“Una invitación”, por Liliana Pedroza

Marisa era bizca. Siempre me pregunté qué se sentía serlo. La tomé del brazo para subir las escaleras de caracol pues se mareaba, me dijo. “Ves doble”, confesó adivinando...

Marisa era bizca. Siempre me pregunté qué se sentía serlo. La tomé del brazo para subir las escaleras de caracol pues se mareaba, me dijo. “Ves doble”, confesó adivinando mi curiosidad, “como cuando la televisión no funciona y ves una figura superpuesta como una sombra luminosa: la imagen de un hombre más la mitad de ese hombre, por ejemplo. Pues así”. Llegamos a lo alto de la torre del Palomar para ver los papalotes que volaban Andrés y Josefina. Marisa hablaba de sus perros dándome ligeramente la cara, me sentí incómoda porque creí que me veía con insistencia; pero en realidad, lo supe momentos después, era una mirada oblicua al paisaje, al azul del cielo de esa mañana sin ninguna nube y con un viento ligero, los papalotes coloridos haciendo piruetas. Era comienzos de abril y el clima nos daba una tregua antes de que comenzara el verano, hacía fresco, eso era para nosotros lo más parecido a un milagro. Unos niños comenzaron a corretear alrededor de nosotros, sus gritos nos ensordecieron y decidimos bajar de la torre. Recogí mi mochila que estaba junto a Andrés. “¿Ya te vas?”, apuró a decir Marisa, “espera, te queremos invitar a la casa, hoy vamos a hacer una carne asada.” Dudé un poco, yo había ido al Palomar a mis clases de Tai Chi, las estaba retomando después de tres meses de ausencia durante la recuperación de una fractura de rodilla, todavía caminaba mal, arrastrando un poco el pie. Debí haber equivocado de hora o de día, o las clases ya no se daban en el jardín junto a la paloma, esa estatua gigante y grotesca en lo alto del parque. Merodeé un poco buscándolos cuando me encontré con Marisa y los otros muchachos. Me acerqué a ellos para preguntarles si habían visto al grupo, pero me respondieron que no y me invitaron a estar con ellos. Armaban sus cometas. Cuando Andrés y Josefina se alejaron para echarlas a volar le pregunté a Marisa si eran sus hermanos. “No, para nada, son mis amigos”, subrayó de un modo teatralizado. Me pareció inusual, yo nunca había tenido ese tipo de actividades con mi familia, nunca se nos ocurrió cuando yo era niña, y mucho menos con mis amigos con la edad que teníamos, ya estábamos muy grandes para eso. Marisa tendría unos veinte, calculé, igual que yo, pero sus gestos eran más aniñados. “Apenas son las once”, le respondí y mientras se lo decía sentí que no era una excusa demasiado rotunda, así que inventé sobre la marcha: “dame tu dirección y yo los alcanzo después”. Marisa hizo una mueca triste, la vi desvalida y ridícula con ese pantalón pesquero, esos zapatos con correa y sus calcetines con holanes. A lo lejos, Andrés y Josefina conversaban entre ellos mientras nos miraban. “Quédate, así nos vamos juntos. Vivo cerca de aquí, en San Felipe.” Extendió una manta color rosa, se sentó cerca de ella y sacó un termo y unos pastelitos. Me sentí torpe. Había hecho otros planes y ahora me veía entre esa gente desconocida. Marisa era amable y educada, Andrés y Josefina también aunque un poco más silenciosos. Me senté junto con ella y me extendió una taza de chocolate. Olía muy bien, así que no me pareció tan mala idea quedarme. Marisa comenzó a hablar de su colección de timbres postales y la forma que los había conseguido. “De niña, hice amigos en muchas partes a través de una revista de moda, me escribían y así conseguí la mayoría de ellos. Pero ahora ya no es posible. La gente de correos no te quiere vender timbres, te pone una calcomanía con el valor del envío nada más. Es una lástima porque…” La dejé que hablara mientras miraba alrededor en busca de algún indicio de mi clase. De pronto, vi a una compañera. Agité la mano para que me viera y se acercó a nosotras. “Las clases ya no son los sábados sino los domingos. Y nos cambiaremos de sitio porque ya no habrá lugar: van a poner otra estatua”. “Son horrorosas”, comentó Marisa. Las dos asentimos. “Quédate con nosotras, te invitamos a tomar algo”, agregó y levantó el termo para llenar otra taza. Pero mi compañera fue más hábil, dio una respuesta rápida sobre sus hijos que estaban jugando y que debía vigilarlos. “Parecemos amigas de mucho tiempo, ¿no te parece?”, dijo Marisa mirándome de lado como si fuera un pensamiento en voz alta. Era mediodía y el parque no guardaba ninguna sombra. Andrés y Josefina se acercaron a nosotros. “Ya vámonos”, propuso Marisa condescendiendo a un gesto de cansancio en ellos. “Yo los sigo en mi auto”, aproveché el momento para poder escabullirme de la invitación. “Me voy contigo para indicarte dónde vivo, no quiero que te pierdas”. Marisa me siguió y esperó a que le abriera la puerta del copiloto. Sentí que no tenía más remedio. Accioné el botón de desbloqueo para que