“La casa muerta”, por Alina Gadea

Me comenzaban a interesar las casas que habían muerto porque, a diferencia de las personas, uno las podía revivir. Eso es lo que buscaba una mañana brumosa frente al...

Me comenzaban a interesar las casas que habían muerto porque, a diferencia de las personas, uno las podía revivir. Eso es lo que buscaba una mañana brumosa frente al mar de Miraflores. Una casa para resucitar. Una casa donde hubiera habido vida a raudales, que se hubiese ido extinguiendo poco a poco hasta quedar reducida a telas de araña y a fantasmas.

Un domingo de invierno en la mañana, después de haber trabajado toda la noche frente a mi tablero, me alisté para salir a caminar por el Malecón de la Reserva. Fui serpenteando por el camino sinuoso de calles olvidadas y entré por una que se abría en tres, con una quinta como una estrella. Me detuve en el centro. No pasaban carros, así que observé el lugar por un buen rato sintiendo cómo me mojaba una garúa mezquina. Las esquinas de las calles eran curiosamente curvas, con casas estilo Tudor. Yo sabía que habían sido construidas cien años atrás por un arquitecto inglés que luchaba contra la nostalgia de estar lejos. Como si hubiera querido reproducir algo de su niñez aquí.

Me llamó la atención una casa enorme y antigua, de techos a dos y a cuatro aguas. Algunos más agudos y altos que otros. Una buganvilla gobernaba la punta del sombrero de bruja de uno de los tejados como un inmenso animal colorido desparramado por el techo. Entre la explosión de flores asomaban tímidamente las ventanas polvorientas de la buhardilla, entreabiertas como ojos con sueño. ¿Quién sabe qué o quién se ocultaría detrás de ellas? Miré las persianas de madera; parecían separar la casa del mundo y aislarla del tiempo. ¿Qué habría dentro de ella? Me sentí tentada de tocar la aldaba pesada. No tenía que seguir buscando. Esa casa era la que había visto en sueños, y para mi suerte tenía un letrero colgado tristemente como un collar al cuello que decía:

Se vende

Me contuve por unos segundos antes de decidirme a tocar la puerta. Traté de mirar por una rendija y solo vi hojas secas, algunas macetas vacías y unos gatos que trepaban los árboles. Un olor a humedad que venía de adentro se adivinaba desde la ranura. En el suelo había innumerables volantes de comidas rápidas, así como ofrecimientos inútiles de reparaciones en general. También vi un jazmín que subía retorciéndose por la reja de una ventana. Sentí una oleada de fragancia luchando con toda su frescura contra el olor a encierro.

Finalmente puse la mano en la aldaba y la sostuve por largos instantes, como adelantándome a mi viaje hacia el interior de la casa. Un viejo afilador de cuchillos pasó en ese momento con su extraña rueca cuyo sonido inconfundible me hizo volver en mí. Parecía un gnomo sacado de un cuento que sonaba como el flautista de Hamelín.

Golpeé la aldaba y no puedo negar que sentí algo parecido al miedo. Esperé sin saber por qué esa inquietud. Dejaría los planos de los edificios modernos que no me decían nada. El diseño de espacios funcionales y pequeños de techos bajos y de materiales nobles me ayudaba a comer, pero no alimentaba mi espíritu. Yo quería algo más que pan.

Era seguro que el que se acercara a esa vieja casa querría, como lo habían hecho ya con la casa del señor Losada y con muchas otras casas de Miraflores y Barranco, tumbarla y construir uno de esos edificios como los que yo diseñaba. Esto era algo distinto. Era algo así como una ilusión, un juego que iba más allá del trabajo y del dinero.

Oí pasos detrás de la puerta y finalmente la voz de un hombre:
—¿Quién es?
—Buenos días. Soy arquitecta y vengo por el cartel que dice «Se vende».

Abrió la pequeña ventana del postigo en la puerta grande. Vi su cara como salida de la nada, o del pasado o del encierro. Del gris del cielo, tenía unos ojos cansados y algo tristes.
—Tiene que llamar por teléfono y hablar con la señora para sacar una cita. Ella solo recibe por las tardes, es decir, algunas tardes. Voy a buscar el número.

