“Variaciones sobre un tema nabokoviano # 1”, por J. S. de Montfort

Una mañana de domingo, a la salida de misa, apareció Genoveva. Enseguida se dio cuenta Rubén de que algo en ella había cambiado. Y la estuvo estudiando: se fijó...

Una mañana de domingo, a la salida de misa, apareció Genoveva. Enseguida se dio cuenta Rubén de que algo en ella había cambiado. Y la estuvo estudiando: se fijó en la delicadeza del dibujo de sus piernas, en la gentil suavidad de las medias oscuras; en el vuelo de la falda, el afectuoso confort del cárdigan; la diadema afable sobre el cabello lacio y negro… Todo parecía igual, igual que un año antes, sin embargo todo era diferente. Y es que la candidez infantil de aquellos hoyuelos que se le formaban a Genoveva en las mejillas no despertaba ya en él piedad y ternura, sino —repentinamente— lujuria y amor.

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El golpe del cogote contra el suelo de baldosas blancas y negras (al caerse de la cama) le ha puesto alerta y se ha despabilado con un grito. El sueño se le ha quedado a medias, y así el asombro de esa imagen que le ha brincado ahora en los ojos ha sido fulminante: Genoveva diciéndole “ven a buscarme, tenemos que resolver algo pendiente”.

Ya está aquí, se dice, otra vez este maldito sueño culposo e insublimable.

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(Lo que Rubén no sabe —y nunca sabrá— es que ha gritado su nombre, el de Genoveva, y que Gretel, su novia, lo ha escuchado)

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Pero qué demonios tendría yo que resolver ahora, se dice Rubén. Si han pasado tantos años…

Se dice: es la tristeza, que me ha alcanzado un flanco débil; justo en el momento menos oportuno. Porque uno no espera nunca quedarse el primero de la lista con el dedo de Dios señalándole. Muerta su abuela (y a pesar de que ya se había hecho a la idea, pues llevaba ya bastantes años enferma) no quedan más candidatos (sus padres murieron cuando él tenía cinco años, en un accidente de tráfico; y no tiene otros parientes).

Se cumplirá conmigo, se dice Rubén, un ineludible fin de ciclo. Y acaso sea esta convicción la que haya querido (re)instaurar en su ánimo una cierta épica.

(Se ha de decir, no obstante, que hace más de seis meses que se murió su abuela; aunque a Rubén le parezca que apenas fue ayer).

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También puede deberse la intensidad del sueño, piensa, a la esperanzadora bonanza sentimental de la que su ánimo se nutre ahora. Pues la felicidad siempre le ha hecho temer a Rubén la consecuente aparición del mal. Como si su destino hubiese de estar indisolublemente unido a la desdicha.

En todo esto piensa raudo, arrebatadamente, mientras la taquicardia no cesa y Gretel, a su lado, su novia alemana, le acaricia dulcemente el cabello ensortijado, sin adivinar nada (o sí, adivinándolo todo).

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A Rubén le gusta el trabajo que tiene en una tienda de ropa de caballeros. Agradece el trato con la ropa nueva, y ver a la gente que se prueba y valora prendas, que las sustrae de las perchas y se las trata de acomodar al cuerpo, y la promesa de personas vestidas con ropa reciente, sin las huellas del uso; impecable.

Claro que es bastante latoso tener que irse pronto el viernes a la cama porque se trabaja el sábado, o no poder disfrutar en plenitud de algunos sábados porque se trabaja en domingo. O los cambios de turno inesperados. Pero compensa, o eso es lo que quiere pensar según baja las escaleras (cinco pisos; no hay ascensor) del piso de Gretel (ella duerme y no despertará al menos hasta dentro de dos o tres horas).

Camina afable, pero sin apurarse, por la Avenida Gaudí. No quiere sudar.

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Siempre ha pensado que algo de la opulencia del protectorado de una familia y el de una nación próspera como la alemana le ha atraído de Gretel. Aunque no es menos cierto que también sus faldas, sus vestidos, han tenido mucho que ver. Y es que le gusta la feminidad nada acomplejada y feliz, determinada, de algunas chicas alemanas (especialmente de las que son de provincias, como Gretel). Pero también le gusta que Gretel signifique “hermosa como las perlas”. Y le gusta esto tanto, precisamente, porque es muy diferente de la ternura culposa, sombría e infausta, retraída, de su amor platónico: Genoveva.

