“Victoria”, por Alfredo Palacio

Debía levantarlo, separarlo de la testarudez con la cual la fuerza de la gravedad lo sostenía a la mesa. ¿Debía levantarlo? Mierda. Tan sólo necesitaba levantarlo. Acercarme a él,...

Debía levantarlo, separarlo de la testarudez con la cual la fuerza de la gravedad lo sostenía a la mesa. ¿Debía levantarlo? Mierda. Tan sólo necesitaba levantarlo. Acercarme a él, tomarlo por su empuñadura negra, mientras un veloz juego de reflejos en su filo metálico simulaba la premura que yo sentía por invadir su cuerpo. Ella, no se lo esperaría y —peor aún— no lo merecería… Pero… Qué incoherencias vienen a la mente antes de tomar una decisión: la vida no es predecible y lo que se merece nunca llega: la vida es incoherente. ¿Por qué a veces, mientras pensamos, una o dos palabras se nos escapan, poniéndonos en situaciones irreversibles? “¿Incoherente?” —dijo mientras buscaba mis ojos para desdibujarme con su mirada. “¿A quién carajo llamas incoherente?” A pesar del sobresalto que ocasionó mi imprudencia, conseguí calmarla, desviando su atención hacía los preparativos del aniversario. Mientras tanto, a mí el cuchillo me llamaba desde lejos, desde el centro de la mesa.

Realmente no sé si era el cuchillo, su sombra o su fantasma. Pero ahí estaba, llamándome, demandante e impaciente, se colaba entre mis manos, me besaba la punta de los dedos con esos labios negros que resaltan dulces y atrayentes desde la fuerte empuñadura. El cuchillo me quería, no me dejaba, era como si mis dedos estimularan casi hasta un orgasmo sus cuatro curvaturas morenas, delicadas y sensuales. ¿Cómo no imaginarme aquel cuchillo en mi mano cuando él me sumerge en el escalofriante juego de ser un dios capaz de crear dolor y también de evitarlo? Quizás ese es el eje de mi indecisión. Saber que puedo hacerla desaparecer me da poder, o quizás no, quizás me lo quita, o ¿será que el poder viene del hecho de saber que soy capaz de hacerlo y no obstante evitarlo? Poder… libertad… soledad… culpa.

Está bien, volvamos al punto. Ahí estaba yo, el cuchillo sobre la mesa, y ella ignorando su entrega. Podríamos empezar algo, definitivamente: una historia, una guerra, una batalla, una religión, un asesinato, la extinción de una inocencia. ¿A quién culpar? Quizás ella enfrenta las mismas indecisiones: dejar que las oportunidades se sigan perdiendo en el abismo del tiempo o con el cuchillo rebuscarme los laberintos del alma. Quizás, en un plano metafísico, es el cuchillo el que nos llama, el que nos tienta, el imbécil. Somos asesinos por herencia, nos ha marcado el ansia de poder plantado en la historia. Pero en realidad no me interesa el ensayo filosófico. Que el historiador, el cronista policial o el vulgar voyeur me hallen culpable o me exoneren. ¡No me importa! Lo que me importa ahora es este cuchillo, que emerge entre mis manos y me invita a que busque razones fuertes e irrevocables para asesinarla.

La vulnerabilidad permitió que mi imaginación me traicionara y me transportara al sufrimiento de su madre, puta como ella, viendo la carne de su hija decorando, en un marco de sangre, el suelo de la cocina. Pero no debía matarla y no pensaba hacerlo. El sentimiento de culpa de ciertos actos es a veces el intento de redimirlos antes de cometerlos. Ella estaba detrás de mí; mientras me daba la vuelta, escondí el cuchillo, pretendí no mirarla, miré al suelo: a esas pequeñas manchas color vino que para evitar causarle molestias limpié por horas, pero jamás se borraron. Mientras giraba sentí la empuñadura rozando su espalda, me imaginé el cuchillo rasgando su piel y entrando a su cuerpo: infaliblemente hiriendo todos sus órganos. Te quiero, le dije. Y yo a ti, respondió. Me lancé sobre ella con lágrimas en los ojos, no quise hacerlo, fue ese alguien dentro de mí que ama los cuchillos y que les teme o por lo menos los respeta.

No, no fue así, me tiré sobre ella con el cuchillo entre las manos, se lo atravesé entre la ropa cortándole los botones en dos mitades, y el último latido quedó plasmado, como la litografía de un fresco, en los muros de mi memoria. Soy un asesino, pensé. No lo pensé, lo dije. Me miró, me dijo: “Aunque quisieras, no podrías, no eres el tipo”. Qué odio tan grande produce ser subestimado. Me levanté y mientras ella daba el último suspiro, le agradecí por la experiencia y con ironía en mi sonrisa le dije: “no soy un asesino”. No se había dado cuenta de que había sido asesinada. “Se necesita coraje para aceptar la muerte”, le dije, como para defenderme de su sarcasmo. No me respondió, y mi ego quedó herido; él sabía bien que ella aún pensaba en el coraje que me hacía falta para cometer tal crimen. ¿Pero qué es lo que estoy pensando? Ella no sabe lo que está pasando o lo que estoy sintiendo. Me di la vuelta y ahí estaba, amasando la harina para hacer el pan que nos acompañaría en la cena. Mi ego está intacto, si ella no ve mis puntos débiles, no los tengo.

