“Las deudas de Fernández”, por Mariana Komiseroff

Fernández venía a la financiera una vez al mes porque creía que nosotras le dábamos una mano, que lo ayudábamos. Sacaba créditos para pagar los intereses de otros créditos...

Fernández venía a la financiera una vez al mes porque creía que nosotras le dábamos una mano, que lo ayudábamos. Sacaba créditos para pagar los intereses de otros créditos y su vida era un resumen de deudas impagas. Fernández siempre lloraba, que la hija, que la madre, que la esposa. Los desastres económicos de Fernández eran mujeres al borde de la vida y la muerte. Lo dejábamos hablar porque nos parecía buen narrador. Alguna de nosotras dijo que compilaría sus historias en un libro de cuentos. A otra se le ocurrió grabarlo con el celular y subirlo a YouTube. No hicimos nada de eso, aunque ahora más que nunca pensamos que deberíamos haberlo hecho. Si tuviéramos documentado algún fragmento concreto de su vida, sin la distorsión del recuerdo, podríamos encontrar algo en sus relatos que nos diera una pista.

A Fernández no le llegaba agua al tanque, podíamos hacerle firmar cinco pagarés y el tipo no se daba cuenta. El único límite que teníamos para robarle era el treinta por ciento de su sueldo que la ley permite usar para créditos. Todo se puede dibujar, nadie controla. Una vez sin darnos cuenta le contabilizamos el ingreso por hijo discapacitado, apenas si mirábamos el recibo, sabíamos que él nunca reclamaría nada, pero la plata de los hijos no se puede tocar. No solo por lo que dice la ley sino también porque algunas de nosotras somos madres y las que no somos, en algún momento vamos a ser. Todas coincidíamos que con la plata de los chicos no.

Fernández tenía los fósforos mojados. La pasaba bien, siempre tuvo esa impunidad de la idiotez. Fósforos tuvimos que prender la primera vez que nos pidió para usar el baño de la oficina, no teníamos desodorante de ambientes. Después de eso hicimos una vaquita y compramos. Hagamos una Martita, dijimos. Aunque Martita no entendió que le estábamos diciendo vaca porque es bastante tonta. La mujer de Fernández debe ser igual de débil mental que Martita, de otra manera no se explica que haga el amor con él y hasta tengan un hijo.

A Fernández se le hizo costumbre lo de pedirnos pasar al baño. Nosotras que no tenemos tolerancia a los olores ya lo veíamos entrar y nos poníamos a hacer arcadas de solo mirarlo. No disimulábamos porque Fernández tiene algunos caramelos afuera del tarro y no se da cuenta. Caramelos bajas calorías nos regaló Matías, el cadete, para la semana de la dulzura. No supimos si putearlo o agradecerle. Pero todas le sonreímos porque no quisimos quedar mal. No nos perdonaríamos quedar mal con él, es muy lindo. Todas queremos quedarnos a solas con Matías pero eso no es posible. Una vez una de nosotras hizo correr el rumor de que Matías salía con otra de nosotras. A los pocos días desapareció el celular de esa otra y ninguna supo qué había pasado. El celular apareció con una foto de Fernández sentado en el inodoro de fondo de pantalla. A ninguna nos gustó, nos pareció excesivo. Quién de nosotras se habrá animado a entrar al baño cuando Fernández, que se está pudriendo en vida, estaba haciendo sus cosas.

Ninguna de nosotras quiere atenderlo. Al principio nos hacíamos las tontas y lo dejábamos una hora esperando. Si hay alguna nueva lo tiene que atender hasta que termine de pagar el derecho de piso y eso pasa cuando alguna de nosotras se olvida el Facebook abierto y la nueva ve algo que no debería haber visto y entonces ahí somos todas iguales. La nueva pasa a ser una de nosotras. Todos tenemos un muertito debajo de la alfombra. Muertito esta Fernández, que tiene un olor a podrido que no se aguanta. Estamos en el quinto piso, pero ya lo intuimos desde que se sube al ascensor. A veces prendemos inciensos y el olor perfumado del humo se mezcla con el de nuestro quitaesmalte y el olor a mierda de Fernández.

Fernández no tiene los patos en fila y esa vez no vino a pedirnos plata, pasó directo al baño, tardó una eternidad. Se hizo la hora de salida y nos fuimos, lo dejamos encerrado con llave. Al otro día, cuando abrimos, no estaba. En el perchero al lado del espejo estaba colgado su saco. Levantamos la tapa del inodoro y ahí estaban sus restos. Tiramos la cadena muchas veces, pero los zapatos quedaron estancados. Nos pusimos guantes y los sacamos, chorreaban agua, los tiramos a la basura. Obviamente Fernández nunca más pagó sus deudas. Una vez apareció descalzo y arrugado y húmedo, cuando ya lo habíamos pasado a legales.

 

Del libro de cuentos Fósforos mojados (Suburbano Ediciones, 2014)


Mariana Komiseroff (Argentina, 1984) estudió dirección y crítica de teatro, y es autora del libro de cuentos Fósforos mojados (2014). Fue finalista de los concursos “Cuento raro” de Outsider e “Itaú cuento digital” (2012). Ha publicado relatos en varias antologías y en las revistas Lamujerdemivida y Casquivana. Ganó el segundo premio “Itaú cuento digital” (2013) y participó en el proyecto 8cho&8cho. De este lado del charco, su primera novela, será publicada próximamente.

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Crímenes narrativos

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