“Los misterios dolorosos”, por Lalo Barrubia

Tocaba el bajo con el pucho en la boca y el pelo en la cara. Y miraba a esa mina que bailaba borracha al lado del pequeño escenario del...

Tocaba el bajo con el pucho en la boca y el pelo en la cara. Y miraba a esa mina que bailaba borracha al lado del pequeño escenario del boliche. Bailaba es un decir, se balanceaba como podía, o se sacudía más bien. Y cuando se sacudía, los jeans ajustados le marcaban la pelvis, el pecho le temblaba y los pezones brotaban de la camiseta estirada. Y su boca carnosa y abierta hacía como que cantaba. Dos temas más, le dijo el guitarrista y él asintió con la cabeza. Dos temas más y la mina seguía en la misma posición y repitiendo los mismos movimientos. Podían haber tocado el himno nacional que ella hubiera hecho lo mismo. Y cuando terminaron de tocar la mina seguía ahí, y todavía se sacudía de vez en cuando como si fuera un movimiento reflejo. Seguro que había tomado el triple de lo que aguantaba. Pero estaba ahí, servida como en bandeja. Él guardó el bajo en el estuche, se tomó el resto de cerveza que le quedaba en el vaso y bajó del escenario. Agarró a la mina del brazo y le dijo que ya se iba, que se fuera con él para la casa. Ella emitió una especie de risa falsa y negó con la cabeza. Dale, seguro que no tenés ni a dónde ir, insistió él. Pero ella volvió a negar con la cabeza.

—¿Entonces por qué te parás toda la noche al lado mío con esos pantalones que te marcan la cosita? —dijo mientras apoyaba su mano sobre la costura del pantalón.

Ella se dejó tocar, y volvió a emitir aquella especie de risa que le desencajaba la cara. Pero él volvió a insistir y apretó los dedos.

—Es que no siento nada, boludo, no siento nada, estoy sangrando… mucho…
Entonces el tipo se separó con un gesto de asco.
—Ta, ta, andá a cagar, sos una cerda, andate a tu casa si estás sangrando, a mí qué me importa.
—¿Me buscás un taxi, vos…?
—Pero no seas tarada, andá, arrastrate…

Y ella sonríe a la brutalidad como si pudiera permanecer inmune, flotando en esa nube de alcohol en la que se había metido a sabiendas, sintiendo que la vida vale más que el dolor y la vergüenza, sabiendo que ella es todavía ella misma entre el desprecio de las masas.

Nunca había sangrado tanto, ni tenido esos dolores tan fuertes. Era como si el vientre se le hubiera partido en dos y las partes se le estuvieran envenenando adentro y dejando chorrear un flujo negro y denso. Pero ella igual quiso salir a festejar, a constatar que el mundo seguía estando allí, pese a todo, que su vida seguía estando allí, que su cuerpo dolorido y quebrado volvería a ser el mismo de siempre.

La pastilla había tardado dos días en hacer efecto, y durante esos dos días había odiado su cuerpo, todo su cuerpo, con el odio con el que se percibe una cosa, un objeto extraño que se interpone entre uno mismo y el universo con uno mismo incluido, el destino, o como sea que se llame ese todo que pretendemos conocer y del que pretendemos formar parte. Y por eso se había puesto esos pantalones que le quedaban chicos y le molestaban pero le daban, incluso por demás, el aspecto de alguien lleno de cuerpo, de alguien orgulloso de lo que llevaba dentro de la ropa.

Ella no sabía si la pastilla haría efecto. Nadie le explicó nada ni le garantizó nada. Nadie quería hablar más de lo necesario. Ni ella. Le parecía que hablar de ese asunto lo convertía en algo que estaba sucediendo, algo que tenía consecuencias, desenlaces. No era así. No podía ser así, no había espacio ni para el pensamiento. Y por eso, esos días en que ella no tenía palabras para lo que estaba pasando con su cuerpo, no sabía lo que pasaría con su cuerpo, ella no existió. ¿Cómo podría alguien existir sin cuerpo?