pudiera entrar. No vivía tan lejos tal y como había mencionado. Conduje por la Trasviña y Retes y me estacioné tras pasar un par de cuadras por Ramírez Calderón. Atrás nos seguía el carro con Andrés y Josefina, Marisa los miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor. Cuando atravesamos la reja, los dos perros de Marisa ladraron y se acercaron a nosotras, las uñas de uno de ellos me rasgaron un brazo. “Deja en paz a mi amiga, Canela”, subrayó la palabra amiga cuando reprendió a su perro y lo hizo entrar a la casa. La madre parecía que nos esperaba porque salió con una jarra de limonada y dos vasos. Con una sonrisa más bien artificiosa nos hizo pasar al patio donde el padre encendía la parrilla. “Siéntate al lado mío”, me hizo señas Marisa. Andrés y Josefina estaban en la otra esquina conversando sin integrarse a nosotras. La anfitriona sacó sus bordados, uno a uno me enseñó los dibujos y la técnica que había empleado en ellos. Yo miraba sólo por cortesía. “¿Te gustan? Te voy a regalar uno, escógelo”, y se puso a bordar delante de mí para que viera sus destrezas mientras yo pretendía poner interés en sus mantelitos con corazones o flores. Sentí el olor a carne asada: mi recompensa. La madre puso sobre la mesa tortillas de harina y guacamole y el padre iba colocando la carne recién hecha. Andrés y Josefina fueron los primeros en tomar sus platos y servirse. Ahora que recuerdo nunca los oí hablar. Cuando me acerqué a ellos para preguntarles por mis compañeros de Tai Chi, ellos miraron a Marisa esperando su respuesta. Fue ella la que me contestó y la que decidió invitarme a estar con ellos. No los vi interactuar más que con la orden de ella. Marisa, muy solícita, se levantó a servirme. La madre se preocupaba por llevar una ensalada a la mesa y unas papas para asar. Los padres comieron cerca de la parrilla como para no molestarnos. ¿Tienes mascotas?, me preguntó Marisa al darse cuenta de que sólo ella hablaba. “Tengo tres gatos: Alfonsina, Africanita y Alejo”. “No me gustan esa clase de animales”, respondió y frunció la boca como reprobando mi respuesta, su rostro cambió y vi algo en él que, sin poderlo explicar, me pareció desagradable. “Y los peces. ¿Te gustan los peces?”, retomó la conversación. “No, no me gustan”, contesté en un plan más bien vengativo. “Entonces no te gustará ver mi pecera, qué lástima.” Algo en el ambiente se enrareció y empecé a sentirme incómoda. Marisa había dejado de hablar y de comer, tenía la cabeza ladeada pero no estaba segura para dónde miraba. Poco después se levantó y partió al interior de la casa. Sin saber qué hacer dejé mi plato y me arreglé la pantalonera. Esperaba que alguien se acercara a mí y me hiciera conversación, había pasado tiempo suficiente como para que Marisa regresara al patio, pero nada. Andrés y Josefina se levantaron, se acercaron a los señores. “Nos vamos”, los oí desde donde estaba. La mujer entró un momento a la casa y salió con su bolsa, de su cartera sacó unos billetes y entregó uno a cada quien. “Mañana no vamos a poder venir”, agregaron. “¿Por qué?”, dijo la madre un poco nerviosa. “No podemos”. La señora se acercó a mí y me dio un billete de cien pesos. “Tú sí vas a poder venir, ¿verdad?”. No comprendí. “Es por la compañía. Te pagan por estar un rato con Marisa”, finalmente pude oír la voz suave de Josefina. “De todos modos, no creo que le hayas caído bien: es por lo de los gatos”, advirtió Andrés que parecía experto en el negocio de acompañarla. Me levanté sin tomar el dinero y salí. Detrás de la puerta mosquitera los perros me ladraban, me vi el brazo lleno de arañazos. Por la ventana de la sala, Marisa me espiaba. A la mañana siguiente, en el Palomar, me encontré con el grupo de Tai Chi. La profesora y mis compañeros me saludaron gustosos luego de mi larga ausencia. Más tarde, mientras realizábamos la tabla de 24 movimientos, un poco torpe pues mi rodilla no cedía, vi a lo lejos a Marisa acompañada por sus padres. Armaban cometas mientras ella colocaba su mantel rosa y sacaba su termo. Pero ese domingo no había viento, no podrían echarlas a volar. Entonces tendrían que permanecer al lado de Marisa, quien les contaría una y otra vez historias que ya se sabían. Hastiados, buscarían a quien pagarle por hacerle compañía a su hija.

 


Liliana Pedroza (México, 1976) es licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado el libro de ensayos Andamos huyendo, Elena (2007) y los libros de cuentos Vida en otra parte (2009) y Aquello que nos resta (2009). Su obra ha sido incluida en antologías como Gaviotas de azogue (2008), La conciencia imprescindible, ensayos sobre Carlos Monsiváis (2009), Nuestra aparente rendición (2011) y El sol sobre los ojos (2014). Sitio web: www.lilianapedroza.com

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Crímenes narrativos

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