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En estos casos, cuando le asalta el recuerdo trágico de Genoveva, se sirve de una imagen para intentar frenar la más que posible auto-conmiseración: y es ese contorno de Gretel, durmiendo desnuda —y próspera, casi siempre accesible— mientras él la deja durmiendo en la habitación, cuando se marcha para el trabajo. El dibujo de la espalda y las caderas y el vértigo de sus piernas. Esa emoción de la feminidad tranquila, juiciosa, dispuesta para el amor (tan diferente de la sexualidad dificultadora de Genoveva). Es una visión que le produce un solaz grato, que le da confianza para afrontar un nuevo día.

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Pero no parece ser suficiente, porque durante el descanso, al mediodía del sábado, en tanto que se come un sándwich rápido afuera del centro comercial (para aprovechar y así fumar un cigarrillo) escribe en el buscador de Google del móvil: Genoveva Ruiz Planelles. Y hace click en Imágenes. Ahí está. La misma foto de hace un año, de hace dos años, de hace tres años, cinco. Diez. Sí, ahí está. Un rostro impermutable. La breve vida de Genoveva apresada ahí para la eternidad, en esa imagen angélica del periódico que, sin embargo, daba cuenta de un suceso terrible. Otra muerte más que añadir a su larga lista.

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De vuelta a casa, a media tarde, se detiene frente a la puerta cerrada del dormitorio de su abuela. Saca la llave del bolsillo y abre el cerrojo. Intocado todo: el crucifijo sobre el cabezal inmenso, la colcha dorada, el butacón y sobre la mesilla de noche el libro de vísperas, abierto por la página en la que lo dejó su abuela. Y piensa, de súbito, antes de desanudarse la corbata y sacarse la americana: aquí dormimos Genoveva y yo, e incluso a punto estuvimos —una vez— de hacer el amor. Ella con los pechos al aire, pero, ay, interponiéndose entre nosotros la culotte inconveniente, negrísima. Y yo, en mi total desnudez, con la vergüenza inútil de un cuerpo dispuesto, dispuesto para nada…

Se deja caer de espaldas sobre la colcha y cierra los ojos, con muchísima fuerza.

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Al despertar está tan cansado que no es capaz de adivinar cómo cayó aquí, en esta cama, por qué abrió la puerta y se metió en este cuarto que lleva muchos meses cerrado (desde que murió la abuela), y aún huele a ella, a su enfermedad inconforme, a su senectud extenuada. Se pregunta: qué hora es. Y la comprueba y se dice: “mierda”. Y constata: dos llamadas perdidas en el móvil. De Gretel.

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Siempre paso antes a buscar a Gretel, se dice, y luego salimos ambos por ahí. Teme que la alteración de esa secuencia vaticine un final trágico. Pues ya una Gretel profética, funesta, le ha advertido en un mensaje (de hace cuarenta y cinco minutos) que le esperaba directamente en el bar. Y ahora, poquísimos minutos después de haber despertado, le llega otro mensaje de Gretel, que dice que comienzan a cenar, que ya vendrás cuando puedas, te dice (y a ti, Rubén, entre líneas, te parece entender: “o cuando te dé la pura gana”). Que ya han llegado todos (menos tú), te dice. Que llevan esperándote casi una hora.

Intentas llamar para disculparte, decir que enseguida llegas, que andas disparado para allá, que ya estás en el taxi; pero Gretel no te contesta. Te dices: tal será el nivel de barullo en el bar que no se escuchará el timbre del teléfono. Te dices: o es que lo estará pasando tan bien que no recordará ya mi ausencia. Intentas hacer memoria: ¿quién estaba invitado a esa cena? ¿Quién la estará distrayendo de ti?

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En efecto, está abarrotado el restaurante (es un mexicano). Y la música está muy alta.

Al verle llegar, sentada en una de las esquinas, Gretel le saluda. Y ya junto a ella él le da un beso esquinado, veloz, algo inquieto; como apresurado y renqueante (o timorato). Rubén se pone cerca de ella, en cuclillas, tratando de susurrarle algo y buscándole el contacto. Pero es difícil, pues apenas queda hueco.

