semáforo en la intersección de la Avenida Libertador y Deheza. Lindsay Lohan duda que el cambio de jurisdicción entre la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires implique cosas similares a las del cambio de jurisdicción entre los estados que conforman los Estados Unidos de América en las películas yanquis. Lindsay Lohan se imagina a la chapa y pintura impecable de su Mini Cooper blanco moretoneada por las torpes y sucias balas del policía sesentón, y a su Mini Cooper con las ruedas traseras pinchadas, abandonado a su suerte en la costanera de Vicente López. Lindsay Lohan se imagina a sí misma humillada y esposada por las agentes de control de tránsito, clavándole su manicura descuidada mientras la suben a un patrullero infecto para ser transportada a quién sabe dónde, por no se sabe cuánto tiempo, todo lo que diga podrá ser usado en su contra, tiene derecho a una llamada, el padre de Lindsay Lohan de viaje fuera del país y ahora quién podrá ayudarla.

Lindsay Lohan decide que, si su existencia tuviera similitudes más fehacientes con la vida de los personajes de la pantalla grande según la propuesta estadounidense, querría tener a Tara Reid mucho más seguido a su lado.

Lindsay Lohan le asegura a Tara Reid que puede hacerse cargo sola de lo que sigue, y la insta a que ‘vaya nomás a encontrarse con el penalista de Twitter, que ya es tarde’.

Tara Reid agacha la cabeza, exhausta.

Lindsay Lohan insiste. Lindsay Lohan dice que apenas esto termine llamará a un radiotaxi y que ‘mañana hablan, cualquier cosa’.

Tara Reid se pone de pie con dificultad.

Lindsay Lohan se pone de pie a su lado y se despiden con un abrazo frío y de distancia calculada.

Lindsay Lohan mira a Tara Reid subirse a la vereda y avanzar maltrecha, una espartana cabizbaja con una botella de Gatorade de manzana que marcha lento por la Avenida Libertador hacia el centro de la ciudad.

 

Fragmento de la novela Aleksandr Solzhenitsyn. Crimen y castigo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Momofuku, 2015)

 


Lolita Copacabana (Argentina, 1980) nació en Buenos Aires. Es autora de Buena leche – diarios de una joven [no tan] formal (2006) y Aleksandr Solzhenitsyn (2015). Antologó y tradujo Alt Lit – literatura norteamericana actual (2014) junto a Hernán Vanoli, con quien codirige la editorial Momofuku. Cuando no absorta en las dieciocho disciplinas del ninjutsu, se dedica a la edición, la traducción y el psicoanálisis.

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Crímenes narrativos

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