“Las ramas (parte 1)”, por Natalia Berbelagua

Fue en plena montaña, en un lugar parecido al Cajón del Maipo, un sitio baldío más arriba del embalse al que fui a esa fiesta de ácidos y música...

Fue en plena montaña, en un lugar parecido al Cajón del Maipo, un sitio baldío más arriba del embalse al que fui a esa fiesta de ácidos y música trance. Se había levantado un campamento, un lugar donde la resaca hacía estragos, donde tipos con el corazón acelerado se iban a guardar en sarcófagos plásticos para no ver la luna cada vez más grande y aterradora. Los demás hacían fogatas con mierda de vaca y algo de pasto seco en los espacios sin nieve. De fondo la música, estridente, un sonido parecido al del corazón pero en otro ritmo, más frenético. Cerraba los ojos y veía caras de osos, una al lado de la otra, unos adelante y otros más atrás, bailaban las caras como un caleidoscopio cuando cerraba los párpados. Yo quería probar el ácido y ahí estaban las consecuencias, agobiada dentro de la carpa mientras los otros reían y bailaban afuera.

Al día siguiente y en plena sobriedad vi un círculo plateado en el cielo, una esfera que aparecía y desaparecía frente a mis ojos, estaba al lado del sol, nadie lo notó porque a esa hora todos dormían, era la única que se había acostado temprano. Fui a la carpa a buscar una linterna súper luminosa que me regaló un pescador de playa, no sé por qué la gente me regala cosas. Recuerdo el lote de revistas de la segunda guerra mundial que me dio un vagabundo, el pan que me extendió otro en una esquina una madrugada, la caja de acuarelas y la libreta de los años 30 que me dio un tercero afuera de una casa en Ñuñoa, y el abrazo, el apretón que me dio un cuarto en Gran Avenida mientras cruzaba la calle. Y así… La linterna tenía la potencia suficiente para que ellos me vieran, si es que no se iban, si es que alcanzaba a traerla y apuntarlos. Llegué y ya no estaban, como ese sueño del 2011, cuando sentada frente al horizonte vi el cielo rasgarse como una cortina, y detrás de la tela, la nave, un armatoste del tamaño de un estadio, un óvalo gigantesco y gris del que descendían botes con gente rubia, casi albina, y nos asustamos tanto que corrimos a los cerros como cuando las dos serpientes Tentenvilú y Caicaivilú hicieron de las suyas en el sur de Chile. No sirvió de nada correr rápido, tener alas en las plantas de los pies, porque me encontré de frente con una de las mujeres de los botes, que no me dijo nada, al menos no sonoramente, pero creo que hubo algún tipo de conexión telepática. Me puso las manos sobre la cabeza, yo le pedí que me sanara, y desde esa vez que ya no sufro de jaquecas. Milagroso. Feliz. Inexplicable. Un dato no menor es que la mujer se parecía bastante a mí, tenía la frente ancha, los ojos almendrados y claros, los pómulos sobresalientes, como Agosto, que leía en un pequeño escenario cuando entré y me senté en el público. Tenía el pelo tapado por una bufanda, su cara era igual a la mía pero más joven. Nos miramos en un instante extraño y agobiante, porque de seguro ella ya no podría seguir con su vida sin saber quién era yo, y yo tampoco podría vivir feliz sabiendo que en mi misma ciudad hay otra dando vueltas por las mismas calles por las que yo paso. Al menos tenía que asegurarme de que no fuera una tipa cualquiera hablando de cosas normales.

Ese día me levanté de la silla antes de que el recital terminara porque tuve miedo, es lo que pasa en los días que se reconocen como iniciáticos. No hablaré de otros días como ese porque no quiero desviarme mucho del tema. El asunto es que ella me buscó. En el transcurso de una semana la tenía en mi clase conversando con mi alumno más inteligente y al mismo tiempo más flojo, el que semanas antes me había confesado camino al paradero de micros “no sé qué me pasa, pero todos los días escucho voces”. Se notaba que estaban en pleno proceso de conquista.