Pero antes de tomar la pastilla, antes de saber lo que tenía que hacer, había sido peor. Había tenido el deseo real de cortarse el vientre con cuchillos. Había visto imágenes en la oscuridad donde se arrancaba la piel con las uñas. Había sentido asco de sí misma y un miedo desgarrador, un miedo carente de palabras, que se le alojaba en el cerebro como una sustancia explosiva y la dejaba sorda de tanto apretar las mandíbulas. Ella siempre había creído que el futuro no existía, que no podía dañarla, y sin embargo estaba allí, con todo su peso, arrastrándola.

Sabía que era humillante lo que iba a hacer pero ese pensamiento carecía de fuerza, era la única alternativa que podía salvarla sin más ayuda que la de alguien que no le importaba. Lo que la detenía era otra cosa quizás, la incapacidad de pronunciar las palabras, como si pudieran darle existencia real a cosas que no debían existir. Hizo la llamada con la voz enronquecida pero firme. La antigua amiga quedó muy sorprendida de que la llamara, la saludó de un modo interrogante, raro. Sin explicarle nada ella le preguntó por el nombre de aquel medicamento que su padre médico le había conseguido una vez a alguien. Y la antigua amiga no contestó en seguida. Después de un momento le dijo que no estaba segura de qué estaba hablando.

—Ese para la menstruación, contestó ella.
—No sabía que vos supieras eso.
—La memoria viene cuando una la necesita.
—Es que no siempre funciona. Y si mi padre se entera que estoy dando esa información así nomás se me arma bruto lío.
—Vos solo decime cómo se llama y hacemos de cuenta que nunca hablamos. Vos no se lo decís a nadie, yo no se lo digo a nadie.

Aunque en realidad, que la ex amiga se lo contara a alguien era lo que menos le importaba. Salió corriendo a la farmacia con toda la plata que tenía. Las rodillas le temblaban, la cara se sentía fría como la de un muerto y los latidos del corazón le cerraban la garganta.

—Hola, sabés que tengo una receta de mi ginecólogo pero no la encuentro, me parece que la perdí. Cumorit oral es lo que preciso.
—Ah, no te preocupes que es de venta libre. ¿Para una vez?
—Sí, para una vez, contestó sin saber lo que significaba, sin querer preguntar.
—Bueno, por las dudas leéte el prospecto porque tiene muchas contraindicaciones, y no lo podés tomar si estás embarazada.

La plata le alcanzó justo. La careta le duró justo para decir gracias y salir corriendo. Los latidos del corazón le fueron bajando justo a tiempo para no colapsar antes de llegar a casa y encerrarse en el baño. Se sentó en el piso para evitar el espejo. Y si hubiera vivido sola se hubiera quedado allí, en esa posición, dos días, tres días, o el tiempo que fuera necesario, esperando a que la pastilla hiciera efecto. No se movió por un buen rato, acurrucada en el piso, junto al inodoro. El olor ácido la llegaba de cerca, le provocó náuseas, la frente fría, la garganta cerrada. Puso la mente en blanco, hasta salir de sí misma, del malestar, de todo, porque sabía que no podía vomitar.

 

Fragmento de la novela Los misterios dolorosos (Casa Editorial HUM, 2013)


Lalo Barrubia (Uruguay, 1967) nació en Montevideo. Se ha dedicado especialmente a la poesía como arte escénica donde se vale de la acción performática, la imagen, la música y el canto. Ha publicado varios libros de poesía desde su inicial Suzuki 400 (1989) hasta Borderline (2013). También ha publicado novelas (Arena, Pégame que me gusta, Los misterios dolorosos) y cuentos en los que se representan de un modo crudo y a la vez poético las experiencias de una generación que creció bajo el autoritarismo de los años 70 y que tuvo que hacerse a la vida adulta sin referentes ni dioses y en medio de sucesivas crisis económicas. Su libro de cuentos Ratas (2012) fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura del Uruguay. Blog: lalobarrubia.blogspot.com

Foto: Luciano Bardanca

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Crímenes narrativos

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