“Festival de canes”, por Jorge Luis Chamorro

Gala caminaba de regreso a su casa llevando un dvd, cuando de pronto una caja de cartón la detuvo. La caja era una de esas que contienen una docena...

Gala caminaba de regreso a su casa llevando un dvd, cuando de pronto una caja de cartón la detuvo. La caja era una de esas que contienen una docena de tarros de leche, y la habían dejado cerca de unos arbustos, a solo unos pasos de la vereda. Lo primero que hizo fue rodearla frunciendo el entrecejo y arrugando la nariz, en un acto muy similar al de olfatear la comida antes de probarla, una costumbre que arrastraba desde niña. Se acercó con sigilo y, como si fuera un obsequio, la abrió. Y así, como por arte de magia, al interior de la caja se encontró a cuatro gatitos recién nacidos, abandonados a su suerte, y sin el calor y la leche materna necesarios para su sobrevivencia. Gala interpretó este suceso como una señal o encomienda del destino, y decidió llevárselos a casa e intentar salvarles la vida. Ya después pensaría en darlos en adopción. Hacía mucho frío pero se sacó la sudadera que llevaba puesta y los envolvió, dejando su cuerpo desabrigado en medio de la fina garúa, por lo que poco a poco su ropa comenzó a pegarse a su piel y traslucir sus recientes veintitrés años. Las veredas estaban muy resbaladizas y eso la hizo caminar como un robot. El inquietante sonido del flujo eléctrico de los postes de alumbrado público atrapó su atención.

Al pasar por un parque cercano a su casa un grupo de perros se cruzó en su camino. Uno de ellos comenzó a seguirla. Ella temía a los perros pero siempre trataba de no demostrarlo porque sus amigas amaban mucho a estos animales (de niña había sufrido una mordedura durante un paseo escolar). La perra que empezó a seguirla era de pelaje crema con negro, orejas caídas, hocico largo con algunas canas, y legañosa. Estaba en celo. Le movía la cola y la miraba como si la conociera de algún lado. Gala se detuvo, temblando como los gatitos al interior de la caja, se comenzó a angustiar casi al borde del llanto porque pensó que la morderían y que, al soltar la caja, se comerían a sus pequeños felinos. Vestía minifalda de jean celeste, botines de cuero negro, medias de rejillas y un polo del mismo color con el estampado de la banda The Cramps escrito en verde luminoso en su parte delantera.

La luz de un automóvil le hizo detener el paso y desde adentro un hombre le ofreció su ayuda. La puerta se abrió y cerró. La perra crema con negro se cruzó entre sus piernas, luego se echó a sus pies. Los demás perros empezaron a mostrar señales de angustia. Ella le miró agradecida pero angustiada. El hombre se abrió paso entre los perros con una patada a uno de ellos, uno tipo lobo, color negro. Un ladrido mezclado con dolor retumbó sus oídos. La perra crema con negro comenzó a ladrar también. Gala agradeció la ayuda pero se negó a recibirla, asustada ya no de los perros sino de la violencia del tipo. El perro con apariencia de lobo empezó a ladrar más fuerte que la vez anterior. En la avenida no circulaba nadie. Qué raro, se dijo, si salí de la casa de mis padrinos al promediar las 8 pm. El hombre era fornido, trigueño, de cabellos lacios peinados hacia atrás con gomina, polo blanco y jeans color azul nevado. Los perros empezaron a ladrar más y más fuerte. La luna estaba inmensa y luminosa. Él la cogió de los brazos, por la espalda, la besó en el cuello y en las mejillas. Los perros parecían hacer vivas a la muerte. Entonces el hombre metió una mano por debajo de la minifalda de Gala, y ella sintió las yemas de sus dedos por encima de sus medias de rejillas. Quiso vomitar. ¿Por qué mierda no pasa nadie?, se preguntó repetidas veces mientras se resistía a la violencia. De repente Gala logró zafarse y el hombre reaccionó pateando esta vez a la perra en celo. Y fue en ese momento cuando uno de los perros le saltó prendiéndosele del vientre. El tipo gritó de dolor hasta quedar de rodillas. Gala pudo ver al perro tipo lobo con algo en el hocico mientras el hombre yacía en la calle, mojado entre las piernas. De pronto dejó de gritar y quedó tendido en la vereda mirándola huir, impotente y desgarrado. Cuando intentó reponerse los cuatro perros que vagabundeaban por el barrio de Santa Beatriz le mordieron en el rostro, cuello, brazos y piernas. Para cuando llegó la policía, el hombre entraba en shock y se desangraba desde hacía veinte minutos, todo siempre ante la atenta mirada de los vecinos a través de sus ventanas.