Nos hicimos de una relación de amistad tan alucinante que gastábamos parte del tiempo recolectando fotos donde el parecido era extraordinario. Pusimos a prueba a nuestros amigos y familiares más cercanos intercambiando fotografías para ver los resultados. Comprobamos que estábamos en lo cierto. Le mostré una foto a mi madre donde Agosto salía bailando cueca en una actividad escolar, y me dijo que no se acordaba en qué momento de la enseñanza media me había inscrito en folclor. Por su parte, su familia no recordaba cuándo se había teñido el pelo de rojo. Cuando nos veían caminar juntas por la calle la gente pensaba que éramos hermanas, me veía levemente mayor que Agosto, pero no solo era lo externo lo que nos unía, sino también una serie de aficiones. Teníamos la misma banda favorita, nos gustaban los mismos poetas, nos vestíamos de manera semejante, y leíamos en portugués. Si bien las dos escribíamos, a mí me iba mejor en esa área. Ella en cambio cantaba y dibujaba, dos actividades en las que me sentía frustrada por carecer de talento. Después de mucho conversarlo, llegamos a la conclusión de que cada una debía desarrollarse en ese espacio donde la otra estaba seca. Con el tiempo, ella se transformó en una segunda oportunidad de la vida para corregir mi desidia y procastinación adolescente. A su vez, Agosto encontró en mí la seguridad que le faltaba para hacer renuncias y dedicarse por completo al arte. Cuantos más días pasaban, se iba conformando una unidad, un solo ser, “una nosotra” que imaginábamos indestructible.

¿Qué tiene que ver todo esto con el lugar que se parecía al Cajón del Maipo? Pues se debe a que en mis últimas vacaciones aterricé en el norte, digo aterrizar de una forma metafórica, porque el viaje lo hice en auto y por supuesto que no iba manejando yo, porque no sé. Ese tramo del desierto cercano a Antofagasta se parecía a ese lugar, o al menos algo me lo recordó, una sensación parecida, y esto no tiene nada que ver con drogas porque el viaje lo hice hace cuatro años y no pruebo nada más que marihuana hace seis. Estaba en el centro, esperando que diera la luz verde en un semáforo, en esa esquina había un circo. Tenían unos leones famélicos, llenos de forraje, encerrados en jaulas. Fue ahí cuando vi su rostro. La mitad de su cara, exactamente igual a la de nosotras dos, pero más vieja. Tenía el pelo tan corto como Agosto, lo usaba teñido de un rubio casi blanco. Iba fumando. Mientras cambiaba la luz, terminó de fumar un cigarro e inmediatamente prendió otro. Yo la miré con tanta insistencia que se dio vuelta, solo un poco como para percatarme de que estaba embarazada. Se veía perturbada, pensé en alguna clase de enfermedad psiquiátrica y por segunda vez tuve miedo.

Todos sabemos que hay gente que se parece, que la tómbola genética a veces da resultados similares. Los más esotéricos dicen que hay siete caras iguales en el mundo, un Doppelgänger, ese doble andante, el paseante fantasmagórico que trae consigo un augurio de muerte o peligro. Yo ya había visto a dos.

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Además de haber visto a dos mujeres iguales a mí, la que representaba el futuro estaba loca. Qué hacer para cambiar mi destino, o nuestro destino con Agosto, que era la más joven. “Algo hicimos mal”, le dije, “O algo estamos haciendo mal”, me dijo ella. “Todavía estamos a tiempo de salvarnos las dos”. Ese día en el semáforo me quedé petrificada. Cruzó toda la gente y yo me quedé ahí, lívida. Reaccioné tarde. La mujer ya se había subido a una micro, yo no conocía casi nada de la ciudad. Cuando llegué al paradero la micro iba partiendo. Tuve el impulso de subirme. Me quedé parada en la escalera. El micrero me dijo “se va a subir o no se va a subir” y con toda la humildad del mundo que me vino en ese mismo momento, no en otros donde verdaderamente lo he necesitado, le dije que no, y me bajé, dejé que la posibilidad de hablarme a mí misma en 15 años más se perdiera para siempre.

Agosto estaba muy enojada, me dijo que era una cobarde, y que era claro que ella pertenecía a nuestro mismo tronco, para ese entonces ya hablábamos de nosotras como un árbol, yo misma le parecía un poco perturbada, y de seguro en quince años tendría los mismos trastornos. Las discusiones se tornaban cada vez más bizarras, y el enredo lingüístico referente al tiempo ya era ridículo: “Tú me haces sentir una mierda en el pasado”, “Estoy harta de que seas mi futuro”, “Si no fueses tan estúpida en el pasado no tendría los problemas que tengo en el futuro”, ¿Y qué cresta vamos a hacer con la otra más vieja, nuestra yo del futuro?, “Ya no sé lo que estoy viviendo”, “¿Me puedes decir cuál es el presente, yo, tú o ella?, “no podemos seguir así”, “no quiero vernos embarazada y fumando en una población de Antofagasta”.

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Toda esta rareza comenzó en mi infancia, pero mis premoniciones llegaron en la adolescencia, cuando estaba recién estudiando literatura. Dos esferas negras como dos granadas dieron el comienzo a una serie de cortometrajes extraños que veía por las noches, naves circulares que volaban a ras de un edificio y solo una de ellas estallaba, ballenas faenadas, mujeres embarazadas unidas solo por un cordón umbilical y bañadas en sangre, perros despedazando caballos, fetos perdidos en los bares, ratas confundidas con manzanas, una puerta que no se debe abrir porque detrás hay cientos de demonios, un cuerpo sin rostro al que abrazo en un barco varias noches seguidas, la costanera de una playa desconocida, una mariposa asesina que vuela muy rápido sobre un pasto muy verde, peces y toda clase de crustáceos levantando sus patas y colas ante mi presencia, una mantarraya blanca moviéndose como una tela en el agua turquesa, mi antigua casa quemándose desde dentro, dando paso a una muralla de piedras preciosas, gente muerta diciendo “no estoy muerta”, gente viva diciéndole a gente muerta “pero tú estás muerto”, muertos diciendo “me dan permiso para bajar cuando los extraño”, vivos añorando darle un abrazo a gente muerta. Yo misma haciéndome arrumacos cuando niña.

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Figueroa dice que antes de declararse una esquizofrenia casi siempre hay un sueño anterior. También dice que se sueña más que antes, aparecen sueños terroríficos que contrarrestan sueños indiferentes o sueños que eran agradables antes de la enfermedad, que incluso los sueños pueden verse y oírse. También me contó el caso de unos gemelos a los que se les declaró la enfermedad al mismo tiempo, y ambos decían que se había abierto el cielo con ángeles y trompetas incluidas, que escuchaban la música. Le pregunté a Agosto si alguna vez soñó que era otra, o algo que pudiera atribuirse a nuestra historia. Se quedó pensando, me dijo que antes de conocerme no ocurrió nada distinto a lo que era su vida hasta ese minuto, pero sí me habló de un sueño reciente. Dijo que estábamos juntas, y que ella además estaba embarazada, en cuclillas y sobre una alfombra persa, sin poder parir. Los pies de la guagua le golpeaban por dentro haciéndola sentir dolor. Yo le tomaba la mano y la alfombra se elevaba, y una súbita paz le calmaba al hijo en el vientre.

Unos meses después del sueño de la alfombra quedó embarazada. Me enteré de la misma forma. La veía con una niña en los brazos, tenía los ojos verdes. Sentí una mezcla de felicidad y melancolía, porque desde hace un tiempo nos habíamos separado para dejar de lado ese absurdo de los parecidos. Le escribí “¿Qué se siente?” Y ella respondió “En síntesis es una locura”, “¿En qué estás?”, “Reorganizando las habitaciones”, “¿Cuánto falta?”, “Un poco más de cuarenta días”, “Debe ser raro”, “Es el más extraño y delicioso evento en el cuerpo humano”, “Debe ser bello”, “Es bello porque el dolor se empieza a amar”, “¿Duermes poco?”, “Es un estado de alerta y lucidez muy agudo”. “¿Y qué harás si se parece a nosotras?”. Fue lo único que no me respondió.

 


Natalia Berbelagua (Chile, 1985) ha publicado los libros de cuentos Valporno (2011) y La bella muerte (2013) por Editorial Emergencia Narrativa. Ganadora de la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes 2015. Actualmente trabaja en guiones y termina su primera novela.

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Crímenes narrativos

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