“Coronel Lágrimas”, por Carlos Fonseca

Un día su madre toca la puerta como si nunca hubiese estado ausente, lo saluda efusivamente y se sienta en el sofá a descansar de su insomnio de guerra....

Un día su madre toca la puerta como si nunca hubiese estado ausente, lo saluda efusivamente y se sienta en el sofá a descansar de su insomnio de guerra. Su hijo, ya para ese entonces un pequeño coronel en formación, un matemático en plena ebullición de genio, rodeado de marionetas con rostros dispares, mira desconcertado a esa mujer de pelo encrespado y mirada profunda que ahora comienza a hablar en una lengua que en un pasado juró olvidar, en esa lengua de nanas que de repente lo regresa a los campos minados de un paisaje vasco. Chana Abramov se levanta de su insomnio de guerra con una especie de afasia que la regresa a su infancia. Amanece un día hablando solamente ruso. Él, que siempre se creyó sin herencia, de repente se encuentra con esa madre sentada en plena sala, hablando un idioma que él había olvidado a fuerza de convicción, dispuesta a reinsertarse en ese siglo cuyo principal evento, una guerra en la que los suyos fueron los principales perseguidos, nunca vivió, encerrada como estaba en un sanatorio español. La mira una y otra vez hasta que el rostro se vuelve terriblemente reconocible, silueta de una memoria de infancia, y se limita a dibujar, sobre una pizarra negra, el primero de los garabatos que a través de los años irá modificando inconscientemente hasta terminar con esa especie de alambre de púas cuya ecuación persigue. Dibuja ese garabato y se sienta a continuar su labor matemática, hasta que un día llega y en medio de ese hogar que tenía ya algo de laboratorio simbólico, rodeado como estaba por pizarras negras repletas de las más diversas e ilegibles ecuaciones, se encuentra a su madre que observa la televisión. Imaginemos la sorpresa y la ansiedad de este coronel sin guerra en el momento de descubrir a su madre, aquella que creyó haber perdido, en plena sala con ese extraño aparato prendido, mirando un documental sobre ese mayo francés cuya existencia él se dedicó a obviar. De repente la imagen lo asalta con el poder que luego asignaría a las postales: su madre rodeada por pizarras negras, viendo un documental sobre el mayo francés, con las imágenes de los franceses, estudiantes y obreros, protestando en plena calle, los murales repletos de frases que hasta entonces siempre le parecieron tontas o ingenuas, la policía en su intento por disolver las multitudes. Su madre, que ni siquiera hablaba francés, con la mirada juvenil de actriz en reposo, mirando ese torrente de imágenes que ahora caían sobre la pantalla en la más refrescante de las cascadas visuales. Ya no las calles francesas sino carteles de las huelgas americanas, los policías en California arrestando a un grupo de estudiantes vestidos con insignias hippies. Más lejos aún, ya no el mayo francés, sino un octubre mexicano vestido de esperanza olímpica sobre el cual los policías se abalanzaban en ataque a un grupo en protesta, la Masacre de Tlatelolco en plena pantalla. Ya no las pizarras repletas de símbolos sino esa especie de locura histórica que se negaba a traducirse a una sencilla ecuación. Debe haber sido entonces, mirando el rostro de su madre que súbitamente retomaba el aura juvenil de sus años de actriz, cuando el coronel decidió escoger su guerra. Tal vez fue entonces, con las imágenes de la violencia mexicana inundando la paz de su hogar, cuando se entregó al proyecto que al cabo de dos meses habría de posicionarlo en Vietnam, junto a un grupo de activistas hippies en una fotografía que parece esconderse detrás de los vericuetos de otra pasión de guerrilla.

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Para ese entonces no había ni ecuación ni culpa. Sólo su madre, que había vuelto justo cuando ya todo parecía caer en orden, su madre, que regresaba dispuesta a retomar los años perdidos pintando el mismo volcán. Tantos años protegiéndose de la realidad mediante sucesivas capas simbólicas para que de repente la realidad le estallase de frente con la fuerza del gesto más sencillo: el gesto manual con el que su madre prendía el televisor todos los días y de repente lo rodeaba de noticias que le venían de todas partes, que parecían rodear su soledad numérica hasta invariablemente distraerlo, todas noticias de guerra que sin embargo parecían perderse sobre un mapa que nunca imaginó hasta verlo trazado sobre ese televisor que lo regresaba al nomadismo de su ya sepultada infancia. El coronel nunca tomó conciencia de su periplo hasta verse reflejado en los circuitos de una guerra invisible que parecía ser la suya sin serla.

 

Fragmento de la novela Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015)


Carlos Fonseca (Costa Rica, 1987) nació en San José. Pasó la mitad de su infancia y adolescencia en Puerto Rico. Obtuvo un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Princeton. Ha colaborado en revistas literarias como Letras Libres, Quimera y Otra Parte, entre otras. Su primera novela, Coronel Lágrimas, fue publicada por la editorial Anagrama en 2015. Formó parte del grupo fundador de la revista de reseñas El Roommate. Actualmente reside en Londres.

Foto: Claire Newman Williams

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Crímenes narrativos

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