“Delfina de Playa Caleta”, por Luis Miguel Quijada

La primera vez que el Popeye Marmolejo vio por televisión a la Sirena de Playa Caleta tuvo una espectacular erección. Le recordó cabrón a Sasha Montenegro en La golfa...

La primera vez que el Popeye Marmolejo vio por televisión a la Sirena de Playa Caleta tuvo una espectacular erección. Le recordó cabrón a Sasha Montenegro en La golfa del barrio. La criatura marina, mitad mujer, mitad atún, tenía el cabello negro, largo hasta la aleta caudal, unas tetas enormes que parecían cúpulas bizantinas y unos labios como de boxeador recién madreado. En un sinnúmero de ocasiones ya había sido avistada en aguas bajas por varios lancheros que, a pesar de sus esfuerzos, no habían podido pescarla. Nadie lo había conseguido, sino hasta aquel día en que un biólogo canadiense, fanático de las mantarrayas, logró echarle mano atrayéndola con pedacitos de Choco-Krispis que le tiraba en el mar. «La Delfina», como la apodaron en razón del impresionante parecido que su nado tenía con el sesudo cetáceo, oficialmente era propiedad de la nación. La noticia de su captura se difundió a nivel nacional e internacional, por televisión, radio e internet. Sus fotos se esparcieron por las redes sociales cual escandaloso meme de Miley Cirus tallándose las nalgas con el lábaro patrio. «A esta vieja me la tiro y luego me la regenteo», pensó de inmediato el Popeye Marmolejo, así que mandó llamar a sus facinerosos: chulos, sicarios, matones a sueldo para que se lanzaran al acuario central de Acapulco donde un puñado de científicos ya había conectado a la Delfina a miles de cables, computadoras y a nuevas angustias producto del contacto con la ciencia. La principal preocupación del Popeye era saber si la sirena tenía «hoyo»”; si servía como mujer; si era rentable. Los facinerosos llegaron al acuario blandiendo tamaños AK-47. A puro frijolazo tumbaron la puerta, les dieron cuello a todos los empleados y se llevaron a la Delfina quien sonreía, satisfecha, sintiéndose una afortunada princesa rescatada por un comando de apuestos tritones. La llevaron en presencia del Popeye. «¡Pa ju mecha, brody! ¡Ejta vieja je ve más sabrosa que el ceviche frejco!», aseguró el Popeye mientras le trituraba las tetas con los ojos y salivaba copiosamente por la boca y por la uretra. De inmediato, le exigió a todos sus lacayos que se largaran, les dijo que tenía un «mandadito» que hacer. La Delfina lo miraba esgrimiendo una risita como de niña traviesa. «Ahora sí, pinche Ariel de Disney, vas a darle una buena probada a la carne humana», aseguró el Popeye. Del bolsillo de su pantalón sacó unos gramos de cocaína; los puso en la nariz de la sirena, le tapó la boca y ésta, ante el bloqueo respiratorio, no tuvo de otra más que aspirar el polvo blanco. De inmediato, La Delfina comenzó a dar de coletazos y a exprimirse los senos. «Sodomízame», suplicaba la Delfina, aullando en un perfecto español. «¡Ah carajo! ¿En dónde aprendiste a hablar en cristiano? Se supone que los pescados no hablan», preguntó el Popeye, sorprendido. «Crecí escuchando a los lancheros de Playa Caleta, ¿qué esperabas, pendejo?» aseguró la Delfina, jadeante. Intempestivamente, ella se abalanzó sobre el Popeye, le desabrochó el cinturón, bajó sus pantalones, su trusa y con sus labiotes, se despachó con la mamada grande. Tras cinco minutos de floridas felaciones, la delfina se empinó ofreciendo su sexo al Popeye. «¿Y por dónde te cojo, pendeja? No te veo el hoyo», recriminó el Popeye. «Pues averígualo», lo retó. El Popeye busco en las nalgas, en los muslos, en el vientre, en la entrepierna y hasta en los ojos, pero no encontró nada; sólo había una capa uniforme de escamas, nada que se pudiera parecer a una vagina. La Delfina se carcajeó y le dijo: «es que no lo haces bien». Tomó la mano del Popeye y la llevó hasta una parte de su espalda en donde un pequeño orificio por fin se abrió. Copularon seis veces y esnifaron otras quince. Esa noche hubo marea alta.

Tal y como se lo tenía sentenciado, el Popeye Marmolejo metió a la Delfina al talón. La promocionó, impulsó su carrera, le metió marketing. Le hizo una página en el feis. «Cójase a La Sirena de Playa Caleta por sólo 2000 varos.» Hizo promociones: «enero: échese un sesenta y nueve gratis»; «febrero: mamada con miel»; «marzo: usted y su compadre al mismo tiempo, y por el mismo precio»; «abril: coja e invite a su esposa a mirar…» y así, una promoción por mes durante todo el año. La Delfina se cogió a cientos de diputados, estudiantes, mirreyes, drogos, solteros, casados, divorciados y hasta a varias viejas liváis… definitivo, el talón era lo suyo. La Delfina combinaba su vida de putona con el aprendizaje de la guitarra. Tenía talento nato. «A mí se me hace que el pinche Neptuno te enseñó», le insinuaba el Popeye, sorprendido por los logros de su vieja. El Popeye le compró una Yamaha acústica modelo Española, y pa’ luego la sirena sacó completita y de puro oído Stairway to Heaven de Led Zeppelin, Tears in Heaven de Clapton, More than Words de Extreme, y hasta el Concierto de Aranjuez de pé a pá. Durante las madrugadas en que la Delfina regresaba de talonear, de esnifar la sagrada grapa de cada día, y tras rematar echándose la «cogida del estribo» con el Popeye, le interpretaba su mejor repertorio; le cantaba al oído a su macho, resoplándole en los pelitos de la oreja, causándole con ello magnas eyaculaciones auditivas.

Un día, el Popeye no les llegó al precio a los federales, así que le conectaron tres balazos en los güevos y ahí mismo lo dejaron tirado, muerto. La noticia se esparció como chisme de kermés por todo Acapulco, y por supuesto llegó a oídos de la Delfina quien, para variar, le andaba poniendo Dios sabe con quién. Durante cinco días, con todo y sus noches, la sirena le chilló copiosamente a su hombre. Se metió toda la coca del Estado de Guerrero, y bebió más whiskey que Bukowski en toda su recochinísima vida. Ordenó matar a los federales que habían ejecutado al Popeye, luego ella misma tomó una pistola y asesinó a todos los facinerosos del Popeye. «Por no cuidarlo; tengan, culeros.» Luego por una buena temporada, anduvo por las calles, reptando sin brújula; a la deriva por la Miguel Alemán; acostándose con cuanto gringo y holandés encontraba; chupando pitos y botellas de alcohol del 96 a diestra y siniestra… desayunando All-Bran para la cruda. Diez días pasaron hasta que la Delfina por fin decidió acabar con todo, con el recuerdo indeleble del Popeye, y eso significaba finiquitar su propia vida: «enlatar al pescado». A altas horas de la madrugada, se dirigió hasta la quebrada de la playa. Subió hasta el risco más alto, en donde ni los zopilotes osaban posarse. Vomitó una vez, eructó tres veces, y después, cerrando los ojos, se lanzó al vacío, salpicando tan poca agua que el panzazo ni se vio, ni se escuchó. A partir de aquel día, y por increíble que suene, los clavadistas de la quebrada aseguran que cada vez que se sumergen en el mar tras un salto magistralmente ejecutado, alcanzan invariablemente a percibir por debajo del agua el sonido de una melodiosa guitarra española y de un leve canto de mujer, que taciturna se entona, tose un poco y canta: «Would you know my name if I saw you in heaven?»


Luis Miguel Quijada (México, 1974) es ilustrador, director creativo, fanático de los desgarradores gritos de Bruce Lee y escribidor. Estudiante renegado de los talleres de creación de novela de Alberto Chimal, no ha publicado nada, pues los manuscritos de sus tres novelas Lullaby con limón, Consejos prácticos para no soñar con el Hombre Elefante, Asbestosis y su libro de cuentos Los putos también desayunan pan dulce, no se han animado a salir de los cajones de su escritorio dada la posibilidad de bullying correctivo por parte de algún hitleriano editor. Sitio web: www.luismiguelquijada.com

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