“Bajo la sombra”, por Jack Martínez Arias

 1 Llevo ya varios años pintando ataúdes. Un oficio jodido. No pasan más de doce horas entre el encargo y la entrega. Pocas veces el pedido es sencillo y...

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Llevo ya varios años pintando ataúdes. Un oficio jodido. No pasan más de doce horas entre el encargo y la entrega. Pocas veces el pedido es sencillo y termino rápido: pintar la insignia de un equipo, la cara de un cantante, la imagen de una santa. Tengo plantillas listas para esos casos. El trabajo se complica cuando los deudos quieren que pinte al propio muerto. Nunca traen la fotografía. Entonces tengo que ir hasta la morgue o hasta la casa del muerto para mirar su cara descompuesta y grabarla en mi memoria. Luego mi tarea es imaginarlo vivo y adivinar cómo era su expresión, cómo miraba, cómo sonreía.

*

Carola nunca pagó por mi segundo trabajo: pintar el cajón de su marido.

Nuestro primer encuentro se dio antes. Cincuenta y dos días atrás ya había pintado el cajoncito de su niño. Carola cree que él jugaba con muñecos y veía televisión cuando los tipos entraron a su casa buscando al padre. Ella todavía andaba en el hotel. Nunca supo dónde estaba su marido en esos momentos. Los tipos no esperaron mucho. Dejaron todo dicho con dos disparos en la cabeza del pequeño. Esa misma noche, el marido de Carola, con más miedo por conservar su vida que pena por la muerte de su hijo, desapareció.

*

Cuando Carola me volvió a llamar su marido ya había vuelto, partido en cinco.
—Necesito que lo pintes lo más rápido que puedas, con el cuerpo adentro, porque todo está sellado.

El cuerpo del marido ya tenía varios días.
—No puedo. Me llevo el cajón al taller, solo el cajón, o no pasa nada.
—Pero píntalo así nomás, por encima, rápido. Ya sabes que éste no se merece gran cosa. Que agradezca el entierro, porque si yo fuera otra lo habría dejado tirado. Tú sabes que por su culpa…

Carola no terminó esa frase y comenzó a llorar, recordando a su niño. Sí, yo sabía que ella culpaba al marido por la muerte de su hijo.
—Sí, lo sé. Pero entonces para qué quieres que lo pinte. Que se vaya así nomás. No merece nada, ¿no?

Carola se secó las lágrimas.

Los cambios bruscos eran comunes en viudas y viudos, y yo ya estaba acostumbrado. Seguí negándome y ella siguió insistiendo. Recogí unas plantillas y las pinturas del taller, volví a casa de Carola, bañé el cajón de crema, luego algunos trazos de guinda. Lo hice rápido y sin ganas.

Cuando terminé Carola se transformó. Pasó del pesar a la alegría, una alegría extraña, enferma. No paraba de ver el cajón. Lo rodeó, lo abrió, lo cerró. Al final, ni preguntó cuánto me debía, sólo dijo gracias y me prometió que si pasaba por su trabajo, ella también me haría un servicio especial. Eso fue todo. Eso fue suficiente.

2

Recuerdo que entre la muerte del hijo y el marido de Carola visité la tumba de mi padre. Había pasado mucho tiempo desde la última vez. Pero todo seguía igual, ni rastro de flores. Vi alrededor: era una tarde opaca, algo fría y pocos visitantes merodeaban el campo. Vi la placa de mi padre. Traté de imaginar qué había después. Primero la tierra fértil, húmeda. Más abajo, el cajón; y en él, los restos, las ruinas de mi padre. Había pasado más de veinte años desde su muerte, ¿quedaría algo todavía? Sé mucho de cajones, no tanto de cadáveres. Leí su nombre con dificultad. Limpié la placa con los dedos. Leí la fecha de su muerte. Yo nacería meses después. Leí de nuevo ese nombre que mi madre repetía a cada instante durante mi niñez. Sí, todo sería distinto si no hubiera muerto, si por lo menos lo hubiera conocido, pensé.

*

Carola me acarició. La acaricié. Me dijo tienes manos suaves, como una mujer. Yo sonreí de celos. Sabía que Carola me decía eso pensando en las manos toscas de su muerto. Traté de disimular.
—Son manos de artista —respondí, bromeando.
—Artista de la muerte —dijo ella, recordando mi oficio.
—¿Quién te enseñó?
—¿Qué?
—A pintar
—Aprendí en un taller, en una facultad.

Entonces ella sonrió. Y sin quitarme la mirada comenzó a burlarse.
—¿Qué hace un artista de verdad aquí? No jodas, Joaquín. ¿Eres pintor profesional? ¿Me estás jodiendo, no?

*

Cada vez que escucho “profesional” se me aparece de inmediato la imagen de mi padre, o la que creo que es su imagen, porque no es posible imaginar fielmente a quien nunca se conoció. Y es que en casa siempre se referían a él como al primer “profesional” de la familia, el único “intelectual” de la familia, el joven que a punta de lecturas había salido de abajo, desde la pobreza y la violencia de un país en crisis. El pobre genio que murió cuando apenas comenzaba a tocar la cima. Ese discurso de superación me había perseguido y me persigue hasta hoy cada vez que recuerdo lo infeliz que fui mientras viví en casa de mi madre. Y no sólo era ella la que no podía olvidar al destacado difunto, allí vivía también la hermana solterona de mi padre, y allí vivía también mi abuela. Y el único hombre de esa casa era yo. Pero yo no era mi padre, y ellas repetían que ni siquiera era como él, y es simplemente por eso que nunca me quisieron de verdad, y es simplemente por eso que nunca las quise de verdad.

*

Salí del cementerio y seguí pensando en mi padre. En lo difícil que todavía me resultaba el no haberlo conocido. Intenté recordar su fotografía, una que veía de niño en la entrada de la casa. Esa a la que trataba de darle voz cada tarde, cuando volvía de la escuela primaria y quería compartir lo que me iba sucediendo en las aulas. De esa fotografía ha salido la única imagen que guardo de él. Entonces ese día salía del cementerio pensando en ella, en esa foto a la que ya no tenía acceso desde hacía mucho tiempo. Y lamenté el no haberla tomado aquella noche en la que decidí escapar y no volver jamás.

La noche que huí no robé esa fotografía porque mi atención estaba en otro objeto, mucho más inalcanzable y enigmático para mí: el cuaderno de notas junto al que mi padre murió. Ese cuaderno permanecía siempre cerrado, atado con una cinta que seguramente mi madre preparó, situado en una especie de altar que también ella había construido en la biblioteca de mi padre. O mejor dicho, en el pedazo de biblioteca que dejó antes de marcharse al extranjero. En ese lugar permanecían pocos libros, siempre cerrados, limpios, ordenados. Recuerdo que de niño hice varios intentos por coger alguno. Quería leer lo mismo que mi padre alguna vez había leído. Creía que de esa manera podría establecer algún tipo de contacto con él, y entonces iba descalzo y muy despacio hacia la biblioteca, pero mi madre siempre estaba allí para detenerme. Ella vivía en esa biblioteca, o más que biblioteca, en ese pequeño templo en el que se había convertido el lugar. Allí, donde el cuaderno de notas de mi padre ocupaba el espacio central, mi madre no leía ni dejaba leer. Las primeras veces, cuando le hacía preguntas desde mi inocencia, ella respondía que esos libros eran para gente más grande. Conforme insistía y los años iban pasando su respuesta también iba cambiando. Hasta que después de un tiempo, seguramente harta de mí, me dio una respuesta definitiva:
—Estos libros eran de tu padre y serán de tu padre. Mientras yo esté aquí, se quedarán intactos.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero todavía guardo aquellas palabras. Y si ella no me dejaría coger los libros, pensaba yo, sería imposible que me dejara acceder al cuaderno de notas que parecía ser el objeto más sagrado en ese templo de papel.

*

—No soy un profesional. Pasé algunos meses por un taller de arte, allí aprendí a pintar, nada más. Eso es todo.

El tono con el que pronuncié aquellas palabras fue contundente. No quería continuar con el tema. Me incomodaba mucho esa conversación. A Carola no le importó, ni que yo dejara de hablar ni que me haya puesto de mal humor. Tan sólo dejó de sonreír y se puso de pie. Encendió el televisor, puso un canal de música, levantó el volumen y se metió a la ducha. Apagué el televisor. Carola no reclamó, o no la escuché. Luego del baño volvió al cuarto, se secó el cuerpo, se vistió con calma y salió sin despedirse.

Me levanté pensando en ir por un vaso de agua. Seguía fastidiado porque con las preguntas de Carola volví a pensar en mi padre, en mi madre, y en todo el daño que eso me producía. Intenté caminar y poner la mente en blanco. No llegué a la cocina. Me detuve automáticamente frente a la puerta del taller. Luego traté de pensar sólo en Carola, en su rostro, en su constante tristeza. Entré al taller. Cogí un folder amarillo: casi veinte intentos fallidos acerca de mi muerte, en la pintura de mi propio cajón. Láminas con figuras abstractas, con mucho azul, blanco y negro. Ninguna me convencía. Volví a pensar en Carola, en su aislamiento, en su silencio. Guardé las láminas. Regresé al cuarto. Imaginé cómo pintaría el cajón de Carola si tuviese que hacerlo. Luego pensé en mi madre, y en cómo sería su cajón si yo lo tuviera en mis manos. Después volví a pensar en mi padre y en la seriedad que debió tener su cajón. Y luego vino a mi mente, uno a uno, el resto de personas que alguna vez conocí, que alguna vez quise. Pensaba inevitablemente en sus muertes, en sus cajones, y en qué tipo de diseños le caería mejor a cada uno de ellos. Y es que desde que me inicié en este oficio, repito con frecuencia ese ejercicio mental. Pero claro, una cosa es pensar y otra es pintar.

 

Fragmento de la novela Bajo la sombra (Animal de invierno, 2014)

 


Jack Martínez Arias (Perú, 1983) vive entre Lima y Chicago. Es escritor, investigador cultural y coeditor de la revista de literatura El Hablador. Colabora también con el portal literario Lee por gusto. Escribe reseñas, entrevistas, crónicas y artículos para medios de Latinoamérica y Estados Unidos. En 2014 publicó la novela Bajo la sombra, muy elogiada por la crítica especializada. Actualmente trabaja en dos nuevas entregas: una novela sobre un soldado latino que luchó con la armada norteamericana y otra sobre un joven futbolista frustrado que permanece en el anonimato de los barrios marginales de Lima.

Foto: Bereniz Tello

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Crímenes narrativos

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