Luego de unos momentos me extendió por entre los fierros forjados de la pequeña ventana de madera un papel marrón arrugado con el teléfono escrito en números grandes e infantiles.
—Gracias —le dije, y me retiré unos metros, sin dejar de mirar la casa, y me situé nuevamente en el centro de la estrella para observar. Me pareció ver algo o alguien en la ventana central de los altos de la casa. Me fijé bien. Debía de ser un reflejo del cristal, pero sin duda había muchos muebles en el interior que parecían un tumulto. Pensé en soldados sobrevivientes de una batalla. En personas inertes custodiando la casa y sus recuerdos. En testigos mudos de vidas anteriores, de amores, de riñas de novios, de peleas de niños con trajes de marinero, de juegos de trompo, de grandes almuerzos, de mujeres embarazadas, de llantos de recién nacidos, de risas de niñas con uniformes de falda escocesa hasta la rodilla llegando del colegio; de hombres jóvenes y maduros, de viejos y de muertos. Me pareció oír los ecos de las voces de unos chicos jugando a la ronda, pero me di cuenta de que solo era el rumor del mar a lo lejos.

Llamé inmediatamente al teléfono que me proporcionó el hombre y sentí el mismo sobresalto que antes de tocar la puerta. Se hizo un silencio y oí una voz como salida de un armario:
—¿Quién llama?

Algo turbada, titubeé por unos instantes y le dije:
—Eh, eh, acabo de hablar con una persona. Creo que es su empleado, me dio su teléfono. Usted no me conoce, yo llamo por el letrero de «Se vende».
—Ah. Usted es otra corredora de casas.

Su voz parecía cansada de la vida.
—No señora, no precisamente. No soy corredora; soy arquitecta y estoy interesada en conversar con usted sobre su casa.
—Sí, claro, usted piensa tumbar la casa así como han hecho con las casas vecinas. Piensa construir un inmenso edificio de cemento. Puede pasar a verme la próxima semana, pero no le aseguro nada. Sucede que tengo varios postores y el precio es lo que menos me preocupa.
—En realidad, señora, mi idea es distinta. Quisiera la casa, pero no sé exactamente si pueda comprarla, y aun si la comprara, de ninguna manera construiría un edificio. Tengo otra propuesta que hacerle.
—En ese caso, venga esta tarde. La espero. Nada me gustaría más. A propósito, ¿con quién tengo el gusto? Usted habla con Isabel Estenós.
—Encantada, señora. Yo soy Mariela Ramos. ¿Le parece bien a las cinco?
—Sí, está muy bien para mí. Hasta luego.

Colgué y volví a mirar la casa dando la vuelta por el malecón. Observé que había sido modificada más de una vez. Alcancé a ver una ampliación que habían llevado a cabo probablemente en la década del 70, por los materiales que habían usado. Vi también que habían cementado el jardín y que algunos árboles tenían alambres de púas enrollados alrededor de sus troncos secos, como cinturones opresivos. Pensé en coronas de espinas. Tenían savia rojiza chorreando bajo las púas hirientes. Yacían de pie, solitarios. Árboles muriendo de pie, con los pájaros todavía en sus nidos y saltando de rama en rama. Eran de un verde grisáceo, de ramas desnudas, con hojas que más que hojas parecían pelos lacios y ralos. Me pareció ver un niño jugando, pero no había ninguno. Eran solo juguetes viejos. Un carrito rojo de lata, un caballo de madera.

Regresé a mi departamento paso a paso. Un frío intenso parecía haber traspasado mi piel. Pasé la mañana revisando la edición especial de una revista de casas antiguas. Me imaginaba el interior de la casa y por momentos me venía a la mente la idea de cómo sería la señora Isabel. Su voz penetrante me había quedado resonando en los oídos. Pensé que las casas, como la gente, pueden ser nuevas o pueden venir de muy lejos y de muy atrás. Pueden contar con ninguna o con muchas experiencias. Pueden atraer o repeler. Pueden dar energía o alegría o miedo o gusto o pena. O una mezcla de todo. Pueden contagiarse de las virtudes y defectos de las personas.

Almorcé un sándwich y me quedé dormida viendo una película absurda. Y soñé nuevamente con la casa y con la señora también.

Fragmento de la novela La casa muerta (Altazor, 2014)


Alina Gadea (Perú, 1966) estudió derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú y escritura creativa en el Centro Cultural de la PUC. Ha publicado las novelas Otra vida para Doris Kaplan (2009), Obsesión (2012) y La casa muerta (2014). En 2007 obtuvo el premio Copé de Bronce por el cuento “La casa muerta”, obra que luego fue convertida en la novela corta del mismo nombre. Ha participado en diversas antologías y en revistas nacionales e internacionales. Actualmente prepara su cuarta novela, El naufragio.

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE