“La edad ganada”, por Mar Gómez Glez

Habían quedado a las dos en punto. La estudiante llegó a menos cuarto y se entretuvo observando a los niños del parque. Hacía un frío raro, primaveral, de ida...

Habían quedado a las dos en punto. La estudiante llegó a menos cuarto y se entretuvo observando a los niños del parque. Hacía un frío raro, primaveral, de ida y vuelta.
—Lo siento muchísimo, estaba en una reunión. Estás helada —dijo Rafael pasándole el brazo por la espalda—. ¿Por qué no me has esperado dentro?
La chica se encogió de hombros y se escabulló de su cuerpo con disimulo. Se sentía rara preguntando por la mesa de don Rafael, especialmente aquel día en que el tema le rondaba la cabeza. El dinero se le quedó pegado sobre la frente, seguro que se nota, pensaba sin creerse del todo la ceguera telepática de su acompañante. No miraron la carta. Rafael pidió la especialidad de la casa, que el camarero ponderó como si en lugar de garbanzos estuviese hablando de pepitas de oro. A ella le daba igual cocido o langosta, tenía el estómago cerrado. Rafael y la estudiante se conocían desde hacía algo más de dos meses, desde la charla de la escritora tras la que se quedaron hablando. Rafael organizó la conferencia y trajo a la afamada novelista, a quien conocía desde la infancia. Interesado por cómo se recibieron las ideas de su amiga entre los alumnos, les fue tirando de la lengua. La estudiante no disimulaba su entusiasmo, y cuando le dieron la palabra, anunció con voz chillona su devoción por el trabajo de aquella autora:
—¿Es que no buscamos todos nosotros —dijo refiriéndose a los doctorandos—, una libertad parecida a la que aspiran los personajes de esta novela? Al fin y al cabo, la Universidad es casi un santuario, un reducto del sistema para los que no se conforman.
El grupo quedó en silencio tras su intervención, y la mirada sorprendida de Rafael la alertó de su postura. Sostenía la novela como si fuese una biblia. Finalmente un compañero contestó que bueno, que desde luego el conocimiento era la clave para tomar conciencia, pero que no había que ser cándidos, que la Universidad en sí también le seguía el juego al sistema y que la postura del intelectual de izquierdas, tanto si trabaja en una Universidad, como si publica en un gran sello editorial, no deja de ser una actitud cómoda e hipócrita. Rafael repuso con firmeza que él no iría tan lejos. Después de aquel comentario el grupo se fue desmembrando, hasta que el vicerrector y la estudiante ingenua se quedaron solos.
—Me gustan tus ideas sobre esta institución. Eso es lo que intentamos hacer aquí, una Universidad siempre un paso adelante de la sociedad, que haga preguntas incómodas, que se movilice si es necesario. Hace falta gente como tú, que crea que se pueden cambiar las cosas.
Ella no dijo nada, aunque sintió un escalofrío de orgullo desde la rabadilla a la nuca. Por no dar un salto de emoción, se concentró en el traje azul eléctrico de Rafael, acompañando la elegante caída del paño con la mirada.
—¿Estudias aquí?
—Sí, el doctorado en Humanidades.
—¿Qué haces ahora?
La llevó al comedor de los profesores, que era igual que el de los alumnos, pero más limpio, y allí empezaron a ser algo parecido a amigos. Semana sí semana no, salían a comer y hablaban de literatura. Un día él sugirió encontrarse en otro restaurante fuera del campus, con clientes ajenos a las urdimbres de la academia. Allí comenzaron las confidencias. Rafael le habló con nostalgia de su época francesa, en París, donde conoció al hijo de Jodorowsky. Adán Jodorowsky le presentó a su padre y ambos le introdujeron en el tarot en el Café Le Téméraire, donde hasta el día de hoy, decía Rafael, el creador de la psicomagia lee las cartas gratuitamente. Gracias a sus conocimientos de cartomancia, el vicerrector viajó por toda Europa durante un año, con una baraja y una mochila al hombro.
—Yo creía que eras marxista —dijo la estudiante.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—No sé, el tarot suena muy burgués.
—Tú siempre tan estricta. ¿Sabes algo del tarot?
—Muy poco —qué iba a saber ella. A los dieciséis se enamoró de uno de dieciocho que le prometió una cena si aprendía el cálculo de las cartas astrales durante el verano. Aquella promesa la llevó a la sección de esoterismo de la librería de El Corte Inglés, en donde junto a los manuales de astrología ojeó los diccionarios de artes adivinatorias, las cartas y las runas, pero nunca se adentró en los secretos de los arcanos.