Todo el grupo (compuesto por más de una docena de chicos y chicas, todos casi diez años más jóvenes que él) está apelotonado. Ella, además, como apartándole (igual que a una mosca, piensa en ese momento Rubén) le dice que por qué no le pide al camarero una silla y se acomoda. Al final consigue un taburete y se queda en la esquina, pero un palmo más bajo que el resto. Nadie, sin embargo, le reprocha que haya llegado casi una hora y media tarde. Nadie, tampoco, es verdad, le presta excesiva atención mientras Rubén se come sigiloso las fajitas de pollo y se bebe con urgencia una cerveza marca Corona. Y enseguida otra. Y luego, otra.

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A lo mejor es el trastorno del adormecimiento en el que sigue Rubén, pues no se ha duchado y anda como turulato y se le ha debido quedar enquistado el sueño, con ese pegajoso desdén antiguo del cuerpo de Genoveva, que nunca se dejó querer del todo… Y es esa misma modorra la que le hace percibir en Gretel una actitud nueva: una incomodidad, una prudencia o desdén. Como si ella quisiese evidenciar frente a sus amigos que ellos dos ya no son novios, a pesar de las apariencias.

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Pero los alemanes son gente educada y, en resumidas cuentas, la velada es agradable. Nada diferente de muchas otras veladas con Gretel, amenas, cómodas, tranquilas.

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Así sucede que, como muchas otras veces, echan la noche en el Michael Collins, el bar irlandés cercano a la casa de Gretel. Y Rubén se ha tomado allí varias Guinness.

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Llegan al piso de Gretel a eso de las cuatro de la mañana; o algo así. Gretel dice estar cansada (pero es envidiable la juventud de sus veintitrés años, piensa Rubén, que ya rebasa —holgadamente— los treinta y, sin embargo, no siente el menor cansancio).

Gretel se pone de espaldas a él. Y bosteza, pero ante la insistencia de Rubén se baja las bragas. Apenas nada, lo justito. Unas bragas también de un negro inquebrantable. Y se queda quieta. Casi, se diría, que muerta (pues Rubén no nota ninguna respuesta cuando se introduce en ella, y empuja y se retuerce y le bambolea el miembro dentro de ella, por robarle una reacción). Lo cual provoca que Rubén no sea capaz de reprimir esa fastidiosa protesta de la conciencia y que siempre afecta a los hombres cuando sienten que no hacen el amor con sus novias sino que las están casi violentando (o es que acaso ellas, las novias, se empecinan en hacérselo sentir, gracias a su quietud belicosa, y les lanzan así un mensaje: ey, ten cuidado). Así las cosas, sale de ella. Y con el miembro toquetea (dándole golpecitos) el culo blanquísimo de Gretel.

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Rubén se gira, y mirando al techo piensa en la pulcritud de las camisas sobre las baldas de la tienda; camisas que Rubén dobla y dobla mil veces, como si en esa insaciable tarea, repetitiva e inútil (pues se ha de repetir tantas y tantas veces) se hallase la fatalidad de su destino.

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Y es, sí, la misma insistencia de la que ahora se sirve para vigorizar la masturbación, la misma enérgica zozobra con la que Rubén ha intentado siempre eludir una tristeza que ya casi forma parte de su carácter. Una melancolía gelatinosa que se pierde ahora contra la espalda de Gretel. Una mancha de semen que, sobre la piel de su —predice— ex novia alemana, parece ir escribiendo las breves líneas de una nueva esquela que añadir a su amplia colección.

Como si el amor no pudiese ser —para mí— algo diferente a esto: un onanismo solitario, ejercitado siempre en la compañía fantasmal de los otros. Un amor pinchado siempre por las esquirlas de aquel cristal que la cabeza de Genoveva rompió en mil pedazos yéndose para la muerte, llevándose consigo el alma limpia (la suya y la mía, se dice) de sus (de mis) trece años, volatilizándose en el asfalto sórdido de la curva de una carretera levantina.

Ese es, se dice, mi sueño verdadero: retornar a ese momento anterior a la lujuria, cuando el amor no es (no era) más que ternura y piedad.

 


J. S. de Montfort (España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona y diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI, forma parte además de la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL). Escribe regularmente sobre arte y cultura contemporánea en el suplemento “Cultura(s)” de La Vanguardia y en diferentes revistas como FronteraD, Artishock y Naif Magazine, entre otras. Es autor del libro de relatos Fin de fiestas (2014).

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Crímenes narrativos

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