Me quedé en silencio por un momento, necesitaba alejarla de mí para poder pensar, al menos objetivamente. Vino tinto, eso me falta, vino tinto, sí, exactamente, el vino es tan suave y delicado como la muerte. Dulce y seco, así es, dulce y seco. Salí de la casa a comprar una botella; mientras respondía a sus tontas preguntas, le dije que me iba a comprar una herramienta. No estaba lloviendo, aunque en noches y en casos como estos una buena tormenta es casi necesaria, pero mi auto no funcionaba y no tenía ganas de mojarme. Usar el de ella hubiera sido cruel y desvergonzado, algo así como violar a la amante en la casa de la novia. Mientras caminaba, buscaba la razón de todo esto: de dónde venía mi necesidad de asesinarla. ¿Causarle dolor? No. ¿Hacerla desaparecer? La necesito más que a nadie. Entonces, ¿cuál es el motivo? Parezco policía creyendo que siempre hay un motivo. No lo hay. Es sólo el hecho de asesinar, pero al hacerlo debo disfrutarlo y para eso tengo que sentirlo, palparlo, vivirlo. ¿Cómo puedo sacarla de este ciclo? ¿Cómo puedo dejarla fuera? Suicidio, pensé, pero no es una solución. En primer lugar, un crimen se debe disfrutar como el sexo: antes, durante y después. El suicidio nos puede brindar placer únicamente antes, parte del durante y nunca después… Por lo menos ya no estamos para el después. En segundo lugar, el suicidio se limita al dolor auto infligido, no hay aquel placer de estar haciendo lo incorrecto que el asesinato, con un completo altruismo, nos ofrece. El suicida se pierde del placer de ver morir a la víctima. No, definitivamente el suicidio no es una opción. Es un acto completamente egoísta, y de egoísmo ya tuvimos suficiente.

Aquí está la botella, le dije mientras abría la puerta. El cuchillo seguía ahí, sobre la mesa, tentándome inmóvil para que lo levantara. Ella vestía su lencería de seda blanca, con bordados de chaquiras y lentejuelas que delineaban su busto y resaltaban la piel desnuda de su espalda y de sus piernas. De cada una de ellas he guardado la etiqueta; una suerte de colección que descansa en el último cajón de mi escritorio. La imprudencia no se justifica. Para la gran mayoría mi afición podría ser considerada un desorden mental, una obsesión patológica. Cenamos, conversamos, nos sedujimos y con un suspiro me pidió que la penetrara. Nadie me había dicho algo tan vulgar y erótico, tan sensual e infantil. La besé, le serví una copa, esperamos; la paciencia es una virtud. Otro cliché que no debería usar, pero a mí no me importa, a mí nada me importa. Apagué las velas. A pesar de la oscuridad, sabía que el cuchillo me esperaba debajo de la almohada. No fue idea mía, lo vi en una película, lo copié. No trato de ser original. Sólo sigo mis instintos y complazco mis pasiones.

Casi desnuda, se metió en la cama: hoy es el aniversario. Me quité la ropa y seguí su sombra entre las sábanas; sus labios negros esperaban ansiosos la llegada de mis dedos. Tomé el cuchillo y lo suspendí sobre su cuerpo; al clavárselo, atravesó todo la distancia que nos separaba. Mi ego resurgió de entre las dudas, la ilusoria victoria desplegó sus artificios. ¿Estaría muerta? ¿He cometido el crimen? Durante un breve instante el espacio se convirtió en un caleidoscopio somático; se transfiguró en una coreografía de carne y sentidos. De pronto, con feroz imprudencia, la incoherencia de un te quiero fracturó el rito.

 


Alfredo Palacio (Ecuador, 1975) nació en Guayaquil. Es escritor, crítico e investigador. Doctor en Romance Studies por la Universidad de Miami. Su trabajo de investigación se enfoca en las tensiones entre el espacio urbano y el campo cultural de finales de siglo veinte y principios del veintiuno y en el análisis de dichas tensiones a través del cine, la música y la literatura, como lugares de diálogo entre discursos de poder y procesos de subjetivación. Desde 2015 es docente en el Departamento transversal de teoría crítica y prácticas experimentales de la Universidad de las Artes en Guayaquil.

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Crímenes narrativos

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