Gala corrió ni bien los perros empezaron su propio festín. A lo lejos escuchó la sirena de la policía, luego la de una ambulancia. Dobló en una esquina y aligeró el paso hasta encontrarse con la entrada de una casa alumbrada tenuemente por un farol; un pequeño jardín tipo huerto, cálido y acogedor, con bastantes macetas y plantas, un duende en cerámica y un molino de viento. Gala se detuvo, dio unos pasos al interior de la entrada de la casa y se puso de cuclillas. Reposó la caja, echó un rápido vistazo y pensó en la leche y los algodones para darles de comer a los gatitos. Unos segundos después, un chico se acercó a ella llevando una bolsa de tela negra en el hombro, se detuvo y la miró. Gala le observó en contrapicado y se levantó de un brinco. Lo primero que llamó su atención fue el sonido de las botellas de cerveza al chocar entre sí por el andar del chico.

–¿Todo bien? –preguntó él.
Él no podía avanzar porque Gala, sin saberlo, le impedía que ingresara a su casa.
–¡Ah, lo siento! No sabía que… era tu… casa.
Ella se levantó y le alcanzó a decir, de soslayo, casi con la barbilla pegada al pecho: ¿Cómo te llamas?
–Iwa
Gala se quedó mirando su rostro iluminado por el poste de luz.
–I… ¿qué?
–Iwa
Ella lo pronunció para sí misma, por detrás de los dientes.
–Es un nombre fuera de lo común…
–Lo sé. Me lo puso mi madre.
–Tu mamá debe ser una mujer fuera de lo común.
–Sí… Mucho –Iwa asintió sonriéndole.
De repente el silencio que lo hace todo más fácil:
–Me permites, adentro me esperan.
Gala se hizo a un lado, y cuando Iwa ya tenía un pie en el aire y el otro dentro de su casa, le alcanzó a decir: ¿No quieres pasar un rato? Ella dijo que sí diciendo ¡ya!, y él le preguntó intrigado, ¿Qué peli es la que llevas encima de esa caja… que suena medio raro?
–Una reciente ganadora del Festival de Cannes…
–¿Cuál?
Pulp Fiction…
–Manya, me han hablado de ella…
–Oye, disculpa que te cambie de tema radicalmente, pero, ¿tendrás en casa un poco de leche y algodones?

 


Jorge Luis Chamorro (Perú, 1976) nació en Lima. Es narrador, poeta y artista audiovisual. Ha publicado los libros de cuentos Tendencia al nirvana (2000), El primer beso (2004), ¿Puedo tocar? (2006), El hombre que vestía elegante (2011; 2014). Ha sido incluida entre lo más destacado de la narrativa peruana en los últimos años por los diarios El Comercio, La República, Revista Quehacer, entre otras publicaciones. Su producción audiovisual la realiza en paralelo a la escritura. Premio Humboldt de videoarte por el Goethe Institut de Alemania en Perú; finalista de Pasaporte para un artista por la Embajada de Francia en Perú, y seleccionado en las más importantes exhibiciones de arte audiovisual peruano para el mundo: Vía Satélite, In-fusión, Bienal de la Habana, entre otras.

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Crímenes narrativos

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