—El tarot es un lenguaje que funciona a través de arquetipos, símbolos compartidos que ayudan a contactar con el inconsciente. No estoy hablando de religión, ni de leer el futuro. Se trata de ayudar al consultante a que vea algo que no puede ver, a concretar sus deseos para que los satisfaga —desde aquel momento la literatura fue desplazada por los intereses más excéntricos del vicerrector. Rafael, además de las cartas, practicaba reiki, y trabajaba como voluntario en una asociación que facilitaba el paso de la vida a la muerte cuando ésta se producía en circunstancias excepcionales y se hacía necesario guiar el alma del fallecido a su nuevo estadio en el reino de los muertos. Era un proceso delicado, para el que se necesitaban años de preparación y una especial entereza que no todo el mundo poseía. Así fue como la estudiante conoció El libro tibetano de los muertos, la reencarnación y el sexo tántrico, que al fin y al cabo, dijo el vicerrector, no era más que otra forma de compartir y generar energía. Aunque en la universidad casi nadie conocía estas aficiones, él confió en la estudiante. Le parecía que era abierta de ideas y que tenía libertad de espíritu. Con lo mucho que hablaba él y lo poco que intervenía ella, era difícil imaginar cómo pudo equivocarse tanto mencionando el dinero. Les sirvieron la sopa y con la cuchara le dio vueltas a los fideos como si estuviese atontando su propia conciencia. La franqueza del caldo en el que se envolvía la llevaba a cuestionarse sus propias intenciones. ¿Qué estaba de verdad buscando?
—Mira esa pareja —dijo Rafael propinándole un codazo—. Llevan toda la comida sin intercambiar una sola palabra, pero quién sabe si su comunicación es más profunda que la nuestra, que no paramos de hablar, ¿no te parece?—. Rafael no esperaba una contestación, sino sacarla de sus pensamientos. Ahora que le tenía más cerca, la estudiante aspiró su intenso perfume. Ya lo había olido otras veces, pero nunca como entonces se le agarró la fragancia a lo alto del tabique nasal, delatando unos aromas agudos, matizados pero inconfundibles, de aceite de pachuli y albahaca—. Porque cómo sé yo que realmente tú me entiendes.
—Ya. Sé a qué te refieres —pero no lo sabía, no tenía ni la más remota idea. Contestó como una autómata por agradarle, y quizá porque tantas conversaciones esotéricas le habían hecho mella y de alguna manera, improbable pero posible, creía que realmente Rafael era un brujo y sabía que la beca llevaba obsesionándola desde la semana pasada. Si no sacaba el tema no era por falta de interés, sino por miedo a que algo raro e inoportuno estuviese pasando, algo que arruinase aquello parecido a una amistad o incluso toda su carrera, algo que en todo caso, ya en su existencia hipotética y virtual, le estaba arruinando el cocido. Ni el tocino atrapado entre el pan y el jugoso chorizo de cantimpalo, ni el suavísimo morcillo que se deshacía en la boca, consiguió bajarla de la nube de desagrado en la que le había sumido el dinero, que con toda su corrupción histórica sentía cada vez más cerca de su piel, tentándola con su cálido aliento de superávit. Aquel día insistió en pagar ella.
—Rafael, he buscado en la página web de la universidad la beca que me dijiste y no la encuentro.
—¿Qué beca?
—La beca de la que hablamos para poder ir a estudiar a Estados Unidos el año que viene.
—Es verdad, querías ir a Nueva York.
—Sí. Ya tengo los contactos y todo.
—No es una beca, es un fondo del que yo dispongo. Tú me escribes un e-mail, un e-mail formal, claro, explicándome lo que vas a hacer y el dinero que necesitas, y yo te lo doy. El año que viene te voy a ver a esa universidad yanqui y compruebo que invertimos bien nuestros recursos, ¿qué te parece?
Me parece que me acabas de desnudar, pero eso era sólo lo que a ella le parecía en aquel instante, en aquella milésima de segundo, en que casi no tuvo tiempo de procesar la última frase.
—Muy bien—. La contestación salió de su boca acompañada de una sonrisa idiota que mantuvo incluso después de los dos besos de despedida.

 

Fragmento de la novela La edad ganada (Caballo de Troya, 2015)

 


Mar Gómez Glez (España, 1977) es una novelista y dramaturga madrileña que vive entre España y Estados Unidos desde 2006. Es autora del libro infantil Acebedario (2005) y la novela Cambio de sentido (2010). Sus obras han sido estrenadas en Madrid, Nueva York y Los Ángeles. Entre los reconocimientos que ha obtenido su trabajo se encuentran el premio Calderón de la Barca (2011), Premio Arte Joven Latina (2008) y Premio Beckett de teatro (2007). Es doctora en filosofía por la Universidad de Nueva York (NYU) y especialista en literatura del Siglo de Oro y misticismo. Actualmente enseña en la Universidad del Sur de California (USC) y es Hot Desk International Playwright en el teatro Center Stage de Baltimore.

Foto: Saúl Escobar

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Crímenes narrativos

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